El juicio #2
—La joya de Jafet nos protege, y puede que salve a Eglea. Además, no confío en la Gran Vestal. Me da miedo. Hay algo en ella… que no sé definir. ¡Carece de magia! ¡No es una verdadera hespéride! No ama a Hesperia, ni las tradiciones de Atón; en realidad solo se ama a sí misma.
Eteria intuía que algo anómalo le ocurría a la Gran Vestal; su instinto se lo revelaba y hablaba con fuerza. Areté no comprendía a su hermana, le daba la impresión de que se había vuelto loca porque había traicionado los principios en los que fueron criadas.
—¿Cómo… cómo te atreves?
—Porque es verdad, y tú lo sabes tan bien como yo.
—¡No os entiendo! Tú y Eglea os habéis vuelto locas. Pero ¿cómo pudiste entrar en el lugar más protegido de la isla?
Eteria intentó disculparse, que Areté comprendiese su punto de vista. Intentó explicarle que había algo providencial en lo ocurrido, que el dios le había permitido sustraer la piedra de luz.
—Fue muy extraño; logré entrar sin que me viesen las guardianas y, cuando pasé muy cerca de ellas, simplemente miraron hacia otro lado como si yo no estuviese allí.
Areté se escandalizó de nuevo.
—¡No te das cuenta de que has utilizado la magia! ¡Sabes muy bien que la magia no debe ser utilizada para los propios fines!
Eteria bajó la cabeza, quizá avergonzada por lo que había hecho, pero después la levantó orgullosa.
—Lo sé, pero no tuve otro remedio. Invoqué al dios. Pensé que, si Atón había traído a Nórax, lo protegería. El dios me respondió. Además, creí que podría devolverla, pero para entonces ya habían descubierto su desaparición. No pude restituirla.
Areté, aún más indignada con su hermana, la acusó:
—Todas han pensado que Eglea ha tenido que ver con su desaparición, y con ello has empeorado su suerte. Creen que allanó el camino hacia la gema sagrada a su amante. Has salvado a ese Nórax. Sí, lo has hecho, pero has condenado aún más a Eglea. Morirá.
—Una hespéride no puede morir —sentenció Nórax.
Ante la intervención de Nórax, Areté se irritó aún más.
—O… sí —gritó.
Eteria se volvió hacia Nórax y lo miró con una expresión de inmensa tristeza en sus ojos.
—Puede ser despeñada —le explicó Eteria—, y el sol rechazarla. Entonces se estrellará contra las rocas y su alma vagará sin descanso.
Ante esas palabras, el ambiente se llenó de angustia; las dos hermanas estaban destrozadas ante la suerte que podía correr Eglea.
—Desde que conoció a ese hombre, tu compañero, cambió.
Siempre había querido ser distinta de todas.
Pero desde un poco antes de que os descubriéramos, comenzó a criticarlo todo, a mirarnos por encima, como si conociese mejor la realidad que nosotras.
Nos tachaba de simples e ingenuas. Decía cosas que ella nunca habría dicho.
—En la voz de Areté se palpaba la desesperación.
—Sin embargo, en algo Eglea tenía razón: esta isla es una cárcel.
—Hesperia ¿una cárcel? —objetó Areté, de nuevo encolerizada—. El lugar donde se pueden ver todas las costas del mundo ¿una cárcel? ¿El lugar desde donde te puedes trasladar al templo de Atón en las islas de la inmortalidad? ¿Crees que no hay libertad en este lugar que es como el paraíso?
Con su marcado instinto de justicia, Eteria le contestó sin alzar la voz, con suavidad.
—No hay libertad en ese paraíso del que hablas.
—Estamos aquí porque amamos al dios.
—¡No! Estamos aquí porque nos trajeron siendo niñas sin posibilidad de escoger.
—Durante años hemos sido felices. Dana nos enseñó a aceptar con alegría lo que nos había deparado la vida.
—Dana no estaba de acuerdo con muchas cosas. Quería cambiarlas y no le dejaron, y por eso… por eso se fue…, porque no podía ya más.
Areté, temblando de la furia que le embargaba, hablaba atropelladamente.
—Hasta que llegaron esos dos hombres, estabais contentas, no os planteabais otra cosa.
Eteria, sin embargo, le contestó despacio, soñadoramente y con dulzura. En su interior había algo cálido, y una sensación de libertad.
—Nórax me ha hecho ver que lo que estudio es real, que el mundo fuera de aquí… ¡existe! ¡Que hay vida y libertad! A Eglea le debió de ocurrir lo mismo. No he hecho nada malo ni me avergüenzo de nada.
Areté frunció el entrecejo mientras exclamaba:
—Te sientes así porque te has mantenido pura.
Eglea vivía avergonzada, sin contarnos lo que le estaba sucediendo.
Creíamos que él se había ido, pero seguro que volvió.
No sé cuánto tiempo han estado juntos, o si ha vuelto varias veces.
Lo cierto es que ella ha fingido todo este tiempo. Eglea no era así.
Entonces Nórax intervino. Recordaba muy bien cómo era su amigo, cómo sabía jugar con los demás, sobre todo con las mujeres, para manejarlas a su antojo.
—Él la dominó —reflexionó Nórax—, sabe hacerlo. Conoce el carácter de la gente, y por lo que decís, Eglea quería ser distinta, original.
—Hay algo perverso en ese hombre —exclamó Areté—; en su alma anida un extraño afán de venganza y odio al dios.
A Nórax le sorprendía que Areté hubiera penetrado tan profundamente en Krysaor.
—Areté, lo has descrito tal y como es. ¿No sospechabais que Eglea se veía con él?
—No. Eglea vivía en el templo, y no la veíamos.
Intuíamos que algo le pasaba, pero no sabíamos de qué se trataba.
Pensábamos que no estaba contenta con su destino en el templo.
Al fin se descubrió que mi hermana había perdido su virginidad, pero nosotras no sospechábamos nada.
Fue entonces cuando nos comenzaron a vigilar continuamente. Por eso no volvimos a visitarte.
Eteria le explicó entonces con voz dolorida:
—Nos tienen absolutamente controladas, sospechan de nosotras.
Areté interrumpió a su hermana, con voz muy nerviosa:
—Solo ayer pude esquivar a las guardianas de la isla para decirte que te fueras y mostrarte el camino seguro para escapar.
No podemos hacer nada más por ti. ¡Tendrías que haberte ido ya!
—le gritó—. ¡Vete, por favor! ¡Olvídanos!
Corres un gran peligro… y nosotras también.
Si te encuentran, pensarán que tú eres el que ha abusado de Eglea.
—¿Abusado?
—Ella ha declarado que la habían forzado —le explicó Eteria.
Nórax negó con la cabeza.
—¡No lo creo!
—¡Yo tampoco! —afirmó Eteria—, pero diciendo que la han forzado lo protege y no tiene por qué revelar su nombre. Ella asegura que es un desconocido. Si se supiera su nombre, las guardianas lo comunicarían al consejo y lo ajusticiarían.
—O quizá no conoce su nombre.
—¿Cómo se llama? —le preguntó Areté.
Nórax evitó responder directamente.
—¿De qué sirve que muera? ¿Para qué necesitas su nombre? —le replicó.
—¡Para que se haga justicia!
Se oyó un ruido fuera de la casa. Inmediatamente, Nórax se pegó a la pared junto a la puerta de entrada. Alguien se había detenido justo al otro lado.
Areté se llevó un dedo a los labios y le susurró:
—Son las guardianas haciendo su ronda. Podrían entrar a inspeccionar.
Pasó un largo rato. Los pasos se alejaron, resonando con firmeza. Poco a poco la luz de la luna, que descendía hacia su ocaso, se filtró por la ventana.
—Ahora sí que debes irte —le instó Areté—. Podían haber entrado. Te has salvado por muy poco.
—La piedra de luz lo ha protegido —afirmó Eteria.
Areté puso sus uñas afiladas en el brazo de Nórax, que no se quejó por el dolor, y le empujó hasta la puerta. Él dio unos pasos y Eteria lo siguió sin que Areté fuese capaz de impedírselo. Las guardianas se habían alejado.
Nórax y Eteria caminaron hasta los frondosos árboles entre los que se colaban los rayos del plenilunio. Llegaron a un puente que cruzaba un riachuelo y allí, de pie e iluminados por la luna, Eteria le puso las manos sobre el fuerte pecho y le confesó con los ojos llenos de lágrimas:
—No quiero que Eglea muera.
Nórax se sintió conmovido y preocupado.
—¡Es injusto, es apenas una niña! —le respondió Nórax—. Él la ha engañado.
—Creo que lo quiere mucho. Areté no lo sabe, pero he podido hablar con ella. Si dijera su nombre, quizá habría alguna esperanza. Saben que ha mentido, y faltar a la verdad se paga más caro aquí que ningún otro delito.
—Y ¿qué harás con la gema de luz?
—No lo sé.
—Areté puede venderte al consejo; me parece muy fanática.
Eteria negó con la cabeza; su expresión revelaba una confianza total:
—No lo es, y nunca lo hará. Aunque no lo reconoce, sé que Areté está en desacuerdo con la Gran Vestal; de hecho, todas las guardianas lo están. Por otro lado, las tres estamos unidas por algo muy profundo.
—¿Puedo hacer algo por vosotras?
—Deberías irte —le pidió dubitativamente.
—Pero no quieres que me vaya —repuso Nórax con suavidad.
—Sí…, bueno, no… ¡Ay! Ya no sé lo que quiero.
Callaron un momento hasta que Eteria volvió a tomar la palabra:
—Sentirte cerca me infunde seguridad y fuerza. Lo peor no es que ella muera, lo peor para mí sería que el sol la rechazase.
—¿Crees que eso puede ocurrir?
—Nosotras no tenemos miedo a la muerte; podríamos no morir.
Morimos cuando nos atacan o hay un accidente.
También cuando una pena muy honda nos aflige o nos cansamos de esta vida; entonces podemos unirnos al dios.
Saltamos al mar y nos convertimos en espuma brillante que asciende hasta el sol.
Se dice que vamos a otro lugar: las islas de la inmortalidad.
Se detuvo, pensativa. Era muy joven, y conocía poco del mundo, pero era una ninfa de la noche, una doncella formada en la magia, en la sabiduría y en el culto al dios.
Se retorció con un dedo uno de sus mechones cobrizos y luego lo soltó.
Comenzó a hablar de nuevo como analizando lo que estaba ocurriendo, lo que le iba a suceder a su hermana.
—Yo… nunca he visto que una hespéride traicione al dios y sea despeñada. Dicen que se estrellaría en el fondo del acantilado; un cadáver ensangrentado. No se uniría al sol y yo nunca la volvería a ver, ni en esta vida ni en la otra. Solo pensar en ello me resulta insoportable.