La preparación
Nórax se dirigió al mercado de Tarsis, pero dio un rodeo. En una casa de la parte más baja de la acrópolis vivía Kendal. Preguntó por él y le dijeron que estaba en el muelle. Lo encontró allí atracando una barca grande, cargada de sacos de cereal, en el muelle junto a su casa.
Cuando desembarcó, Nórax le gritó con alegría:
—¡Nos vamos a las Casitérides!
Kendal lo miró sorprendido, sin compartir su entusiasmo.
—No tengo barco. Mi padre zarpó hace unos meses con una flotilla y aún no ha regresado.
Nórax, exultante, insistió.
—No lo entiendes. ¡Vendrás de capitán en uno de los barcos de mi familia!
Kendal se rascó la cabeza, despeinando su cabello castaño, encantado de la propuesta. Asintió de inmediato mientras Nórax le iba contando detalles del viaje. Kendal no le dejó hablar demasiado porque pronto le interrumpió con una pregunta que era un desahogo:
—¿Sabes que me enfadé con mi padre? —Y continuó rápidamente sin esperar respuesta—: No quería nombrarme capitán de una de nuestras naves porque dice que soy demasiado joven e impulsivo.
Pero, cuando regresemos de las Casitérides, se dará cuenta de que el clan de Argón ha apreciado lo que él no ha sabido valorar.
Le demostraré con hechos lo que no quiere aceptar: que soy un buen marino.
Nórax levantó el puño con el índice hacia arriba mostrando su acuerdo y luego le dio una palmada en la espalda. Kendal, más animado, exclamó:
—¡Tiene que venir Feder!
—¡Por supuesto que sí! Ya se lo he dicho a mi padre; necesito un piloto.
—Está en el mercado, en el puesto de pescado.
—¡Vamos a por él!
Desde el puerto subieron deprisa hacia el mercado, sito en una gran plazoleta porticada abierta al puerto.
Era un lugar multicolor y cosmopolita poblado de gentes de todo tipo: minoicos de la isla de Creta, hicsos y tebanos de Egipto, comerciantes del país de Hatti y Mittani, gentes de Assur, apiru de las costas de Levante.
Feder estaba con uno de sus hermanos menores, voceando: «¡Sardinas, boquerones, caballas!» y rodeado de mujeres que intercambiaban el pescado por queso, trigo o alguna pequeña pieza de plata. Nórax le explicó el plan y, tras aceptar sin dudarlo, dejó el puesto a su hermano.
Atravesaron los tenduchos, envueltos en un murmullo de lenguas diversas y entre los ropajes de vivos colores de asirios y apiru y las túnicas blancas de egipcios y minoicos.
Nórax regateó con un mercader que vendía ajorcas grabadas con el trisquel y fíbulas en forma de caballito; con una moneda de oro, compró dos sacos de piezas de orfebrería.
Las cargaron entre todos y las llevaron a los barcos.
Después regresaron a la plazoleta porticada a por más mercancía. Ya cansados, se sentaron en una taberna. El vino, áspero pero fuerte, los animó aún más. Se despidieron hasta el día siguiente, cuando tendría lugar la reunión para preparar el viaje.
Por la mañana se encontraron en la gran sala decorada con estrellas Feder, Kendal, Nórax y dos marinos de mayor edad, uno de los cuales se llamaba Lendhar.
Este último, hombre de barba entrecana, con cicatrices en el rostro y en los brazos, era algo más joven que Argón y buen amigo suyo.
Había realizado ya el viaje a las Casitérides.
Argón desplegó sobre una mesa alargada un papiro con un mapa donde se distinguían con claridad el Mediterráneo, la península itálica y la helénica, el Nilo en el país de Khemet y, hacia el occidente, la cuadrada península de Iberia, donde se alzaba Tarsis.
La costa atlántica aparecía desdibujada.
Todo estaba rodeado por el gran Océano Exterior, un círculo de agua que rodeaba el mundo conocido.
El mapa era sencillo, el mismo que habría poseído cualquier navegante de Tarsis.
—Los mapas no señalan bien las costas más allá del cabo del Fin del Mundo —dijo Argón—. Mi padre, el padre de mi padre y yo mismo las hemos recorrido.
El marino se acercó a un odre cubierto por una tapa de madera. Dentro había más papiros. Los extrajo con cuidado. Durante un instante, Nórax se vio a sí mismo junto a Krysaor, siendo apenas unos mozalbetes, intentando descifrar aquellos mismos mapas.
De todos ellos, Argón eligió uno mucho más completo. Las costas atlánticas del mundo se revelaron ante los ojos de los expedicionarios. Por aquellas tierras habían navegado los antepasados de Argón y de Nórax. Aquel conocimiento era un secreto celosamente guardado por el clan.
Desplegaron el mapa y se abismaron en él. Argón les fue explicando el viaje que deberían emprender. El viejo marino, normalmente tan sobrio y parco en emociones, de pronto se sintió conmovido y su voz dejó traslucir un cierto temblor.
Les fue describiendo las mejores rutas, la forma más adecuada de aproximarse a los puertos peligrosos, los hitos costeros por los que podían guiarse hasta llegar al cabo del Fin del Mundo, al noroeste de la península de Iberia.
Desde allí tendrían que virar hacia el norte, en mar abierta, sin costa que los amparase y guiándose solo por las estrellas. Al pensar en surcar los mares sin una costa cercana, Nórax sintió vértigo, pues nunca lo había hecho antes.
En ese momento llamaron a la puerta. Argón ordenó que abrieran. Entró uno de los sirvientes llevando de un brazo a un joven de unos quince años, de cara pecosa y nariz grande, con pelo castaño, ensortijado y revuelto y ojos oscuros y vivaces.
—Un polizón —anunció el criado—. Lo han encontrado en una de las naves que zarpaba hacia Gadir. La embarcación ha tenido que regresar a puerto.
Argón frunció el ceño, pero sus labios dibujaron una sonrisa.
—Sedric… ¡Aún no tienes edad de embarcarte!
—Otros tampoco la tienen —replicó él, sin bajar la mirada.
—Sí, pero no tienes el permiso paterno.
—Quiero navegar.
Esta vez la voz de Argón sonó firme:
—Tu familia es poderosa en Tarsis, pero no pertenece a la estirpe de los navegantes. No creo que tu padre desee verte a bordo de una de nuestras naves. No quiero un conflicto con él.
Sedric cruzó los brazos, molesto.
—Algún día seré capitán de mi propio barco.
—Para ello tendrías que formarte en la Escuela de Navegantes.
El joven miró de reojo a Nórax y respondió con desparpajo:
—Hay quienes han aprendido sin necesidad de soportar las lecciones de la escuela. Sé que si embarco en una nave góidel, aprenderé más que en ningún otro sitio.
Argón perdió la paciencia y alzó un poco la voz:
—¡No quiero volver a oír nada más! Convence al jefe de tu clan, es decir, a tu padre. En Tarsis aún hay respeto por los mayores y por el linaje.
Cuando Sedric salió, aún con el ceño fruncido, Argón, Nórax y los demás retomaron la reunión, centrados en la carga de las naves.
—La semana pasada —explicó Argón— de nuestros barcos arribó de Ugarit con tinte rojo de múrex, resinas aromáticas, ébano del país de Khemet y turquesas del Sinaí.
Ayer Nórax fue al puerto y cargó en los barcos la orfebrería: fíbulas, brazaletes, ajorcas y hebillas.
Podéis añadir cerámica minoica, que un navío de Creta trajo hace pocos días.
En las islas no tejen buenas telas, así que podéis llevar también tejidos orientales.
Todo podrá cambiarse por estaño, tan necesario para el bronce y el oricalco.
Los capitanes se repartieron la carga restante. Parte ya estaba en las bodegas, llegada del Levante; otra la habían adquirido Nórax, Feder y Kendal el día anterior. Faltaba completar algunas piezas de orfebrería y cerámica, pero todo marchaba según lo previsto.
El viaje iba ser largo y dificultoso, pero a Nórax no le importaba: se sentía ilusionado.
Cruzó la gran plaza porticada del mercado y bajó hasta las dársenas.
Allí acarició con la mirada los barcos de la flotilla, que se balanceaban suavemente con sus proas en forma de animales.
Cada uno tenía distinta eslora y calado.
Tres eran de tablas cosidas y casco aplanado, adecuados para aguas someras y ríos.
Los otros dos, con casco redondo, se hundían más en el mar.
El timón era un gran remo en la popa que requería dos o tres marineros para gobernarlo, aunque un hombre fuerte podía bastarse.
Las proas, más altas que las popas, lucían mascarones: un caballo, un ave, y en los otros tres, figuras de toro.
Uno de los navíos de casco redondo era mayor, con dos palos: la nave capitana.
Nórax la comandaría. Disponía de una cubierta que cruzaba la nao y un camarote donde se guardaban los papiros y las cartas de navegación, protegidos en odres de barro.
Como todo parecía estar en orden, se alejó del muelle. En el mercado encontró a dos criados de la casa de Argón que le ayudarían con la intendencia. Ordenó cargar grano, carne en salazón, queso, pan cocido dos veces, algunas gallinas y varios corderos.
Tras horas de trabajo en el puerto y en el mercado, Nórax llegó a casa rendido, cenó frugalmente y se acostó, pero tardó en dormirse.
La figura de Eteria en el círculo de piedra reapareció de un modo misterioso en sus sueños.
Se desveló pensando en ella; le parecía que podría volver a verla en el Templo del Sol, en Albión.
Pero, al cabo, todo se desdibujó y su mente finalmente descansó.
A medianoche, lo sobresaltaron unos extraños ruidos. Algo explotaba bajo la casa. Se preguntaba qué sería, pero el sueño lo venció de nuevo.
Amaneció un día claro y despejado. Nórax saltó del lecho y se vistió con la corta túnica, se abrochó un cinturón de cuero y se calzó las sandalias, que trenzó hasta las pantorrillas.
Ya listo, fue a ver a su padre. Argón le recordó que lo esencial del viaje no era el comercio, aunque estaba seguro de que obtendrían buenas ganancias, sino alcanzar Tara, la colina de los reyes, y el templo solar de piedras en Albión. Allí, le repitió, conocería su destino.
Mientras le daba los últimos consejos, bajaron juntos al zaguán, donde se apilaban los últimos fardos. Criados y marineros cargaban los bultos en los carros. Después descendieron por las calles hasta el puerto, que se abría luminoso ante ellos.
Eran los últimos días del final del invierno.
El tiempo era aún fresco, pero el cielo estaba sin nubes y el estuario del río Tarsis refulgía de tonos rosáceos bajo la luz del sol naciente.
La primavera se acercaba, los días se alargaban.
La flotilla debía afrontar la travesía en mar abierta al comienzo del verano, cuando el tiempo era más estable, y alcanzar las Casitérides antes de las galernas del otoño.
Nórax se arrodilló ante Argón para recibir la bendición paterna. Él le impuso las manos y musitó la bendición de los navegantes.
—¡Hijo mío, buenos vientos te conduzcan e hinchen las velas de tu navío, que el dios te guíe y dé fuerza a tus remeros y que alcances con ventura tu destino!
Nórax sintió cómo el corazón se le aceleraba al escuchar aquella antigua bendición del navegante. Después se levantó y ambos se abrazaron, palmeándose la espalda con emoción. No sabían si volverían a verse, pues la mar era traicionera, y el destino que aguardaba más allá del horizonte, incierto.