Las naves de Tarsis Ur, la ciudad de Inanna
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Ur, la ciudad de Inanna

Al fin, tras casi un año de difícil travesía, habían logrado su propósito: habían alcanzado el país de Assur, la tierra de las ciudades milenarias y del comercio floreciente y donde los restos de antiguas civilizaciones se alzaban como vestigios de un pasado inmortal.

Allí, en las montañas al norte del país de los dos ríos, cuando todo se anegó de agua, el arca del patriarca Noé había encallado tras el diluvio.

En esas cumbres había comenzado de nuevo la humanidad.

De Jafet, el hijo de Noé, descendía el patriarca Tarsis, y de él, los góidel, los hijos del mar, navegantes y comerciantes que habían surcado los océanos del mundo conocido.

Al llegar a la tierra de los dos ríos, Nórax reconoció en su fuero interno que este viaje no era solo una travesía comercial: era un regreso a sus raíces, un encuentro con el origen de su linaje y su identidad.

El viento permanecía ausente, y los remeros, exhaustos, empujaban la nave contracorriente a través del gran canal que abría paso hacia la ciudad.

Nórax animaba la boga, sentándose a menudo con los remeros en la bancada, lo que le recordaba el tiempo de su castigo, cuando era adolescente.

Los otros remeros reían al ver a su capitán empujando las palas como si fuera uno más.

Desde su lugar en la bancada, vio a Ibath, de pie en la amura de estribor, cercana a la proa, con los ojos brillantes por la excitación mientras contemplaba la ciudad.

De frente, la Ur de los caldeos se alzaba en medio de una vasta llanura aluvial, fértil y surcada por intrincadas acequias que nutrían los campos.

Bajo la intensa luz del sol, los cultivos reverdecían, y el paisaje estaba dominado por agricultores que, con la ayuda de animales de tiro, araban la tierra.

Conocida como Erech por los cananeos, Ur se erguía majestuosa en un montículo elevado, rodeada de imponentes murallas trapezoidales de adobe y barro.

Sobre ellas destacaba el zigurat, un templo en forma de pirámide escalonada que se alzaba en honor a la diosa lunar Inanna.

El zigurat era del color del barro porque sus paredes exteriores se habían realizado con ladrillos cocidos, unidos por betún.

Cada pared estaba orientada hacia un punto cardinal.

Tenía siete terrazas, la mayor de las cuales era la inferior.

En la terraza superior se encontraba el santuario de la diosa.

Se accedía a él mediante estrechas escalinatas adosadas a los muros.

Desde lo alto del zigurat, la vista debía abarcar toda la planicie, como si la diosa misma contemplara los dominios de su culto. Alrededor del templo se agrupaban otros edificios, probablemente palacios y residencias dedicados a los sacerdotes y guardianes del saber.

Los navíos de Tarsis arribaron finalmente a los muelles de madera del puerto fluvial, golpeando con suavidad contra las estructuras desgastadas por el río.

El bullicio del puerto se mezclaba con el crujido de las maderas y el murmullo del agua.

El aire olía a barro fresco y a especias, y el horizonte vibraba con polvo que, procedente de la gran meseta irania, bajaba hasta el valle.

Nórax organizó la descarga de géneros y productos para intercambiarlos en el mercado de la ciudad.

Una larga fila de porteadores, cargados con fardos, siguió sus órdenes.

Atravesó los dinteles de la muralla, decorados con ladrillos esmaltados en azul cobalto y verde mar, donde se distinguían leones y toros.

El sonido de los pasos se mezclaba con murmullos y el crujido de las cuerdas de los fardos.

Frente al gran portón, los guardias, lanza en mano, observaban con mirada alerta, exigiendo un tributo en pepitas de plata para permitirles entrar.

El metal cambiaba de manos con un destello frío, marcando el umbral entre el exterior polvoriento y la riqueza contenida en el corazón de la ciudad.

Más allá de las puertas, Ur desplegaba su grandeza: callejuelas vivas de actividad, aromas exóticos flotando en el aire y la imponente silueta del zigurat recortada contra el cielo dominando la llanura como un faro de piedra.

La ciudad de Ur, antaño esplendorosa, había perdido algo de su primitiva suntuosidad y comenzaba a mostrar signos de decadencia.

Las fachadas desconchadas de algunas casas contrastaban con los ornamentos aún majestuosos de los palacios, deslucidos por el paso del tiempo.

En el exterior de los palacios, nichos y contrafuertes creaban patrones rítmicos.

Algunas edificaciones estaban decoradas con conos de arcilla incrustados en las paredes y cuyos extremos visibles, pintados en colores vivos como rojo, negro y blanco, formaban diseños geométricos y simbólicos que comenzaban a perder el brillo de su antiguo revestimiento.

El bullicio del mercado, aunque presente, era más apagado, con menos comerciantes y compradores de los que una vez abarrotaron sus callejuelas.

A pesar de estas señales de decadencia, Ur mantenía su lugar como crisol de culturas y eje vital para el comercio.

Sus muelles aún recibían barcos de tierras lejanas, y sus plazas, aunque menos concurridas, seguían siendo el escenario de animadas transacciones donde se intercambiaban bienes exóticos, monedas y promesas de alianzas. La ciudad seguía viva.

Nórax y sus compañeros atravesaron las populosas calles de Ur avanzando hacia el gran mercado, un bullicioso laberinto de tenderetes cubiertos con toldos multicolores.

Una multitud variopinta se desplazaba entre los puestos, donde los mercaderes exhibían sus bienes con gritos que intentaban imponerse al estruendo del lugar.

En el mercado se llevaba a cabo un intercambio incesante.

Se permutaban sedas y otros paños, cerámicas, artículos de madera y hierro, frutas, legumbres, hortalizas, cereales, aceite de sándalo y piedras preciosas, así como pan, cerveza, licores, hierbas medicinales, reses y pescados.

Las gentes realizaban trueques para obtener lo que necesitaban, pero también utilizaban como forma de pago diversos elementos, tales como la sal, pepitas de oro y plata, objetos de arcilla, figurillas de marfil, conchas marinas y semillas.

Los trueques que implicaban objetos más valiosos se llevaban a cabo con oro, plata o bronce.

Nórax y Feder, que caminaban juntos, tenían que hablarse en voz muy alta el uno al otro debido al bullicio del mercado: los gritos de los mercaderes se entremezclaban con el mugido de las vacas y los terneros, el balido de las ovejas, el gruñido de los cerdos y el cacareo de las gallinas.

El aire estaba impregnado de la fragancia del cardamomo, la canela, la cúrcuma y el jengibre, mezclados con el perfume del almizcle y otros aromas.

El calor era intenso y el sol quemaba la piel, por lo que la gente buscaba refugio bajo los toldos de los puestos.

Los tartesios instalaron sus productos sobre grandes mesas improvisadas con tablones sostenidos por trípodes.

Habían traído desde África piezas de oro y marfil, además de objetos manufacturados en Tarsis, para intercambiarlos por los valiosos productos de la región: especias, mirra, aceite de sándalo, plumas de pavo real y otros artículos exóticos que rara vez llegaban a su ciudad natal.

En medio del alboroto del mercado, participaban en trueques y transacciones, confiando más en los gestos que en las palabras.

Captaban algunos términos sueltos, pero la comprensión real dependía de la intuición, las manos y la paciencia.

A menudo les costaba hacerse entender, pero con gestos claros y buena voluntad lograban cerrar los tratos.

Algunos mercaderes conocían lenguas emparentadas con la tartesia, y la lengua acadia, propia de la ciudad, conservaba ecos remotos de antiguos idiomas indoiranios, lo que facilitaba a veces un entendimiento parcial.

En medio de aquella confusión de sonidos, olores y colores, la lengua era apenas un obstáculo más entre tantos mundos que, como ellos, habían convergido en ese cruce de caminos milenarios.

En el mercado de Ur había comerciantes de todos los rincones del orbe conocido.

Algunos provenían del país de los elefantes, Indhu, y aún más allá, de la isla de los pavos reales, Selán.

Además, había comerciantes elamitas, con largas barbas y faldones largos con flecos, acadios con faldellín corto y semitas con túnicas multicolores.

Los trueques a menudo se volvían interminables porque nadie deseaba ser engañado, nadie quería ceder en el precio. Se intercambiaban gritos, insultos e imprecaciones, así como burlas y risas.

A lo largo de las próximas jornadas, durante el día, los capitanes de las naves de Tarsis y sus hombres de confianza actuarían como mercaderes, adaptándose al caótico vaivén del mercado.

Por las noches regresarían a los barcos para descansar y recuperar fuerzas antes de retomar las negociaciones al amanecer.

La vida en el mercado de Ur, con su mezcla de culturas y riquezas, era un espectáculo en sí misma, y para Nórax y sus compañeros, una experiencia que nunca olvidarían.

En realidad, no todos, porque había alguien a quien los trueques y cambios le eran ajenos.

Ibath vagaba por el mercado de Ur como si no perteneciera del todo a aquel bullicio: hablaba con unos y con otros, pero sus manos no se extendían para pesar ni su mirada se detenía en mercancía alguna.