Las naves de Tarsis El gran círculo de piedras de Albión
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El gran círculo de piedras de Albión

Durante días, el peso de la revelación mantuvo a Nórax taciturno.

Había visto su final, el destino de los suyos.

¿Cómo era posible que su pueblo, los góidel, asentado en Tarsis durante muchas generaciones, acabase en las Casitérides y dominase las islas?

¿Qué debía hacer él? Era evidente que todo formaba parte del mandato del dios, pero aún no entendía cómo.

Estaba abrumado por dudas y preguntas. Anhelaba llegar al gran círculo de piedras de Albión.

Sentía que allí se le revelaría con más claridad lo que debía hacer.

Su padre le había dicho: «En Tara hablan los muertos, en Albión, los vivos».

Y después de lo vivido en Tara, ¿qué le aguardaría allí?

Alcanzaron el estuario del Boyne, donde les esperaban los dos barcos que habían dejado atrás, y pusieron rumbo al mar que separaba las dos grandes Casitérides.

Hacía frío. Por las mañanas, la escarcha se depositaba en la cubierta y los hombres se envolvían en capotes encerados y mantas de lana.

Pero, pese al frío, no se desató la galerna.

Debían darse prisa. Los temporales de finales de otoño podían llegar en cualquier momento.

Nórax dio la orden de aumentar el ritmo. Gritó a sus remeros, y con señas y el clamor de una trompa urgió a las otras naves a que acelerasen la marcha.

Pocos días después, el tiempo cambió. El viento soplaba en contra, sacudiendo la embarcación y levantando las túnicas.

Un marinero junto a Nórax forcejeaba con la driza de una vela que se sacudía con violencia.

Pronto tuvieron que arriarlas todas: el viento era tan fuerte que amenazaba con arrancar los mástiles.

Navegaron así durante horas, entre gritos, esfuerzo y agua por todas partes. Pero los barcos resistieron y la flotilla avanzó, empujada más por la voluntad de sus hombres que por el mar.

—¡Suelta! —gritaban desde la cubierta.

La lluvia caía sin tregua y les empapaba. Las ráfagas heladas hacían tambalearse a los hombres, y el oleaje barría la cubierta. Pero, a pesar de la intensa y prolongada galerna, los barcos aguantaron.

En los días siguientes se perdieron y se reorientaron varias veces en alta mar, lo que demoró la travesía entre las dos grandes islas Casitérides.

A pesar de cubrirse con telas enceradas, lanas y pieles, temblaban bajo el viento constante.

Tuvieron que esperar en un pequeño islote hasta que el tiempo mejoró.

Cuando cesó la tormenta, retomaron el viaje y alcanzaron la costa de Albión.

Bordearon playas y acantilados rumbo al sur hasta llegar al estrecho que separaba la isla del continente y al que los antiguos llamaban el Paso del Norte.

Lloviznaba, y a lo lejos se divisaban los árboles en las colinas, teñidos con los rojizos colores del otoño.

Una brisa suave les permitió avanzar por el estrecho, pero de pronto descendió la temperatura. Un viento furioso se alzó con un rugido y una galerna los arrastró muchas millas al este, más allá de los acantilados blancos que daban nombre a la isla de Albión.

Al anochecer, la galerna amainó, y echaron ancla en una ensenada rodeada por impresionantes acantilados. Las olas rompían contra las rocas exteriores, pero dentro el mar estaba en calma. Pasaron allí la noche, fría y sin estrellas.

Las nubes se abrieron y dejaron pasar el fulgor de la luna llena, que iluminó la rada.

Desde la amura de babor de su barco, Nórax divisó a lo lejos a Kendal, sentado en la proa del suyo, cabizbajo, inmóvil.

Tal vez pensaba en su familia en Tarsis.

Al cabo se levantó, se cubrió con un capote encerado y se acostó bajo la cubierta.

Nórax permaneció desvelado, mirando los cinco barcos que se mecían, crujiendo sobre el oleaje. Feder se sentó a su lado. Había asegurado el timón y traía una flauta. Tocó una melodía vibrante, familiar. La música reconfortó a Nórax. Le puso una mano en el hombro a su amigo y Feder siguió tocando.

Al acabar la música, Nórax murmuró:

—Me gusta lo que tocas.

Feder interrumpió la melodía.

—Lo escuché en un sueño —respondió Feder—. Soñé con una chica, pelirroja, que sé que era mi hermana, la que llevaron a Hesperia. Desde que nos acercamos a Albión, la veo con más frecuencia.

Nórax recordó que Feder tenía una hermana que había nacido en el solsticio y estaba en Hesperia.

En la familia de su amigo, todos estaban orgullosos de ella porque eran fervientes seguidores de Atón.

También cayó en la cuenta de que la música que tocaba Feder le resultaba familiar: la había escuchado en Hesperia, y a sus acordes habían bailado la danza del trisquel las hijas de Gerión.

Esa música no existía en Tarsis. Feder la había soñado, pero venía de Hesperia.

Al amanecer, el cielo se despejó y un sol pálido iluminó la costa.

Frente a ellos se alzaban siete acantilados blancos que se internaban en el mar, como columnas de sal resplandeciente.

Nórax no apartaba la vista de ellos: bañados por la luz del amanecer de los últimos días antes del solsticio, brillaban con un tono anaranjado.

A pesar del sol, el aire estaba impregnado de un frío húmedo que calaba hasta los huesos.

Un viento desapacible soplaba desde el este.

Pronto arreció, arrastrando nubes grises que dispersaron a los barcos.

Durante horas navegaron a la deriva hasta que lograron reagruparse en la desembocadura del río Avon.

Remontaron el curso fluvial hasta llegar a una vasta llanura donde se alzaban túmulos en forma de montículos.

A lo lejos, brillaban fogatas que rodeaban una gran estructura circular.

Desembarcaron casi todos, aunque dejaron una pequeña guardia en los navíos.

El frío se intensificó y se ajustaron las capas de pieles alrededor de los cuerpos ateridos.

Pronto comenzaron a caer copos de aguanieve que cubrieron de blanco toda la planicie.

Desde el embarcadero, se unieron a una multitud que avanzaba por la Gran Avenida Procesional.

El sol, bajo y pálido, descendía lentamente hacia el santuario.

Al acercarse, distinguieron el gran santuario: piedras estrechas, blancas y azuladas, que se alzaban en círculo y sobre las cuales descansaban otras horizontales, como dinteles. Todo el conjunto estaba rodeado por postes de madera que señalizaban el recinto sagrado.

Habían llegado, tal y como Argón les había pedido, en el solsticio de invierno.

El sol, resplandeciendo suavemente sobre la pradera nevada, se aproximaba lentamente al dintel superior del monumento.

En un instante, el astro quedó oculto tras la piedra horizontal y, al cruzarla, un gran rayo solar resplandeció en el centro de las dos columnas de arenisca, atravesó la Gran Avenida Procesional y alcanzó una losa central, al fondo del santuario.

Allí, sobre la piedra, descansaba un relicario con una gema rojiza: la misma que Nórax había visto en Hesperia.

Nórax se detuvo. No avanzó un paso más. Tembló, pero no de frío, sino de excitación.

—¿Qué te ocurre? —le preguntó Feder.

—Yo ya he estado aquí.

—Habrá sido en algún sueño —afirmó el piloto—; es un lugar mágico.

Nórax no le contestó, consciente de que en un solsticio él había estado allí, pero sabiendo también que no podía decirle a Feder cómo. Lo había visto desde Hesperia.

El rayo de sol cruzó lentamente entre las columnas del centro del monumento y bañó a la multitud congregada en la llanura. Al descender hasta la altura de la gema, la luz reverberó con un fulgor bermellón e iridiscente que se derramó sobre todos.

Muchas gargantas entonaron al unísono un himno de adoración y alabanza al dios. El himno al sol resonaba con una melodía armoniosa, en muchas lenguas similares al idioma tartesio, que los góidel podían comprender.

El sol se mantuvo durante largos instantes bajo el dintel de las columnas centrales del templo, pero ahora se ocultaba ya, y su último rayo, penetrante e intensamente rojo, cruzó el dintel superior del arco y atravesó el centro del santuario.

La luz encendió la gema del altar, que estalló en un fogonazo bermellón.

Un resplandor ardiente se extendió sobre las piedras y sobre las gentes reunidas, como si una brasa celeste hubiera descendido a la tierra.

Nórax sintió que el tiempo se detenía. El fulgor del solsticio lo atravesó, y en ese instante dejó de estar allí, en la planicie nevada.

Notó calor. El frío se había desvanecido, sustituido por una brisa suave que olía a sal y a resina.

El gorjeo de los pájaros llegó a sus oídos, y se vio rodeado por una luz dorada que se filtraba entre las ramas de los árboles.

A lo lejos se oía el rumor del mar. Nórax estaba en Hesperia, en un bosque cercano a la costa.

Cuando sus ojos se acostumbraron a lo que lo rodeaba, la divisó: una figura blanca, de espaldas, asomada a un acantilado y abismada en el horizonte.

Cuando ella se giró, la reconoció de inmediato.

Era Eteria, más hermosa que nunca. Su cabello castaño, con reflejos de cobre, resplandecía bajo la luz del atardecer.

Lo miró con sus ojos ambarinos, profundos, enmarcados por largas pestañas.

Él contempló la curva delicada de su nariz, los pómulos altos, la boca de labios plenos y rebosantes de vida.

Eteria le sonreía. Ya no era la adolescente que él había conocido: se había transformado en una mujer.

Y los rayos del sol, posados sobre el mar como un manto encendido, los envolvían a ambos, suspendidos en un instante que no pertenecía al tiempo.

De repente su sonrisa se extinguió y, agarrándose a su brazo, exclamó:

—¡Sácame…! ¡Sácame de aquí!

—Pero ¿cómo?

El corazón de Nórax latió aceleradamente. Alzó la mano temblorosa para acariciarla, y sus dedos rozaron la piel de sus suaves mejillas durante unos breves instantes. La suavidad de Eteria, su cercanía, la luz sobre su rostro…, todo se desvaneció de golpe.

Un vacío helado lo envolvió.

El calor se extinguió como una llama al viento.

De pronto estaba otra vez en la planicie, rodeado de nieve.

El silencio era denso, quebrado apenas por el crujido del hielo bajo los pies de la multitud.

El sol se había hundido ya en el horizonte y se vislumbraba apenas un resplandor anaranjado sobre el círculo de piedras, como la huella de un mundo que acababa de cerrarse.

Quedó en él una impresión de impotencia: lo que había visto no era un sueño, sino la realidad. A través del santuario se había trasladado a la isla de las vestales, y Eteria le pedía ayuda. Una distancia inmensa los separaba. La angustia le apretó el alma como una garra oscura.

Entonces una luz blanca, inmensa y pura, lo rodeó.

No era la luz del sol ni la del fuego, sino algo anterior a ambos: una claridad sin sombra.

Y comprendió, sin palabras, que se hallaba en el corazón del dios.

Sintió una calidez profunda, un amor que lo colmaba por entero, como si el universo lo abrazase desde dentro.

Era el amor del Único, más antiguo que los mares, más firme que la piedra, más tierno que las caricias de una madre.

Pero aquella felicidad duró apenas un instante.

Una sombra alargada, una enorme serpiente oscura emergía, desafiando la claridad divina.

El dios y la criatura se enfrentaron. En su lucha, resplandores rojizos y lilas, como un crepúsculo sangriento, iluminaron el combate.

Finalmente la serpiente fue vencida por la luz y se desdibujó hasta desvanecerse por completo.

Tras el ataque de la serpiente, la claridad divina resplandeció de nuevo con renovado fulgor, envolviendo a Nórax con su calidez. La voz del Único, profunda y cadenciosa, resonó en su mente:

—Tu destino será defender la luz. ¿Aceptas, Nórax?

Él asintió, y al hacerlo quedó colmado de paz y notó dentro de sí una gran calidez.

—Jura que defenderás la luz, a Hesperia y a sus guardianas por encima de todo.

—Lo juro —exclamó con fuerza, como en un éxtasis.

—Llegarán tiempos de prueba a Tarsis. Deberás enfrentarte al espíritu maligno que mora en la serpiente. Quizá nunca lo derrotes por completo, pero impedirás que su maldad se extienda. ¡Encontrarás en mí la fuerza para derrotarlo!

La voz se apagó mientras la frase final resonaba aún dentro de él. Sintió un íntimo consuelo y, cuando la luz se intensificó, cayó de rodillas, vencido por la presencia del dios. Luego la luminosidad se desvaneció lentamente.

Se encontró en la misma posición sobre la vasta planicie nevada. El eco lejano de las trompas ceremoniales lo ancló a la realidad. Estaba débil. A su lado, Kendal se inclinó y lo ayudó a incorporarse.

En el rostro del amigo se reflejaba la misma luz interior, como si también él hubiera sido tocado por el Único. Ambos permanecieron en silencio, respetando la intimidad de la experiencia vivida por el otro.