Solsticio de invierno #4
Eteria le explicó que en el acantilado había una conexión con todo lo relacionado con el sol, y que existía un lugar en el mundo donde se encontraba un templo milenario en el que se rendía culto al dios solar desde muchas generaciones atrás.
Ese lugar se hallaba en Albión, y era la isla de la inmortalidad.
El mar se extendía plano como un espejo que se iluminaba con una larga estela rojiza, movida por la marejada solo cerca de la costa.
El disco solar poco a poco descendía, ocultándose tras el horizonte.
La brisa del mar, húmeda y con olor a salitre, les llenaba los pulmones.
Solo había felicidad en aquel momento, y Nórax no pudo menos que exclamar:
—Esto es el paraíso.
El sol se fue ocultando en el mar. En los ojos de Eteria reverberó el último rayo de sol y entonces se tornaron dorados y se fijaron en las pupilas grises de Nórax mientras sus labios se abrían en un suspiro que era como un quejido.
—Sin libertad, no es posible el paraíso.
Nórax experimentó una gran ternura hacia Eteria, que se sentía atrapada en una jaula hermosa pero cerrada.
Cuando el sol ya se había puesto, ella le confesó que, si le hubieran permitido elegir, quizá habría escogido vivir en Hesperia, pero no le gustaba que la hubiesen condenado a hacerlo; detestaba sentirse obligada y constreñida.
El crepúsculo tintaba de rojo, bermellón y lila el cielo azul pálido tras el ocaso.
Cuando las luces del horizonte desaparecieron y solo se vislumbraba una leve claridad hacia el oeste, abandonaron el acantilado.
En el trayecto hacia la cabaña se hizo noche cerrada, y caminaron bajo la luz de las estrellas.
El sendero discurría sobre el jardín. En ese momento, en las casas y en el templo se encendían las luces.
Eteria le señaló una construcción donde se habían encendido dos antorchas a los lados de la puerta que iluminaban la casa y los arriates de adelfas que la rodeaban.
Sobre el dintel de la puerta estaba el sello del rey Gerión, que representaba la ciudad de Tarsis, el triple círculo cruzado por una línea que llegaba al centro. Allí vivían ella y sus hermanas.
Aunque bajaron despacio, como entre los árboles reinaba la oscuridad, Nórax, que estaba débil aún, se tropezó y se cayó sobre una gran raíz que le golpeó justamente el brazo izquierdo, el que había herido el Leviatán.
El dolor fue tan agudo que a punto estuvo de perder el conocimiento.
Eteria se arrodilló junto a él y, al advertir dónde había recibido el golpe, le acarició suavemente el hombro y el antebrazo, lo que lo alivió.
Se levantó con dificultad porque el brazo le pesaba cada vez más.
Eteria lo miró preocupada y, mientras le examinaba el brazo atentamente, le anunció:
—No tienes ninguna herida superficial, pero seguramente el veneno que te inoculó el dragón marino estaba encapsulado, y con la caída se habrá liberado de nuevo.
Era así: Nórax notaba una gran quemazón interna y algo que, de algún modo, le impedía el movimiento del brazo. Al cabo, Nórax dejó de moverlo, y colgaba inerte, sin vida. Ella le agarró la mano paralizada en la suya, lo que le calmaba algo el dolor, aunque este persistía de un modo sordo.
Andando más deprisa, Eteria le condujo de nuevo a un altozano, como un mirador cerca de la cabaña; desde allí se divisaba la gran explanada frente al templo, ahora vacía porque ya había anochecido.
La plaza estaba empapada de agua que formaba charcos, quizá porque la habían limpiado para la fiesta del día siguiente, y la piedra mojada del suelo brillaba iluminada a la luz de las antorchas.
Las mismas luces cuyo resplandor incidía en las lorigas plateadas de las doncellas guerreras que montaban guardia.
—Todo está preparado para mañana, que es la fiesta del solsticio.
Desde aquí puedes ver la explanada —le comentó con cierta inseguridad—.
Mis hermanas y yo hemos sido designadas para realizar el baile del trisquel.
Lo hemos ensayado Areté y yo, que no cometemos fallos, pero no hemos podido hacerlo con Eglea y no sé si va a salir bien.
Le explicó que aquella danza era tradición en la fiesta del invierno, un hermoso baile de luz que solían ejecutar tres doncellas elegidas por su belleza y virtud.
Estaba orgullosa de que las hubiesen designado para ello, por lo que volvió los ojos hacia Nórax, fijando las pupilas ambarinas en las de él, y le sugirió:
—Me gustaría sentir que me ves desde aquí. Nadie advertirá tu presencia porque todas estarán en la fiesta. Tú y yo somos uno.
Nórax asintió mientras una emoción intensa le atravesaba el pecho como una punzada de felicidad.
Se giró hacia ella y la estrechó contra sí con el brazo sano.
Eteria dejó que lo hiciese y, como una niña, apoyó su cabecita sobre el pecho de Nórax, que percibió el olor a rosas que desprendían sus cabellos.
Y a él le inundó una sensación de paz, de plenitud.
Después Eteria se separó, como avergonzada, y le dijo suavemente que debía volver, que podían estar buscándola. Nórax la acompañó hasta muy cerca del poblado de las hespérides. Cuando se fue, sintió de nuevo un intenso dolor en el brazo, que no podía mover en absoluto.