Las naves de Tarsis En las costas africanas #3
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En las costas africanas #3

Las naves, dispersas por la furia de los elementos, salieron al fin del cabo de las Tormentas, aunque mermadas en número.

La batalla contra el océano había cobrado su tributo, dejando tras de sí un rastro de desolación y pérdida.

Entre los supervivientes, el joven Sedric, apenas un capitán en ciernes, sorprendió a todos al guiar su embarcación a salvo a través de aquel infierno, mientras que marinos más experimentados sucumbían al poder indomable del mar.

Sin embargo, cuando alguien mencionaba aquella parte del viaje, el rostro de Sedric se tornaba pálido y sus labios se cerraban en un silencio sombrío.

Había perdido a varios de sus hombres, marineros a los que consideraba hermanos, almas que confiaban en él y que ahora reposaban en el lecho marino.

Cada tablón astillado de su barco, cada vela desgarrada por los vientos hablaban de una lucha brutal y desesperada que había grabado cicatrices no solo en la nave, sino también en el joven capitán.

Sedric mantenía la mirada fija en el horizonte, como si buscara algo más allá de las olas, quizá una respuesta, quizá el consuelo que nunca llegaría.

La tormenta había pasado, pero su eco permanecía en su interior, resonando con la fuerza de un tambor fúnebre.

Aquel horror, afrontado y superado, había dejado una marca imborrable en su alma, una huella de la fragilidad humana frente a la majestad cruel del océano.

Recordaba la visión en el Templo del Sol, su muerte sangrienta sobre la arena, y se preguntaba cuál de aquellas playas sería el lugar de su último destino.

Los marineros de la nave de Nórax murmuraban de Ibath. Durante la tormenta se había mantenido en la proa, con las manos entrelazadas, retorciéndoselas, o tapándose la cara. No había ayudado a nadie, y en algún momento le oyeron gritar.

Una vez pasado el cabo de las Tormentas, la flota tomó rumbo norte, ascendiendo serenamente por el litoral africano, con la costa a estribor.

La navegación se desarrolló sin incidencias, bajo el suave rumor de una brisa continua que acariciaba las velas.

Cuando encontraron una pequeña isla, desembarcaron, agradecidos por la oportunidad de reparar los desperfectos que las tormentas les habían causado.

En aquella tranquila isla, el tiempo pareció detenerse. Tamarindos, marulas, higos y palmeras ofrecían sus frutos a los agotados marineros. En los bosques de la isla crecían buganvillas y lirios, cuyos colores y perfumes aliviaban el alma de los cansados expedicionarios.

Sedric, Kendal, Nórax y Feder, que viajaban en distintos barcos, aprovecharon el descanso para reunirse y conversar.

Nórax se dio cuenta de que aún persistía una cierta tensión por parte de Feder con respecto a Kendal.

La mirada de Feder se endurecía cada vez que Kendal hablaba, y sus respuestas, aunque corteses, estaban cargadas de una frialdad que no pasaba desapercibida.

Nórax decidió intervenir antes de que la situación empeorara, intentando mediar entre sus dos compañeros.

—¿Qué os pasa? —preguntó, su tono firme, pero conciliador, buscando desarmar la situación.

Feder lanzó una mirada acusadora hacia Kendal, con el ceño fruncido y el rostro tenso.

—Nada… —en un tono que contradecía sus palabras—, que este es un aprovechado. Pretende apropiarse de todo, y yo por eso no paso…

Kendal, que hasta entonces había permanecido tranquilo, se inclinó hacia delante, sorprendido por la acusación.

—¿Yo? —preguntó, levantando las manos en un gesto de ­incredulidad.

Feder no solo no cedió, sino que su voz se elevó, cargada de reproche.

—¡Sí, tú! En la Costa Dorada te llevaste las piezas de oro más grandes. ¡Siempre haces lo mismo!

Kendal exhaló profundamente aire, intentando mantener la calma, pero su expresión mostraba una mezcla de ofensa y desconcierto.

—No me di cuenta —respondió en un tono más defensivo—. Iba deprisa porque quería regresar al barco.

Feder se golpeó la frente con la palma de la mano, su voz temblando entre la ira y el resentimiento.

—¡Siempre has sido así! ¡Desde que te conozco! ¡Como vienes de una familia rica, te aprovechas de tu situación! —Sus palabras arrastraban la carga de años de rivalidad y envidia acumulada.

Por un instante, Kendal pareció quedarse sin palabras. Después su voz se suavizó, y levantó la mirada hacia Feder con una mezcla de cansancio y determinación.

—¿Qué dices? —dijo con un tono que parecía más herido que enfadado—. ¡Nuestra amistad desde niños no va a romperse por semejante tontería!

Se inclinó hacia Feder y le hizo un ofrecimiento:

—Te doy todo el oro que quieras.

—¡No hace falta! —gritó Feder.

Sin embargo, Feder, sorprendido por la respuesta, bajó la cabeza, evitando la mirada de los demás. El reproche en su rostro se desvaneció, dejando paso a la vergüenza.

Se dispersaron, pero Nórax se quedó al lado de Feder, que, tras unos momentos de silencio, murmuró:

—No es el oro. Es… que me hace sentir inferior.

—Pues ¡no lo eres! —contestó Nórax animándole afectuosa­mente.

Feder sonrió. Y desde aquel momento cambió; estaba menos tenso, y una nueva confianza se forjó entre él y Nórax.

Con pesar, dejaron atrás la hermosa isla que les había parecido el paraíso y continuaron navegando cerca de la costa, sin aproximarse demasiado para evitar los bajíos. A sus espaldas quedaban largas extensiones de playas blancas que se desvanecían en el horizonte.

En algún momento desembarcaron para aprovisionarse de agua y abastecerse de frutas y pequeños moluscos que les ofrecían niños de piel oscura a cambio de cuentas de vidrio y pequeñas tallas de madera.

Establecieron un campamento improvisado en la playa.

Al amanecer, fueron rodeados por guerreros bantúes ataviados con faldellines de cuero y tiras trenzadas en la cabeza y empuñando lanzas.

Llevaban en el cuello los abalorios que la tarde anterior Nórax había dado a sus hijos.

Al principio Nórax no comprendía sus intenciones, y sintió miedo ante aquellos enormes y amenazadores guerreros.

Finalmente se entendieron mediante signos.

Los aborígenes les estaban pidiendo más abalorios y preguntando qué podrían ofrecer a cambio.

Nórax les mostró una figurilla de marfil y entonces comprendieron.

Los zulúes les trajeron más piezas talladas y otras lisas.

Se hicieron así con un buen cargamento de marfil, un material muy valorado en Tarsis.

Más allá, navegaron por el golfo de Adén, alejándose del continente africano hacia la península arábiga.

Desde la amura de estribor, divisaron las costas de un color amarillo claro por la arena del desierto, cubierta por un cielo índigo claro.

Una tormenta de arena los envolvió, dificultando la navegación como si estuvieran inmersos en una intensa neblina, mientras el calor los abrasaba.

Cuando finalmente se disipó, las costas de Arabia quedaron atrás.

El golfo de Omán, de un intenso color turquesa, se abrió ante ellos, y la brisa marina mitigó el calor extremo.

Durante unos diez días, atravesaron el golfo de Omán disfrutando de un tiempo cálido pero con buenos vientos que les hacía faenar a bordo.

La brisa suave, adecuada para la navegación, les instó a competir entre ellos para ver qué barco se adelantaba.

Nórax, con destreza marinera, se encargó de manejar el poderoso viento de popa que inflaba las grandes velas cuadradas.

Desde el timón, dirigía certeramente a la marinería, dando órdenes para que dispusieran las velas de manera óptima, virándolas de un lado a otro en amplias curvas para aprovechar al máximo la fuerza del viento.

La nave avanzaba a toda vela, surcando las olas con gracia y dejando tras de sí una estela que revelaba su paso veloz.

Con tal ímpetu, se adelantó considerablemente al resto de la flota.

Cuando sobrepasaron a la nave de Kendal, Feder le hizo un gesto burlón que aludía a una tortuga, pero su tono no era insultante, sino alegre.

Kendal les contestó desde su barco animando a los remeros e intentando disponer la vela para ceñir el viento.

Todos los barcos de la flotilla emprendieron una carrera hacia delante compitiendo unos con otros.

El viento favorable no solo facilitó la navegación, sino que también acortó el tiempo de travesía, lo que permitió a las embarcaciones alcanzar el canal donde se encuentran los majestuosos ríos Tigris y Éufrates.

Allí el agua tranquila de los ríos contrastaba con la agitación del mar que habían dejado atrás.

La tripulación, animada por el éxito de la travesía hasta el momento, se preparaba para llegar al fin del viaje, a la ciudad de los dos ríos.

El vigía gritó que divisaba en el canal una ciudad a lo lejos.

Ibath, excitadísimo, se dirigió a Nórax para informarle en voz alta, imponiéndose al rumor del viento y de las velas, de que no podía ser otra que la ciudad de Ur.

Le brillaban los ojos, y sus labios se movieron en una plegaria de alabanza hacia aquella deidad a la que adoraba.

Nórax levantó los brazos hacia el cielo, con los puños muy apretados, y de todas las gargantas del barco brotaron gritos de júbilo.

Los palistas alzaron los remos con gesto de victoria por haber conseguido lo que se habían propuesto.

Nórax, dejando el timón amarrado, se aproximó a Feder y le palmeó la espalda.

Después saludó con amplios ademanes a los capitanes de barco que tenía cerca.

¡Lo habían conseguido! La alegría de haber llegado al final del viaje se reflejaba en cada rostro a bordo mientras se aproximaba lentamente la ciudad de Ur, el lugar donde les aguardaban riquezas y un merecido descanso tras el largo periplo.