Las naves de Tarsis La hazaña de Nórax #2
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La hazaña de Nórax #2

Solo el rey sabía bien lo sucedido, pero lo había guardado en secreto por el descrédito que suponía para su hija y porque deseaba proteger a las que le quedaban. Así que con voz decidida se negó firmemente a que hubiera ningún tipo de contacto entre Hesperia y Tarsis.

Nórax intentó decir algo más, pero no lo dejaron terminar; rechazaron con desprecio su propuesta, tomándolo por un insensato. Murmuraron que, siendo niño, ya quería ir a Hesperia y por eso había sido condenado. También lo acusaron de herejía por ir contra las tradiciones.

Quizá Krysaor, desde el otro extremo de la sala, fue el único que comprendió lo que Nórax pretendía: acercar a las mujeres de la isla a Tarsis.

Intuyó que su antiguo camarada quería traer sobre todo a una de ellas.

Le hizo un gesto, como para darle a entender que estaba de acuerdo con su propuesta, pero Nórax fingió no verlo.

Kendal, a la salida, se dio cuenta de que Nórax estaba muy alterado.

—No he conseguido nada —le confesó, cariacontecido.

Su amigo, que no entendía muy bien lo que Nórax se proponía con aquella liberalización de las costumbres, lo interrumpió:

—Lo que propones es arriesgado. ¡Las hespérides son vírgenes hermosas! ¡Hay que protegerlas! Sería peligroso sacarlas de la isla y acercarlas a Tarsis; están mejor resguardadas donde están. ¡Hay que seguir la tradición! Las cosas son como son.

—No es justo lo que les ocurre.

—¿Por qué? Ellas no protestan. Seguramente aceptan la costumbre. Se dice que viven en un paraíso…

Nórax se revolvió:

—Eso no es así. ¿Tú qué sabes?

—¿Lo sabes acaso tú? —preguntó Kendal, asombrado por la actitud de su amigo.

Nórax estuvo a punto de responderle que sí que lo sabía, que una hespéride se lo había revelado no tanto tiempo atrás, pero optó por callarse.

Al verlo tan preocupado, Kendal reflexionó en voz alta:

—Aunque tuvieras razón, en el consejo no van a hacerte caso. Tú y yo somos aún jóvenes, y los del consejo no nos respetan, ni a ti ni a mí.

—¿Cómo lograr que lo hagan?

—Solo el oro y la influencia hacen cambiar las voluntades del consejo.

Eres rico, pero no lo suficiente para comprar a sus miembros.

Y, aunque desde que volvimos de las Casitérides te consideran un buen navegante, tus hazañas no bastan aún para forjarte una reputación que te permita influir en sus decisiones.

Kendal estaba en lo cierto, y Nórax se quedó pensativo.

Los dos amigos siguieron andando en silencio de camino a la zona del mercado que se abría a los muelles circulares. En una tabernucha se encontraron con Feder y Sedric.

—¿De dónde venís?

—Del consejo. Nórax quiere cambiar el mundo —exclamó Kendal embromándolo.

A este no le hicieron ninguna gracia estas palabras.

—¡Déjame en paz! —respondió con voz destemplada.

—Todo se arregla con un buen vino —propuso Sedric.

Los otros asintieron y se sentaron en la parte exterior de la taberna del puerto, bajo un toldo, en unos taburetes de madera, alrededor de una mesa. En la bahía, sobre el horizonte, el sol descendía hacia el mar, trazando una larga estela rojiza sobre el agua.

Sedric le hizo una seña al cantinero.

El muchacho había crecido desde el viaje, y ahora sus espaldas eran anchas y poderosas.

Les trajeron el vino y comentaron los últimos espectáculos en la arena, quién se estaba enriqueciendo y quién arruinando.

Bebieron mucho y rieron más, ante el silencio de Nórax, que paladeaba lentamente el vino, encerrado en sí mismo y sintiéndose ridículo por su intervención en el consejo.

Los recuerdos, desde que había visto a Eteria en el gran círculo de piedra, eran aún más intensos y vívidos.

En su mente se le representaba una doncella de cabellos cobrizos y ojos color de miel.

Sentía que la había fallado. No había conseguido que las cosas cambiasen, ni había podido sacarla de su jaula de oro.

El vino alegró a todos, excepto a Nórax, que seguía callado.

Los demás gritaban recordando el viaje a las Casitérides como una expedición peligrosa que habían llevado a buen puerto.

Un hombre que no parecía estar totalmente sobrio, de pelo rojizo, nariz aguileña, cejas espesas y ropas cubiertas de mugre, se unió a ellos.

Les afeó que presumieran de un largo periplo cuando el viaje realmente difícil no era hacia el norte, sino hacia el sur, hacia el gran continente que se extendía más abajo de las columnas de Melkart.

—Allí hay oro. Las costas de la gran panza africana son ricas en oro, sal y piedras preciosas, pero aún hay más…

África se podría rodear —a firmó— navegando hacia el sur y, después, tras bordear el cabo de las Tormentas, virando hacia el norte para llegar al país de Punt.

Desde allí, navegando hacia el este, se puede arribar a las tierras de los dos ríos, el país de los sumerios, donde hay hermosas ciudades con las que se puede comerciar y conseguir todo tipo de tesoros.

—¿Cuánto se tardaría en todo eso?

—No lo sé, más de un año.

La expresión del hombre era dubitativa; él no había conseguido llegar tan lejos, pero había oído historias de navegantes. Lo que contaba despertó el interés de Nórax y sus amigos.

—Hasta ahora, para llegar al país de los dos ríos —afirmó Kendal, que era el que tenía más experiencia y había viajado hasta Egipto costeando el Mediterráneo por el norte de África—, hay que cruzar el Mediterráneo en barco, para después atravesar las estepas y los desiertos del oriente.

—Las estepas son peligrosas, más aún que la navegación —añadió Sedric, quien lo había oído de su padre, el comerciante—.

Los bandidos aguardan en las tierras de Canaán, y aún más en las estepas de Assur, Hatti y Mittani, donde asaltan a los mercaderes.

Además, se necesitan caballos fuertes y camellos…

—¡Os aseguro que es posible rodear África en barco y llegar a las tierras asirias mediante una navegación de cabotaje! —insistió el desconocido con firmeza—. Es un viaje largo, pero quizá menos arriesgado que la travesía por tierra.

Feder, Kendal y Sedric lo acribillaron a preguntas, con la efervescencia que presta el vino.

Nórax los observaba en silencio, pero no se perdía una palabra; había salido de sí mismo.

Todos ansiaban una nueva empresa, algo que los llevase lejos de las populosas calles de Tarsis.

Eran jóvenes, ya habían probado la navegación en alta mar, y el afán de aventuras los espoleaba.

Aunque no hablaba, el que anhelaba un cambio más que ninguno era Nórax.

Quizá esa hazaña le proporcionaría los caudales y el prestigio necesarios para influir realmente en el consejo.

Además, en Tarsis se ahogaba, con su padre enfermo y, ahora, además, sintiéndose ridículo tras haber sido desestimado por el propio rey Gerión.

—¡Mi padre sufragaría los gastos! —exclamó Sedric con entusiasmo. Después, con voz algo temblorosa por el vino, confesó—: Se ha resignado a que yo sea marino. Sabré convencerlo de que es una empresa que merece la pena.

Levantaron de nuevo los vasos, derramando el licor del fruto de la vid, y gritaron arrebatados de entusiasmo. Nórax callaba, sopesando en su fuero interno el proyecto, pues no era un hombre impulsivo. Feder, viendo que dudaba, se dirigió a él:

—Eres el jefe de tu casa y, en definitiva, de todos los góidel . ¿Qué te impide enrolarte en una navegación en la que se descubrirán nuevas rutas? ¡Te necesitamos para que dirijas esta empresa de la que se van a derivar fama, riqueza y honor! Muchos te seguirán.