La partida
Nórax bajó rápidamente por las callejuelas, cruzó el mercado y alcanzó los muelles.
Las tripulaciones, ya en plena faena, subían la carga a bordo por pasarelas bamboleantes.
Al acabar, las naves soltaron amarras y se alejaron lentamente de las dársenas.
Desde las cubiertas, los marinos se despidieron de sus familiares y amigos, que abarrotaban el muelle, diciéndoles adiós con las manos.
Cabeceando, las embarcaciones abandonaron los diques circulares centrales y enfilaron el Gran Canal.
Al frente, la silueta de Hesperia. Nórax, firme al timón, decidió no permitir que nada le distrajera de su cometido como capitán.
Apretó con fuerza el gran remo de gobierno mientras una punzada de ansiedad le atravesaba al pasar frente a la isla.
Evitó mirar las playas, los acantilados, los bosques donde moraba Eteria.
Durante los días de preparación, las tareas lo habían mantenido ocupado, pero en el fondo de su mente seguía viva la imagen de la doncella de cabello cobrizo.
Cuando Hesperia quedó atrás, Nórax soltó por un instante el timón y se volvió hacia la popa. La isla se desdibujaba al suroeste, con su verdor tornándose pardo y las playas y los árboles avistándose lejanos y borrosos.
Apoyó un pie sobre la amura y entonces notó algo blando bajo la sandalia. Un gemido sordo lo alertó. Al asomarse, distinguió una cabeza de cabello castaño empapado, seguida de un cuerpo delgado y moreno que se aferraba a la borda. ¡Un polizón!
Nórax dio un grito; dos remeros soltaron los remos y corrieron a ayudar. Entre todos subieron al joven Sedric a bordo. Había logrado su propósito: embarcar sin permiso, escondido bajo la popa.
Estaba empapado y aterido tras horas en el agua. Lo envolvieron en mantas de lana y lo dejaron dormir junto a la amura de estribor. Al día siguiente, Nórax le puso a remar. Ese sería su castigo.
A Sedric no le importó. Estaba en la mar. Los primeros días vomitaba, pero nadie tuvo compasión: tendría que endurecerse si quería ser marino.
Navegaron sin contratiempos. Los barcos avanzaban con buen ritmo: entre veinte y treinta remeros por banda se turnaban en dos bancadas, y la vela cuadrada les daba impulso cuando el viento soplaba a favor.
Por las noches anclaban en ensenadas resguardadas, pues proseguir en la oscuridad era peligroso.
El viento continuó constante, hinchando la gran vela cuadrada, que gemía con la fuerza del levante.
Nórax se abismaba en la contemplación del mar, en las olas que levantaban la proa, en las gaviotas sobre los mástiles, en el ruido rítmico de las velas, en el crujido de las jarcias; todo eso a Nórax le hacía feliz.
A veces desafiaba a Kendal para ver quién llegaba antes a un hito costero. Lendhar y los otros capitanes, desde sus naves, movían la cabeza con indulgencia: «¡Jóvenes!».
Pasado el Promontorio Magno, pusieron proa al norte. Tres días navegaron con buen tiempo, pero al cuarto el viento arreció: las velas se tensaron al máximo, los cascos crujieron y los remeros empezaron a jadear.
La mar, cada vez más bravía, anegaba las cubiertas; los que no remaban se lanzaron a achicar agua sin descanso. Los barcos, sobre todo los de casco más aplanado, parecían a punto de naufragar. En la costa, un cabo precedido por una playa redondeada se adentraba hacia el occidente en el mar.
Desde una embarcación cercana, Lendhar señaló el cabo. Nórax recordó las palabras de Argón: tras ese cabo debía de estar el estuario del Tagus. Allí encontrarían abrigo.
Aún les quedaba un buen trecho, por lo que gritó a los remeros que no aflojaran.
La mar estaba embravecida, y los palos se balanceaban con violencia, de modo que ordenó arriar las velas.
Tocaba avanzar solo a remo. Los hombres bogaban con furia, conscientes de que su vida dependía de ello.
Al fin, divisaron la desembocadura de un río: el Tagus.
Al internarse en su estuario, el viento amainó. Subieron contracorriente por un cauce ancho y verdoso hasta alcanzar la ría interior, calma y rodeada de marismas pobladas de aves: flamencos, gaviotas, cormoranes y sisones.
La marea los empujó a la orilla derecha, donde desembarcaron en un poblado fortificado: Olisipo.
Una estela solar marcaba la entrada. Allí veneraban a Lugh, dios supremo y solar, protector de herreros y fundidores.
Como Argón había previsto, los recibieron bien: descendían de góidel y hablaban la misma lengua.
Durante una semana llovió sin tregua. El viento sacudía las naves, pero los aldeanos les ofrecieron abrigo en un viejo granero donde ardía una hoguera. Compartieron pan, carne curada y queso. Los marinos les pagaron con orfebrería. Y lo más valioso: obtuvieron estaño.
Nórax volvía contento del trueque cuando se encontró a Kendal junto al fuego. Las llamas danzaban iluminándole el rostro con destellos cálidos y proyectaban una sombra alargada en el suelo. Se sentó a su lado, en silencio. Por un instante, solo se oyó el crepitar de la leña.
Al fin, Nórax le palmeó la espalda con familiaridad.
—¿Cómo vas?
Kendal giró la cabeza. Sus ojos brillaban bajo la luz temblorosa del fuego.
—Bien, es un buen barco el que me has asignado. Tiene buenos marineros. Son rápidos y conocen bien el oficio.
Nórax sonrió inclinándose un poco hacia él.
—Ya lo veo… —exclamó Nórax—, me has adelantado varias veces.
Kendal sonrió por primera vez en días.
—Es una nave marinera. A este ritmo, llegaremos a Hibernia antes del verano.
—No lo creas —repuso Nórax, relajado—. Pararemos muchas veces. Si todo va bien, llegaremos a Hibernia pasada la fiesta de la cosecha.
Kendal asintió, pero su rostro se ensombreció. Su voz se tornó más baja, inquieta.
—¿Cuándo regresaremos?
Nórax arqueó una ceja, sorprendido.
—¿Ya quieres volver?
Kendal desvió la mirada hacia las llamas.
—Sí.
Nórax lo observó con atención. Algo no cuadraba. Se inclinó un poco, con una sonrisa cómplice.
—¿Alguien te espera?
Kendal negó, pero sus ojos decían otra cosa. Tardó en hablar, como si luchara consigo mismo:
—No. Es otra cosa.
—¿Qué ocurre?
Kendal tomó aire, como reuniendo valor.
—El día que zarpamos me llegó la noticia: la flotilla de mi padre fue retenida por piratas del mar. Venían de Alasiya con cobre, pero los capturaron. Ahora exigen un rescate.
Nórax se puso serio, frunció el ceño y su rostro se tornó grave.
—¿Por qué no me lo dijiste?
—Ya me había comprometido contigo para el viaje a las Casitérides. Era el día en que partíamos, no podía echarme atrás. Pero estoy… —Kendal hizo una pausa, y tragó saliva—. Estoy muy preocupado.
Por un momento, sus palabras parecieron quedarse suspendidas. Nórax no respondió. Entendía la angustia de su amigo, y con su silencio intentaba permitirle que se siguiese desahogando. Finalmente, Kendal continuó, su voz teñida de remordimiento.
—Últimamente me había peleado con mi padre.
Es un buen hombre, pero algo terco. Yo también lo soy.
Le dije que me dejara en paz, que se fuera él por su cuenta, que yo haría mi vida.
—Se interrumpió y bajó la mirada, ocultando la inquietud y la culpa—.
¡Espero que no les suceda nada! —exclamó con voz cargada de ansiedad—.
Un hermano de mi padre está tratando de resolverlo, pero no dejo de pensar que quizá debí haber ido con él.
O quedarme para proteger a mi madre, a mis hermanos.
Tal vez no debí dejarlo todo en manos de mi tío.
Guardó silencio. Sus ojos reflejaban la tormenta que lo sacudía por dentro.
—Me siento atrapado entre lo que decidí y el miedo de haber fallado a mi familia cuando más me necesitaban.
Su voz se fue apagando. Las lágrimas, a punto de aflorar.
Nórax le puso una mano en el hombro.
—No puedes hacer nada ahora. No volveremos en un año, quizá más. Después de Hibernia, iremos a Albión, al Templo del Sol. Mi padre quiere que hagamos el rito de paso a la madurez.
Kendal bajó la cabeza y removió las brasas con un palo.
—Sí. El rito. Quizá el dios me revele cómo está mi padre… y qué debo hacer. Pero aún falta mucho.
Ambos callaron. La noche les envolvía mientras cada uno seguía a solas con sus pensamientos. Lentamente, se tumbaron junto al fuego. Las últimas brasas titilaban en la oscuridad de la noche cuando el sueño los venció.
Al amanecer, el temporal había amainado. La luz se filtraba por los tablones del cobertizo. Kendal y Nórax salieron a la orilla: las naves se mecían en la rada, todavía agitadas por la marejada.
Reemprendieron la travesía. El océano los envolvía entre acantilados y colinas arboladas. Las olas rompían contra los arrecifes dejando a su paso espuma blanca. Aquí y allá se abrían playas doradas.
Rodearon la desembocadura del Douro y anclaron en el centro del estuario.
El poblado no ofrecía buen abrigo, pero los lugareños llegaron en canoas para intercambiar queso, fruta y verduras por abalorios.
Rendían culto solar a un dios llamado Belenus.
Su templo, de triple círculo pétreo, se alzaba orientado al solsticio, como en Tarsis.
Siguiendo rumbo hacia el norte, exploraron a lo largo de la costa diversos puertos naturales en los que se detuvieron para comprar víveres. Eran ensenadas protegidas del oleaje, hermosas y solitarias, donde el aire sabía a sal.
Una semana después llegaron a las tierras de las cinco rías: Gallaecia, con sus colinas suaves, bosques y estuarios. Las playas blancas permitieron un desembarco fácil. En los muelles de madera, los lugareños aguardaban para trocar estaño por los bienes que traían del sur.
Pasadas las cinco rías, alcanzaron otra serie de entrantes rodeados de acantilados de roca oscura.
En las cimas se divisaban fuegos, pero no se dejaron guiar por ellos.
Argón había prevenido a Nórax de que, en aquel lugar, los pobladores encendían hogueras a modo de faros, pero lejos de la costa para que las naves encallasen.
Después los asaltaban y se quedaban con la carga.
Así pues, navegaron lejos de la costa sin detenerse.
Al fin llegaron al cabo del Fin del Mundo, el lugar donde la gran mar se dilataba hacia el infinito.
Los días anteriores había llovido, y las brumas los habían acompañado en la navegación.
Sin embargo, en el atardecer, las nubes se abrieron y un sol esplendoroso se fue posando en un mar plácido, que se unía a un cielo completamente despejado.
El astro rey se ponía allí en el fin del mundo, y algo mágico los rodeaba.
No había lugar más occidental en las tierras del mundo conocido; habían llegado al límite de la tierra, y más allá el océano se precipitaba en el inframundo.
Nórax sintió vértigo. El día que alcanzaron el cabo del Fin del Mundo era el más largo del año, un día sagrado, y Nórax pensó que era un presagio.
El sol, finalmente, se hundió hacia los abismos luchando con la gran serpiente, que los egipcios llamaban Apofis, y el cielo se llenó de resplandores rojizos. Era la sangre del dios herido, pero nunca derrotado, por la serpiente.
Ya no podrían seguir bordeando la costa, sino que tendrían que lanzarse a mar abierta, rumbo norte, y aquello les abrumaba. Comenzaban la parte más dificultosa del periplo a las Casitérides.