Las naves de Tarsis La historia de Krysaor #2
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La historia de Krysaor #2

»Ella me miró como si viese a un loco, y sus ojos, en los que se detectaba un gran afán de dominio y poder, se abrieron.

»—Estás loco. Dices ser mi hermano, pero aquí no hay ni hermanos ni hermanas, solo existe el culto al dios, y yo soy su Gran Vestal. ¿Cómo sé que lo que me dices es verdad? ¿Cómo sé que no me engañas y buscas aprovecharte de mí y de mi elevada posición?

Krysaor apretó los puños al recordar la frialdad en los ojos de su hermana.

— Te juro que es así; mira la marca de Túbal en mi brazo. Tú también la tienes.

»—Me da igual —me contestó, cada vez más furiosa—. Y aunque fuera así, ¿piensas que voy a perder la posición que tanto me ha costado ganarme por seguir a alguien que dice ser de mi familia?

»—Hay un mundo ahí fuera… ¡Podrías regresar a él! —le supliqué.

Krysaor cerró los ojos mientras su mente evocaba aquella penosa conversación.

—¿Y abandonar mi misión? ¿Mis obligaciones? —me contestó ell a—. ¡Estás loco! Debería llamar a las guardianas. Ambos seríais condenados a muerte. Reconozco en ti mis propios rasgos, y tienes el tetrasquel en tu brazo. Denunciarte me pondría en un compromiso. ¡Vete!

»Intenté decir algo, pero no me dejó. Entonces se volvió a Eglea y le espetó duramente:

»—Hija de Gerión, serás condenada al silencio, y no te relacionarás con tus hermanas. Dana os malcrió y este es el resultado. Pagarás la falta cometida sirviendo al sol. ¡No le contarás a nadie lo ocurrido aquí!

La voz de Krysaor sonó más contenida, rebosante de dolor al recordar la actitud de Eglea, a quien amaba.

—Eglea no protestó, pero su rostro palideció porque quería muchísimo a sus hermanas. Por otro lado, el castigo de guardar silencio se imponía a veces para contener las emociones de las hespérides, y era muy duro. Recuerdo que Niso siguió hablando y le dio una orden:

»—Conduce a este hombre a la costa, al camino entre los arrecifes, y espera a ser llamada al templo los próximos días. Si no lo haces así, tú y tus hermanas sufriréis la ira del dios. ¡Obedece!

»Eglea se inclinó profundamente ante Niso y retrocedió hacia el pasadizo.

Al salir, ella lloraba, y yo sentí también una profunda congoja.

Me di cuenta de que estaba tremendamente equivocado: mi hermana Niso no era en absoluto como durante años me había imaginado, y yo realmente no significaba nada para ella.

Percibí con toda claridad que había sido un insensato.

Nada de lo que me había propuesto en los últimos años tenía sentido. Seguí a Eglea como un sonámbulo.

Krysaor dejó caer los hombros y su corazón frío se emocionó recordando a Eglea.

—Lejos de las fortificaciones del templo y el palacio, en el claro de un bosque, nos detuvimos.

Era una noche de luna. Dirigí la mirada hacia Eglea, de cuyos ojos seguían manando las lágrimas, que empapaban sus mejillas.

Me conmovió y me acerqué a ella para consolarla.

Ella me amaba y me suplicó que no la dejase.

No quería perderme. Me prometió que me cuidaría; conocía un lugar donde no correríamos ningún riesgo.

Me condujo a la cabaña del sauce, el lugar protegido por el sortilegio de Dana, donde después nos escondieron.

Allí vimos amanecer juntos mientras me contaba muchas cosas de la isla.

Allí se entregó con la pasión de un ser profundo y auténtico. Al amanecer, se fue.

El tono de Krysaor se suavizó, dulcificado por el recuerdo, y siguió evocando, casi como un susurro:

—Cuando vi su cabello tan claro desaparecer entre los troncos de los árboles, me di cuenta de que ella era lo que yo había buscado en Niso, alguien que me quisiese sin que yo pudiese dudar de aquel amor.

Cuando el sol se elevó, iluminándolo todo, entendí que yo la amaba de verdad, como nunca había querido antes a nadie ni querré jamás.

Tanto que me sentí abrumado, repentinamente débil ante ella, ante su bondad, y decidí que debía marcharme.

Comprendí que le haría daño si me quedaba.

Krysaor levantó la mirada húmeda y brillante hacia Nórax y continuó abriendo su interior, aún lleno de amargura:

—Y fue entonces cuando regresé donde tú estabas y construí el bote para irnos.

Pero ese dios que dicen que protege la isla realmente no existe o no la cuida como debe.

Nos devolvió a la costa. Más tarde Eglea me contó que al regresar a la cabaña por la noche y ver que yo no estaba se desesperó.

Me buscó angustiada durante varios días por toda la isla, sin encontrarme.

Sus hermanas, que notaban un extraño comportamiento en ella, no la dejaban sola nunca.

Cuando nos reencontramos, fingimos no conocernos y te dejamos en la cabaña de las hespérides bajo el cuidado de sus hermanas.

Cuando Areté, que era quien mandaba de las tres, exigió que me fuese, Eglea me acompañó guiándome de nuevo hacia la costa.

Me preguntó por qué me alejaba de ella tras reprocharme que no la quería y que por eso la abandonaba.

Le juré que no era así, pero le rogué que me dejase regresar a Tarsis porque no quería hacerle daño.

Le prometí que volvería. Entonces ella me abrazó mientras las lágrimas bañaban sus bellas mejillas.

Hizo lo que le había pedido: me condujo a la playa, al paso entre los arrecifes, y me enseñó cómo cruzarlos para que las turbulencias del mar no me atrapasen.

Regresé a Tarsis. Tu padre me recibió. Le conté que La Estrella del Ocaso había naufragado, no muy lejos de las costas de Tarsis, y que solo yo había podido regresar nadando.

Le dije que podrías haber muerto… ¡Quizá por eso me odia ahora!

Argón se sumió en la desesperación. Sin embargo, me acogió y me instalé en la casa de tu familia, con los tuyos, aunque estaba como fuera de mí.

El recuerdo de Hesperia se tornó obsesivo, y no hacía otra cosa que pensar en la isla.

Tú sabes bien que Hesperia te atrapa el corazón.

Daba vueltas a todo lo ocurrido, y cada atardecer subía a la terraza de la casa góidel, desde donde se ve tan bien la isla.

Pasaron los días, pero ese demonio que me posee de cuando en cuando volvió a adueñarse de mí y pensé que la solución de todo era obtener la piedra de Jafet, que atesora toda la magia de Hesperia, robarla e irme con Eglea…

Se detuvo ante el nombre de Eglea, pues solo con pronunciarlo, algo se removía en su interior.

—Una noche clara, en un pequeño esquife de un solo remo, bogué hasta la isla y logré atravesar el paso entre los arrecifes por el lugar que la misma Eglea me había mostrado.

Oculté la barca en el bosque y me escondí en una de esas cuevas bajo las cascadas.

Allí nos encontramos de nuevo. Aún recuerdo su alegría infantil cuando me volvió a ver.

Ella quería retenerme, que no me fuese, aunque tampoco quería marcharse de la isla.

Yo jugaba con ella. Le decía que me iba y ella se desesperaba, aunque al cabo de pocos días regresaba.

Las noches de luna era fácil cruzar la bahía y la buscaba.

La tenía en mis manos. —Los ojos de Krysaor se llenaron de lágrimas mientras decía—: La única persona que realmente me ha querido.

Nórax, que nunca lo había visto emocionarse de esa manera, guardó silencio unos instantes antes de tomar la palabra.

—Sus hermanas me dijeron una vez que el corazón de Eglea albergaba una gran sensibilidad y compasión hacia el otro.

Krysaor, con fiereza, alzó la cabeza y exclamó:

—Así era… La que no tuvieron con ella. A veces me reía en mi fuero interno. Me parecía tonta e ingenua. ¡Oh! ¡Dioses! ¡Cómo pude estar tan ciego!

Nórax estaba asqueado, pero quería saber cómo acababa todo.

—¿Qué hiciste después?

—La acosé intentando obligarla a que consiguiese la piedra de luz. Eglea no deseaba hacerlo, pero yo sabía que antes o después acabaría accediendo a lo que yo le pedía porque me amaba demasiado. ¡Ninguna mujer se me ha resistido nunca!

—¡Eres un animal! —le gritó Nórax.

Krysaor respondió tranquilamente:

—Yo no lo veo así. Robar la joya sagrada y marcharnos de la isla era la solución a todos los problemas. Pero ella… no quiso. Era débil.

A Nórax le entraron ganas de golpearlo al oírle hablar con tanto cinismo.

—Cuando concibió, pareció volverse loca.

Entonces se desmayó, creo que fue mientras danzaba con sus hermanas y se supo que había perdido la virginidad.

Niso no tuvo el más mínimo atisbo de compasión.

Le dijo que yo merecería la muerte y mandó a la guardia rastrear de nuevo toda la isla.

—Su voz reflejada dolor a la vez que un enfado profundo—.

Casi me detienen, pero una vez más pude escapar…

Nórax recordó lo que había vivido y, conmovido por la historia, le cortó:

—La detuvieron y fue conducida al consejo.

Allí Eglea te protegió. —Nórax recordó lo que le habían dicho sus hermanas—.

Mintió, aunque ella no sabía mentir. Debiste de enseñarle tú a hacerlo.

Dijo que habían abusado de ella y que el culpable había huido y ya no estaba en Hesperia.

No creyeron sus palabras porque cayó en múltiples contradicciones.

Sabes bien que según nuestras leyes la verdad es la luz de Atón y que ir contra la verdad es ir contra el dios…

—¡Maldito sea ese Atón! —blasfemó. El rostro de Krysaor expresaba rabia, dolor y, oculto bajo todo ello, un profundo amor a Eglea.

Después prosiguió—: Al ver que transcurrían los días y Eglea no regresaba a la cueva, me temí que algo malo le hubiera sucedido, que Niso le hubiera hecho algo.

Yo había aprendido a moverme en la isla, a espiar sin ser visto.

Entonces escuché que iba a morir e intenté llegar adonde la habían apresado.

Era imposible entrar. Casi me atrapan las guardianas y, de nuevo, tuve que huir a Tarsis.

Regresé la noche siguiente pensando que ella aún vivía…

En aquel momento, Nórax se compadeció de Krysaor, que siguió contando: