Los ruidos #3
Fue en aquellos días, en los que Krysaor se enriquecía y ganaba adeptos en la ciudad, cuando Argón, el padre de Nórax, comenzó a decaer.
Por las noches lo atormentaban pesadillas que lo despertaban bruscamente y le hacían gritar.
Decía que veía la isla de Hesperia ardiendo.
Su esposa intentaba calmarlo. Más tarde empezó a tener alucinaciones despierto de lo que antes había vislumbrado en sueños; las visiones acudían a él en el ocaso, cuando gritaba aterrorizado:
—¡Hijo mío! —clamaba—, la serpiente ha venido para llevarme al inframundo y torturarme allí.
Algunas tardes lo encontraban en las terrazas, mirando fijamente al mar, como si viera algo emerger de las aguas.
Entonces perdía el juicio y se olvidaba de lo cotidiano, de vestirse o de comer.
Todo esto parecía tener alguna relación con el dios, porque la locura era mucho más patente al crepúsculo, cuando el sol comenzaba a bajar frente a las terrazas del palacio góidel y se hundía en el mar.
Durante el día, solía estar más lúcido, y Nórax podía mantener una conversación con él, pero algo en Argón había cambiado. Se mostraba indiferente a muchas de las que habían sido sus ilusiones o preocupaciones del pasado.
Dada la situación mental de Argón, Nórax tuvo que hacerse cargo de todos los asuntos de los góidel .
Sin nadie que los defendiera, los distintos clanes sabrían sacar partido de la debilidad del jefe del linaje.
La ciudad de Tarsis se gobernaba por el consejo de notables, el senado que asistía al rey Gerión.
Argón era uno de los notables de la ciudad, y el cargo se heredaba de padres a hijos.
Al faltar Argón, Nórax se convirtió en el jefe de la casa góidel en el senado.
Fue en este tiempo cuando Krysaor y Nórax coincidieron en el consejo.
Cada uno representaba a su estirpe: Krysaor, a los hijos de Túbal, una importante familia de comerciantes descendiente directamente de Jafet, y Nórax, a los góidel, sucesores de Gael, hijo del patriarca Tarsis, y nietos de Jafet, que era armadores y propietarios de la mayoría de las naves de la ciudad.
Krysaor no era ya el pobre hombre cubierto por harapientas ropas negras, de piel pálida y extremadamente delgado.
Ahora llevaba anillos de piedras preciosas, el cabello cuidadosamente rizado y túnicas bordadas con hilos de oro.
Todo en él denotaba opulencia. Sobre su pecho brillaba el tetrasquel de la casa de Túbal engarzado en turquesas, perlas y zafiros.
Cada vez que Nórax se encontraba con Krysaor, la historia que él mismo le había contado se repetía en su mente y lo llenaba de repulsión.
Recordaba también el espectro de Eglea advirtiéndole con voz dulce y entristecida de que no se fiara de él.
Nórax era el único que conocía su crimen, pero no podía hacer nada para que pagara por él.
Le costaba incluso mirarlo a los ojos, y evitaba dirigirle la palabra.
Sin embargo, Krysaor seguía considerándolo amigo suyo.
Se había exculpado de lo ocurrido en Hesperia, atribuyendo la responsabilidad a las leyes de la ciudad y a la odiosa religión del dios solar, que consideraba rígida y despiadada.
Quizá por ello se había convertido en adorador del dios Cándamo y de la diosa serpiente.
Para no coincidir con él, Nórax dejó de asistir al consejo.
Ya habían pasado unos cuatro o cinco años desde su estancia en Hesperia.
Krysaor se había convertido en un comerciante próspero, miembro respetado del consejo, revestido de riqueza y arrogancia.
Mostraba una actitud engreída y displicente.
Nórax llegó a pensar que el pasado no le afectaba.
Pero en la fiesta del solsticio de aquel año, cuando las nuevas hespérides fueron enviadas a la isla, comprendió que no era así.
El sol ardía en lo alto cuando las grandes barcazas con las niñas salieron del puerto de Hesperia. En la proa del navío del consejo, Krysaor y Nórax se mantenían en la amura de babor. Krysaor miraba el agua, ausente. El sonido agudo de un pífano ceremonial lo sacó de su ensimismamiento.
La barcaza alcanzó la nao real. En la popa estaban los jóvenes príncipes que se educaban en el kap .
Uno de ellos, de cuatro o cinco años, sentado muy serio en las bancadas de delante, lo observaba todo con atención, con los ojos muy abiertos.
Sus cabellos eran de color rubio casi blanco, y cuando levantó los ojos para observar con curiosidad la barcaza del consejo, tanto Krysaor como Nórax ahogaron un grito: era la viva imagen de Eglea, solo que sus ojos, en lugar de ser color ámbar, como los de las tres hijas de Gerión, mostraban un verde intensísimo, un verde agua casi traslúcido, muy claro.
En ese momento Krysaor se incorporó e hizo un gesto hacia el muchacho con una enorme ternura. El maestro de ceremonias que había en nuestro barco le llamó la atención, incapaz de entender que uno de los nobles se levantase y rompiese el protocolo.
Él se volvió furioso, farfullando palabras malsonantes, pero sin levantar la voz, de modo que solamente Nórax lo entendió cuando exclamó: «Un día Gerión y todos los adoradores del sol pagarán lo que me han hecho».
El chiquillo se asustó ante los gestos de aquel hombre que, a pocos metros, en la barca de al lado, parecía amenazarle y bajó la cabeza retirando la vista.
Después se encaminó hacia el lugar central del barco y cogió la mano de su abuelo Gerión, sentado en el trono.
El viejo rey le acarició los rubios cabellos con una sonrisa afectuosa, y el chico se la devolvió.