Las naves de Tarsis La hazaña de Nórax
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La hazaña de Nórax

Desde lo alto de su casa, como tantas veces desde su regreso, Nórax contemplaba la bahía y el horizonte, donde una marejadilla levantaba rastros de espuma en el agua gris azulada.

Entre Tarsis y el mar abierto se interponía la isla de Hesperia en la boca del estuario.

Cada vez que veía la isla desde la terraza, algo se encogía dentro de él.

Allí estaba ella, atrapada en una prisión paradisiaca, la isla de Hesperia, que se recortaba en el horizonte, tan misteriosa y cerrada como siempre.

Recordó las palabras de Eteria: «Sin libertad no es posible el paraíso».

También le había dicho que quizá el dios los había llevado a Hesperia, a él y a Krysaor, para liberarlas.

Por último, conducido por sus pensamientos, volvió a evocar su imagen en el círculo de piedra, pidiéndole que la sacase de la isla.

Habían pasado ya varios años desde su estancia en la isla y no había hecho nada para cambiar la situación, para liberar a Eteria.

Y, sin embargo, ¿qué podía hacer él? No podía oponerse a la ley de Tarsis: ninguna hespéride debía salir de Hesperia, salvo las mensajeras, que no tocaban puerto, sino que entregaban y recibían los mensajes en mitad de la bahía, a bordo de barcazas ceremoniales.

Nórax lo sabía. Y, aun así, se había prometido que cumpliría la promesa hecha a Eteria.

Pasó largo rato oteando el mar. Su mirada no se apartaba de la línea difusa en la que el agua se fundía con el cielo. Allí, en medio del horizonte, divisaba Hesperia. Pensaba. Recordaba. Pero no hallaba salida; solo el oleaje, constante, inmutable, lejano, repitiendo el mismo rumor cadencioso.

Notó tras de sí una presencia. Era Cidón. El criado consideraba los asuntos de la familia góidel como propios, y por eso se dirigió a él en voz baja, pero con tono de reproche:

—Vuestro padre envejece deprisa… Se le escapan las cosas de las manos, y la memoria le falla —su voz sonó triste al decirlo—. Ahora es vuestra obligación acudir al consejo.

Al oírle, Nórax mezcló sus propios pensamientos con las palabras de Cidón.

Sin contestarle, pensó que en el consejo se encontraría con Krysaor, a quien no deseaba ver.

Sin embargo, en ese momento tenía en la mente la promesa hecha a Eteria: debía acudir allí, al lugar donde se dictaban las leyes de la ciudad.

Le había prometido que la defendería. Pero no lo había hecho.

Antes tenía la excusa de que era su padre quien representaba a su casa.

Pero ahora el deber era suyo, dada la situación física de Argón.

Por su modo de ser, resignado y algo conformista, le costaba enfrentarse al consejo. Pero también tenía presente el sufrimiento de Eteria, y deseaba ayudarla más que a nada en el mundo. Se volvió hacia Cidón, le palmeó el hombro y le aseguró que iría.

Pocos días más tarde tuvo lugar una reunión del consejo.

Cuando la luz de la mañana brillaba sobre los tejados de oricalco, Nórax subió por la calle hacia la gran edificación circular donde se tomaban las decisiones de Tarsis.

Vestía una túnica blanca bordada, ceñida al pecho, y cubría sus hombros con un manto largo, de tono rojizo oscuro.

Junto a él caminaba Kendal, también miembro de una ilustre familia góidel .

Ambos cruzaron en silencio las avenidas empedradas hasta alcanzar los imponentes portones de la sala del consejo.

La construcción circular se alzaba en la cima de la ciudad, cerca del templo y el palacio, abierta hacia la desembocadura del río.

La luz de la mañana se filtraba por el pórtico, bañando las columnas doradas, altas y silenciosas.

El consejo estaba compuesto por los representantes de los diez clanes, descendientes de los hijos de Jafet.

Las gradas se disponían en forma radial, rodeando una amplia zona central donde se alzaba el trono del rey Gerión, símbolo de autoridad y poder.

Sobre cada bancada, una estatua representaba al patriarca fundador de cada clan, salvo en la sección de Tarsis, donde destacaban dos figuras: Gael e Ibrós, los dos hijos del legendario Tarsis.

A la derecha del hemiciclo se encontraban los hijos de Gomer, cuyos miembros ocupaban la primera bancada vertical. Junto a ellos, en orden sucesivo, se sentaban los representantes de Magog y Túbal. Estas tres tribus, fuertes y numerosas, gozaban de una posición privilegiada en el consejo.

En el centro del hemiciclo el espacio estaba reservado para los descendientes de Javán, pero su representación se dividía entre los cuatro hijos de este patriarca: Elisa, Quitim, Tarsis y Dodanim.

Las tribunas de estos clanes formaban un bloque prominente, reflejo de su importancia histórica y su influencia en la ciudad.

La bancada que correspondía a Tarsis se dividía en dos filas paralelas.

A un lado estaban los góidel, hijos de Gael, donde Nórax ocupaba un asiento destacado.

Al otro lado, los descendientes de Ibrós, entre los cuales Isotalcio —hombre ambicioso, crecido bajo la sombra de Krysaor— ocupaba un lugar relevante.

Finalmente, cerrando el semicírculo, se encontraban las bancadas de los otros tres hijos de Jafet: Madai, Mesec y Tiras. Estos clanes, aunque menos numerosos, eran conocidos por su lealtad y por custodiar las tradiciones más antiguas de Tarsis.

La disposición del consejo no solo representaba la jerarquía y el linaje, sino también un equilibrio frágil entre los diferentes clanes.

Cada palabra pronunciada en aquella sala tenía el peso de generaciones, y en sus muros aún vibraba el eco de las decisiones que habían dado forma al imperio tartésico.

Nórax observó el lugar en silencio, consciente de que aquel recinto no era solo el senado de Tarsis, sino su mismo corazón, donde el pasado y el presente confluían para decidir el porvenir.

En primer lugar, se abordó el asunto de los impuestos necesarios para construir un sistema de alcantarillado que recorrería la ciudad.

Luego se discutió la urgencia de nuevas canalizaciones, pues el agua desbordaba a menudo los diques y ponía en peligro a los barcos varados desde que habían comenzado los movimientos de tierra.

Alguien mencionó que los recientes temblores podían estar en el origen de estas inundaciones.

Otro se preguntó por qué ocurrían, pero enseguida los miembros de la casa de Túbal —la de Krysaor— propusieron soluciones prácticas sin detenerse en la causa de los temblores.

Cuando se dio por concluido el asunto de las canalizaciones, el rey preguntó si alguien deseaba proponer algo más.

Nórax se levantó. Se sentía nervioso, consciente de que las miradas se centraban en él con cierta sorpresa: ningún miembro de la casa góidel había intervenido en los últimos tiempos en las reuniones del consejo, y era la primera vez que él lo hacía.

El hijo de Argón comenzó a hablar lentamente, con una voz en la que vibraba cierta timidez.

Inició su discurso relatando que, en el curso de sus viajes por el Atlántico —desde las columnas de Melkart hasta las Casitérides—, había encontrado señales del culto al sol: estelas, círculos de piedra, túmulos orientados al solsticio.

Recordó que ellos mismos, en Tarsis, adoraban al dios solar y que existía un santuario en la isla de Hesperia.

Se detuvo, fijó sus ojos azules y brillantes en el consejo y, con una voz cada vez más temblorosa y menos firme, continuó diciendo:

—Todo ello es posible porque hubo un tiempo en que las sacerdotisas de Atón se relacionaban con todo el orbe, y particularmente con Tarsis.

De nuevo se calló unos instantes. Ante el silencio expectante de todos, exclamó con decisión:

—En antiguos manuscritos he podido consultar que las hespérides asesoraban a quienes regían los destinos de Tarsis, e incluso que, en edades pasadas, algunas de ellas acudían al consejo para exponer sus opiniones.

Entre el público se extendió un murmullo: «¿Adónde nos quiere llevar este?» o «¿Adónde quiere ir a parar?». Pero Nórax, con fuerte voz y levantando la mano derecha con gesto de firmeza, prosiguió:

—Durante muchos años, no se podía acceder a la isla durante la noche porque una criatura peligrosa la protegía, pero el dios Atón ha abierto los caminos hacia la isla.

Se detuvo ante el murmullo general, pero enseguida, tras tragar saliva, retomó su alocución con voz firme:

—Ya no existe el dragón de Hesperia, razón por la cual ahora las atalayas se encienden por la noche. ¡El paso hacia Hesperia está libre! ¡Ha llegado el momento de acercar a las hespérides a Tarsis y recuperar todo lo que ellas nos puedan aportar!

Se oyeron voces de estupefacción. Algunos decían que estaba loco, que cómo se atrevía a decir tales cosas.

Lo que proponía les parecía algo herético, absurdo y extraño.

Varios se revolvieron en sus sitiales: los más ancianos, que recordaban la historia por la que se había cerrado el acceso a Hesperia, exclamaron que hacía varias generaciones que aquello había ocurrido y que se había hecho para protegerlas.

No se aceptó.

—¡Las hespérides son puras y sagradas, deben estar fuera de esta ciudad en la que hay corrupción!

El rey Gerión, que presidía la reunión del consejo, se levantó. Se hizo un silencio tenso.

Gerión se negó terminantemente:

—¡No entiendo cómo alguien de la casa góidel puede proponer semejante herejía! Eso no puede ser, y menos aún desde… —calló unos instantes, sin ser capaz de explicarse bien, hasta que finalmente exclamó sin concretar—: los últimos sucesos.

Los asistentes se miraron unos a otros porque nadie conocía exactamente lo que había ocurrido en Hesperia en los últimos tiempos antes de que los fuegos en las atalayas comenzasen a iluminar las noches.

Se rumoreaba que algo terrible había pasado allí, que la Gran Vestal había muerto, que una hespéride había sido ejecutada.