El juicio #4
Eteria se detuvo en seco. Volvió el rostro hacia Nórax, con la angustia dibujada en los ojos. Luego, como si necesitara apagar el mundo, se cubrió el rostro con ambas manos.
—Esto podría desembocar en una guerra entre nosotras —le dijo con voz entrecortada—. Debo frenarla.
—¡Te ayudaré!
Con decisión, ella negó con la cabeza. Sus ojos, velados por las lágrimas, se alzaron con firmeza.
—Lo harás aún mejor si te vas…
Los cuernos y las trompas seguían sonando, cada vez más insistentes, instando a todas a acudir a la gran plaza en el centro de la ciudad de las mujeres.
Eteria le sostuvo la mirada un instante más.
En sus ojos había amor, pero también una firmeza irrevocable, como quien cierra una puerta consciente de que no podrá volver a abrirla.
Luego, sin decir nada más, se volvió y echó a correr hacia el corazón de la isla, donde se decidía el destino de Hesperia.
Nórax se quedó atrás iluminado por la luz del plenilunio. Sintió que quizá empeoraría todo si la seguía, pero no podía retirar la vista de ella. Observó, inmóvil, cómo la figura de Eteria avanzaba decidida hacia el poblado hasta que la perdió entre la arboleda.
Al cabo de lo que le parecieron largos instantes, la distinguió entre todas las hespérides reunidas en la plaza.
Llevaba entre las manos la piedra de luz, que resplandecía de un modo extraño, con fulgores rojos y dorados, iluminando toda la gran explanada bajo el templo.
Las demás se apartaron para dejarle paso, y Eteria ascendió por la escalinata central.
A su lado, y un poco más atrás, caminaba Areté.
Al llegar al lugar donde reposaba el relicario de oro, ámbar y coral, Eteria depositó la piedra en su interior.
Nórax las vio de lejos, dos figuras pequeñas de cabellos dorado y cobrizo, hablando a todas, con serenidad y un gran aplomo.
No entendía lo que decían, pero estaban rodeadas por el brillo de la piedra de Jafet.
Entonces Eteria la alzó entre sus manos y un haz de luz inimaginable inundó el claro, la isla, y se extendió hasta la costa.
Eteria les explicó que una verdadera hespéride hace surgir luz de la piedra.
La Gran Sacerdotisa, la que acababa de fallecer, nunca había podido hacerlo, nunca había levantado la piedra entre sus manos delante de todas, lo que significaba que era una suplantadora, no una auténtica hija del sol.
Nunca debió ser elegida Gran Vestal. Después Eteria devolvió la piedra a la base de ámbar y coral donde solía reposar, y allí brilló de nuevo con fuerza, pero no de la manera en que lo había hecho en sus manos.
Nórax nada más podía hacer por ellas, por aquel mundo hermoso que le subyugaba, pero le era ajeno, de modo que se volvió resignadamente hacia la costa.
Sin embargo, tras avanzar unos pasos, regresó y, una vez más, las observó como despedida.
En ese momento todas aclamaban a Eteria.
Por último —con un gran esfuerzo— se dio la vuelta y se fue.
Amanecía cuando Nórax entendió que el dios solar le llamaba al lugar de donde nunca debió haber salido, a su ciudad natal, Tarsis.
Atravesó la isla mientras la claridad de la aurora iluminaba sus pasos.
No había nadie, y las guardianas habían abandonado sus puestos en las atalayas que dominaban el mar.
Todas las mujeres de Hesperia estaban junto al templo.
Nunca el mal había penetrado en la isla, pero ahora lo había hecho.
La Gran Sacerdotisa, la Gran Guardiana, había muerto. Y no por causas naturales.
Nórax pensó que el dios utilizaría a Eteria y a Areté para erradicar el mal en la isla y liberar a las hespérides del penoso cautiverio al que habían sido sometidas.
Había cumplido su cometido apoyando a Eteria.
Ahora sí, debía irse; ella era fuerte y podría hacerlo sola.
La voz del dios le urgía a abandonar el lugar sagrado.
Fue avanzando lentamente entre los árboles mientras sentía que el corazón se le desgarraba. Nórax llenó sus sentidos del olor, la visión, los sonidos de aquel lugar al que quizá nunca volvería y que había sido para él el paraíso.
Al llegar a la costa occidental, el sol refulgía sobre un mar calmado.
Observó las rocas. Aunque la marea había subido, aún podía reconocer el paso entre los arrecifes, evitando el remolino, que le había revelado Areté.
Se tiró al agua y comenzó a nadar, aunque poco después sintió un dolor sordo en el brazo.
La travesía se le hizo larga. Brazada tras brazada, avanzó contra las olas, aunque el frío se le metía en el cuerpo y se encontraba agotado.
Afortunadamente, poco antes de llegar a la costa, una nave que procedía de las islas del norte y que contaba entre la tripulación con uno de sus amigos de la infancia, Kendal, lo rescató.
Cuando le izaron, Kendal se sorprendió mucho al verlo; al parecer, en Tarsis se consideraba a Nórax perdido para siempre, ahogado en un naufragio.
Regresó a la ciudad exhausto, enfermo y con un gran dolor en el alma, consciente de que ahora ya nada podía hacer por la mujer a la que amaba.