Las naves de Tarsis Ur, la ciudad de Inanna #2
36%

Ur, la ciudad de Inanna #2

Nórax, ya intrigado por su actitud durante el viaje, lo siguió con la mirada con curiosidad y cierta inquietud.

A lo lejos, lo vio apartarse del gentío.

Ibath caminaba siguiendo la estela de un hombre de aspecto singular.

El desconocido vestía una túnica de lino que le caía hasta los pies y llevaba el rostro parcialmente oculto bajo un gorro cónico; se apoyaba en un báculo nudoso, y del cuello colgaba un amuleto que destellaba brevemente con el sol de la tarde.

Era un sacerdote de Innana. Ibath lo seguía como si obedeciera una llamada silenciosa.

Al cabo, Nórax perdió de vista a Ibath entre las gentes, pero no lograba quitarse el desasosiego de encima.

Algo le pasaba a aquel extraño compañero de viaje, a quien realmente nunca habían llegado a conocer del todo.

Desde unos puestos más allá, Feder le estaba llamando; había encontrado unas finas sedas traídas del país de los elefantes y le hacía señas para que le ayudase en el trueque.

Un mercader con una pieza de lino a la cintura, turbante y joyas de bronce al cuello reclamaba con gestos airados a Feder una cantidad desmesurada de oro.

Feder le gritaba que lo que pedía era abusivo mientras negaba con la cabeza y las manos, pero en sus ojos se leía que habría pagado incluso más. El comerciante también lo advirtió.

Nórax se acercó, lo agarró del brazo y lo obligó a retirarse para darle a entender que no le interesaba el trato.

Feder estaba a punto de replicar cuando un ligero gesto de Nórax —que pasó inadvertido para el mercader— lo instó a guardar silencio.

El comerciante los siguió y, mientras caminaban, el tintineo del oro en la faltriquera de Feder llegó a sus oídos.

De inmediato cambió de actitud y comenzó a bajar el precio.

Valiéndose de gestos, regatearon hasta la extenuación; finalmente, obtuvieron un muy buen acuerdo por aquellas sedas maravillosas.

Cargados con las finas telas, se acercaron a unos marineros de la tripulación para indicarles que las llevasen al barco.

Después los dos amigos se dirigieron a un puesto donde freían cerdo en su propia grasa y, tras cambiar unos torreznos por unas conchas, los comieron, pringándose las manos, al tiempo que bebían vino de una bota.

Los taberneros les sirvieron todo deprisa porque acababa la jornada, los comerciantes desmontaban sus puestos y la multitud abandonaba con celeridad la ciudad antes del cierre de las puertas.

Todos los hombres de Tarsis regresaron de modo desordenado, pero en un mismo grupo, a los barcos.

Nórax se unió a su gente para emprender el camino de regreso, pero antes de llegar a las puertas un guardia se le acercó y, reconociéndolo como jefe del grupo, le gritó que había problemas con uno de los góidel en la zona del zigurat.

Mirando en derredor, se dio cuenta de que Ibath no estaba; así que, preocupado, retrocedió sobre sus pasos.

Mientras corría hacia el centro de la ciudad, se puso el sol y las callejuelas se sumieron en las sombras. Las puertas de la urbe se cerraron tras él. En el cielo se alzó una luna llena que iluminaba la noche con una claridad casi diurna.

Llegó a las inmediaciones del zigurat, donde se realizaban rituales y se ofrecían sacrificios a la diosa Inanna, la divinidad del amor y la fertilidad, buscando su favor y la prosperidad de la ciudad.

El zigurat, una estructura maciza sin cámaras internas, simbolizaba la conexión entre los hombres y los dioses que habitaban el cielo.

A lo lejos, Nórax vio cómo Ibath se enfrentaba a los guardias del templo, y a los sacerdotes, y, con una fuerza que él nunca habría sospechado, los lanzaba al suelo.

Logró liberarse de ellos de una forma extraordinaria.

Había algo extraño, desesperado en él, que le confería una fortaleza con la que era capaz de rechazar a todos.

Finalmente, seguido por algunos, atravesó las áreas exteriores y se dirigió hacia una escalera lateral que ascendía a las terrazas superiores.

El acceso a estas zonas, donde se encontraba el santuario, estaba restringido exclusivamente a los sacerdotes y, en contadas ocasiones, al rey.

La noche era clara. La luna llena, símbolo de Inanna, se elevaba cada vez más hacia el oriente.

Sin detenerse, corriendo, Ibath rodeó el zigurat hasta alcanzar su cara occidental, envuelta en sombras.

Llevaba en la mano una pequeña antorcha que le había arrebatado a alguno de sus oponentes y con la que comenzó a ascender por la escalinata.

Desde abajo, Nórax observaba la diminuta luz moviéndose lentamente hacia la cima, sin comprender qué pretendía su enigmático compañero de viaje.

Llegaron más guardias y sacerdotes, que se lanzaron tras aquel loco que profanaba un lugar reservado a los dioses.

Ibath aceleró el paso y subió, corriendo rápidamente, los niveles del zigurat.

Nórax contemplaba desde abajo cómo alcanzaba la primera terraza, luego la segunda…

, hasta llegar a la séptima, donde se erigía el templo.

Allí, en la cima del santuario vedado, Ibath se detuvo, erguido, y apuntó a la luna con la antorcha, quizá orando o contemplando la vasta llanura a sus pies.

Permaneció allí unos instantes, con las piernas entreabiertas y los brazos alzados hacia el cielo.

No suplicaba, oraba a algún dios y miraba al firmamento.

Apoyó la antorcha y alzó la cabeza hacia las estrellas.

Allí vio la némesis de algo antiguo, algo presente y algo que afectaba al porvenir.

Se quedó inmóvil unos momentos, como en éxtasis.

La guardia del templo lo alcanzó finalmente y lo detuvo interrumpiendo su oración.

Lo sujetaron con firmeza, y el brillo de su antorcha vaciló antes de extinguirse.

Ibath, atrapado, fue escoltado; al bajar a tierra, lo cercaron gritos y amenazas de la multitud, que no tardó en congregarse frente al templo.

Lo condujeron a una prisión seguido por una muchedumbre que, encendida por la furia, lo llamaba hereje y blasfemo y exigía su muerte por el ultraje.

Nórax lo observaba todo desde la distancia, impotente.

Estaba muy preocupado por lo que pudiera sucederle, pero sabía que un paso en falso lo pondría a él también en peligro.

Rondó la prisión hasta altas horas de la madrugada, imaginándose a Ibath solo y encadenado.

Aunque reservado y distante, Ibath seguía siendo un compañero, un marino, y entre marinos abandonar a uno de los suyos era un acto impensable.

Cuando la noche avanzó, Nórax, agotado y sin otra opción, regresó al mercado y se recostó bajo los toldos del puesto donde habían comerciado durante el día.

El sueño le fue esquivo. Cuando Feder y Kendal llegaron al amanecer y lo encontraron allí acurrucado, lo despertaron y Nórax les relató lo sucedido.

—Ibath está preso —concluyó con voz tensa—. La multitud lo acusa de sacrilegio y, si no hacemos algo, va a morir.

El rostro de Feder se endureció mientras Kendal adoptaba una expresión reflexiva. La situación era grave.

—El oro todo lo arregla —murmuró Feder, con una mezcla de desa­grado y resignación—. Tenemos el oro que obtuvimos en África.

—Los caldeos son buenos comerciantes —añadió Kendal—. Quizá los sacerdotes estén dispuestos a cambiar a un extranjero por una buena cantidad de oro. Eso sí, querrán ofrecerlo a su diosa Innana.

Nórax asintió con decisión.

—Hablaré con los sacerdotes.

Los otros se dispusieron a acompañarlo.

—Es mejor que vaya yo solo, que todo se haga con discreción.

Se dirigió al zigurat. Buscó a un sacerdote, que le condujo a otro y, por último, al gran sacerdote.

Al principio este se mostró inflexible y rechazó cualquier negociación.

Sin embargo, su negativa no era más que una estrategia para extorsionarlo.

Nórax entendió rápidamente el juego y ofreció una suma considerable de oro.

El sacerdote les pidió además un ternero inmaculado, blanco como la luna, sin mancha alguna, para ser sacrificado en honor a la diosa lunar en lugar de Ibath; con esto aceptó el trato.

En el altar del templo el ternero fue inmolado en un ritual solemne, y el oro fue llevado al santuario como ofrenda. Al caer la tarde liberaron a Ibath, exhausto y silencioso, pero lo condenaron al destierro de la ciudad, a no regresar nunca más a la tierra de la diosa.

Nórax, al verlo libre aunque custodiado por la guardia, se adelantó, lo abrazó con fuerza y le dio unas palmadas en la espalda que resonaron en el aire. Aunque el alivio dominaba su expresión, no pudo evitar que su voz estuviera teñida de reproche.

—¿Cómo has podido hacer algo así? —Su tono grave denotaba el enfado y la preocupación—. Podías haber muerto, y lo peor es que nos has puesto a todos en peligro. Los caldeos podían habernos acusado de colaborar contigo en el sacrilegio.

Ibath le miró con sus ojos profundos, marcados por un pliegue en los párpados. Todo su rostro mostraba un profundo agradecimiento.

—¡Nunca olvidaré lo que has hecho por mí! —respondió con voz pausada.

—¿Quién eres? ¿Por qué has hecho algo tan absurdo y peligroso? —le preguntó Nórax, desconcertado.

Ibath respiró hondo, como si cargara con un peso, y entonces comenzó a hablar con palabras pausadas.