En las costas africanas #2
Una larga pasarela conducía hacia una aldea de chozas dispersas.
Allí entraron en contacto con un pueblo bantú que habitaba en las riberas del río.
Los intercambios se realizaron en un ambiente de cautelosa curiosidad.
Piezas de marfil, pulidas hasta brillar como la luna, se trocaron por delicada orfebrería traída desde Tarsis, joyas que destellaban bajo el sol tropical.
Tras varias semanas de navegación, llegaron a tierras aún más meridionales.
El cielo, que hasta entonces se había mostrado despejado, comenzó a cubrirse de nubes densas y amenazadoras.
Los vientos soplaron primero como un susurro inquietante y luego se desataron en un rugido furioso, trayendo consigo un temporal huracanado que zarandeó las embarcaciones como si fueran briznas de paja en el vasto e implacable mar.
Las olas, altas como colinas, golpeaban los cascos y arrancaban gritos de esfuerzo a los remeros mientras las velas, tiritando bajo la presión del viento, amenazaban con desgarrarse.
Durante la tormenta, Ibath se refugió en el espacio bajo la proa; vomitaba continuamente y su rostro reflejaba un terror que desmentía su supuesta sabiduría marinera.
A Nórax le sorprendió que un hombre que decía ser góidel y marino estuviera tan afectado por las inclemencias del mar.
Cuando la tormenta pasó, su rostro parecía apergaminado, y sus ojos, desorbitados, delataban aún el espanto.
—¿Estás bien? —le preguntó Nórax.
—Sí —respondió con un hilo de voz—, bien…, bien…
No era así. Tuvieron que pasar varios días para que Ibath se recuperara por completo. Pero, afortunadamente para él, el tiempo mejoró y los vientos los condujeron lentamente hacia el sur. Las naves quedaron exhaustas en un mar calmo pero inquietantemente silencioso.
Poco después, apareció una manada de criaturas que Nórax jamás había visto. Sus enormes cuerpos negros y blancos emergían y desaparecían en las aguas, como fantasmas que jugaban en la superficie. Fascinado pero también alerta, observó cómo los animales rodeaban las naves con movimientos precisos.
Ibath, ya recuperado, se acercó al timón donde Nórax dirigía la nave.
—Creo que son orcas —le explicó Ibath, con la voz baja, casi en un susurro—. Nunca he visto ninguna, pero me han hablado de ellas. Criaturas inteligentes, pero también peligrosas si se sienten amenazadas; pueden atacar a las naves…
Nórax frunció el entrecejo porque también había oído hablar de las orcas. Ibath le aconsejó:
—Haz que los remeros dejen de bogar. Y que todos guarden silencio; hasta el más leve sonido puede atraerlas.
Un aire de tensión recorrió las embarcaciones mientras las orcas se deslizaban en círculos alrededor de ellas, como si midieran a los intrusos en su dominio.
Sus aletas dorsales se alzaban como cuchillas negras contra el cielo gris.
Nórax, con las manos firmes en el timón, contenía la respiración, temiendo que el más leve ruido rompiera la frágil tregua.
Ibath cerraba los ojos y musitaba una extraña plegaria; veneraba a una divinidad que no era el dios Sol.
Nórax creyó oír que esa divinidad tenía un nombre: Ormuz.
Quizá el dios al que veneraba Ibath intercedió, porque, tras un tiempo que les pareció eterno, las enormes orcas, como si hubieran satisfecho su curiosidad, se adentraron en alta mar, dejando tras de sí el agua calmada y el rastro de un peligro que no llegó a materializarse.
Las costas comenzaban a inclinarse suavemente hacia el este, como si el continente se curvase para abrazar el océano.
Las brisas marinas, que durante el día soplaban desde el agua, y las brisas terrestres, que regresaban durante la noche, zarandeaban las embarcaciones sin descanso, convirtiendo la travesía en un constante vaivén.
Cada amanecer traía consigo una nueva batalla contra los elementos, y cada anochecer, una tregua precaria, envuelta en incertidumbre.
Varias naos se perdieron, tragadas por un mar inclemente o arrastradas hacia costas inhóspitas donde no había esperanza de rescate. Los marineros miraban con ojos fatigados el horizonte, preguntándose si la promesa de alcanzar tierras más allá de lo conocido valía el precio que estaban pagando.
Tras días interminables de lucha contra el oleaje, finalmente divisaron lo que Ibath les anunció con voz grave: el cabo de las Tormentas.
Se alzaba ante ellos como un límite imponente, un punto donde el océano rugía con furia ancestral, desafiando a quienes osaran cruzar sus dominios.
Ibath confesó que jamás había navegado tan lejos de las costas de Tarsis.
Sin embargo, había escuchado historias de otros marinos, relatos de tempestades implacables y corrientes traicioneras que aguardaban a quienes intentaran doblar aquel cabo. Estaba muy asustado.
—Nos enfrentamos a lo más peligroso del viaje —les advirtió, pero en su voz resonaba cierto terror contenido.
La tripulación, agotada pero decidida, se preparó para lo que vendría.
Frente a ellos, el cabo de las Tormentas se alzaba como un umbral hacia lo desconocido.
De nuevo Ibath se resguardó bajo el castillete de proa, sentado en las tablas de cubierta, ocultando la cara en las manos, como si no quisiera ver nada de lo que se avecinaba.
El viento aullaba con un ímpetu desmesurado, azotando las velas como si quisiera desgarrarlas.
La costa, traicionera y sembrada de escollos, ofrecía un panorama desolador; no había puerto alguno donde guarecerse.
La marejada levantaba los cascos de las naos y los inclinaba hasta casi ponerlos en posición vertical, mientras el sonido del mar se mezclaba con los gritos de los marineros, que luchaban por mantener el control.
De pronto un crujido ensordecedor rasgó el aire: uno de los palos mayores de la nao de Nórax se desplomó, arrancado por la furia del viento.
El pesado mástil cayó con violencia y golpeó a Feder, quien, aturdido, se desplomó sobre las tablas resbaladizas de la proa.
Un instante después, una ola gigantesca inundó la cubierta y lo arrastró irremediablemente hacia el abismo.
Nórax sintió cómo un frío helado le atravesaba el pecho.
Su mente, paralizada por un pánico abrumador, apenas procesaba lo que veía: Feder, su amigo, desapareciendo en las profundidades del océano embravecido.
Y entonces, antes de que el pensamiento diera paso al miedo, actuó.
Con un grito ahogado y un impulso desesperado, se lanzó al agua, enfrentándose a la brutalidad del mar.
El oleaje era descomunal. Cada ola, una montaña líquida, lo arrojaba de un lado a otro, golpeándolo con una fuerza que lo dejaba sin aliento.
El viento rugía, implacable, y la sal quemaba sus ojos mientras buscaba a Feder.
El tiempo parecía detenerse en una vorágine de agua, viento y desesperación.
Nórax tragó un torrente de agua salada y sintió cómo su fuerza se desvanecía.
En su desesperación, alzó una plegaria al dios, un clamor silencioso perdido en el caos.
Y entonces, como si el dios lo hubiera escuchado, una ola gigantesca lo empujó hacia delante con violencia.
Entre la espuma y la furia de las aguas divisó la silueta de Feder, que se hundía en las profundidades.
Nórax, con las manos temblorosas y los músculos al borde del agotamiento, se lanzó hacia él.
En un último intento, sus dedos se cerraron en torno al brazo de su amigo, frío y resbaladizo.
Con una fuerza que no sabía que poseía, tiró de él, luchando contra la corriente que parecía querer arrebatárselo.
El mundo se redujo a una lucha desesperada: salvar a Feder, mantenerlo a flote, volver a la nao. Y aunque el mar intentaba devorarlos, Nórax no cedió. La determinación en su pecho ardía más que el temor, impulsándolo a seguir adelante.
Agarrando a Feder con fuerza, gritó a pleno pulmón.
Desde la nao más cercana lanzaron una gruesa soga, que voló sobre el mar embravecido dibujando un arco que apenas rozaba el alcance de Nórax.
Las olas lo empujaban hacia abajo, tirando de él como si quisieran arrastrarlo al abismo sin retorno.
Sus músculos ardían y su pecho se comprimía por la falta de aire, pero, con un último esfuerzo desesperado, extendió la mano y logró aferrarse a la cuerda rugosa.
Con Feder colgando de un brazo y el agua golpeándolos con furia, Nórax sintió que flaqueaba.
Hizo acopio de su último resto de energía y gritó con toda la fuerza que le quedaba, una llamada que atravesó la tormenta y llegó a sus compañeros.
Sobre la cubierta, los hombres, presos de pánico y esperanza, comenzaron a tirar de la soga con gran esmero.
Cada tirón era una lucha contra la resistencia del mar, un esfuerzo para arrebatar a las aguas a aquellos que el mar había reclamado como suyos.
El ascenso fue lento, tortuoso, pero poco a poco Nórax y Feder emergieron del abrazo mortal del océano.
Las manos callosas de los marineros los izaron sobre la borda y los tumbaron en la cubierta empapada.
Nórax, exhausto y jadeante, apenas podía mover los brazos.
Su pecho subía y bajaba con el esfuerzo, y el sabor de la sal aún le quemaba la garganta.
Se giró hacia Feder temiendo lo peor, pero su amigo tosió violentamente, escupiendo agua de mar y recuperando el aliento. Nórax cerró los ojos por un momento, dejando que el alivio inundara su pecho. Después, con una débil sonrisa, miró a Feder y leyó el agradecimiento en sus ojos y en sus labios.
—Ya sabes que un marino nunca deja a otro marino atrás —susurró, agradecido por la segunda oportunidad que la vida les había concedido.
El mar seguía rugiendo a su alrededor, pero en aquel instante, en la cubierta de la nao, Nórax sintió que habían vencido a la muerte. Aunque el cansancio pesaba sobre ellos, una tenue chispa de esperanza brillaba con fuerza en medio de la tormenta.