La herida
Desde aquel momento, Nórax se sintió peor.
El pecho le dolía y el brazo estaba muy inflamado y presentaba un tono negruzco.
Por momentos, cuando le subía la fiebre, entreveía al dios solar como un hombre que le hablaba y le decía que se iría con él a la tierra de la inmortalidad.
Divisaba las costas de una enorme isla lejana y verde con un túmulo al que era posible acceder por un pasadizo que se abría al atravesarlo la luz del sol en el solsticio.
Retornaba en sueños a la llanura de Albión, al templo con la herradura y la piedra color bermellón.
A veces le parecía contemplar a Eteria, pero siempre era un sueño, y cuando se despertaba, no estaba junto a él, y solo entreveía el techo de la cabaña.
Pasaron días en los que la luz del ocaso parecía confundirse con la del alba, y todo era borroso y ambiguo.
Nórax se debilitaba porque no era capaz de salir y acercarse a los manzanos para tomar la fruta.
Se arrastraba hasta un pequeño arroyo junto a la cabaña para beber agua porque la sed le devoraba, pero llegó un día en que ya no se pudo mover.
Fue entonces cuando Eteria regresó: una mano suave refrescó con un paño sus labios ardientes y, cuando abrió los ojos, ella le dio de beber.
De una especie de bolsa que llevaba a la espalda sacó queso fuerte y oloroso, un preparado de aceitunas machacadas, pan y dulce de fruta.
Le hizo comer. Nórax le preguntó por qué se había alejado tanto de él, por qué no había vuelto antes, por qué lo había abandonado.
Ella no le respondió y enrojeció intensamente, avergonzada al mirarlo.
Aquella actitud era muy extraña en Eteria, siempre tan dulce y confiada.
—Deberías irte —le sugirió.
—No puedo. Estoy muy enfermo.
—Ya me doy cuenta —respondió ella con un tono entristecido.
—Creo que voy a morir —confesó Nórax—. Veo al dios y un túmulo funerario en una pradera cubierta de nubes, fría y lejana. No tengo fuerzas para nada. Te tengo delante, igual que a mi padre, a gentes de Tarsis…, pero sé que no estáis.
Le examinó el brazo. La herida de la piel hacía tiempo que había cicatrizado, pero el brazo ahora estaba tumefacto, negruzco a la vez que inflamado, y no podía moverlo en absoluto.
En la isla, al igual que las plantas crecían con celeridad, las heridas cicatrizaban también más deprisa.
Su situación era peor que al principio porque el mal estaba profundo, y era difícil acceder a él.
Nórax se sentía absolutamente debilitado.
—El Leviatán te inoculó algo maligno. Cuando te curamos, se enquistó, y aunque parecía que habías sanado, el golpe que te diste al caer lo ha liberado y ha vuelto a ser nocivo para ti. Puedes morir.
—Contigo el veneno parece que deja de actuar.
—Lo sé. Las hespérides aliviamos a los enfermos solo con nuestra presencia, pero no es suficiente. El veneno con el que te ha emponzoñado el dragón es algo muy potente y difícil de curar. —Dicho esto, se quedó pensativa—. Solo la luz de la piedra de Jafet podría curarte.
Nórax recordó lo que había presenciado unos días atrás.
—Sobre el altar… en la fiesta de las candelas…
Eteria se sorprendió.
—Sí, en la fiesta de las candelas, os espiaba desde aquel altozano adonde me llevaste una vez. Vi desde lejos la joya que encendía las candelas condensando la luz solar.
—Sí, esa es. Si pudieras acercarte a la luz que irradia la piedra, te curarías. Limpia todo mal, cura y purifica.
—¿Puedes conseguirla?
—Está guardada en el templo. Solo la gran sacerdotisa puede acercarse a ella.
—¡Quizá Eglea!
Al oír el nombre de su hermana, la cara de Eteria se llenó de horror y se transformó.
—¡Oh, dios Atón, luz solar! ¡Ayúdanos!
Se echó a llorar.
—¿Qué ocurre?
—Sabemos que le ha sucedido algo terrible, pero no nos dicen lo que le pasa.
Eglea ya no baila con las vestales. Nos han llegado noticias de que está enferma, pero no nos permiten pasar a verla.
Es injusto; la nueva gran sacerdotisa es cruel al separarnos.
—Enrojeció y, como disculpándose, rectificó—: No debería hablar así.
Nórax la miró como alentándola, de modo que ella siguió:
—Desde el solsticio no la vemos, y el consejo nos oculta lo que le está pasando. Nos tienen bajo vigilancia especial, y por eso no pude venir a verte. Es muy peligroso. ¡Si supieran que te ocultamos…!
Palideció.
—¿Os matarían?
—Digamos que cumplirían la ley, y ya sabes que está penado con la muerte que una de nosotras se acerque a cualquier hombre, y menos aún ocultar a uno en la isla sagrada.
Nórax se conmovió, consciente de cuánto les debía a aquellas niñas.
—Debo irme de aquí, pero no tengo fuerzas. Parecía que me había curado, pero desde el golpe estoy cada vez más débil.
—Necesitas el antídoto… —declaró, pensativa, Eteria—, la piedra del dios solar, que solo se puede usar si él nos deja. Sirve para curar, para limpiar del mal. En ella el mismo dios está presente.
La gema de luz parecía poderosa, pero algo tan potente quizá también podría perjudicarle, así que le preguntó a Eteria:
—¿Puede hacer daño?
—No lo creo. Actúa purificando lo corrupto, lo nocivo, lo venenoso. El dios comunica su fuerza a las hespérides, que la ejercen a través de la piedra de luz. Pero los que alguna vez intentaron utilizarla para el mal fueron víctimas de una maldición.
—Si la consigues y me curara…, me marcharía.
Eteria le asió la mano y la apretó. Después, de la bolsa sacó un pequeño tarro tapado por un corcho que contenía un ungüento cremoso con el que le masajeó el brazo inflamado.
Nórax sintió alivio. Le explicó cómo debía aplicárselo y le dijo que pronto regresaría.
Después, suavemente, como una sombra, se fue, y la luz en la cabaña pareció atenuarse.
Cuando el ungüento se acabó, Nórax se seguía sintiendo débil, y el brazo volvió a estar muy tumefacto.
Le subió la fiebre, y casi no tenía fuerzas para levantarse.
Se sentía angustiado y todo le parecía irreal; a veces no sabía dónde se encontraba: creía estar en el calabozo de Tarsis, en una llanura nevada, en La Estrella del Ocaso…
Pasados unos días, cuando la primavera había empapado ya la isla con fragancias y olores renovados, Eteria regresó con las primeras luces del alba. En una faltriquera colgada de la cintura llevaba un bulto.
Apoyándose en Eteria, Nórax consiguió llegar al claro en el bosque que rodeaba la cabaña mientras la luz del amanecer se colaba entre los árboles.
Se encontraba muy débil y, aún más, agotado, por lo que se derrumbó bajo las ramas de un roble y quedó apoyado en el tronco.
Entonces Eteria sacó de la faltriquera algo cubierto por una hermosa tela y se alejó un poco de él caminando hacia una roca que se elevaba en el centro del claro.
Actuaba tratando lo que llevaba entre manos con una gran dignidad y reverencia.
La luz del sol brilló sobre las ramas del bosque, que aún estaba sumido en las sombras.
Cuando llegó a la roca en el centro del claro, Eteria destapó la tela y Nórax pudo ver lo que ella llevaba en las manos.
A pesar del estado en que se encontraba, Nórax no pudo contener un grito de asombro: ante él se alzaba un diamante de gran tamaño, de unos dos dedos de largo por uno de ancho, tallado con exquisita precisión y engarzado sobre una especie de relicario de oro delicadamente trabajado, con incrustaciones de ámbar y coral con la forma del sol.
El ámbar tenía el mismo tono dorado que los ojos de las hijas de Gerión, y el coral recordaba el carmesí de sus labios.
Aquel objeto no era solo una joya: era una representación viva del sol y del poder de las hespérides.
Eteria le indicó que se arrodillara. Esperaron en silencio.
El sol ascendía lentamente sobre las copas de los árboles y, en cuanto sus rayos alcanzaron la gema, esta se encendió con un fulgor deslumbrante.
Mil haces de luz se derramaron en el claro, irradiando tonalidades áureas e iridiscentes, como si toda la energía solar se hubiera concentrado en ese punto.
Era un resplandor cálido, envolvente, que no quemaba, sino que reconfortaba.
La luz le iluminó el brazo herido y al instante la piel comenzó a desprenderse en finas escamas que al caer al suelo ardieron. Lentamente, Nórax alzó la mano hacia el cielo, hacia el dios solar. La fiebre había desaparecido. La herida ya no dolía. Estaba curado.
Eteria asió de nuevo la joya, sobre sus palmas extendidas, se acercó a Nórax y sonrió.
Estaba tan hermosa, con la luz brillando sobre su rostro, que su belleza atravesó a Nórax causándole una herida.
Tenía los párpados bajos, mirando la piedra, pero no la tocaba directamente, sino solo con el tejido oscuro que la cubría.
Si lo hubiese hecho, siendo una hespéride, el brillo se habría convertido en una explosión luminosa.
Finalmente elevó los párpados y clavó sus pupilas en Nórax.
Él sintió una honda felicidad, pues se miraban de una manera diferente.
En los ojos de Eteria había algo que Nórax no sabía en aquel momento interpretar, pero que le infundía esperanza.
La luz de la piedra sagrada limpiaba el interior del corazón de todo maleficio, y ella había estado atrapada por algo que le impedía ser ella misma y actuar con libertad.
Una nube cubrió el sol y la piedra siguió brillando, pero de modo más suave. Eteria la tapó, envolviéndola con la tela, y la agarró entre las palmas de sus manos con reverencia infinita. Entonces, se fue.
Nórax, que no pudo apartar los ojos de ella mientras se iba, advirtió en su porte una dignidad y una fortaleza que nunca había visto antes en nadie.