La historia de Krysaor
Argón se enteró por Cidón de que Nórax pasaba las mañanas en el puerto, descargando sacos de grano y bultos de aceite junto a los estibadores.
Una tarde lo observó desde la plaza del mercado, desde donde se divisaba a lo lejos el puerto.
No se acercó a su hijo ni dijo nada. Solo cuando regresó a casa, aún con la sal pegada al rostro, olor a sudor en las ropas y barro en las sandalias, decidió mantener una conversación con él.
—Veo que ya estás fuerte. —Argón le sostuvo la mirada—. Pero no eres un peón del puerto, ni un marinero.
Nórax, de pie ante él, no se excusó.
—Necesitaba mover el cuerpo. Allí estoy a gusto; date cuenta de que trabajé con ellos, codo con codo, durante más de diez años solares.
El padre asintió, pero su gesto se endureció.
—Un príncipe góidel tiene otros deberes. La flota necesita a su capitán. Yo ya no puedo hacer lo que hacía. El mar me fatiga, las escaleras me pesan…; en suma, me hago viejo.
Le costaba decirlo, pero lo hizo. Se volvió hacia la mesa donde se hallaban los planos de nuevos navíos. Con el índice marcó una línea trazada a carbón.
—Hemos perdido muchos barcos en las tormentas africanas, los que traían oro. Las naves no se construyen solas. Supervisaré los astilleros, pero tú… tú debes dirigir de nuevo las naves, las góidel, las de Tarsis. Fuiste capitán de La Estrella del Ocaso, una buena embarcación, no hace tanto tiempo.
Nórax bajó los ojos, como si aún le doliera recordar el nombre de su antigua nave. Pero no replicó.
El rumor del mar le envolvía: el crujido de las velas tensándose al viento, el golpe acompasado de los remos sobre las aguas oscuras, el silbido del aire en los obenques.
Todo ello, como un viejo canto conocido, templaba en parte la tristeza que aún se le aferraba al pecho.
Pero cuando, desde alta mar, la nave viraba hacia Tarsis y se divisaban los acantilados lejanos de Hesperia, una punzada le recorría el alma.
Allí, al fondo, entre la bruma dorada del horizonte, estaba el paraíso perdido.
No veía ya los jardines, ni las columnatas del templo y el palacio, ni el poblado en la colina…
A la que veía era a ella. Siempre a ella.
En la ciudad nadie sabía nada con certeza.
Solo persistían rumores dispersos: que una luz descomunal había brotado de la isla, que una hespéride había sido arrojada desde la roca del suplicio, que la Gran Vestal había muerto en circunstancias oscuras.
Desde entonces Hesperia guardaba silencio.
Más distante y secreta que nunca, parecía tragada por los vientos y la espuma.
Un día, al atracar la nave en la dársena, mientras desembarcaban la mercancía, Nórax se dio cuenta de que alguien le estaba esperando en el muelle, un poco más atrás.
Era Krysaor. Su largo cabello desgreñado se movía con la brisa.
Se le acercó porque quería hablar con él; era el único que conocía su secreto.
Aunque en realidad la amistad que habían compartido desde la niñez se había roto, algo los seguía uniendo.
Nórax lo miró. Sintió cierta compasión por aquel hombre joven, alto, con el pelo largo y negro y cubierto por una raída túnica oscura y una capa deslucida, como un pordiosero.
El semblante pálido, casi níveo, le hacía parecer un espectro.
Caminaron a lo largo del extenso muelle en espiral que rodeaba la ciudad sin que nadie se fijara en ellos. Krysaor comenzó a dar unas explicaciones que Nórax nunca le había pedido.
—Yo no fui a la isla a buscar a una hija de Gerión. Nunca imaginé que alguien podría cambiar tanto mi vida como lo hizo Eglea. Solamente tenía una obsesión…
—Sí —afirmó Nórax con un cierto sarcasmo—. Solo querías recuperar a tu hermana, y por eso abusaste de Eglea.
Él se defendió de la ironía de Nórax alzando el tono.
—¡No…! ¡Eso no fue así! —Después, en un tono más calmado, siguió—: ¡Escúchame sin juzgarme!
Cuando tú te dedicabas a imponer tu voluntad en aquella Estrella del Ocaso en la que navegamos, yo hablaba con las gentes del mar.
Me contaron que en la isla se guardaba la piedra sagrada de Jafet, que canalizaba la luz del sol y la transformaba en fuego y fuerza.
Nórax recordó aquella conversación en el barco muchos años atrás.
—Desde entonces —prosiguió Krysaor—, conseguir la joya y recuperar a mi hermana Niso fueron mi única obsesión.
—Niso siempre fue importante para ti —exclamó Nórax con un tono algo más conciliador porque deseaba conocer lo que Krysaor estaba a punto de revelarle.
Ahora estaba muerto de curiosidad y deseoso de saber lo que realmente le había sucedido en la isla.
—¿Recuerdas cuando hace algún tiempo encontramos a un náufrago medio muerto?
Cuando lo recogimos, sospeché que aquel hombre había llegado a Hesperia.
En su delirio hablaba de un paraíso y de un monstruo.
Balbuceó que era posible burlarlo en las noches de plenilunio; también mencionaba las rocas.
Me di cuenta de que se refería a Hesperia y al dragón.
Aquella noche, cuando pasábamos cerca de Hesperia, la luna brillaba, y pensé que era la oportunidad que había buscado.
Conseguí dirigir el timón hacia la isla, pero, cuando tú me lo impediste, la luna se ocultó, se hizo la oscuridad y el monstruo nos atacó.
Después caímos al mar. Te agradeceré siempre que me ayudases.
—Casi nos morimos…
Continuó hablando sin mirar a Nórax, recordando el pasado, mientras sus ojos de pestañas negras emitían un resplandor extraño.
—Fue asombroso que hirieses al dragón en el lugar más vulnerable, y que pudiésemos atravesar los arrecifes.
—Siempre he pensado que lo que nos ocurrió fue portentoso, y que quizá el dios nos ayudó —reflexionó para sí Nórax—. Yo nunca quise ir a Hesperia, pero doy gracias al dios por cada instante que pasé allí. Fue un gran don.
—Sí. Lo fue. No puedo olvidarlo. —Krysaor se detuvo, pensativo, y después siguió su relato—.
Durante aquellos días que tú pasaste en el claro del bosque, cuando me alejaba de ti y espiaba a las hespérides, conocí a Eglea.
La vi con sus hermanas y me di cuenta de que era poco más que una niña, un ser bondadoso y fácilmente manipulable.
Desde el primer momento, ella confió en mí.
¡Maldito sea Atón! Nunca debió hacerlo. Nos vimos muchos días cuando tú delirabas.
Le hice jurar que no diría nada de nuestra presencia en la isla.
Eglea era…, no sé cómo explicarlo ahora, un ser que se compadecía de todo, sensible y bondadosa; me conocía y veía lo mejor que había en mí.
Era apasionada y trataba de ser diferente.
No he conocido nunca a una mujer como ella.
Y… —se expresó con petulancia— conozco muchas.
Nórax, al oírle hablar de aquella manera, se enfadó y le replicó duramente:
—Sí. Mujeres sin principios y fulanas que te siguen. No una hespéride, hija de Gerión. ¿Cómo te atreviste?
Krysaor hizo caso omiso de la pregunta.
—Ella quería saber para qué había ido a Hesperia, y entonces le conté la historia de mi madre y de mi hermana, para conmoverla.
—El cinismo que destilaban sus palabras provocó en Nórax una sensación de náusea—.
Logré que las lágrimas asomasen a los ojos de Eglea.
Le pedí que buscase a Niso tras explicarle que todos en mi familia tenemos el cabello negro y los ojos color verde avellana.
Estaba seguro de que mi hermana sería así.
Conocía su edad y el solsticio en el que había llegado a Hesperia.
Eglea se quedó muy callada porque no sabía mentir.
Creo que la historia que le conté la conmovió tanto que se sintió obligada a ayudarme.
Charlábamos mucho. Le abrí los ojos a una existencia en libertad, y ella se cuestionó su vida.
Siempre había estado contenta con ser una hespéride, y deseaba destacar en el templo siendo una sacerdotisa excepcional.
Pero yo logré que entendiese que no era justo lo que ocurría con las niñas en el solsticio, arrancadas de los brazos de sus madres.
A Eglea le indignó muchísimo la maldad de las leyes de Tarsis, que habían llevado a una joven madre a suicidarse.
Después le juré que no me iría de Hesperia hasta que lograse ver a Niso.
Eglea me aseguró que intentaría ayudarme, pero que era muy difícil. En un principio no me dijo por qué…
Nórax se enfureció. Lo que Krysaor había hecho era perverso.
—¡La engañaste! La utilizaste para tus fines.
Krysaor no hizo caso a la reprensión de Nórax y continuó desahogándose.
—Finalmente me llevó a Niso. Luego he pensado que se expuso a la muerte al hacerlo.
—¿Por qué? —Y una sospecha terrible cruzó por la mente de Nórax mientras Krysaor continuaba desahogándose.
—Una noche me hizo cruzar los pasadizos que conducían al templo de Atón, al lugar donde vivían las más cercanas al dios, desde donde pasamos al palacio.
Llegamos a una cámara muy hermosa, de techo alto, recamada en oro.
En un lecho con patas de león dormía una bella mujer con el cabello oscuro.
Al despertarse, descubrí en ella los rasgos de mi madre y caí a sus pies.
Krysaor respiró hondo, y su voz se tornó más tensa al recordar:
—La hermosa mujer se despertó y se levantó sorprendida, mirándonos, a Eglea y a mí, horrorizada. En su expresión se traslucía la ira, y se enfrentó a Eglea, que enrojeció avergonzada.
»—¿Como has osado? —le dijo—. ¿Cómo te atreves a introducir a un hombre en esta cámara sagrada, en el dormitorio de la Gran Vestal?
»Entonces entendí los miedos de Eglea; aquella mujer —mi hermana Niso— era la Gran Sacerdotisa de Hesperia, la que dictaba las leyes en la isla, a la que todas obedecían.
Krysaor se inclinó levemente, como si quisiera subrayar la importancia de lo que estaba diciendo:
—Soy Krysaor —le dije—, tu hermano, y tú eres lo único que me queda en el mundo. Nuestra madre murió cuando te trajeron aquí. ¡He venido a buscarte!