La historia de Krysaor #3
—Recordé el camino y conseguí llegar al palacio junto al templo a través de los túneles que atraviesan ese maravilloso jardín. Los crucé y logré entrar esa noche, la más corta del año, en la morada de la Gran Sacerdotisa.
De pronto Nórax lo comprendió todo y se horrorizó.
—¡Fuiste tú!
En la voz de Krysaor no se traslucía ninguna emoción, y relataba lo ocurrido como algo que le fuera ajeno.
—Niso se mostró de nuevo muy fría y dura. La amenacé con un puñal para obligarla a decirme dónde estaba Eglea. Ella se rio y, con ojos de iluminada, me dijo que se había transformado en espuma y estaba con el dios. Se burló de mí. En aquel momento Eglea ya había sido despeñada.
—Se había unido al dios —apuntó Nórax.
Este intentó calmarle con el mismo argumento que tanto consolaba a Eteria y Areté, pero el semblante de Krysaor reflejó la desesperación mientras decía:
—Eso a mí me da igual porque para mí ella ha muerto.
Nunca la voy a recuperar. En aquel momento enfurecí de un modo que no te puedes imaginar.
La culpa de todo la tenía esa religión absurda, y sobre todo la suma sacerdotisa, mi propia hermana Niso, un ser sin corazón ni escrúpulos, capaz de asesinar a una mujer recién parida, capaz de condenarme a muerte a mí, su pariente más cercano.
¡La hermana que yo consideraba superior a todo!
¡En la que siempre había creído! ¡La mujer que iba a ser como una madre para mí!
—Krysaor movía la cabeza, dolido por su horrible decepción—.
Tantas veces había soñado que, si encontraba a Niso, recuperaría a la madre que perdí, a la que no pude detener cuando se encaminaba al pozo donde se suicidó…
Pero no fue así: mi anhelada hermana Niso era un ser sin compasión.
Solo le preocupaba su imagen delante de las otras hespérides, y consideró un fracaso que Eglea se uniese al sol y no se convirtiese en un cuerpo muerto y sanguinolento en las rocas.
Estaba preocupada por lo que podrían pensar de ella, porque, según la tradición de las hespérides, aquello había sido el juicio del dios, y, de acuerdo con el dictamen, Eglea era pura a pesar de haber concebido un hijo.
La Gran Sacerdotisa debía de haber previsto el juicio del dios porque supuestamente tenía el poder de comunicarse con Atón, pero Niso, en realidad, no era más que una pobre mujer que aparentaba lo que no era.
Había nacido en el solsticio porque el parto de mi madre se adelantó, pero no era una verdadera hespéride, no tenía los poderes de visión del futuro de las hespérides, ni la magia… Niso me dijo:
»—Yo tengo ahora el problema, no tú. Esa muchacha no merecía la pena. —Y se burló de Eglea y de mí.
»Furioso, liberando la ira que me consumía, atravesé a mi hermana Niso con mi cuchillo de bronce.
Ella cayó hacia atrás, bañada en sangre.
Su cuerpo inerte no se transformó en un ser brillante y etéreo, como le ocurre a una hespéride de corazón puro y, según se dice, le sucedió a Eglea. Solo era un cadáver. Nada más.
Nórax sintió una frialdad que le recorrió el cuerpo al escuchar aquello, un asesinato, por boca del propio verdugo.
—¿Te das cuenta de lo que hiciste?
—No tuvo compasión de Eglea. Me vengué. No merecía vivir.
—¡Mataste a tu propia hermana!
—¿Lo hice? Recuerda que esos seres no mueren: se transforman en éter.
—Se rio con cinismo—. Si ella se convirtió en un cadáver, era porque era un ser maligno.
Habría podido vivir para siempre, porque podía no morir.
Nos morimos tú y yo. ¡Ellas no! Niso, un ser ambicioso y cruel, encontró lo que merecía.
Además, si no la hubiera matado, ella habría llamado a la guardia y habría muerto yo.
—Hay algo maligno en ti.
La voz de Nórax era de superioridad, y Krysaor le miró a los ojos con cinismo y directamente.
—En todos, en todos hay algo maligno. ¿Te crees al margen del mal?
Nórax se defendió:
—No lo sé. Lo que sí sé es que no abusé de ninguna hespéride, que no las dañé.
—¡Es posible! ¡Quizá ninguna se te ofreció como hizo Eglea conmigo! Pero dime, amigo Nórax, el noble, el considerado Nórax. Ella me amaba y yo a ella. ¿Había otra posibilidad?
—¿Estás seguro de que no la había?
—No pude hacer otra cosa.
—¡Abusaste de ella, de una niña inocente, sabiendo lo que podría ocurrirle!
—No soy responsable de unas leyes absurdas.
—¡Que te saltaste conociendo bien las consecuencias! ¡Debiste haberlo evitado!
—¿Cómo?
—No regresando al lugar sagrado y prohibido, y, una vez allí, respetando a Eglea.
Al fin Krysaor pareció conmoverse.
—Demasiado tarde. Me he pasado toda la vida pensando que cuando encontrase a Niso el mundo iba a cambiar…
y mi corazón también. No ha sido así, y ahora me doy cuenta de mi error.
Ese dios Atón, esa religión vuestra, son monstruosos.
Destruiré los cimientos sobre los que se asienta la ciudad de Tarsis.
Algún día regresaré a Hesperia, conseguiré la piedra de Jafet y no quedará nada allí.
Antes de que Nórax se repusiese del asombro que le causaba el odio que rezumaban las palabras de Krysaor, este se marchó.
Cuando se iba, su rostro amargado mostraba cierto alivio por haberse justificado.
Krysaor necesitaba confiarle el secreto a alguien que no pudiera traicionarlo porque se revelaría a sí mismo como cómplice.
Pocos días después de aquella conversación, se volvieron a encontrar en la puerta del gimnasio donde los jóvenes nobles de Tarsis se entrenaban para el combate.
Krysaor, arruinado entonces, no podía pagar las piezas de cobre que se exigía para entrar en él e hizo que Nórax le invitase.
Le gustaba estar en forma, y su sueño era volver a saltar los toros, pero sus músculos ya no estaban tan ágiles como cuando era joven.
Tras ejercitarse sobre potros y caballetes de madera, salieron a la calle.
En una plaza se detuvieron a beber en una fuente donde las criadas recogían un agua que se decía que poseía propiedades medicinales.
Dos mujeres con los gruesos pechos de las amas de cría se pararon allí.
Sus ropas denotaban que pertenecían a la servidumbre del palacio de Gerión.
—El chico es especial, te lo aseguro. Es muy hermoso. Llegó al kap en el solsticio, y no debe de tener más de seis meses. Hay algo misterioso en él.
El kap era la escuela real donde se educaban los príncipes de Tarsis y los nobles.
Nórax había ido de niño. Al darse cuenta de que las estaban escuchando, bajaron el tono de voz, pero en la charla de las mujeres se oyó la palabra «Hesperia».
Krysaor se puso rígido y comenzó a observarlas con ojos de fuego.
—Tengo que verlo —sentenció.
—El kap no permite la entrada de nadie ajeno a la casa real. Puedes encontrarte con un grave problema.
No le hizo caso. Krysaor intentó ver al niño muchas veces.
Finalmente, un día lo detuvieron pensando que quería entrar al gineceo para espiar a las mujeres.
Lo golpearon brutalmente. El rencor que llevaba en su corazón creció; odiaba todo lo relacionado con Gerión, con el dios solar y con Hesperia.
Desde entonces, Nórax y Krysaor no volvieron a hablar del pasado oscuro que los unía.