Los ruidos #2
—¡Debéis hacerlo! Habéis regresado de las Casitérides en muy poco tiempo, con la carga completa y sin perder ni un solo barco.
Esa clase de hazañas son valoradas en este país, donde se reverencia a los buenos navegantes.
Aprovechad vuestro prestigio creciente y enfrentaos a Krysaor y al culto que está difundiendo. ¡No hay tiempo que perder!
Nórax movió la cabeza de un lado a otro y plegó los labios, como dando a entender que había que hacer algo, pero no sabía bien qué.
En un instante recordó lo que se le había dicho en el círculo de piedra: el dios le había pedido que se enfrentase a la serpiente.
No pensaba que fuera a ser tan pronto. Se quedó callado mientras Cidón, con voz temblorosa y dubitativa, le instaba:
—Mi señor, no podemos esperar más. Algo maligno se cierne sobre la ciudad, y debemos actuar antes de que sea demasiado tarde.
Nórax no le contestó; se quedó pensativo, recordando la lucha que había visto en el círculo de piedra en el cielo entre el dios solar y la serpiente, y todo lo que se le había revelado allí.
Conocía muy bien al fiel criado, un hombre un tanto pesimista y ansioso, siempre temeroso por todo.
Quizá no había razón para los temores del siervo, pero él mismo dudaba después de lo que se le había revelado en Albión.
Sin embargo, no podía creer que su amigo Krysaor estuviera involucrado en sacrificios humanos; era un bruto, pero no hasta ese extremo.
Puso la mano en el hombro de Cidón, un gesto con el que intentaba infundirle paciencia y darle ánimos.
Después se despidió de él, dejando al criado apesadumbrado.
Al separarse, el ruido había cesado, y, aunque Cidón movía el cabeza disgustado, parecía más tranquilo.
A la mañana siguiente, aún cansado por la noche en vela, Nórax se dirigió al gimnasio de la ciudad, el lugar donde los jóvenes se reunían para mantenerse en forma.
Había una sauna, varias piscinas y palestras para hacer deporte.
De lejos, pudo ver a Krysaor. Casi no lo reconoció.
Había engordado, y no parecía estar allí para hacer deporte porque conversaba con jóvenes de distintos clanes de la ciudad.
Los escuchaba con aquellos ojos verde oliva, de mirada penetrante y carismática.
Todos hablaban a la vez, pero, cuando él se dirigía a ellos, callaban y lo escuchaban atentamente.
Nórax fue saludando a algunos amigos, entre los cuales se encontró con uno llamado Jamal, un hombre alto, de anchas espaldas, mulato, de piel azabache, guapo y atractivo, guardia en el palacio de Gerión.
Lo conocía porque era pariente lejano de su amigo Kendal y habían entrenado juntos tiempo atrás.
Le preguntó por las novedades, sobre todo acerca de Krysaor.
—Veo que nada en la abundancia.
—Sí, es evidente —le informó Jamal—. Nadie sabe de dónde saca tanto oro. Todos piensan que algo tienen que ver su esposa y esas gentes que ha traído, pero no se sabe cómo obtiene toda esa riqueza.
—Quizá está relacionado con los ruidos que hay bajo mi casa.
—¿Ruidos?
Nórax le contó lo que ocurrió la pasada noche. Jamal se mostró muy interesado por lo que decía Nórax, pero ninguno de los dos podía aclarar lo que ocurría. Estuvieron un rato elucubrando acerca de lo que podía estar sucediendo hasta que Jamal, con un empujón, le urgió:
—¡Vamos a empezar ya de una vez! Me aburre ya el tema de Krysaor. —Y le desafió—: ¡Te veo débil, Nórax!
—¿Débil yo? —rio con sorna.
Compitieron en una de las palestras con una lucha cuerpo a cuerpo que se saldó con la victoria de Nórax, que estaba muy fuerte después de los meses de travesía. Se despidió con unas palmadas en la espalda de un escarmentado Jamal.
Sudoroso, Nórax entró en la sauna. Allí se topó con un joven charlatán al que no conocía y quien se presentó como Isotalcio.
Decía ser de la estirpe de Ibrós, de una familia noble asentada cerca de Caura, la fortaleza en el valle del Tarsis.
Por su aspecto, con el pelo desgreñado y una túnica deslucida que no era más que un taparrabos, Nórax sospechó que, si era de familia noble, debían de estar arruinados.
Pronto la conversación derivó hacia Krysaor. Isotalcio lo admiraba sin disimulo y se jactaba de ser amigo suyo.
—Me ha dicho que ha comenzado a hacer buenos negocios en ultramar —comentó con tono ufano.
Pero Nórax sabía que eso no era cierto. El linaje de Krysaor operaba a través de las naves góidel, y en los últimos meses ninguna embarcación de su clan había transportado mercancía alguna de la casa de Túbal.
Salvo que Krysaor usara barcos de otros clanes, y, según las noticias, no era así.
Aquello no cuadraba. Intuyó que los negocios de Krysaor no eran tan limpios como su joven admirador proclamaba.
Isotalcio siguió hablando, ahora con entusiasmo desmedido, sobre la bella Akálide, la esposa de Krysaor.
Nórax, sin embargo, no compartía esa opinión.
No la consideraba hermosa. Era una mujer extraña, quizá atractiva, pero no bella: figura sinuosa, rostro marcado por manchas en la piel y unos rasgos duros.
Pero Isotalcio continuó hablando de ella, describiéndola con admiración.
Según él, Akálide había reinado en el país de Kush y había llegado a Tarsis tras ser capturada por los tebanos, en guerra con los kushitas, y vendida luego a los mercaderes de la casa de Túbal, parientes de Krysaor.
Al saber que Nórax acababa de regresar de ultramar y no había estado en Tarsis los últimos meses, se apresuró a contarle cómo, en una ceremonia colmada de boato y con la presencia de representantes de los diez clanes nobles de la ciudad, Krysaor había hecho de Akálide su esposa.
Para dar mayor fastuosidad a la ceremonia, Akálide lucía un rico atuendo: una corona con la figura de un felino le cubría la cabeza, una banda dorada en forma de serpiente le ceñía la cintura, llevaba una falda amplia, sus pechos estaban al descubierto, y un generoso escote descubría su bien formado torso.
—¿No es ese el atuendo de la Diosa de las Serpientes? —preguntó Nórax, sorprendido—. ¿La que ha estado prohibida tantos años? ¿La que se opone a las viejas costumbres de Tarsis?
—No tiene por qué oponerse —farfulló Isotalcio, incómodo—. Eso afirman algunos, los que veneran a esa deidad anticuada, Atón…
A Nórax no le gustó lo que oía, pero no deseaba enfrentarse con nadie.
Para él el culto solar no era una moda pasajera, sino una verdad viva.
Desde que había estado en el gran túmulo de Hibernia y participado en las ceremonias del Templo del Sol en Albión, sentía que la luz lo colmaba.
Mientras que en Tarsis se descuidaba el culto a Atón, en las islas persistía y brillaba con fuerza.
De pronto, un temblor leve sacudió el suelo. Isotalcio palideció y murmuró, aterrado:
—El monstruo se mueve bajo tierra.
Nórax recordó la sacudida que había sentido la noche anterior, bajo su lecho. Lo miró con escepticismo, como si fuera estúpido, como si le tomase el pelo con cuentos. Pero Isotalcio no pareció notarlo y siguió hablando con aire de importancia:
—Krysaor y Akálide saben cómo dominarlo.
—¿Cómo se puede creer semejante patraña?
—No es una patraña. Mi señor Krysaor es sabio… y piadoso. Él y su esposa realizan sacrificios de animales para calmar al monstruo.
—¿Desde cuándo en Tarsis se practican sacrificios de animales?
—¡Ahora se hacen! —insistió Isotalcio con una sonrisa extraña.
Nórax no respondió. No entendía nada. ¿Qué sentido tenía hablar de un monstruo bajo la ciudad? Se despidió displicentemente de Isotalcio. No le gustaba nada aquel hombre, que adulaba a Krysaor y solo decía insensateces.
Regresó a casa, y en los días siguientes percibió de modo cada vez más claro que, efectivamente, debajo de la ciudad de Tarsis ocurría algo.
Dudaba mucho que fuera un monstruo, pero algo se tramaba allí abajo.
Con el paso de las semanas, los ruidos bajo la casa góidel se fueron amortiguando y alejando.
Lo que fuera que hubiese bajo tierra se apartaba de la morada de Nórax.
Sin embargo, toda la ciudad se veía sacudida por algo que estremecía los cimientos.
Tarsis se agitaba, y nadie sabía por qué.
Cundieron rumores de un ser que habitaba en las profundidades: se decía que era mitad serpiente, mitad toro, y lo llamaban el Cándamo.
La ciudad empezó a creerlo. Akálide se reunía con sus acólitos en una zona del promontorio de Tarsis, más allá del tercer dique, en unas cuevas donde ofrecían plegarias a la diosa para contener al monstruo.
Desde entonces pocos se atrevían a acercarse a las cuevas y túneles que nacían en la costa y se extendían bajo la ciudad hasta los diques.
Se susurraba que allí tenían lugar sacrificios sangrientos, primero de animales, pero quizá también de personas.
Se hablaba de un templo oculto entre sombras donde se veneraba a la diosa serpiente y al dios híbrido, Cándamo, mitad toro, mitad ofidio.
Algunos aseguraban que la esposa de Krysaor era la gran sacerdotisa de ese culto, y que le gustaba empaparse en la sangre caliente de los sacrificios.
Gerión no puso freno a la nueva secta y permitió que en la ciudad se rindiera culto a Cándamo y a la serpiente.
Al principio eran pocos los que acudían a los rituales, pero pronto se hizo evidente que quienes lo hacían prosperaban.
Invertían oro en los negocios de Krysaor y se multiplicaba rápidamente.
Así nació una casta de hombres acaudalados que, junto con sus clanes, seguían ciegamente a Akálide y a su esposo.
Gentes ajenas al culto de Atón, enriquecidas y servidas por esclavos negros del país de Kush.
En tiempos antiguos, las leyes de Tarsis prohibían la esclavitud, pero poco a poco casi todas las familias de renombre comenzaron a poseer esclavos, excepto los góidel, los fieles al dios Único solar.