El juicio #3
Los ojos de Eteria se humedecieron y ocultó el rostro entre las manos. Nórax no sabía qué decir, ni cómo consolarla. La luna le iluminó el cabello cobrizo y entonces separó las manos, alzó la cabeza y sus ojos ambarinos se posaron en Nórax como penetrándolo:
—¡Quédate hasta que ella se haya ido! Si te tengo cerca, todo va a ser menos duro.
—Me quedaré.
Siguieron caminando hasta la cabaña.
—Aquí estamos seguros, la magia de Dana nos protege.
Se sentaron en el suelo y hablaron de muchas cosas.
Ella le pidió a Nórax que cuando regresase las defendiese delante del consejo.
Tras un buen rato de charla, ella se reclinó sobre él y se quedó dormida en sus brazos.
Nórax veló su sueño porque no se atrevía a moverse.
Le parecía mentira tenerla allí, en sus brazos.
Pasaron varias horas hasta que Nórax también se durmió.
Soñó con agua, agua por todas partes, y con la serpiente marina que le miraba con su ojo inmenso.
Les despertó el primer rayo de sol. Eteria se levantó bruscamente, se atusó el pelo y se alisó la túnica. Salió corriendo tras susurrarle:
—Regresaré esta noche.
Pero no lo hizo. Pasó un día entero durante el cual Nórax no supo qué hacer.
Desde el robo de la piedra de luz había mucha más vigilancia, y la isla estaba llena de guardianas que rastreaban los bosques porque se sospechaba que había algún hombre escondido en la isla.
Nórax se dio cuenta de que solo en la cabaña, protegida por el conjuro, se encontraría a salvo, por lo que decidió no salir de allí.
Llegó la noche y el crepúsculo llenó el cielo de un resplandor de sangre.
Antes de que llegara el alba del día siguiente, Nórax oyó un ruido fuera de la cabaña. Eteria había regresado, y estaba muy pálida.
—¿Qué ocurre?
—El parto se ha adelantado. Ha nacido un niño. Mañana, en la fiesta del solsticio, Eglea morirá.
Nórax la cogió entre sus brazos y la dejó llorar. Las lágrimas de Eglea eran como las de los niños, desconsoladas, y rodaban por sus mejillas hasta que Nórax se notó el pecho mojado.
—Debo regresar. La Gran Sacerdotisa quiere que lo presenciemos. Nos ha permitido estar junto a ella en la ejecución.
Nórax le acarició el cabello y ella susurró:
—Quiero acompañarla hasta el último momento.
Se separaron mientras a lo lejos redoblaban unos tambores que sonaban con un ritmo estruendoso y rítmico.
Nórax entendió que era la señal de que iba a comenzar la ejecución, por lo que subió sigilosamente hasta una arboleda espesa en un entrante de tierra en el mar, justo enfrente del acantilado y la explanada donde tendría lugar la condena.
A espaldas de aquel precipicio se situaba el templo a Atón.
Nórax se quedó quieto esperando lo que fuera a pasar. En aquel lugar vería bien la ejecución porque se divisaba con claridad el despeñadero del destino.
Se oyeron trompetas y, al cabo, todas las mujeres de la isla ocuparon la explanada posterior del templo, que daba al mar.
La Gran Sacerdotisa, una mujer joven de cabellos oscuros, se sentó en una especie de trono.
Al fin, entraron las tres hermanas. Se distinguía a Eglea por el color de sus cabellos y porque caminaba lentamente, con dolor de recién parida, apoyándose en sus hermanas.
Al llegar frente al trono se inclinó y dos guardianas la separaron de Eteria y Areté. Se oyó una música solemne, sobre la que se impuso la voz de la Gran Sacerdotisa:
—Hesperia ha sido profanada, y el gran dios Atón, ultrajado. La sentencia debe ser cumplida.
Las dos guardianas, que vestían lorigas de oro y cubrían sus cabezas con plumas que imitaban los rayos del disco solar, agarraron a Eglea y tiraron hacia delante de ella, que casi no podía caminar porque se sentía dolorida. Al llegar al borde del acantilado, Eglea gritó con voz serena y profunda:
—Me voy con el dios, me acojo a su clemencia.
Entonces la empujaron.
Cayó como una pluma hacia el mar, pero no llegó a rozarlo porque se transformó en una criatura blanca y traslúcida, como un rayo de luz y espuma de mar. Después desapareció.
Todas las hespérides aclamaron al dios. Eteria abrazó a Areté. Ambas lloraban, pero encontraban en la otra su consuelo y se decían que Eglea no era un cadáver ensangrentado, sino que estaba llena de luz. El dios había hecho justicia, había acogido a Eglea.
Nórax pensó que eso le habría dado consuelo a Eteria. Se retiró porque las hespérides abandonaban la explanada. Cruzando el bosque, regresó hacia la cabaña, cavilando sobre el milagro.
La cabaña, rodeada por rayos del sol que atravesaban como lanzas la espesura, se abrió ante él.
Nórax cayó de rodillas en el suelo mullido de la choza y sintió que debía irse, pero antes deseaba ver a Eteria; necesitaba despedirse, pasar al menos unos instantes con ella, pues ya no la volvería a ver más.
Aquella noche Eteria regresó bajo la luz de una luna llena. Todo en ella había cambiado: de una niña confiada se había transformado en una mujer. Nórax nunca la había visto así. Gritaba enfurecida en contra de la sacerdotisa:
—Esto nunca habría ocurrido en tiempos de Dana, que odiaba la violencia. Ella habría impedido que Eglea muriese, le habría evitado la deshonra a un ser que era limpio. Y eso lo pensamos todas, no solo yo.
—¿Areté también?
—Más que ninguna —contestó Eteria con firmeza—. Las guardianas son especialmente rectas y fieles a Atón, y Areté es una de ellas. Lo que se ha hecho va en contra de las leyes del dios.
—¿Qué vais a hacer?
Eteria sentenció como si estuviera iluminada por una luz interior, segura de sí misma:
—Ha llegado el fin de una era. Mañana todo esto se debatirá, y esa mujer será relevada de su cargo y juzgada delante del dios. Muchas estamos decididas a ello.
—Te ayudaré.
Con determinación, negó con la cabeza y lo miró de modo penetrante a los ojos.
—No. Empeorarías aún más todo. Ahora debes irte.
Nórax, en cambio, se acercó más y la agarró de los hombros mientras ella levantaba la barbilla hacia él.
—Me iré, pero sé muy bien, pues mi corazón me lo dice, que algún día te volveré a ver —le susurró—. Algún día todo cambiará. Te quiero.
Eteria le puso las manos en el pecho y le rechazó hacia atrás.
—Sabes bien que no puede…, que eso no puede ser. Lo que está bien está bien, lo que está mal está mal…
Nórax intentó acercarse de nuevo, pero ella extendió los brazos alejándose aún más de él:
—Dime lo que sientes por mí —susurró el marino.
Los ojos de Eteria brillaron con agua de una emoción oculta:
—No lo sé bien, algo que nunca sentí antes por nadie. Tú y yo tenemos los mismos ideales, somos compañeros, y hay algo profundo que nos une, pero no debo dejar que…
Nórax le retiró las manos y ella no se resistió, de modo que él se acercó nuevamente y la abrazó, pero, cuando intentó besarla, ella le rechazó. Se introdujo entre las sombras de la tarde. Nórax caminó detrás de ella sin poder evitarlo.
Desde la zona del templo y el poblado comenzaron a oírse gritos, seguidos del sonido de trompas.
El clamor, prolongado y repetitivo, se alzaba como una señal de alarma.
Eteria echó a correr. Nórax la seguía un poco más rezagado hasta que la alcanzó.
Justo antes de que entraran en terreno abierto, Eteria le cortó el paso.
—No puedes seguirme. Te van a detener.
—Está ocurriendo algo grave y no te voy a dejar, quiero saber lo que pasa.
Continuaba oyéndose el sonido de las trompas como una alarma que de nuevo parecía convocar a todas. Nórax y Eteria entendieron vagamente unas voces.
Otra trompa resonó, más próxima, vibrante, como si reclamara la presencia de todas las hespérides. A medida que se acercaban, comenzaron a distinguir fragmentos de voces entre el tumulto:
—¡La Gran Sacerdotisa ha muerto…!
—¡Ha sido asesinada!