Akálide
Nórax sospechaba que ella lo buscó: un espíritu de maldad sibilinamente oculto bajo el aspecto de una mujer de piel morena, un demonio que deseaba encontrar a alguien contrario a los pilares religiosos que sostenían Tarsis para cambiarlos.
Aquel invierno las naves góidel no se cobijaron en ningún lejano país de ultramar, sino que se refugiaron en Tarsis, y se balanceaban en las dársenas del triple muelle.
Se aprovechaba para reparar los cascos y las velas.
Nórax, algo más recuperado anímicamente de lo ocurrido en Hesperia, bajaba todas las mañanas al puerto para supervisar las tareas y por las tardes acudía al gimnasio o a los espectáculos públicos de la ciudad.
Un día la vio. Desde el palacio góidel, subía por una cuesta hacia la explanada en la que culminaba Tarsis, donde se alzaban el templo, el palacio y la arena.
Delante de él iba Krysaor, cuya capa ya no estaba tan raída.
Una mujer esbelta y de curvas cimbreantes se le agarraba al brazo.
Todo en ella era sinuoso, como reptante.
Nórax no la podía ver sino por detrás, pero pensó que aquella figura podría ser la de una hermosa mujer.
Bajo los grandes portones de la arena de Tarsis, donde se celebraban los espectáculos de taurocatapsia, Nórax se encontró con Feder, con quien había quedado para ver el ritual acrobático.
El saludo entre ambos fue cálido, y se palmearon la espalda con complicidad.
Desde su regreso de Hesperia, Nórax había retomado la amistad con Feder y Kendal, sus amigos de juventud.
Los dos eran ahora marinos, y compartían de nuevo las mismas inquietudes que Nórax.
Sus risas y conversaciones le aliviaban del dolor que persistía tras todo lo ocurrido en Hesperia.
Además, eran un contraste reconfortante frente a la tensión creciente que siempre acompañaba a Krysaor.
Nórax ya no buscaba tanto la compañía de Krysaor.
La distancia que se había creado entre ellos no había hecho sino aumentar.
No podía perdonarle lo ocurrido con Eglea ni olvidar el asesinato de Niso.
Tampoco su indisciplina cuando navegaban juntos, que le había puesto en tantos apuros.
En cambio, con Feder y Kendal encontraba la paz que tanto necesitaba, la sensación de pertenecer a un grupo en el que podía ser él mismo sin un pasado lleno de conflictos.
Aquel día Nórax y el pelirrojo Feder cruzaban la plaza hacia las gradas mientras el bullicio de la multitud y el aroma de la arena mezclado con el sudor de los toros les envolvía.
Nórax sintió un destello de nostalgia: aunque el mundo a su alrededor parecía el mismo, él sabía que no lo era.
La vida había cambiado para él y, con ella, también sus relaciones en la ciudad de Tarsis.
Tras pagar una pequeña pieza de plata a la entrada al espectáculo, Feder y Nórax accedieron a las gradas, buscando un lugar desde donde pudieran disfrutar de la mejor vista de la arena. Finalmente encontraron un asiento elevado desde el que poder contemplar la actuación con total claridad.
Mientras Feder se acomodaba, su mirada se desvió hacia Krysaor, que se encontraba unas filas más abajo y a la derecha.
Su cabello oscuro brillaba bajo la luz del sol, resaltando contra la capa negra que llevaba sobre los hombros.
A su lado, una mujer de rasgos llamativos estaba agarrada de su brazo, y se inclinaba hacia él con familiaridad.
—Es Akálide —dijo Feder en voz baja, acercándose a Nórax mientras señalaba discretamente con un movimiento de cabeza—. Dice que es su amante, y vive con ella en la casa de Túbal.
Nórax no respondió de inmediato. Observó a Krysaor y a la mujer que lo acompañaba con una mirada fija, cargada de curiosidad y una vaga sombra de algo que no alcanzaba a definir.
Por un instante sintió un leve malestar, como un nudo en el pecho.
No eran celos ni envidia, sino una incomodidad sutil, casi intangible, al ver a Krysaor, siempre tan libre, tan lleno de energía, sentado allí como si perteneciera a otro mundo, uno en el que él ya no tenía cabida.
Desde el lugar donde estaban sentados, Nórax la examinó detenidamente.
Akálide no encajaba en los cánones de belleza de Tarsis.
Su rostro, delgado y algo anguloso, estaba marcado por manchas del sol.
Sus grandes ojos negros, rodeados de espesas pestañas, eran profundamente expresivos y poseían un brillo misterioso que atraía la atención.
La boca, de labios gruesos y sensuales, se curvaba ligeramente, dejando entrever unos dientes de esmalte blanco amarillento.
El cabello había sido negro, pero lo teñía con henna y lucía un color rojizo.
Sin embargo, lo que llamaba más la atención en ella era su cuerpo; parecía el de una diosa, con una cintura cimbreante y estrecha. Se sentaba cruzando unas larguísimas piernas, y la fina túnica transparentaba unos pechos opulentos.
Akálide parecía indiferente a las miradas de admiración que despertaba, concentrada en lo que ocurría en la plaza. Había algo en ella, una mezcla de confianza y misterio, que intrigaba a Nórax, aunque no lograba decidir si esa sensación lo fascinaba o lo inquietaba.
Unas trompas sonaron y comenzó el espectáculo. Del fondo de la plaza salió una larga fila de danzarines sagrados, los conocidos como porenna . Eran jóvenes que llegaban desde todas partes del imperio con la ilusión de triunfar en la plaza y rendir culto a Atón.
Todos eran jóvenes, hombres y mujeres esbeltos.
Ellas iban ataviadas con un vestido corto, un grueso cinturón, llevaban un hombro al descubierto y en el otro un amplio tirante recogía el escueto ropaje.
Ellos iban cubiertos con una tela amplia que llegaba casi hasta las rodillas y se recogía con un cinturón ancho, dejando el tórax al descubierto.
Los porenna se desplegaron por la arena en un semicírculo en torno al lugar donde se situaba el disco solar.
Antes de empezar el espectáculo, entonaron el himno a Atón.
Desde el lugar en el que estaba, Nórax percibió que Akálide cerraba los ojos, contraía los labios y permanecía en tensión durante el tiempo que duró el canto de los porenna . En la plaza todos se habían levantado a cantar el himno solar, pero ella no lo hizo.
Al notar que Nórax no podía apartar la mirada de Akálide, Feder se inclinó hacia él y comentó en voz baja:
—Es extraña, pero, curiosamente, parece que las cosas le van mejor a Krysaor desde que está con ella.
Nórax desvió la mirada hacia su amigo, arqueando una ceja.
—¿Extraña? ¿A qué te refieres?
—Desde que está en la casa de Túbal, la ha llenado de gentes de piel como el carbón. Se rumorea que son esclavos.
—¿Esclavos? —Nórax frunció el ceño—. En Tarsis la esclavitud está prohibida.
—Por supuesto, ellos no lo admiten. Pero todo el mundo lo sospecha. Llegaron en barcos con el emblema del país de Kush. Subieron por las calles con las manos atadas. Eso lo vio mucha gente.
Nórax se quedó pensativo.
—¿Para qué los querrá?
Feder se encogió de hombros y bajó un poco la voz.
—No se sabe con certeza, pero, desde que llegaron, en las casas colindantes se oyen tambores rítmicos, flautas y una música extraña que parece no terminar nunca. Dicen que hay bailes frenéticos.
Nórax asintió con un gesto grave, y su expresión se endureció. La casa de Argón estaba al lado de la de Túbal, y no le eran ajenos esos ruidos en la vecindad.
—Sí, desde mi aposento también he oído risotadas y gritos obscenos. Incluso he perdido el sueño, aunque estoy agotado y… —Se detuvo, incapaz de terminar la frase.
Feder lo observó en silencio y se dio cuenta de que su amigo llevaba un peso invisible, algo que lo consumía desde dentro.
Sabía que el último viaje había sido desgraciado, que había perdido a toda la tripulación y que su barco, La Estrella del Ocaso, se había hundido.
Feder, que también era marino, entendía la situación anímica de Nórax, a pesar de que ignoraba muchas cosas.
Callaron porque una trompa de sonido agudo indicaba que el espectáculo estaba comenzando.
Un toro de piel azabache y grandes dimensiones saltó a la plaza.
Varios gimnastas rodearon al cuadrúpedo realizando acrobacias y, aunque el animal intentó atacarlos, ellos lo eludían grácilmente.
Bailaban al son de una melodía que era muy pegadiza y rítmica.
El público la seguía con el cuerpo y a veces con palmas el ritmo de la música.
Cuando el toro dio señales de estar cansado, una joven porenna de larga cabellera rubia entró en la plaza y, de una ágil cabriola, se subió sobre él.
Este intentó quitarse de encima a la atleta, que, en un prodigio de equilibrio, no solo se sostenía, sino que sobre la espalda del toro hacía movimientos rítmicos al son de la música.
Cuando el toro se levantó sobre sus cuartos traseros, ella se agarró a los cuernos y, tras dar una voltereta en el aire, cayó de rodillas con los brazos abiertos y en cruz.
Después se levantó ágilmente e hizo una reverencia con la cabeza hacia el disco solar.
Salió corriendo de la plaza entre los aplausos enfervorizados de la multitud. El toro regresó al corral.
Después de la joven rubia, entraron varios porenna varones y tres toros de piel blanca y negra.
Los atletas desplegaron cintas y paños de colores vivos sobre palos no muy largos con los que hacía acrobacias, lanzándolos al cielo y volviendo a recogerlos.
Los toros intentaban empitonar a los danzarines, pero ellos los evitaban y los sumaban a la danza.
Les fueron conduciendo hacia los corrales, dejando solo a uno de ellos, el más potente y grande.
De nuevo salió a la plaza la joven rubia.
Uno de los porenna, de un salto, se montó a horcajadas sobre el toro que quedaba en la plaza y, acto seguido, detrás de él se subió también como a caballo la atleta.
Cuando el chico se puso de pie, ella saltó sobre sus hombros y logró quedarse completamente estirada.
Durante unos instantes, los dos atletas, como una columna, permanecieron sobre el toro, ante la euforia y los aplausos de la multitud.
De lejos, Nórax vio a Akálide y a Krysaor centrados en el espectáculo, aunque ella mostraba una expresión ausente en el semblante.
Entonces entró en la plaza un hombre de aspecto poderoso, con músculos muy desarrollados y no tan joven como los anteriores.
—Brent —exclamó Feder mientras señalaba al hombre del cinturón— lleva años siendo capitán de porenna .
—Pensé que se había retirado.
—No, aún no lo ha hecho. Ha recibido múltiples premios y Gerión le ha permitido contraer matrimonio. Ya no participa mucho en los espectáculos porque solo entrena a los otros. Tenemos suerte de que baile hoy sobre el toro.
A los porenna se les exigía ser vírgenes, y por eso era una excepción llamativa que Brent estuviera casado y siguiese danzando sobre el toro. Los que se retiraban podían casarse, pero ya no volvían a competir.
Brent hizo un bello ejercicio, se propulsó y dio una doble voltereta sobre la espalda del animal. Corrió bailando por la arena antes de volver a repetir el número anterior, efectuarlo luego una vez más y conseguir un triple salto. La gente se levantó entusiasmada.
Después de Brent, dos atletas más jóvenes intentaron realizar el mismo ejercicio.
El primero lo hizo bien, pero sin la agilidad ni la soltura del capitán de porenna .
El segundo saltó, pero cayó mal y fue corneado por el toro.
La arena se tiñó del color de la sangre.
Los porenna, agitando paños de colores, consiguieron retirar al toro de la plaza antes de acudir a ayudar al caído, que agonizaba.
Nórax miró hacia la derecha, donde un poco más allá, en la plaza circular, se sentaban Krysaor y Akálide.
Él estaba serio e interesado en lo que ocurría, pero Akálide, de pie, sonreía.
Parecía disfrutar con el sufrimiento del porenna, que expiraba con el rostro contraído de dolor.
Lo retiraron en unas parihuelas y la actuación continuó, pero ya Nórax y Feder no consiguieron disfrutar porque no se les iba de la cabeza el atleta que había fallecido delante del toro.
Al final del espectáculo, los gimnastas se desplegaron ante Gerión y cantaron el himno a Atón.
Después el rey hizo subir a la joven rubia, que recibió un trofeo y una bolsa de oro.
A partir de ese momento, la joven ya no estaba obligada a saltar en los espectáculos de taurocatapsia. Podría casarse y retomar su vida.
De regreso a casa, Nórax observó que un poco más adelante, por la cuesta, descendía una pareja: Akálide y Krysaor.
Ella caminaba de manera ondulante y erguida, avanzando más rápidamente que Krysaor, que lo hacía a paso lento y torpe, detrás de Akálide, como si la mujer lo arrastrara mientras él estaba en un estado de obnubilación.
Nórax pensó que ese comportamiento sumiso era extraño en Krysaor, un hombre que nunca se había dejado dominar.
Lo comentó con Feder, que caminaba a su lado y que se encogió de hombros sin saber muy bien qué decir. Se despidieron ante el portón de la casa góidel y Feder siguió bajando, camino del puerto.