Las naves de Tarsis El tiempo de soledad
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El tiempo de soledad

La estrella de la mañana se elevó sobre la cabaña del sauce mientras las largas ramas plateadas danzaban al compás de la brisa.

Nórax se despertó estremecido por el eco lejano de trompetas y tambores que anunciaban el día grande en el que Atón renacería después de la noche más larga del año.

Se levantó con un nerviosismo palpable, envuelto por la magia de aquel tiempo sagrado.

Afuera, las luces rosáceas preludiaban el amanecer del día del solsticio.

El cielo era límpido, sin nubes, como eran los amaneceres de Hesperia.

Nórax se alejó de la cabaña siguiendo la senda que Eteria le había indicado.

El dolor en el brazo persistía, pero no quería fallarle.

Desde el altozano, divisó el poblado de las hespérides, dominado por el templo y el palacio de la Gran Vestal.

Se sentó, oculto entre los árboles, de frente al templo. Su mirada recorrió los pórticos de piedra y los altares, dispuestos en un gran círculo que se abría hacia la explanada, aún sumida en la oscuridad. Le recordaron el círculo de piedra de Albión que habían visto la noche anterior.

En la penumbra de la plaza, las luces del alba iluminaron a las hespérides, que llenaron la explanada en silencio, todas vestidas de blanco.

Entonces una escolta de guardianas con lorigas de plata abrió paso a una mujer con túnica púrpura, tocado de plumas de pavo real y larga cabellera negra: la Gran Vestal.

La seguían sacerdotisas con túnicas en tonos suaves.

Frente al altar, la Gran Vestal colocó algo brillante en una joya de oro, de un palmo de altura, hecha de ámbar y coral, y se arrodilló.

Era una piedra preciosa que refulgía como un brillante.

El primer rayo del sol atravesó el arco central y se deslizó hasta el altar, iluminando la joya de oro con un resplandor ambarino.

Todo el templo se inundó de una luz dorada.

Atón se manifestaba. Un rayo aún más vívido cruzó el brillante sobre la joya y alcanzó a Nórax, envolviéndolo en un halo resplandeciente.

Sintió que el dios lo llamaba y lo transportaba lejos.

Ante él apareció un templo solar orientado al solsticio y formado por piedras que se alzaban en anillos concéntricos.

El más exterior estaba constituido por bloques de arenisca clara coronados por dinteles, rodeando un círculo interior de piedras azuladas dispuestas en forma de herradura.

En su centro, sobre un altar de tono verdoso, reposaba un relicario semejante al de Hesperia del que emergía el fulgor encendido de una gema de color rojizo muy intenso.

Allí se agolpaba una multitud, entregada al rito solemne del culto al dios solar.

El sol nacía sobre un tierra desconocida y nevada, tiñendo la avenida con su luz encendida y arrancando resplandores escarlatas de la piedra preciosa en el altar.

Entonces de la gema brotó un fogonazo de luz bermellón.

En un instante, las piedras y la multitud congregada quedaron sumergidas en un resplandor rojo ardiente, como si todo el paisaje hubiera sido envuelto por una brasa viva.

Estaba en Hesperia, pero también en aquel lugar ignoto y lejano.

A través de aquella visión comprendió que el templo de Hesperia se hallaba unido, por misteriosos vínculos, con un santuario donde se veneraba al sol.

El templo de Hesperia, y quizá la propia isla, era un umbral entre mundos.

Deseó llegar allí. La imagen se desvaneció lentamente, y regresó al mirador desde donde contemplaba, aún, la ceremonia del solsticio en la isla sagrada.

En la explanada de Hesperia la música había cambiado.

Resonaban tonos épicos, marciales, como preludio de un combate.

Dos formaciones de mujeres, vestidas con lorigas plateadas y cascos ceremoniales, se enfrentaban en el centro del recinto sagrado.

Las guardianas desarrollaban un baile que era, al mismo tiempo, danza y pugilato.

Saltaban con gran agilidad apoyándose en la lanza y sobrevolaban de un salto a sus contrincantes, quienes se agachaban para alzarse apuntándoles con la espada en un gesto mil veces ensayado.

La coreografía era un combate ritual. Irrumpió un grupo de arqueras, que tensaron sus armas en perfecta sincronía y una lluvia de flechas cruzó el cielo sobre los arcos de piedra que cerraban la plaza sin que una sola se desviase de su trayectoria.

Con un gesto militar, alzando el brazo hacia la Gran Vestal, las guardianas se despidieron y abandonaron la explanada en formación.

Cuando se retiró el ejército de guardianas, surgieron en la explanada hespérides muy jóvenes que danzaban al compás de arpas, laúdes y tambores.

Sus túnicas blancas brillaban bajo el sol, y sus movimientos, rítmicos y armoniosos, las hacían entrecruzarse con gracia, ejecutar acrobacias, elevarse como si volaran al ritmo de la música.

Desde lejos, Nórax se dejó contagiar por aquella alegría luminosa.

Le parecía oír las risas de las muchachas entre los acordes, un gozo puro que impregnaba cada giro, cada salto.

Contemplar las danzas, oler los perfumes que el jardín exhalaba bajo el sol del solsticio, era como haber alcanzado un mundo idílico, sin dolor ni deseo.

Aquella dicha compartida aplacaba por un instante el peso del dolor que le oprimía el pecho y el brazo izquierdo, inflamado una vez más.

Sonó una música de flautas y tambores, armoniosa y rítmica, que repetía una misma cadencia envolvente. Las danzarinas abrieron filas y, en medio de ellas, tres doncellas de largas melenas de color claro bailaron al son de la música.

Desde lejos, por el tono del cabello, Nórax pudo reconocerlas: el color rubio casi blanco de Eglea, el castaño muy claro, cobrizo, de Eteria y el rubio dorado de Areté.

La mirada de Nórax las siguió como hechizado. La danza del trisquel comenzaba agarrándose las tres de una mano sin prácticamente soltarse mientras el otro brazo se envolvía y se desenvolvía en un movimiento fluido, casi ritual.

Desde su posición elevada, Nórax distinguía claramente que la danza de las tres hijas de Gerión trazaba la figura del trisquel.

Giraban sobre sí mismas, se intercambiaban las manos, pero siempre, al concluir la rotación, el símbolo reaparecía, firme, nítido, como si emergiera del corazón de la danza.

A su alrededor, las otras doncellas describían círculos y espirales en perfecta armonía, como si fueran ondas nacidas de un mismo centro sagrado.

En lo alto, frente al templo, sobre un estrado, la Gran Vestal contemplaba la danza, rodeada de las maestras y de otras sacerdotisas de alto rango.

Las guardianas, cubiertas con peplos de plata, formaban cuatro grandes filas a cada lado, flanqueando el espacio sagrado como un muro viviente, dispuesto en forma de cuadrilátero que delimitaba con precisión el centro del baile.

La música se aceleraba, cada vez más rápida, cada vez más viva, y con ella giraban también, cada vez más deprisa, las tres hijas de Gerión. Fue entonces cuando la danza de las tres hespérides terminó bruscamente.

La doncella de cabellos más claros, casi plateados, Eglea, cayó al suelo repentinamente, desvanecida.

La danza se detuvo al instante, pues sus compañeras corrieron a sostenerla.

Se incorporó con torpeza, aunque permanecía sentada, visiblemente mareada.

Varias guardianas se aproximaron con paso rápido mientras sus hermanas la rodeaban, haciendo gestos apaciguadores, como si quisieran protegerla.

Desde tan lejos, Nórax no podía distinguir los rostros, pero percibió con nitidez que la que yacía en el suelo no se encontraba bien. Finalmente, Eglea logró levantarse con dificultad y, apoyándose en las otras dos, abandonó la plaza caminando con pasos inciertos, escoltada por las guardianas.

La Gran Vestal alzó una mano con gesto imperioso y la celebración prosiguió.

La explanada se llenó de nuevo de hespérides que retomaron la danza.

La música volvía a llenar el corazón de Nórax, que permaneció un tiempo contemplando la plaza con la esperanza de ver, aunque solo fuera de lejos, a Eteria.

Pero no volvió a distinguirla, ni a ella ni a ninguna de sus hermanas.

Embriagado aún por la música y la danza, Nórax se alejó hacia la costa. Los rayos del dios solar le alegraban el corazón; henchido de esperanza, sentía que solo necesitaba a Eteria para ser plenamente feliz. La liberaría y sería suya, pero para ello necesitaba curarse y regresar a Tarsis.

Volvió a la cabaña con el alma revuelta por pensamientos encontrados. La luz cárdena que había contemplado en el paisaje nevado seguía llamándolo desde lo más hondo de su ser; intuía, sin saber cómo, que su destino lo aguardaba allí, en aquella tierra extraña, teñida por la nieve y por el fuego.

Exhausto, se dejó caer sobre el lecho de hojarasca.

Un malestar febril lo envolvía, como si su cuerpo ardiera con los ecos de lo vivido.

Se sumió en un duermevela inquieto, atravesado por visiones: la luz de la tierra desconocida, el resplandor áureo del templo de Hesperia y un mismo fuego sagrado palpitando en ambas revelaciones.

Tras los días del solsticio, llegaron jornadas algo más frescas.

Nórax solo podía alimentarse con las manzanas del árbol junto a la cabaña, pues ellas no regresaban.

No entendía por qué lo habían dejado solo.

El brazo le dolía cada día más. No podía moverlo.

La herida externa se había cerrado, pero dentro latía un dolor urente, persistente, que se agravaba con el menor esfuerzo.

Sabía que tenía fiebre. Se sentía débil, cansado.