Las naves de Tarsis El retorno
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El retorno

Cuando la nave tocó puerto, Nórax apenas podía sostenerse; las piernas le flaqueaban.

Kendal le pasó un brazo por la espalda y, cargando con él, lo condujo por las callejas que subían hasta el palacio de los góidel .

Al franquear el umbral, Cidón, un criado de confianza, que recibía las cuentas de otro asalariado, lo vio y gritó su nombre.

Las voces llegaron hasta Argón, que estaba en la Sala de los Vientos planeando un nuevo viaje con otros marinos.

El príncipe góidel se alzó bruscamente del sitial, incrédulo, y salió hacia el gran zaguán de techo de alabastro.

Al ver a Nórax, sus ojos, acuosos, brillaron y su voz tembló al pronunciar el nombre de su hijo.

Cruzó el patio a grandes zancadas y lo recogió de los brazos de Kendal, envolviéndolo en un abrazo tembloroso.

Nórax apoyó la frente en su pecho. Por el gran palacio góidel se oyeron gritos, y su madre irrumpió en el zaguán, sollozando con la voz rota; le acarició el rostro como si necesitara tocarlo para creerlo.

Nórax intentó hablar, pero apenas logró balbucear un par de sílabas.

Entre Kendal y Cidón lo acostaron en un lecho, y pronto, como si hubiera estado resistiendo solo hasta llegar a casa, su cuerpo se rindió.

La fiebre subió con rapidez. Durante días ardió entre delirios.

Hablaba entre dientes, llamando a una mujer, repitiendo un nombre: Eteria.

A veces murmuraba algo sobre Krysaor, sobre islas, templos, luces.

Argón, al escucharlo por primera vez, mandó cerrar puertas y ordenó que nadie más que Cidón entrara en la habitación.

No quería testigos de lo que pudiera decir su hijo mientras su mente vagaba por recuerdos que él aún no estaba listo para compartir.

Nórax poco a poco volvió en sí. Aún estaba convaleciente cuando Krysaor, burlando a criados, cerraduras y órdenes de Argón, consiguió acceder al aposento donde descansaba.

Entró con el rostro tenso, inquieto. Sabía que, con el regreso de Nórax, la historia que él mismo había contado meses atrás podía venirse abajo.

Nada más verlo, se acercó a su lecho y se sentó a su lado. Lo interrogó con insistencia:

—¿Cómo saliste de Hesperia?

Nórax no respondió. No deseaba hablar de las hespérides. Cerró los ojos. Continuamente le asaltaban imágenes: la figura blanca de Eteria perdiéndose entre los árboles, la silueta de Eglea caminando hacia el suplicio.

Krysaor, muy nervioso, le apremió:

—A Gerión le habrá llegado todo lo referente a Eglea… Si sospechase que tenemos algo que ver con la perdición de… ella…, seríamos hombres muertos. ¿Qué dijiste al llegar?

—Que naufragué…

Nórax rio con amargura.

—¿Y cómo es posible que, navegando en el mismo barco, que ha sufrido el mismo supuesto naufragio, lleguemos a Tarsis con varios meses de diferencia? ¡Hay que buscar una explicación! Te interrogarán.

—Sé defenderme. ¡No te necesito!

Se miraron desafiantes. Después Krysaor comenzó a dar vueltas por la habitación como un loco, muy nervioso.

—Di que no recuerdas nada… Que un dios te ha borrado la memoria.

—¡Por Atón, que brilla en los cielos, ojalá pudiera borrar lo ocurrido!

—No me nombres al dios solar —dijo Krysaor—, ahora adoro a la Diosa de las Fieras…

—¿A la serpiente?

—Sí.

Nórax torció el rostro. Pensó que Krysaor realmente era una serpiente dañina. Por su culpa había muerto Eglea. Krysaor intentó sonsacarle lo que había sucedido en Hesperia.

—¿Sabes qué está pasando en la isla?

—Hay algo que conoces porque tú eres el culpable: una hespéride, tú sabes bien cuál, ha dado a luz un hijo… La despeñaron por ello.

Al mencionar aquello, Krysaor se pasó la mano por los cabellos negros y mostró una expresión compungida, dolorida.

—Yo… no…

Nórax prosiguió:

—La Gran Sacerdotisa de Hesperia murió la noche antes de que yo regresase.

Entonces, la expresión del rostro de Krysaor cambió; se volvió cruel, endurecida.

—Quizá no mereciese vivir… —afirmó Krysaor con sarcasmo, cargado de cinismo.

Entonces en la mente de Nórax se abrió paso una idea absurda y le preguntó:

—¿Sabes algo al respecto?

Krysaor bajó la cabeza, pero luego la alzó con orgullo, sin contestar, apretando la mandíbula. Estaba a punto de decir algo cuando llamaron a la puerta. Era Cidón.

—¿Qué hacéis aquí? —le espetó el criado.

—Cuido a un buen amigo —le contestó con cierta desfachatez.

—Mi señor Argón ha prohibido que se moleste a su hijo…

—¡Déjame en paz! —le gritó Krysaor, levantando la mano con ademán agresivo.

Nórax se incorporó en la cama y le agarró de la túnica para detenerlo. Krysaor bajó la mano y, con un gesto de desprecio, exclamó:

—Ya me voy, viejo cascarrabias… ¡Ya me voy!

Se marchó deprisa, bajando las escaleras con estrépito. Cidón le ordenó a Nórax que se acostase y le suministró polvos de adormidera para que descansara.

Cuando se despertó, se sintió con más fuerza y se levantó.

Aunque al principio iba tambaleándose, Cidón le ayudó a caminar.

Anochecía. Subieron a la terraza más alta y, al ponerse el sol, Nórax miró en dirección a Hesperia.

El ocaso cubría el cielo de tonalidades lilas y rojizas.

En los tiempos antiguos se decía que el sol estaba luchando con un gran dragón en el inframundo.

Nórax recordó su lucha con la serpiente marina. Ahora el dragón ya no existía…

Entonces en todos los salientes y cabos de la isla se encendieron atalayas, grandes faros que iluminaban las aguas del mar.

Al mismo tiempo, barcos con el símbolo de Gerión en las velas circundaron la isla.

Nórax preguntó a Cidón por qué se encendían aquellos fuegos.

El criado le informó de que el rey había ordenado, ante los últimos sucesos, que se protegiese aquel lugar.

—¿Qué sucesos?

—No se sabe bien qué ha ocurrido porque todo son rumores… Se comenta que una vestal murió en extrañas circunstancias, y también que algo que protegía Hesperia ha desaparecido…

Nórax no contestó. Pensaba que ya nadie podría entrar en Hesperia, pero también que nadie podría salir. La isla, más que nunca, se había convertido en una prisión, protegida por fuegos y la flota real.

Esos fuegos, la flota de Gerión y la distancia le alejaban para siempre del paraíso.

Se apoyó en la balaustrada de la terraza, miró intensamente a la isla y después bajó la cabeza con dolor, mientras las lágrimas se deslizaban mansamente por sus mejillas, aunque sin emitir un suspiro. El llanto lavaba su tristeza.

Cidón, respetuoso, lo dejó solo y se fue a buscar a Argón.

Al poco, notó una figura a su lado. Era su padre; quizá llevaba ya un tiempo allí.

—Hijo mío, algo terrible ha debido de ocurrir en Hesperia —anunció Argón con suavidad. No deseaba forzarlo, pero quería que se desahogase—. ¿Sabes algo de ello? En tu delirio hablabas de la isla… ¿Dónde has estado todos estos meses?

—No sé. No puedo…

Entonces Argón comprendió que había llorado. Nórax, habitualmente recio, nunca se había dejado ver así. Ni siquiera de niño. Estaba muy débil. Su padre no insistió. Solo le dijo:

—En el consejo me han preguntado por lo que te ha ocurrido.

—Diles que en el naufragio me recogieron unos pescadores más al norte, que enfermé y ya no pude regresar; que intenté luego volver en una barca de pescadores, pero que se hundió antes de llegar a la costa de Tarsis.

Argón lo observó, pensativo. Nórax no solía mentir, y el padre intuyó que la explicación no era cierta. Dio unos pasos por la terraza de un lado a otro y después le preguntó:

—Júrame que en estos meses no has hecho nada de lo que debas avergonzarte.

Nórax pensó en lo ocurrido. No había hecho nada que fuera reprobable, pero había roto la prohibición más sagrada del imperio: respetar la isla de Hesperia. En un suspiro contestó:

—Lo juro. No he hecho nada de lo que avergonzarme, pero el dios Atón me ha llevado por extraños caminos que no debo desvelar.

—Eso me vale. Me basta tu palabra.

Después se acercó a la balaustrada y, apoyándose en ella, a la par que le miraba fijamente a los ojos, le interrogó:

—¿Y tu amigo Krysaor? No estoy ciego. Desde que llegó, vive aquí.

Lo recogimos por piedad y por amor a ti.

Es un joven muy extraño; nunca nos ha agradecido lo que hicimos por él siendo niño; al contrario: es como si se sintiese humillado por ello.

Durante estos meses en los que tú no has estado, desaparecía durante varios días y no sabíamos adónde iba. ¿Sabes tú algo?

—Padre, no puedo responder por los supuestos actos de Krysaor.

—Hablaré con él.

Al día siguiente, tras mandar llamar a Krysaor, Argón se encerró con él en las bodegas de la casa, donde nadie podía oírlos. Cuando salió, el semblante de Krysaor mostraba un aspecto iracundo. Aún débil, Nórax bajó la escalinata blanca para despedirse.

—No necesito la compasión de los góidel, ni mucho menos sus lecciones de virtud. Los descendientes de Túbal somos tan válidos como los descendientes de Tarsis. ¡Algún día me suplicaréis!

Salió de la casa góidel furioso. Krysaor se instaló en el palacio que, tiempo atrás, había pertenecido a su familia: la antigua mansión de los descendientes de Túbal, ahora arruinada, sucia y sin sirvientes, contigua a la de los góidel . No volvió a cruzar el umbral de la casa de Argón.

Pasaron los días, pero Nórax no conseguía dormir bien; se despertaba constantemente.

Con los ojos abiertos antes del alba, bajaba al puerto.

A veces se quedaba simplemente observando, y otras ayudaba a cargar sacos bajo el sol que comenzaba a calentar los muelles.

Algunos estibadores lo reconocían: era el joven capitán de La Estrella del Ocaso, el que se perdió en el naufragio.

Ahora sudaba junto a ellos, sin rango ni pretensiones.

El brazo herido le respondía. El cuerpo fatigado llegaba a dolerle, sí, pero ese cansancio áspero lo aliviaba. No pensaba. No soñaba. No lloraba.

Entre los sacos y las jarcias, oía las voces.

Rumores. Murmullos. Decían que algo oscuro había sucedido en Hesperia.

Nadie sabía exactamente qué, pero por las noches todos alzaban la vista hacia el oeste, donde las atalayas encendían sus fuegos, y comprendían que la isla ya no estaba solo cerrada y misteriosa: era vigilada.

Un lugar clausurado. Sellado por el miedo.

Algunos decían que el dios se había apartado de ellos.

Y entonces comenzaron las desgracias.

Los hombres del puerto las consideraban un castigo divino por lo que hubiera sucedido en la isla.

Allí, al puerto, llegaban las noticias antes que a ningún otro rincón de la ciudad: susurros entre los marineros, imprecaciones de los estibadores, rumores de los mercaderes…

El puerto era siempre el primero en conocerlo todo, y todo le llegaba a Nórax, que, entristecido por el pasado reciente, se sumía aún más en la melancolía.

Las tormentas azotaron sin piedad a los barcos que traían oro desde las tierras africanas, y la gran flota de las naves de Tarsis comenzó a debilitarse.

Desde Egipto llegaron malas nuevas: los hicsos, señores del delta, se habían alzado y ya no respetaban las alianzas forjadas con Tarsis.

En Creta los reyes minoicos no enviaron tributos aquel año; y tampoco lo hicieron las ciudades-estado de Canaán.

Y al este, en el Egeo, los micénicos avanzaban con fuerza creciente, reclamando el dominio del mar.

En la península itálica, las tribus alzaban sus pendones de guerra, y en las islas Gimnesias y en Sharden, los cabecillas locales se rebelaron contra la autoridad tartesia.

Las naves que habían partido hacia las Casitérides en busca de estaño, y hacia los mares del norte en busca de ámbar, retrasaban su regreso. El frío, las tormentas y los hielos de las rutas septentrionales paralizaban la travesía. El imperio de Tarsis comenzaba a tambalearse.

Al norte del río Tarsis, tras las montañas de la Oretania, una gran sequía azotó la meseta, las tierras desde donde llegaba el trigo.

Se decía que en los poblados más al norte del valle de Tarsis, junto a los pozos, casi no quedaba agua; además, se habían secado los arroyos.

Las gentes de los pozos los fortificaron para evitar las disputas de unos y otros por el agua.

Las vides de toda la gran península de Feacia comenzaron a marchitarse, e incluso los olivos no dieron fruto aquel año y, por tanto, no produjeron aceite.

En los montes de la Carpetana, la gente había llegado a morir de inanición, y los habitantes de los poblados de las minas de cobre estaban tan débiles que ya no eran capaces de extraer el metal.

En Tarsis, los almacenes estaban vacíos.

El puerto podía haber salvado la ciudad, pero los nobles descendientes de Ibrós, dueños de las tierras altas, se negaron a permitir la entrada del cereal extranjero.

Temían que bajaran los precios, que el pueblo comprara grano barato y que su poder menguara.

Presionaron a Gerión. Y Gerión, cansado, ya no alzaba la voz.

El rey miraba al suelo y callaba. Se encerraba en su palacio y dejaba que las cosas siguieran su curso.

Así comenzó el declive. La estirpe de Gerión, que había dominado mares y tributos, parecía resquebrajarse. Y nadie —ni siquiera los sacerdotes, menos aún las gentes del puerto— sabía si era por lo que había ocurrido en Hesperia… o por lo que no habían sabido evitar.