Las naves de Tarsis El tiempo de soledad #2
16%

El tiempo de soledad #2

Fue un tiempo extraño. A Nórax, hombre de naturaleza serena, no le disgustaba la soledad en aquel paraíso.

Y sin embargo, anhelaba ver de nuevo a Eteria a su lado, su sonrisa, sus ojos chispeantes, su voz alegre.

Para poder encontrarla, reunía fuerzas, y con no poco empeño, deteniéndose a menudo, se alejaba cada vez más de la cabaña, tomando mil precauciones para no ser visto.

Desde el altozano, se entretenía contemplando el poblado de las hespérides, buscando entre la multitud el cabello castaño claro de la hija de Gerión, pero sin lograr ­distinguirla.

El brazo le dolía menos si permanecía quieto, porque cada movimiento le provocaba una punzada desagradable y abrasadora.

Sobreponiéndose al desagradable dolor, se arriesgaba a vagar por la isla, silencioso, paciente, entregado a la contemplación.

Espiaba desde la distancia a las hespérides, que le parecían una comunidad feliz y armoniosa.

Durante las mañanas, las veía entregadas a sus tareas: unas cuidaban a las niñas, otras llevaban las cabras al pasto.

En las puertas de las casas, ancianas de cabellos blancos hilaban, tejían o bordaban.

Las jardineras podaban, recogían flores, arreglaban las fuentes, tejían guirnaldas que luego distribuían por los senderos del jardín.

La mayoría trabajaba en los grandes campos de manzanos situados junto al templo y el palacio.

En alguna ocasión, desde lejos, le pareció reconocer el cabello de Eteria.

No estaba seguro. Estaba rodeada por otras hespérides, y era imposible acercarse.

Las guardianas se entrenaban entre sí en una pradera verde, en mitad del campo de manzanos, bajo la sombra del templo.

Se enfrentaban con alegría, riendo mientras saltaban, esquivaban y se lanzaban al combate con movimientos gráciles y veloces.

Algunas luchaban con espadas. Eran fuertes y ágiles, ligeras y hábiles.

Nórax distinguió entre ellas a una joven especialmente diestra de cabello claro: supuso que era Areté.

Por las tardes, todas abandonaban sus faenas y se paseaban por la isla.

A menudo, él debía ocultarse entre los árboles para no ser descubierto.

Al caer la tarde, se congregaban en la plaza central, junto al templo, para cantar el himno al sol y danzar.

Le llamó la atención que, desde el desvanecimiento de Eglea en la danza del trisquel, no la hubiese vuelto a ver con sus hermanas.

Sin embargo, Eteria y Areté continuaban participando en los bailes del crepúsculo.

Pensó que quizá Eglea había sido llevada al templo, ya como vestal.

En su soledad forzosa, Nórax no solo espiaba a las hespérides, sino que también se asomaba a los acantilados.

Desde el promontorio que Eteria le había mostrado, contemplaba la puesta de sol: el dios se alejaba de los hombres hacia el poniente, pintando el cielo con matices violáceos, lilas, anaranjados y carmesíes como jamás había visto en otro lugar.

El rugido del oleaje contra las rocas le serenaba el ánimo, que en su aislamiento se volvía cada vez más melancólico.

En ocasiones descendía hasta alguna cala, apoyándose en su único brazo útil, y se quedaba allí, acompañado por las gaviotas, que planeaban con majestad en el aire y caminaban con torpeza por la arena, alejándose de él con andares vacilantes.

En una de las calas, cercana a la cabaña, divisó a las doncellas de Hesperia nadar mar adentro hasta los arrecifes.

Luego se tumbaban a tomar el sol entre las rocas.

Eteria le había contado que, antes de la muerte del dragón marino, ninguna se atrevía a llegar tan lejos.

Ahora, sin temor, saludaban a las naves de Tarsis cuando se acercaban.

Los días se hicieron más largos. Llegó la fiesta de las candelas. De niño, a Nórax le gustaba mucho aquella fiesta, en la que toda la ciudad de Tarsis resplandecía, porque el dios se mostraba más benigno, y su luz retornaba con fuerza.

Era el tiempo en que el trigo reverdecía en los campos del estuario, las ovejas parían y desde Hesperia llegaba una llama sagrada que se encendía en los hogares, uno a uno. Nórax solo había visto la llegada del fuego al puerto. Ahora tenía la oportunidad de presenciar su origen.

Se dirigió al altozano desde donde se divisaban el poblado y la acrópolis.

En el altar del patio interior del templo, algo brillaba con intensidad en la luz de la mañana.

Desde tan lejos no podía distinguir bien qué era, pero le pareció la misma gema que había visto durante el solsticio; aquella que lo había transportado, por un instante, a la tierra de la nieve y del fuego.

Ahora centelleaba con fulgores iridiscentes, engarzada en la joya de oro de un palmo de altura de la que emanaban destellos amarillos y dorados.

Desde el palacio anejo al templo, se acercó una comitiva de hespérides ricamente ataviadas.

Al frente iba una sacerdotisa joven, con un peplo sostenido por fíbulas que brillaban al sol.

Su cabeza estaba ceñida por una corona de plumas que imitaban los rayos del disco solar.

No lograba distinguir su rostro desde allí.

La seguía un séquito de doncellas envueltas en el blanco virginal de las hespérides, fajadas con cinturones y tocadas con diademas doradas.

Dispusieron la joya en el centro del ara.

Cuando el sol la iluminó, se volvió incandescente, y una luz deslumbrante irradió de ella.

La gran sacerdotisa acercó una tea embreada y se prendió una llama sagrada.

Fue pasando de una a otra, encendiendo las candelas de las hespérides.

Las doncellas formaron una hilera que unía el templo con el puerto.

Allí las guardianas mensajeras llevaron el fuego en barcazas hasta el centro de la bahía, donde lo entregaron a las naves que esperaban para trasladarlo a la ciudad.

Nórax recordaba cómo, al atardecer, el fuego llegaba a la ciudad y se extendía de casa en casa.

Nadie conocía su origen. Ahora él lo sabía.

Para que ese fuego naciera, la luz del dios debía haber vencido al invierno.

Por eso, en la víspera de la fiesta de las candelas, el sol era capaz de encender la brea a través de la piedra sagrada, anunciando que la primavera se acercaba.

Comprendió que aquella era la piedra de luz, la que ansiaba Krysaor, la misma que, tiempo atrás, había oído mencionar a los remeros durante su castigo.

Le vinieron a la memoria antiguas leyendas que hablaban de gemas milenarias capaces de contener un poder propio, una energía viva.

Se decía que el patriarca Jafet había poseído una, herencia de una civilización anterior al diluvio.

Una de las guardianas pareció intuir que alguien las observaba.

Emprendió el ascenso hacia el altozano. Nórax retrocedió apresuradamente y, al hacerlo, una rama le golpeó en el hombro aún herido.

Sintió una punzada brutal, como si el veneno se hubiera reactivado.

Contuvo un grito. Mareado, tambaleándose, logró regresar a la cabaña, donde se derrumbó.