Las naves de Tarsis Los ruidos
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Los ruidos

Los vigías, desde las atalayas de la ciudad, hicieron sonar las trompas al divisar a lo lejos cinco naves que entraban por el estuario.

Nórax, al mando de la nao capitana, deseoso de ver su ciudad y a su familia, avanzó desde el timón en la popa, entre los remeros, hasta la proa del barco, junto al mascarón en forma de toro.

Dejaban a la izquierda la punta del estuario y a la derecha la isla de Hesperia, con sus acantilados y bosques.

Entre los árboles entrevió algún brillo, quizá la armadura de alguna guardiana.

Hesperia se divisaba como una montaña de verdor rodeada de playas y acantilados; entre aquellos árboles estaba Eteria, una mujer llena de sabiduría y belleza a la que Nórax seguía deseando.

Un suspiro imperceptible escapó de sus labios.

Los barcos avanzaron lentamente, lastrados por el estaño en las bodegas.

Al fin, enfilaron el Gran Canal de Tarsis, que atravesaba la ciudad y llegaba hasta el centro del montículo donde se alzaban las casas blancas de techos de oricalco.

Desde la entrada del canal se contemplaba una vista hermosa: el templo culminado por cuernos de toro dorados y el palacio brillando al sol, ambos reflejados en el agua.

En la punta de cada uno de los tres diques se alzaban estatuas de grandes héroes de la historia de la ciudad.

En el primero, el patriarca Jafet y Noé; en el segundo, sus hijos Yaván y Túbal, y en el tercero, Tarsis y su hijo Gael, de quien descendían los góidel, los navegantes de la ciudad.

Cuando enfilaron la bocana del puerto, los vigías de las atalayas distinguieron el trisquel en las velas y tocaron el himno de los góidel .

Las familias de los recién llegados supieron así que estaban alcanzando el puerto.

La melodía, un himno marcial, los envolvió mientras los barcos atracaban con un crujido.

Desde la borda lanzaron sogas que los de tierra ataron a cabrestantes; luego, tirando de las cuerdas, amarraron los barcos al muelle.

Nórax fue de los primeros en saltar a tierra.

Había mucha gente en el muelle, y en el aire flotaban susurros y miradas de expectación.

Entre la multitud destacaba un hombre fuerte y maduro, con el cabello encanecido y cuyos ojos brillaban con una mezcla de esperanza y nerviosismo.

Kendal, con un nudo en la garganta, avanzó hacia él.

Aunque la visión del Templo del Sol le había asegurado que su padre estaba bien, durante los meses de navegación había dudado, sintiendo que aquella podía haberlo engañado.

Con cada paso que daba sobre la madera del muelle, resonaba en su interior con fuerza el tiempo de separación.

Cuando llegó hasta él y se situaron frente a frente, Kendal, con la voz quebrada por la emoción, le pidió perdón.

El hombre, con lágrimas contenidas, abrió sus brazos, lo acogió en un estrecho abrazo y después le palmeó con fuerza la espalda.

Tras el largo abrazo, se separaron. Kendal, con los ojos llenos de lágrimas, se arrodilló ante él, en el gesto tradicional de respeto. El hombre, conmovido, colocó sus manos sobre la cabeza de Kendal, le dio la bendición y lo levantó.

Nórax se entretuvo un momento observando la reconciliación de Kendal con su padre, que le llenó de alegría; pero otras tareas lo reclamaban.

Debía organizar la descarga del estaño y del resto de la mercancía de la flotilla.

Supervisó cada detalle, asegurándose de que todo estuviera en orden.

Una vez que todo estuvo listo, se alejó del puerto y se dirigió a su hogar en la acrópolis.

Subió deprisa por las calles, con el corazón rebosante de expectación y alegría, deseoso de ver a su propio padre y a su familia.

No entendía por qué su padre no se había personado en el puerto para recibirlo.

Antes de llegar, pasó frente al antiguo palacio de la estirpe de Túbal, la casa de Krysaor.

Ya no era este el edificio ruinoso de antes de su partida: las paredes estaban encaladas, el oro brillaba en las cerraduras y zócalos y las puertas carcomidas habían sido reemplazadas por otras de madera noble y labrada que lucían enceradas y flamantes bajo el sol meridional que bañaba Tarsis.

Nórax cruzó el umbral del gran zaguán de la casa familiar, bajo el resplandor tenue del techo de alabastro.

Allí, en el centro del zaguán, estaba esperándolo su padre, en el que advirtió la decrepitud.

En aquel año y medio de ausencia el hombre había envejecido y se movía con torpeza.

Se abrazaron con fuerza. Alrededor de ellos, la servidumbre —más que simples empleados, parte de la familia— los observaba en silencio, respetando aquel momento de reencuentro.

Después, Nórax giró la vista y vio a su madre, a la que también notó envejecida, con arrugas surcando su semblante. Él besó el rostro amado, lleno ahora de arrugas, mientras la estrechaba entre sus brazos.

El zaguán se llenó de un alegre bullicio. Las voces de la familia y de los criados resonaban por toda la casa. Nórax se dejó llevar por la calidez del hogar, aunque percibía cómo el paso del tiempo estaba marcando a su familia.

El regreso de las naves, tras una larga singladura, siempre era una fiesta, porque muchos quedaban atrás, o no regresaban, en el curso de los prolongados viajes que emprendían las naves de Tarsis hacia tierras remotas.

El padre de Nórax convocó a toda su clientela para dar la bienvenida a su único hijo, el heredero.

Había regresado con la carga de estaño y, además, no había perdido ninguna nave, lo que inundaba el ambiente de euforia y alegría.

En medio del júbilo de la fiesta, Nórax observaba a su padre: su espalda se encorvaba, sus manos temblaban y, aunque mostraba alegría, su expresión se tornaba a menudo vacía cuando no conseguía recordar el nombre de gente muy conocida.

Nórax se acostó a altas horas de la noche, y concilió el sueño inmediatamente por el cansancio, pero de madrugada, casi al alba, a pesar de estar agotado, lo despertó cierto ruido.

Lo que turbaba su sueño era un silbido prolongado y penetrante, seguido por un silencio extraño en el que aquel aún vibraba.

Al cabo, comenzó a oír un estruendo tras otro, como si algo estallase.

Los ruidos procedían de algún lugar muy profundo, lo que le impedía volver a dormirse.

Se levantó desvelado y salió a la escalinata que conducía a la entrada de la casa.

Las paredes vibraban por el estruendo, que después cesó.

En el amplio zaguán, la claridad nocturna se filtraba a través de la claraboya de alabastro traslúcido.

A la luz del exterior se sumaba la de cuatro antorchas que iluminaban tenuemente las paredes decoradas con hermosos frescos de delfines, barcos, peces y estrellas de mar.

Los ruidos bajo tierra se iniciaron de nuevo mientras Nórax descendía por las escaleras, que vibraban.

Al llegar a la planta baja, se dirigió a las estancias que ocupaba Cidón, jefe de la servidumbre.

Se lo encontró sentado fuera de sus habitaciones, en el zaguán, derrumbado sobre un banco y con las manos sobre la cabeza, en actitud de profundo abatimiento.

—¿Qué es este ruido? —le preguntó Nórax—. ¿Qué está pasando?

—Deberíais hablar con vuestro amigo Krysaor y con la bruja con la que se ha casado.

—¿A qué te refieres?

—Llevamos meses oyendo estos ruidos, sobre todo por la noche. Se iniciaron poco después de que llegaran los africanos, esos hombres de la raza de Akálide.

—¿Habéis preguntado? ¿Habéis consultado al consejo?

Se rio.

—Ya sabes que el consejo de Tarsis está corrupto desde tiempo atrás. Ahora ha sido comprado por ese hombre que últimamente destila oro. Según los miembros del consejo, no hay ruidos, todo son ilusiones de la casa de Gael, que está enfrentada con la de Túbal.

—Pero ¿de dónde ha sacado tanto oro? Antes no tenía nada.

Cidón lo miró con expresión irónica en la que se traslucía una cierta sorna.

—Se dice que ella es una bruja que transforma las piedras en oro, pero no creo que sea así. Krysaor es ahora el hombre más rico de Tarsis y ha comprado la voluntad de muchos.

—Me alegro por él —apuntó honestamente Nórax.

—No deberíais alegraros tanto. Krysaor se ha vuelto maligno, o quizá la mujer que tiene por compañera lo ha transformado. Adoran a una serpiente.

Nórax recordó la llegada de ambos a Hesperia y pensó que Krysaor ya había comenzado a corromperse mucho antes de adorar a una serpiente y de conocer a Akálide. Le extrañó esa información porque ese culto estaba proscrito, así que exclamó:

—Antes el culto a la serpiente solo se realizaba en las cuevas que hay bajo Tarsis, y la gente que lo practicaba corría el riesgo de ser apresada y condenada.

Cidón le explicó pausadamente el cambio que se había producido:

—Ahora se permite o se hace la vista gorda, y os aseguro que no es algo espiritual ni benigno.

La gente teme pasar junto a la casa de Túbal.

Hace unos meses, durante el solsticio de invierno, una niña desapareció en la puerta de esa casa.

Los guardias de la ciudad la registraron de arriba abajo, pero no encontraron nada.

Días después su cadáver mutilado apareció en la costa, con marcas horribles de estrangulamiento, violación y signos de haber sido sometida a un ritual oscuro y espeluznante.

Nórax se horrorizó. Los sacrificios humanos habían desaparecido de Tarsis hacía mucho tiempo. A juzgar por lo que le estaba contando Cidón, ahora volvían.

—¿Cómo puede Gerión permitirlo?

—El viejo Gerión no es el mismo. Ya sabes que comenzó a cambiar hace años, cuando lo de sus hijas y tras la muerte de la reina Esté. Ahora es un ser débil, siempre triste y abatido.

—¡Alguien tiene que poner freno a todo esto!

—¿Alguien? No sé quién… ¡Vuestro padre tenía fuerza y poder ante el consejo! Pero ahora está debilitado. ¡Quizá deberíais ser vos!

—Pero ¿cómo voy a hacerlo?