Las naves de Tarsis Ur, la ciudad de Inanna #3
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Ur, la ciudad de Inanna #3

—Ahora que ha llegado el momento de la despedida, debo confesarte algo que he ocultado.

No soy góidel ni un verdadero marino. Conozco los mares porque he navegado en muchas embarcaciones, recorriendo costas y océanos en busca de algo perdido hace siglos.

No puedo revelarte mucho más. Es una larga historia y no hay tiempo.

Quizá no me creerías… —Miró a un lado y a otro; la guardia, impaciente, no lo perdía de vista, intentando entender lo que decía—.

Lo que busco es… muy importante… no solo para mí, sino para todos, para la humanidad entera.

Desde lo alto del zigurat he visto mi camino con claridad: debo ir al norte, a la ciudad de Babilonia.

Allí podré ver lo que busco. Créeme que lo que hago es importante…

Nórax lo miró todavía enfadado y le confesó:

—Sospeché siempre que no eras quien decías, pero nunca pensé que estuvieses loco. No solo me has engañado, sino que ¡me has costado una fortuna! ¡Lo que has hecho es de dementes!

Ibath hizo entonces una pausa, su mirada fija en Nórax, y después prosiguió en un tono misterioso:

—Desde lo alto del zigurat no solo he visto mi destino, sino también el tuyo. Tiempo atrás luchaste con una serpiente y la venciste. Tu destino es… ¡luchar siempre contra la serpiente!

Al oír las palabras de Ibath, Nórax retrocedió un paso, sorprendido. ¿Cómo podía aquel hombre conocer su pasado, la lucha contra el monstruo marino que casi le costó la vida? Y la profecía del dios… Nunca se la había contado a nadie.

Sin embargo, Nórax quedó aún más perplejo cuando el extranjero, con una expresión grave y cargada de significado, le advirtió:

—Debes volver a tu tierra, la serpiente está dominando Tarsis. Debes luchar contra ella y detenerla.

—¿A qué te refieres? —preguntó con urgencia, su voz destilaba incredulidad.

—Te darás cuenta cuando regreses. Algún día te resarciré con creces de todo lo que has hecho por mí.

Nórax suspiró, pensando que aquella le parecía una promesa muy difícil de cumplir.

—¿De dónde vienes realmente? —inquirió Nórax, con un tono que mezclaba curiosidad y frustración.

—Eso no puedo decírtelo ahora —respondió Ibath.

La guardia del templo, cada vez más impaciente, le indicó que debería irse ya. Sin decir más, Ibath se despidió de Nórax, quien lo siguió con la mirada mientras desaparecía escoltado por la guardia entre las callejuelas abarrotadas en dirección a las puertas de salida de la ciudad.

Nórax, desconcertado y sintiendo una creciente inquietud, regresó hacia el río, donde estaban sus compañeros.

Por el camino, entre la multitud que abarrotaba las calles, le fue dando vueltas a lo que le había revelado Ibath, tratando de comprender el significado de aquellas palabras inquietantes que aún resonaban en su mente: «La serpiente está dominando Tarsis».

¿Qué quería decir? ¿Qué clase de amenaza se cernía sobre su hogar?

Al llegar al puerto fluvial, divisó a Feder, que estaba enrollando una cuerda con un pie apoyado en el casco del barco y el otro en el muelle. Al ver el rostro sombrío de Nórax, Feder soltó la cuerda de inmediato, la dejó caer sobre la cubierta y saltó a tierra con agilidad.

—¿Qué ocurre? —preguntó Feder, mientras su tono reflejaba auténtica preocupación.

Nórax tomó aire antes de responder.

—Ibath ha sido liberado, se ha ido. Pero, lo importante es lo que me ha dicho antes de irse… —Rápidamente le contó lo que Ibath le había revelado sobre Tarsis—. Además, lo más sorprendente es que me contó algo de mi pasado que es imposible que pudiera conocer.

Feder se quedó sorprendido por estas últimas palabras, pero sabía que Nórax era reservado para algunas cosas y que arrastraba heridas de su pasado que guardaba para sí y que lo atormentaban.

Feder se cruzó de brazos, su expresión endureciéndose mientras procesaba la historia.

—Yo creo que debemos irnos, que tenemos que regresar —sugirió Feder.

Sin más demora, ambos fueron de barco en barco, convocando a los capitanes. Al cabo de un rato, un pequeño grupo se reunió junto al muelle formando un corro alrededor de Nórax. El sonido del río y el movimiento de los barcos anclados servían como telón de fondo a las palabras de Nórax:

—Creo que debemos volver a nuestra tierra. Llevamos muchos meses fuera. —Sin revelarles todo lo que Ibath le había contado, prosiguió—. Siento que algo se cierne sobre el destino de Tarsis.

A medida que hablaba, los rostros de los capitanes fueron cambiando. Sus ojos reflejaban esperanza a la par que preocupación, y un deseo latente de regresar a sus hogares, con sus familias, después de tanto tiempo lejos.

—¡Creo que ya es tiempo de regresar! —exclamó uno de los capitanes con añoranza.

—Sí. ¡Es tiempo de volver! Hace muchas lunas que partimos —añadió otro, asintiendo con vehemencia.

Entonces Kendal, que siempre trataba de ir más allá, levantó la voz.

—Sin embargo, aún podríamos remontar el río hacia el norte… —propuso—; hay ciudades más importantes y ricas que Ur. Podríamos llegar a Babilonia.

Antes de que nadie respondiera, Feder frunció el ceño y, con mordacidad, replicó:

—¿Sí? ¿Y dónde metemos la mercancía? —le espetó—. Los barcos están cargados hasta los topes de productos valiosos.

Feder se inclinó ligeramente hacia Kendal y, en voz baja, aunque no lo suficiente para que los otros no lo escucharan, añadió:

—Si quieres, márchate tú con tu tripulación. No te echaremos de ­menos.

El comentario arrancó algunas risas disimuladas entre los capitanes, pero Nórax se mantuvo en silencio sin intervenir en la pelea.

Finalmente, alzó la voz con autoridad.

—Nos volvemos —anunció Nórax con voz de mando, mirándolos uno a uno a los ojos, con determinación—. El camino es difícil, pero podemos lograrlo. —Cuando su mirada recayó en Kendal, exclamó enérgicamente—: ¡Nadie se quedará atrás!

En los otros detectó alguna expresión de desánimo. Todos sabían que el trayecto de regreso sería largo y peligroso: volver por el cabo de las Tormentas, desandando el enorme trayecto recorrido, se les antojaba aún más difícil que haber llegado hasta allí.

—¡Regresaremos a casa! —prosiguió Nórax, infundiendo ánimo en sus compañeros y levantando el puño—. ¡Nos dirigiremos al sur! ¡Regresaremos juntos y lo haremos pronto!

La arenga de Nórax fue acogida con gritos por todo el grupo, incluso Kendal, y recibida con una mezcla de determinación y nostalgia. La decisión estaba tomada, era hora de regresar.