Las naves de Tarsis Solsticio de invierno #3
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Solsticio de invierno #3

Sin embargo, la voz de Eteria sonó triste, y su forma de hablar no daba a entender que fuera una suerte estar en el templo.

En realidad, servir en el templo era un encierro dentro de otro.

Las hespérides que eran conducidas allí casi no podían relacionarse con las demás, mientras que las jardineras, las guardianas y las otras gozaban de mayor libertad.

Nórax percibió su aspecto abatido y con una mano le apretó el hombro, pero ella se zafó de la caricia; ambos se apartaron del altozano desde donde se veía el poblado de las hespérides, el templo, la escuela y el palacio.

Fueron recorriendo el jardín que rodeaba a la ciudadela, que estaba vallado porque las cabras y ovejas de la isla, que les proporcionaban leche y lana, podían causar destrozos.

Regresaron hacia la costa atravesando bosques poblados de camelios, cerezos, almendros y manzanos y estrechos senderos en cuyos bordes crecían prímulas y pensamientos.

Eteria le contó que, dentro de poco tiempo, en los albores de la primavera, aquellos árboles florecerían y todo se llenaría de aromas deliciosos y del color de mil flores. Todo había sido cultivado por las hespérides.

Cada una de las hijas de la noche tenía su tarea, que se relacionaba con el don que el dios le hubiese concedido, pero la labor fundamental de todas era cultivar el jardín, y por eso era tan hermoso.

Eteria le explicó que la isla era el resto de un paraíso primigenio de donde la humanidad había sido expulsada; se decía que, de algún modo, la isla había sobrevivido al mundo anterior al diluvio porque allí el patriarca Jafet, hijo de Noé, después de recorrer con toda su familia el mundo devastado, había plantado renuevos de todas las plantas que se habían salvado en el arca.

Años después, cuando Nórax el navegante viajó por tierras ignotas, y sus barcos llegaron a lejanos países e islas, no pudo ver en ningún lugar las flores, los frutos y los árboles que ornaban aquel jardín insular, cuidado por las hespérides; abetos de la zona norte, palmeras africanas, secuoyas inmensas, sauces, enormes castaños y robles.

Además, flores de todo tipo: lirios, gerberas, margaritas, rosas y tulipanes, entre toda aquella vegetación de manzanos, grandes y pequeños, con frutas rojas brillantes, verdes o amarillas.

Cuando Nórax le señaló lo hermoso que era todo, ella le explicó que la vegetación crecía por la fertilidad de la isla; tomó una manzana entre sus bellas manos, la frotó contra su túnica hasta que le brilló la piel y, después de morderla, le hizo comer de ella.

Con sus largos dedos, extrajo la semilla y la introdujo en la tierra.

Siguieron conversando animadamente, y cuando se marchaban, poco tiempo después, había brotado una plantita de apenas unos dedos de altura: un pequeño manzano. Nórax, consciente del rápido crecimiento de la planta, la miró asombrado, a lo que ella repuso riendo:

—Es Atón, nuestro dios, que todo lo hace fértil. A mí me ha concedido el don, de forma más notoria que a ninguna otra, de hacer crecer las plantas y las flores, y por eso seré jardinera.

Atardecía ya cuando Eteria lo condujo a los acantilados que se abrían a la puesta de sol, en la parte más occidental de la isla. Desde aquel lugar se divisaba el horizonte donde el sol se hundía en el gran océano que rodeaba todo el mundo conocido. Era un lugar mágico.

A lo lejos, sobre un cabo blanco que se adentraba en el mar, divisaron a Areté: cantaba, y su voz atravesaba los corazones. Al poco de comenzar, se vio rodeada de aves marinas, y ella, levantando los brazos en su dirección, se puso a hablar con las gaviotas y los cormoranes.

Nórax le preguntó a Eteria, que le explicó que uno de los dones que se les había concedido a las hespérides era la capacidad de hablar con las aves y cantar como ellas.

No todas lo poseían, pero Areté sí. El canto de las hespérides era el del ruiseñor, el jilguero y la alondra, y por eso la isla estaba llena de música.

Pero, de las tres hermanas, a la que se le había concedido el mayor don era a Areté.

Era muy fuerte y decidida, una gran luchadora que podría llegar a ser peligrosa.

Eteria la señaló desde lejos; se notaba que la admiraba:

—Llegará a ser una hábil luchadora, más fuerte que cualquier hombre.

A las guardianas les enseñan técnicas de combate; utilizan las manos como si fueran hachas y golpean también con las piernas y los pies, con una gran rapidez.

Todas conocemos algo de esta técnica, pero ellas la dominan.

En los tiempos antiguos, cuando se permitía el paso a la ciudad, combatieron con los ejércitos de Tarsis.

Ahora se siguen entrenando para protegernos de cualquier amenaza del continente.

Areté será una gran guerrera, pero no creo que nunca tenga que ejercitar su don.

Después le confesó a Nórax que Areté volaba alto como las águilas, que era rápida y fuerte, y por eso sería un día guardiana, pero también era delicada y espiritual, y cantaba con una voz que atravesaba los corazones.

Nórax, como buen marino, era capaz de entender el vuelo de las aves, pero no comprendía su lenguaje, su gorjeo y sus trinos, ni se comunicaba con ellas, tal y como lo hacía Areté.

Rodeada por las aves, Areté se retiró hacia el interior de la isla.

Se quedaron solos con el estruendo del mar golpeando los acantilados.

Permanecían callados mientras el sol descendía en el día previo al del solsticio, aproximándose quedamente hacia el lugar donde cielo y mar se unían, en el punto más occidental del mundo conocido en la isla de Hesperia.

Desde aquel lugar mágico, quizá a través de los ojos de Eteria, que le fue señalando lo que se divisaba, Nórax pudo entrever las islas del estaño, Albión, con sus acantilados blancos, y la verde tierra de Hibernia.

Se llenó de asombro porque sabía que estaban muy distantes y que era imposible que pudieran ser divisadas desde allí, pero Hesperia era mágica: todo estaba cerca de ella.

Desde la isla se podían avistar las costas de todos los lugares del mundo, países ignotos, lugares nunca hollados por los marinos de Tarsis.