Las naves de Tarsis En las costas africanas
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En las costas africanas

La flotilla de Nórax avanzaba con rumbo meridional, con la costa a babor.

Desde la amura se divisaba la verde cordillera del Atlas, montañas de piedra con bosques parcheados.

Nórax gobernaba desde la popa, las manos firmes sobre el timón; a veces se lo cedía a Feder y se apartaba a descansar.

Aprovechaba esos momentos para conversar con ­Ibath, que conocía muy bien el país de los dos ríos, del que le hablaba a menudo, pero en cambio no dominaba la navegación, aunque había viajado por la costa africana, y para advertirle de los próximos escollos que iban a encontrar.

El barco de Nórax iba siempre en cabeza.

Detrás navegaba Kendal, que de tanto en tanto los adelantaba, desafiante.

Más rezagado quedaba Sedric, que, todavía torpe con la vela, se desviaba a un lado y otro, como si luchara contra un viento caprichoso.

Las naves eran de todo tipo: algunas de casco plano, otras redondeadas, con proas alzadas o planas, mascarones de toro o de ave marina.

Todas marineras, todas listas. Llevaban altos mástiles de madera de cedro, velas de lino tensas al viento y entre veinte y treinta remeros por banda. Iban al encuentro de lo desconocido.

El sol se había puesto y levantado cinco veces desde que zarparon.

Navegaban separados de la costa porque las imponentes montañas del Atlas desde lejos les indicaban el rumbo.

Durante esa etapa, hicieron varias paradas en estuarios donde algunos ríos descendían de la montaña hacia el mar, como hilos de agua que morían en el azul profundo.

El clima era benigno, y el cielo no anunciaba tormentas.

La brisa marina jugaba con el claro cabello de Nórax, quien sentía una dicha serena al timón.

En cada parada, los hombres descendían a tierra para llenar los odres en las aguas dulces.

En la última de ellas, mientras los rellenaban, Ibath señaló la línea lejana de la costa, recta y blanca como el filo de un cuchillo.

—De aquí en adelante, entramos en el dominio del gran desierto africano —declaró, su tono cargado de una advertencia velada—. Los ríos que encontraremos estarán secos casi todo el año, salvo en la temporada de lluvias.

Cuando desembarcaban en los estuarios para acopiar agua, pronto eran rodeados por las gentes del lugar.

Los márgenes del río bullían de vida. Pequeños grupos de niños surgían entre los matorrales, con la curiosidad encendida en sus ojos oscuros.

Tenían la piel como la obsidiana, labios generosos y narinas anchas que parecían beber el aire cálido.

Las risas infantiles, cristalinas, llenaban la ribera mientras señalaban a los marineros con dedos delgados, como si fuesen criaturas salidas de otro mundo.

Observaban maravillados la piel pálida de los navegantes, sus cabellos claros que destellaban bajo el sol y los barcos estilizados, con figura de cabeza de toro en sus mascarones de proa, anclados junto a los ríos.

Los alisios los empujaron con suavidad hacia el sur, acariciando las velas y llenando el aire de una frescura salina.

Junto a la flota, se extendían vastas tierras desérticas teñidas de un amarillo siena que parecía vibrar bajo el sol abrasador.

El paisaje cambió poco a poco, como si el mundo respirase a otro ritmo.

Las suaves brisas costeras los condujeron más allá del desierto.

Ante ellos se desplegaron bosques tropicales, exuberantes.

El verdor denso y vibrante de los árboles se mezclaba con el rumor incesante de las aves, los gritos de los monos y el distante eco de ríos caudalosos.

Todo contrastaba con la aridez que habían dejado atrás.

El aire era más húmedo, más denso. El mar olía distinto, como si arrastrara savia en lugar de arena.

Pasó una semana más de navegación. Las naves avanzaban ahora con lentitud, doblando la gran panza del continente africano.

Las corrientes eran caprichosas, y las mareas, fuertes.

Finalmente llegaron a una amplia bahía donde las aguas se volvían más tranquilas y reflejaban el cielo con un brillo de zafiro.

Ibath señaló la costa y dijo:

—Esta es la Costa Dorada, llamada así por la riqueza en oro de sus tierras.

La noticia corrió entre los hombres como una chispa.

Desde las cubiertas, contemplaban las tierras que se extendían más allá de la bahía: colinas bajas prácticamente ocultas por densa vegetación, palmeras altísimas, árboles de copa ancha y un sinfín de aves que cruzaban el cielo en bandadas ruidosas.

Más a lo lejos, pequeñas columnas de humo ascendiendo al cielo desde aldeas dispersas. Todo parecía prometer abundancia.

Cuando desembarcaron, entraron en contacto con los habitantes de aquella tierra.

Eran hombres y mujeres de piel más clara que los nativos que habían encontrado anteriormente, con ojos de color castaño oscuro.

Sus gestos eran tranquilos aunque atentos, y pronto se estableció un diálogo por gestos entre los marinos tartésicos y los naturales del país.

El reyezuelo local, un hombre vestido con telas multicolores y adornado con collares de plumas, se presentó acompañado de su séquito.

Bajo la sombra de un baobab centenario, cuyas ramas se extendían como brazos protectores sobre el séquito, comenzó el intercambio.

Los hombres de Tarsis extendieron sus tesoros ante los ojos curiosos de los nativos: ajorcas y fíbulas que brillaban al sol, pequeños espejos de plata donde algunos se contemplaban con fascinación y collares de cuentas de cristal que provocaron murmullos de admiración.

A cambio recibieron pepitas y lingotes de oro y una sal blanca y cristalina que brillaba bajo el sol inclemente de aquellas tierras.

Feder se encargó del trueque mientras Nórax permanecía en la cubierta del barco, observando desde allí la actividad que se desplegaba entre la playa y las naves. Desde su posición, podía ver a los nativos ir y venir, cargando cestas y hablando en una lengua llena de sonidos rápidos y musicales.

Cuando Feder regresó, estaba visiblemente contrariado, murmurando entre dientes algo sobre Kendal.

—¡Maldito Kendal! —masculló, dejando caer un saco de mercancías en el suelo de la nave—. Siempre consigue las mejores piezas. ¡Es como si nos robase!

Nórax apenas alzó la mirada; aquella queja no era nueva, sino parte de una rivalidad antigua y larvada entre los dos.

Desde los tiempos de la Escuela de Navegantes, Feder y Kendal competían en todo: desde la habilidad para leer las corrientes hasta la rapidez para hacer tratos ventajosos en los mercados.

Pero mientras que Kendal sobresalía por su instinto y la ventaja de proceder de una familia rica y prestigiosa, Feder siempre parecía ir un paso por detrás, algo que, aunque no lo admitiera, lo corroía por dentro.

—No es para tanto, Feder —intentó calmarlo Nórax, apoyando una mano en su hombro—. Ya sabes que al final del viaje todo se repartirá equitativamente.

Feder no estaba del todo conforme. Seguía murmurando mientras revisaba las piezas obtenidas en el intercambio, su enfado tan evidente como el sol que comenzaba a declinar. Nórax suspiró y, para que dejara de protestar, le ofreció el timón.

El barco avanzó lentamente, surcando aguas cada vez más oscuras y profundas. Ibath les advirtió de que pronto llegarían al delta del río Níger. Describió las fuertes corrientes que fluían hacia el mar en esa región y que la convertían en un desafío para cualquier navegante.

—Será difícil cruzarlo. Las aguas aquí son traicioneras —declaró, señalando al horizonte, donde el río parecía abrazar el océano—, pero tampoco conviene alejarse mucho de la costa porque hay corrientes que pueden arrastrarnos a mar abierta.

Tardaron varios días en recorrer el delta por la lentitud de la navegación.

La corriente del río los empujaba hacia el oeste, alejándolos de la costa.

Los remeros, exhaustos, apenas lograban mantener el avance mientras el viento parecía haberse dormido.

Daba la impresión de que el tiempo se alargaba, y la tensión de la navegación lenta se mezclaba con el calor sofocante y el constante zumbido de los insectos que brotaban de las riberas.

Una vez pasado el delta, las costas se abrían en largas playas de arenas blancas, como cintas interminables, bordeadas por cocoteros de troncos plateados que se balanceaban bajo el cielo azul intenso del trópico.

Más allá, palmeras más oscuras ofrecían un contraste vibrante, sus hojas susurrando bajo la brisa marina.

Entre sus ramas, monos pequeños y ágiles se deslizaban con destreza, saltando de un árbol a otro en un juego interminable.

De vez en cuando, las naves echaban anclas cerca de la orilla. La tripulación desembarcaba y hundía sus pies en la arena cálida. Luego, tumbados al sol y con el suave murmullo de fondo de las olas, descansaban del cabeceo interminable del barco.

A menudo se adentraban en pequeñas aldeas cercanas para realizar trueques. Allí, entre risas, palabras entrecortadas en lenguas desconocidas y gestos expresivos, intercambiaban productos traídos de Tarsis por los frutos, el marfil y las piedras preciosas de aquellas tierras.

Las naves surcaron el estuario del caudaloso río Nzadi.

Intentaron remontar sus aguas, pero se encontraron con unas cataratas impetuosas que les obligaron a regresar al mar.

En el cauce del río pudieron llenar los odres con agua fresca, aunque no sin dificultad: cocodrilos de grandes dimensiones e hipopótamos acechaban en la ribera y dificultaban el acceso de las naves a la orilla.