Las naves de Tarsis Bajo las estrellas
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Bajo las estrellas

Desde ese momento, los barcos debían navegar en mar abierta guiados únicamente por las estrellas. Había anochecido y el cielo era espléndido, con miles de puntos brillantes que trazaban constelaciones y galaxias e iluminaban la oscuridad del firmamento.

Nórax, una vez más, se sintió sobrecogido por la infinitud de la bóveda celeste, en la que titilaban miríadas de estrellas, y tuvo la impresión de que se fundía con el universo y de que un dios benigno le protegía.

Los barcos bogaban a buen ritmo porque, si bien la navegación de cabotaje obligaba a detenerse por las noches para evitar chocar con algún peñasco o arrecife, en una singladura en mar abierta la noche era el elemento adecuado para avanzar.

Sobre ellos se alzaba el mapa estelar, que les indicaba el camino.

Nórax cedió el timón a Feder y llamó al joven Sedric, que dejó su puesto libre.

El remero con el que bregaba frunció el entrecejo, pero Sedric le palmeó la espalda sonriente y el otro se resignó a bogar solo, encogiendo los hombros y meneando la cabeza con resignación; masculló: «Estos niñatos…

», pero no había enfado en su voz, sino cierto sarcasmo.

Nórax quería mostrar a Sedric las cartas náuticas donde se dibujaban las constelaciones. El muchacho se sintió importante. Se entusiasmaba aprendiendo el arte de la navegación; admiraba a Nórax y le estaba agradecido por tratarlo con deferencia.

Con el barco meciéndose a un lado y a otro, e Hibernia divisándose al norte, ambos se sentaron cerca del castillete de proa.

Había algo fraternal en su relación, parecida a la de un hermano mayor que le enseña el camino a uno más joven.

Nórax tenía una tea encendida en la mano para ver bien en el papiro mientras le mostraba el mapa de las costas.

—Siguiendo ese curso, llegaremos a la isla de Hibernia —le dijo.

—¡Está muy lejos! ¿Cómo sabremos que vamos bien?

—Alineando siempre el mascarón de proa a esa constelación —y la señaló—: es el Carro, ¿la ves?

En su punta está la Estrella Polar, que señala el centro del firmamento.

El Carro para nuestros antepasados simboliza el viaje a través de la vida y la muerte, pero para los marinos es la guía, y ahora nos señala dónde está Hibernia.

Efectivamente, si trazaban una línea imaginaria hasta el cielo, la proa señalaba directamente la Estrella Polar, y el camino hacia Hibernia era una ruta recta hacia el norte, tal y como les había explicado Argón.

Se entretuvieron mirando las estrellas, y Nórax le fue señalando una constelación tras otra.

El cielo brillaba tan claro y estrellado que a Nórax le recordó las noches en Hesperia.

Identificó Sirio, la estrella Sopdet de los egipcios, Aldebarán y Vega.

No había luna, aunque los días anteriores una luna vieja había brillado en el firmamento.

El cielo marcaba el rumbo. Nórax le dijo:

—Nos quedan unas cuantas semanas para el segundo plenilunio tras el solsticio, la fiesta del sol del verano. Tenemos que llegar a Tara para Samhain.

Sedric pensó que Samhain era la fiesta de los difuntos, pero ellos no tenían ningún antepasado en Hibernia.

No preguntó por qué debían estar allí en esa fecha, ni le interesaba; él solo quería navegar.

En aquella noche clara, siguieron mirando al cielo.

Al cabo les entró sueño y se durmieron arrullados por el rumor incansable de las olas chocando con el casco del barco, tapados por unos cobertores de lana y empapados por el olor a salitre del mar.

Amaneció un día gris. Mantuvieron el rumbo fijado durante la noche, pero pronto se enfrentaron a las corrientes y al embate de una mar embravecida, sin costas a la vista.

Aunque el viento les era favorable, el fuerte oleaje y la violencia del temporal les dificultaban avanzar y les alejaban del rumbo norte que pretendían mantener.

Los gritos se alzaban por la cubierta entre imprecaciones mientras Nórax daba órdenes a voz en cuello, luchando por hacerse oír sobre el estruendo del oleaje.

Al fin, el viento, hasta entonces furioso, comenzó a amainar y una brisa suave sopló firmemente. Cuando el cielo se abrió tras la furia del mar, los astros confirmaron lo que el instinto les decía: mantenían el rumbo norte.

La constelación del Carro se alzaba como un heraldo, y la Estrella Polar brillaba firme. Nórax sintió que las Casitérides ya no podían estar lejos.

La costa apareció entre la bruma, abrupta, verde y extraña.

Al acercarse, el cielo se despejó y salió el sol, y entonces divisaron acantilados ciclópeos de color oscuro, coronados por suaves colinas de un verdor incomparable.

Las gaviotas giraban en círculos sobre las naves, y el viento húmedo traía el olor de campos lejanos, de turba y de humo.

Habían llegado a la gran isla de Hibernia en la fiesta del sol de verano, la que iniciaba la cosecha.

Cuando se acercaron a la costa, divisaron a lo lejos campesinos recolectando las mieses.

Nórax, al frente de la flotilla, se alegró por haber alcanzado un hito en el viaje, pero también sintió preocupación.

Sabía que comenzaba la parte más ardua del trayecto: bordear una costa desconocida, avanzar al ritmo caprichoso de las mareas, sortear escollos y enfrentarse a lo imprevisto.

Cada día ofrecía un desafío: un viento en contra, una corriente traicionera, una bahía que prometía abrigo, pero revelaba una trampa.

Lendhar, veterano en aquellas aguas, imponía prudencia.

Su experiencia contenía el ímpetu de Nórax y la fogosidad de Kendal.

Había momentos de tensión entre ellos, decisiones que se discutían al caer la noche, fondeados en algún estuario remoto.

A veces los hombres maldecían la mar, otras la tierra que se negaba a acercarse.

Había hambre, sufrieron enfermedades y uno de los barcos se perdió entre la niebla, aunque más tarde lograron encontrarlo.

Avanzaban con lentitud. El frío comenzaba a sentirse al atardecer y las hojas en los bosques costeros se teñían de cobre.

Los días menguaban. Finalmente, en los últimos días de octubre, divisaron la desembocadura del Boyne.

No era un río como los del sur: aquí el agua era más oscura, cargada de historia y misterio.

En las orillas se alzaban nieblas que solo disipaba el sol al llegar a mediodía.

Largaron anclas y dividieron la flotilla en dos.

Los tres barcos de casco aplanado se adentraron por el curso del río mientras los dos de casco redondo quedaron fondeados en el estuario, con parte de la tripulación, porque estas naves, marineras en alta mar, no podrían remontar los bajíos del cauce.

Ascendieron a golpe de remo, ayudados por la marea.

El río serpenteaba entre juncos altos y nenúfares flotantes que pintaban la superficie con manchas verdes y blancas.

Samhain se avecinaba, trayendo consigo el misterio del más allá, el que acompañaba a los muertos.

Navegaban hacia Tara, la colina de los reyes, donde los caminos del comercio se cruzaban con las sendas sagradas.

Al fin, los tres barcos atracaron en un muelle de madera desde donde partía un sendero hacia Tara. Nórax, Kendal y Lendhar —que ya había estado en Hibernia— desembarcaron en la amplia planicie que se extendía hacia la colina mientras el resto de la tripulación quedaba atrás.

Caminaron un buen trecho bajo un sol que ascendía hacia el cénit. La colina de Tara se alzaba coronada de verde, emergiendo sobre un mosaico de campos y bosques bajo un cielo amplio y limpio. Subieron la cuesta suave en silencio.

A lo lejos se dibujaba un gran túmulo aplanado, rodeado por un anillo de postes de roble, cientos de ellos, erguidos como centinelas de otro tiempo.

Lendhar, con su dedo índice, les mostró en el centro del túmulo una roca vertical enhiesta que, según les dijo, era la piedra del destino, una piedra mágica que a veces hablaba.

Una gran multitud rodeaba el túmulo aguardando en silencio el momento en que el sol descendiera. En la fiesta de Samhain, decían, el astro se alineaba con el monumento y su luz penetraba en su interior, abriendo, por un instante, el umbral entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Nórax sintió entonces una punzada de angustia, un hondo estremecimiento.

No era miedo, sino una tristeza antigua, hiriente, un grito que no venía de él, pero lo atravesaba.

Era el llanto ahogado de una niña. Nadie más pareció oírlo.

Entre las luces del atardecer percibió una sombra, leve al principio, pero cada vez más nítida.

Una voz quebrada se alzó, temblorosa y tierna:

—Cuida a mi niño. Yo no podré…

Supo quién era; lo supo antes incluso de verla por completo. Un escalofrío le recorrió la espalda: Eglea estaba ante él, pálida, con sus ojos grandes y tristes, llorando por su vida truncada, por la separación de su hijo. Al fin escuchó su voz, claramente:

—No confíes nunca en Krysaor —le advirtió—. Te traicionará, como hizo conmigo.

El espectro de Eglea se disipó como si nunca hubiese estado allí, salvo en el corazón de Nórax. Las gentes cantaban una melodía rítmica y triste que era como un lamento reverberante. El sol descendía bañando con sus rayos el túmulo y la piedra del destino.

Cuando la luz alcanzó a Nórax, ante él se manifestó el Dios Único con la apariencia de un anciano que portaba un gran caldero y empuñaba una maza.

—Me llamo Dagda, y soy el Único, el Padre de todos.

Me revelo como Atón, como Lugh, como Belenus.

Yo sacio el hambre de los hombres, y con mi maza doy la vida y la muerte.

Has llegado al umbral de la inmortalidad, donde los hombres renacen y los dioses mueren.

En estos túmulos reside el destino de los tuyos, porque estas son las islas de la inmortalidad.

Un día los pueblos que brotarán de tu semilla alcanzarán estas tierras, las islas al norte, y al oeste de Tarsis las Casitérides serán de los góidel .

Y cuando tu alma repose en la eternidad, tus cenizas descansarán aquí, en el gran túmulo de Tara.

Aquí reposarás hasta que los muertos retornen a la vida.

Aquí te reencontrarás con los que amaste y un día perdiste.

Y entonces Nórax cayó al suelo sin sentido, vencido por el peso de la revelación del dios.

Kendal y Lendhar se volvieron hacia él y lo vieron caer.

Su rostro estaba tan pálido que parecía muerto, y yacía sin respiración, con el cuerpo inmóvil y los ojos cerrados.

Poco a poco percibieron una respiración tenue que se tornó profunda como la de un sueño antiguo.

Lo arrastraron con cuidado fuera del túmulo y esperaron en silencio, sin atreverse a perturbar aquello que no comprendían.

Pasado un tiempo, la muchedumbre se dispersó. En el cielo brillaban las estrellas, tapadas a retazos por largas nubes, mientras un viento frío agitaba la colina. Quizá fue esta brisa la que reanimó a Nórax, que abrió los ojos. No dijo nada. Se incorporó lentamente, como si regresara de muy lejos.

Tampoco ellos preguntaron.

Sabían, porque lo vieron en su rostro, por la forma en que miraba la colina y el firmamento estrellado, que había sido visitado por el dios. Y en su interior comprendieron que algo en él había cambiado.