El encargo
Nórax empujó el portón del palacio góidel, que estaba entreabierto.
Cruzó el patio con techo abovedado de alabastro y se dirigió hacia la sala en la que estaban pintadas al fresco, en las cuatro paredes, las galaxias y constelaciones de cada estación del año.
Se detuvo allí, esperando a su padre, mientras pensaba en esas estrellas que lo habían acompañado desde niño.
Recordó también las noches de soledad en Hesperia, bajo aquel cielo lleno de astros más brillantes que en ningún otro lugar.
Suspiró. Añoraba Hesperia; la llevaba grabada a fuego en su interior.
Cuando llegó Argón, lo encontró contemplando las estrellas que se dibujaban en la pared.
—Bien, querido hijo —le sonrió señalando con el índice los frescos—, esa es la primera carta de navegación que debe conocer todo buen marino.
—La conozco muy bien. —Nórax seguía serio; el recuerdo de Hesperia vibraba aún en su mente.
Al ver su actitud meditabunda, Argón le palmeó la espalda, como para animarlo, y después le confesó:
—Amo las estrellas, la mar y los barcos; mis pies están hechos a la cubierta de naves que cabecean sin descanso, pero me siento mayor y cansado para una nueva singladura. —Después de este desahogo, pasó a lo que realmente le importaba—. Este es el momento de cederte el mando de la flota góidel .
Nórax salió de su abatimiento. Se sintió orgulloso de lo que le pedía su padre. Iba a seguir la estela trazada en la mar por sus antepasados.
—Espero, padre, que me acompañéis.
Argón se apoyó en su hombro con gesto cansado. Negó con la cabeza y le explicó:
—En nuestra familia, los padres han navegado con los hijos para enseñarles. Debido a tu condena, no pudiste aprender conmigo. Y yo ya no puedo. Siento que el círculo de mi vida como navegante se cierra. No soportaría los vientos, la lluvia, las noches sin dormir.
Calló un instante y sus ojos brillaron con orgullo:
—Considero que ya no me necesitas, que estás suficientemente preparado para comandar un barco no únicamente costeando, en una navegación de cabotaje, sino también para tripular en mar abierta. Te has formado por ti mismo, y lo has hecho bien.
Hizo una pausa y concluyó:
—Tu primer viaje al mando de la flota será a las Casitérides.
Nórax alzó la mirada, sorprendido:
—¡Es un destino lejano!
—Lo es, pero en él te probarás como navegante. No es solo un viaje comercial, sino una prueba de madurez.
Argón respiró hondo.
—Saldréis lo antes posible. Iréis varios barcos, cinco en total. Tú iras al mando. ¡Confío en ti!
Nórax asintió. Cinco naves. Una flotilla entera bajo su mando. La responsabilidad le produjo una cierta desazón, y propuso:
—Me gustaría que Kendal capitanease una de ellas. Es un buen marino.
—Demasiado joven quizá para unas jornadas peligrosas. Este viaje es importante. Quiero marinos experimentados.
—Tiene experiencia, padre. Me infunde seguridad. Ha navegado en mar abierta.
Argón sonrió, cediendo:
—De acuerdo. Kendal será capitán de uno de los barcos.
—Y Feder, piloto —añadió Nórax.
Argón asintió otra vez sonriendo.
—Mañana vendrán los otros tres. Lo prepararemos cuidadosamente. No quiero que nada falle en ese viaje.
Al ver a su hijo tan entusiasmado, Argón le contó viejas historias de marinos. Los ojos de Nórax brillaban por el deseo de aventura, por el anhelo de una vida audaz con la que desde niño había soñado. Pero también sentía respeto. El mar podía llegar a ser un adversario peligroso.
Después, Argón, en un tono algo más bajo y misterioso, le reveló:
—Hay algo más. Este viaje te transformará.
Todos en nuestra familia hemos navegado hasta las Casitérides antes de capitanear una flota.
—Se detuvo, pasó su mano sobre los cabellos canos, que le caían sobre los hombros, y continuó—: Allí encontrarás al dios.
Él te revelará tu destino. A lo largo de la costa, en Hibernia y Albión, verás anillos de piedra, estelas solares, túmulos…
, todos orientados hacia el sol. Son signos del culto ancestral a Atón.
Jafet, padre de nuestras estirpes, adoraba al Único reflejado en el sol.
Donde veas esas piedras, sabrás que hay paz y comercio.
Son tierras bajo la influencia de Tarsis.
Nórax recordó el círculo de piedra que había visto en el solsticio de invierno desde Hesperia y los ojos le brillaron mientras seguía escuchando a su padre.
—Dicen que esos círculos conectan con el más allá.
En ellos habita la fuerza del dios. Son templos solares, pero también calendarios sagrados que marcan solsticios y equinoccios y guían la siembra y el culto.
—El tono de Argón se volvió solemne—: Dos de esos templos son los más sagrados de todos.
Están en las Casitérides, y por eso te dirigirás allí.
Uno está ubicado en Hibernia, en la llanura de Tara, donde yacen los reyes dioses.
Allí te encontrarás con los muertos. Has de afrontarlo con valentía.
Debes llegar a Tara en la fiesta de los muertos, en Samhain, cuando el canal entre este mundo y el otro se abre.
A Nórax le recorrió un escalofrío. Sintió vértigo, pero Argón no se detuvo.
—El otro templo está en Albión, la isla oriental.
Es el Templo del Sol. Deberás alcanzarlo en el solsticio de invierno.
Los mares estarán bravíos, y quizá encuentres la tierra nevada, pero deberás hacer ese viaje por tu bien.
—Dicho esto, lo miró con afecto antes de añadir—: Hijo mío, sé que algo te ocurrió durante el tiempo en que desapareciste.
Arrastras una herida dentro. Quizá en el santuario puedas sanarla.
Si el sol te alcanza ese día, en el corazón del templo, entenderás lo que ha sido tu vida. Allí conocerás tu misión, y tu destino.
Nórax tragó saliva. Volvió a evocar con intensidad la visión en la isla junto a Eteria. Comprendía que aquello y esto estaban unidos. Pero no dijo nada. No se atrevió aún a confiarse. Guardó silencio.
Argón no le preguntó nada. Sabía que en las heridas del alma hay que entrar quedamente. Cambió de tema y le encargó que comenzase a hacer gestiones para la carga de los barcos en el puerto.