Las naves de Tarsis La hazaña de Nórax #3
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La hazaña de Nórax #3

Así era Nórax: no era un hombre autoritario, pero tenía una capacidad de mando natural.

Dominaba el arte de la navegación, con una sabiduría innata para reconocer el mejor rumbo y realizar las maniobras adecuadas, y eso se sabía en la ciudad.

Además, muchos lo obedecían como jefe natural de la casa góidel.

Finalmente, Nórax se mostró de acuerdo levantando el cuenco de vino en alto; los otros lo imitaron mientras gritaban:

—¡Vivan las naves, las naves de Tarsis!

—¡Viva la empresa africana!

—¡Recorreremos el mundo y encontraremos nuevos caladeros, nuevos puertos!

Nórax se dirigió al marino de cejas pelirrojas que seguía junto a ellos.

—Necesitamos a alguien que haya hecho el viaje, aunque solo sea una parte. Tú…

El hombre de la nariz aguileña y el pelo rojizo sonrió al ver la excitación de sus compañeros.

—Me llamo Ibath, y soy de la casta góidel como vosotros. Llevo muchos años fuera.

Los otros seguían gritando entusiasmados y contentos, pero Nórax, algo más sereno que el resto, le preguntó:

—Pues bien, Ibath, ¿te vendrías con nosotros?

—Nunca he navegado más allá de la panza de África, no he sobrepasado el río Níger.

—¡Ya has ido más lejos que ninguno de nosotros! —le respondió Kendal.

Eufóricos como estaban, y con la ilusión de la empresa, todos le vito­rearon gritando «¡Viva Ibath!

». Le alzaron en hombros como si ya hubiesen completado la travesía.

Cuando abandonaron la taberna, ya era noche cerrada.

Agarrados por los hombros, saltaban gritando y cantando por las callejuelas de la ciudad, muy excitados.

A una ventana se asomó una mujer para reprocharles a gritos que no dejaban dormir a sus niños.

En los días siguientes se difundió la noticia de que Nórax y un grupo de marinos góidel iniciarían una larga travesía, rodeando África hasta la tierra de los dos ríos, en busca de fama y riquezas.

Muchos jóvenes desocupados de Tarsis, ansiosos de aventuras, se unieron a la empresa, lo que permitió a Nórax seleccionar a los más capacitados y valerosos para las tripulaciones.

Feder, el pelirrojo, navegaría con Nórax en su misma nave, como en la travesía a las Casitérides, porque le infundía confianza. Kendal capitanearía otra nave, al igual que Sedric, quien logró que su acaudalado padre financiara un barco con su carga, del que asumiría el mando.

Se constituyó una escuadra naval formada por la mayoría de las naves góidel, identificadas por el trisquel en las velas, y por otras naves de diversos clanes.

Con el apoyo que les proporcionaron la casa de Argón y el padre de Kendal, así como otros hombres acaudalados de la ciudad, cargaron las bodegas de los barcos con piezas de orfebrería, madera y cerámica, y con otros objetos de cristal.

Nórax era muy consciente de que el viaje era temerario y audaz; si regresaban, su fortaleza se haría más evidente, pero existía el peligro de que nunca volviesen.

¡Cuánto le habría ayudado que su padre hubiese mantenido la cabeza totalmente clara!

Y es que Argón, tiempo atrás, había recorrido las costas africanas, de donde traía oro, pero ahora su mente estaba oscurecida.

Muy despacio, Nórax le explicó a su padre lo que pretendían.

Argón, aunque quizá no entendió todo el alcance de la empresa, percibió que el afán por la navegación que un día le había llenado el alma colmaba el corazón de su único hijo.

En su demencia, reconoció que Nórax emprendía una nueva singladura y le bendijo, pero ya las palabras grabadas en su mente, con las que los marinos despiden a sus hijos cuando se hacen a la mar, no le salían. Nórax se sintió afligido.

La madre sollozó al verlo partir, como lloran las mujeres de los marinos cuando estos se embarcan en aventuras de las que quizá nunca regresen.

—Durante largo tiempo estarás lejos de mí, y no sabré si estás vivo o muerto. No sé si te veré a la vuelta… —suspiró—. ¡Hijo mío! Algo me dice que no volveré a verte más.

Él la estrechó fuertemente entre sus brazos, abatido por haberle provocado pesar.

El día de la partida, prácticamente toda la ciudad se congregó en el puerto. Incluso Gerión, que en los últimos tiempos apenas salía de palacio, se acercó al muelle para despedir a la gran flota comercial.

Sobre los muelles, Nórax recibió el adiós de su madre con lágrimas en los ojos y un nudo en la garganta.

Argón, su padre, no salió del palacio. Sumido en un mundo incongruente, se perdía cada vez más en los laberintos de su propia mente, incapaz de discernir la realidad.

Poco a poco su lucidez se desvanecía como arena entre los dedos, y no tuvo fuerzas para acercarse al puerto a despedir a su hijo.

Las trompetas sonaron al tiempo que, desde el triple muelle circular, los barcos que componían el convoy iban saliendo hacia el Gran Canal central.

Al frente, el sol les iluminaba, reflejando sobre el agua las velas blancas, grandes y desplegadas, marcadas con el trisquel góidel y con emblemas de Tarsis.

La escuadra naval salió del puerto, atravesó el estuario y bordeó por el sur la isla de Hesperia para dirigirse a alta mar, guiados por el sol, que se alejaba hacia el occidente.