Las naves de Tarsis Invierno
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Invierno

A medida que el crepúsculo daba paso a la noche, mil antorchas se encendieron, proyectando su resplandor tembloroso sobre la nieve. Entre luces y sombras, las distintas tribus se acercaban al altar para depositar sus ofrendas bajo la piedra de luz.

La ceremonia tocaba a su fin. Bajo la luna llena, que ascendía pálida en el cielo, la multitud comenzaba a dispersarse en silencio, llevando cada uno su propia revelación.

Emprendieron el regreso hacia los barcos anclados en el Avon.

La nieve crujía bajo sus pasos, y el aire helado les cortaba el rostro.

Embarcaron sin palabras, soltaron amarras y la navegación por el río prosiguió rompiendo la fina capa de hielo que cubría la superficie.

Avanzaban lentamente, entre aguas oscuras y silenciosas.

Al llegar a la desembocadura, el mar se abrió ante ellos, vasto e inmóvil bajo el cielo invernal.

Navegaron costeando la gran isla de Albión. Lendhar recordaba un lugar seguro, apartado de los ataques de las gentes belicosas de la región. En la punta de una península desembocaba un río que los lugareños llamaban Fal.

El río era profundo y turbulento, y solo con esfuerzo lograron remontarlo.

Las embarcaciones avanzaban entre cañas y juncos cubiertos de escarcha.

Bandadas de patos alzaban el vuelo al paso de las naves.

De las ramas pendían carámbanos. Un aguanieve constante los empapaba y les hacía tiritar.

Finalmente, en una orilla del río, se abrió una lengua de arena hacia la que empujaron los barcos y atracaron.

Durante las semanas siguientes, los marineros talaron árboles y, adentrándose un poco más hacia el interior, evitando la humedad del río, construyeron chozas donde pasaron el invierno.

Los días eran oscuros y grises, pero, cuando nevó, todo se cubrió de una luz blanca, desconocida para aquellos hombres del sur.

Aguardaban la llegada del buen tiempo. Para alimentarse, cazaban en el bosque y pescaban en el río, a veces helado, rompiendo el hielo con un hacha.

Durante aquellos meses, Nórax, que no había compartido su tiempo con Kendal, ya que este último capitaneaba otro barco, solía ir a pescar con él.

Lanzaban el sedal hacia el turbulento río y sacaban salmones.

Uno de ellos era tan grande que tuvieron que sujetar la caña entre los dos.

Acabaron cayendo al suelo, riendo. De regreso a las chozas, con los salmones al hombro y el aliento dibujando nubes en el aire helado, Kendal le confesó:

—He visto a mi padre. Está bien. Ha regresado a Tarsis.

Nórax se detuvo, mirándolo con atención.

—¿Cómo?

—Lo vi en el Templo del Sol. Pude hablar con él, pedirle perdón. Me dijo que me echa de menos, que me necesita.

Guardó silencio, con la mirada fija en el horizonte.

—El dios me reveló que mi padre no espera perfección, solo que sea fiel a lo que llevo dentro. Me dijo que está orgulloso de mí, aunque nunca me lo manifestara que siempre buscó forjarme, no someterme.

Ambos continuaron en silencio, el crujido de la nieve bajo sus pies como único sonido. La luz del atardecer teñía de dorado el paisaje, y en ese momento Nórax sintió que el destino de Kendal estaba ligado al suyo, guiados por la misma luz divina que los había tocado en el Templo del Sol.

Intuía que algo había cambiado en todos desde el solsticio.

Sedric y Kendal, que navegaban con él, estaban más callados, como si también ellos llevaran en el alma algo distinto, difícil de explicar.

Él no era el mismo. La visión de Eteria le había recordado su promesa: ayudarla, liberar a las hespérides.

Pero lo que más lo inquietaba era la lucha que había presenciado entre el dios y la serpiente.

Aquella sombra, vencida por la luz, no era un símbolo cualquiera.

Era real. Representaba un mal antiguo y persistente cuya forma aún no conocía, pero cuya perversidad ya lo amenazaba.

Llegaron aires de primavera, aromas de flores y trinos de pájaros, y cuando el deshielo liberó los cauces, los góidel abandonaron el campamento y descendieron por el río Fal, que reflejaba en sus aguas las nubes dispersas y los cielos intensamente claros.

El estuario se abrió ante ellos. A pesar del tiempo transcurrido, Nórax seguía marcado por las visiones del círculo de piedra. Al oír a lo lejos el graznido agudo de las gaviotas, sintió que Tarsis lo llamaba y que el mar transmitía, como un eco, esa llamada que resonaba en su interior.

Al alejarse de la desembocadura, divisaron sobre un acantilado un poblado fortificado.

Lendhar, que lo conocía de viajes anteriores, les aseguró que allí podrían obtener estaño.

Se dirigieron hacia él. Tras intercambios de gestos, miradas y palabras en lenguas diversas, trocaron las últimas mercancías de las naves por una valiosa carga de metal.

Prosiguieron el viaje. Un viento suave los empujó hacia el sur y los enfrentó de nuevo a la navegación en mar abierta, guiados por las estrellas.

El tiempo era benigno, y la brisa, constante y favorable.

Después de semanas de lucha contra el mar, Nórax descansó y se apoyó sobre los codos en la amura de estribor, cruzando las manos y con el rostro vuelto al viento.

Al poco, Sedric se situó a su lado. Desde el solsticio, el muchacho se había mostrado serio y poco hablador, algo inusual en él. Nórax, intrigado, le preguntó qué le ocurría. Sedric lo miró con cierta angustia.

—En el círculo de piedra, el dios habla…

—Sí. También me ha hablado a mí —asintió Nórax.

No quiso decirle que había visto Hesperia; así que guardó silencio y se limitó a escucharle:

—Cuando aquel rayo de luz rojiza brilló en el ocaso, vi mi muerte… Sí —repitió Sedric, angustiado—. Yo he visto mi muerte. Todo era amarillo y rojo, sangre sobre la arena… Así moriré.

—Podría significar otra cosa.

—No. Estoy seguro. El dios me ha revelado que voy a morir por él, y, si te digo la verdad, no me asusta, pero sí que he dejado de dar importancia a muchas cosas. Creo que todos vimos nuestro destino.

El mar se extendía ante ellos, sereno y vasto. En el barco que seguía más atrás, vio a Kendal junto al timón, dando órdenes. A él el Único le había mostrado el presente. Se volvió a Sedric escuchándole atentamente:

—En el círculo de piedras el dios Atón revela el futuro —repitió el joven.

Feder, detrás de ellos, les estaba escuchando. Intervino con voz clara:

—Yo vi una playa. Moriré allí, en combate. También vi a mi hermana en un lugar lleno de vegetación y de luz.

Siguió describiendo aquel lugar, que Nórax reconoció como Hesperia. Nórax no dijo que el círculo de piedras lo había trasportado allí.

Sedric lo interrumpió. En su rostro, más serio, asomaba una madurez inesperada.

—¡Ojalá nunca hubiéramos estado en el gran círculo! —se lamentó—. Siento que es mejor no conocer el futuro cuando anuncia un destino adverso.

Nórax intentó calmarlo. Comprendía que en el círculo de piedra el tiempo y el espacio se unían y que el dios infundía en los hombres visiones sobre su futuro que no siempre eran halagüeñas.

—Quizá esas visiones no se cumplan…

—Es el destino —replicó Feder—. Siento que van a cumplirse y que no puedo evitarlo.

Sedric hizo gala entonces de una serenidad inesperada. Sí, la muerte le producía desasosiego, pero en la visión no todo acababa así, sino que había algo más.

—Solo me consuela que al final llegaba a un lugar hermoso, un jardín con árboles de manzanas doradas donde mora la felicidad —les confesó Sedric.

Siguió describiéndoles la visión, en la que Nórax reconoció Hesperia. No dijo nada. No podía explicar cómo lo sabía ni contar lo que allí había vivido.

A través del círculo de piedras, los tres habían estado en Hesperia. Feder y él, en el presente; Sedric, en el futuro, y más allá de la muerte. Los tres habían alcanzado el paraíso. No volverían a ser los mismos.