Las naves de Tarsis El juicio
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El juicio

La primavera en Hesperia desplegaba todo su esplendor, las flores se abrían en colores cálidos y los camelios, los manzanos, los cerezos y los almendros exhalaban un perfume que impregnaba el ambiente, pero Eteria no regresaba, y sin ella la primavera no existía para Nórax.

La fuerza había retornado a su brazo, y también a su espíritu.

Se entrenaba, y después de aquellos meses de inactividad ya era capaz de partir una gruesa rama con las manos; poco le quedaba ya para ser capaz de recorrer nadando el espacio que separaba la isla de Hesperia de la ciudad de Tarsis.

Aunque Eteria no regresó, un día se acercó Areté.

Traía consigo atados en un paño aceitunas y algo de pan, que Nórax comió con apetito, agradecido tras tantos días alimentándose solo de manzanas.

Mientras él comía, los ojos de Areté se detuvieron en su brazo, que ya se movía con normalidad y no mostraba herida alguna.

No dijo nada, pero en su rostro asomó una expresión difícil de descifrar, mezcla de sorpresa y desconfianza.

—Eteria me dijo que habías mejorado, que sus ungüentos te han curado —comentó, sin apartar la mirada.

Nórax no sabía por qué, pero intuyó que no debía hablarle de la piedra de luz. Desvió la conversación y le preguntó por qué no habían vuelto a visitarlo. Areté contestó primero con evasivas, pero pronto, con gesto grave, se dirigió a él con voz queda, velada por el disgusto:

—Tienes que irte. Y no volver nunca más.

Nórax quiso preguntar por Eteria, pero Areté frunció el ceño con dureza, como si la sola mención de su hermana le doliera.

—¡No se te ocurra acercarte a ella! ¡Debes regresar a Tarsis! Estamos en peligro.

—¿Qué ocurre?

—No puedo decírtelo. Es algo que no te voy a contar porque me avergüenza. —Después le pidió imperativamente—: ¡Acompáñame!

Nórax la siguió e intentó averiguar adónde lo conducía con la esperanza de que fuera hasta Eteria.

Areté no le contestaba, y su rostro decidido y hermoso denotaba angustia.

Lo condujo al acantilado sobre la playa al que habían llegado Krysaor y Nórax, que no estaba lejos.

Desde allí le indicó el camino que debía recorrer entre los arrecifes para salir de la isla:

—Tienes que ir de la roca redonda a aquella que parece un toro, de allí a la roca alargada, y desde allí hacia aquella cubierta por algas.

—Señalaba con su fuerte brazo el mar—.

Después, ten cuidado con el remolino. —Apuntó con el dedo hacia un lugar en donde el oleaje hacía un movimiento extraño—.

Si te acercas a él, te tragará. No se sabrá nunca nada más de ti.

—Entonces se oyó una trompa en el interior del bosque hacia el lugar en donde estaba el jardín—.

Vete cuando se oculte el sol: las guardianas no te verán porque están rastreando la isla; ha ocurrido algo terrible.

Tras mirarlo aterrorizada, se fue corriendo.

Pasó el día, y el sol fue descendiendo hasta el ocaso.

Había llegado el momento: Nórax podía irse.

Se sentía con energía porque la comida que le había proporcionado Areté le daba fuerza para cruzar a nado el gran estuario de Tarsis, pero no era capaz de hacerlo.

Desde lo alto del acantilado divisaba por un lado el mar infinito que se extendía tras de sí, aquel océano por el que había llegado…

parecía que hacía ya una eternidad. De frente estaba Tarsis, con sus edificios, el templo y el palacio de Gerión.

No quería irse. Dejaba a la mujer que amaba en la cárcel hermosa que era Hesperia, y sentía que no podía hacerlo, que, si había llegado a la isla después de atravesar tantas dificultades, era por algo, y eso aún estaba inconcluso.

El naufragio de La Estrella del Ocaso había sucedido al final del otoño, ya había transcurrido el invierno y estaban en primavera; los días se prolongaban y hacía más calor.

Las naves de Tarsis, varadas en los puertos durante el invierno, se dispondrían de nuevo a zarpar.

Nórax añoraba Tarsis y sus naves, y, sin embargo, ahora que tenía fuerzas suficientes para poder irse, no deseaba hacerlo: la isla lo había hechizado.

Se marcharía, pero, pese a lo que Areté le había pedido, no era aún el momento.

Algo le hizo sentir que debía ver a Eteria.

Al contemplar la luz del sol rielando el mar, el brillo de los ojos de ella retornó a su mente.

Anhelaba verla de nuevo, aunque solo fuese una vez.

Así que se arriesgó y decidió regresar al poblado de las hespérides por el camino que la misma Eteria le había mostrado.

En el fondo sabía que era una locura, pero algo en su interior le impedía hacer otra cosa.

Se acercó hasta el altozano al que un día le había conducido Eteria. Desde allí divisó las terrazas escalonadas donde las hespérides cultivaban el maravilloso jardín y las casas distribuidas por niveles entre ellas. Buscó con la mirada la que mostraba la marca de Gerión.

Tras una larga espera en la que cada vez se sentía más nervioso, divisó a Eteria y Areté, que salían de la casa y se dirigían a la explanada del templo.

Eglea seguía sin aparecer por ningún lado.

No la había vuelto a ver desde tiempo atrás.

Las dos hermanas no estaban solas: otras dos mujeres, vestidas con las lorigas de las guardianas, iban con ellas y las acompañaban a todas partes.

Cayó la noche. El firmamento sobre la isla se fue iluminando gradualmente con el brillo de las infinitas estrellas que se veían en Hesperia: un cielo como solo existía allí, oscuro y esplendoroso a la vez.

Al tiempo, se fueron alumbrando las casas de las hespérides con las luces de cada hogar, mientras se encendían las antorchas del exterior.

No pasó mucho tiempo hasta que las ventanas fueron apagándose poco a poco y solo quedaron algunas antorchas brillando en las calles, momento en que todo se llenó de quietud.

Las galaxias siguieron su curso inexorable sobre la bóveda celeste.

Una pareja de guardianas rondaba el poblado, pero, cuando se alejaron, Nórax, oculto por la oscuridad de la noche, logró acercarse quedamente a la casa con el sello de Gerión.

Las ventanas, abiertas por el calor, le permitieron entrever el interior, donde se oían unas voces femeninas; las dos hermanas, que descansaban en sendos lechos cercanos entre sí y junto a los cuales había un catre vacío, estaban hablando.

—Se ha ido ya, está curado. Ya no tenemos que ayudarlo. ¡Cada vez era más peligroso! —Areté estaba consolando a Eteria con una gran delicadeza—. ¡No te inquietes! ¡Es mejor así!

—¡Tendría que haber hablado con él! —exclamó Eteria—. Haberme despedido.

—¿Quieres que te ocurra como a Eglea?

—Yo no he hecho nada, soy fiel a Atón.

—Tu corazón no lo es. ¡Lo sabes bien!

Eteria sollozaba. Sin poder contenerse, empujado por el llanto de Eteria, Nórax abrió la puerta y penetró en el aposento.

—Soy yo. ¡No gritéis!

Areté se le enfrentó, y le espetó:

—Te dije que te fueras. Lo que haces es muy peligroso, y nos comprometes.

—Me iré, Areté, te lo juro por el dios, pero permíteme que me despida de Eteria, que hable al menos unos instantes con ella.

Areté se acercó más a Nórax rogándole con fuerza:

—¡Vete! ¡Te lo suplico! Ahora todo es mucho más peligroso que cuando llegasteis.

Nórax, intrigado por aquel misterio, le preguntó en voz algo más alta:

—¿Por qué? ¿Qué sucede?

El rostro de ambas hermanas traslucía una angustia mezclada con desesperación.

—Se ha descubierto que Eglea espera un hijo —contestó Areté con impaciencia—; su enfermedad era esa. Nacerá pronto. No nos lo querían decir porque estamos bajo sospecha. ¡Pobre Eglea! Mo­rirá…

—Pero ¿por qué tiene que morir? —La pregunta de Nórax sonó extraña; lo sabía perfectamente, pero lo decía porque detestaba la injusticia.

Eteria contestó con voz dolorida:

—Lo sabes muy bien. Hay una ley inexorable. Somos las esposas del dios. —En aquellas palabras de Eteria, que un tiempo atrás habrían sonado de otro modo, latía un hálito de tristeza—. Eglea lo ha traicionado y será condenada a muerte. En cuanto dé a luz, será precipitada al mar.

—¡Oh! —exclamó con dolor Areté—. Eglea morirá…

—¿No se puede hacer nada?

—En absoluto. ¡Es horrible! —sollozó Eteria.

—¿Quién ha sido? —preguntó Nórax, intuyendo quién era el único responsable.

—¡Quién va a ser! Ese hombre, el que vino contigo. ¡Estamos seguras de que ha regresado en algún momento! Buscaba algo. Ha abusado de nuestra hermana y la ha utilizado para sus fines.

—¿Cuáles crees que son…? —le preguntó Nórax.

—Han robado la piedra sagrada —dijo Areté—. Desapareció hace unos días.

Nórax miró a Eteria y el rostro de ella enrojeció. Areté se dio cuenta de la expresión culpable de su hermana y la de Nórax.

—¿Qué ocurre?

—Fui yo.

Areté se quedó pálida y luego enfureció de ira. Habría golpeado a Eteria. Al principio elevó el tono de voz, pero después se contuvo para no atraer a las guardianas.

—¿Cómo… cómo has podido?

—Nórax nunca habría podido salir de la isla sin estar curado; antes o después le habrían atrapado y su caída habría significado la nuestra. Necesitaba la piedra para curarlo.

Eteria se justificaba, alentada tanto por la racionalidad como por la pasión, pero a los ojos de Areté lo que habían hecho era imperdonable.

—¿Sabes lo que has hecho? —le recriminó Areté—. Has robado la joya de Jafet, has tocado lo más sagrado que existe en esta isla.

Eteria se echó a llorar, ocultando el rostro entre las manos.

—¿Dónde la tienes?

Eteria se acercó a un ánfora que había en una esquina, introdujo el brazo y extrajo la gema sagrada. Areté abrió los ojos asombrada.

—¡La piedra de luz! ¡Debes devolverla! Confesar tu culpa a la gran sacerdotisa.

—¡No lo haré!

Los ojos de Areté brillaban cada vez más enfurecidos.

—Dame una razón…