Solsticio de invierno #2
—Yo creía que el acceso a la isla siempre había estado vedado.
—Hubo un tiempo en que no era así —le aseguró ella negando con la cabeza.
—No lo sabía.
—Hesperia siempre ha sido un lugar sagrado y, aunque antes no se permitía a los hombres acceder, las hespérides podíamos salir. Pero hubo abusos… —dijo Eteria.
—¿Cuáles?
Bajó los párpados, y sus mejillas enrojecieron suavemente mientras contaba:
—Hace muy poco tiempo, después de que tú llegases a la isla, he conocido lo que ocurrió. La razón por la que se nos prohibió la salida de Hesperia.
Calló un instante antes de comenzar con el relato de tiempos pretéritos que Nórax desconocía.
—Al parecer, en tiempos del rey Agenor, una de sus hijas, llamada Adria, nació en el solsticio.
Al alcanzar la pubertad, escogió libremente ir a Hesperia, como ocurría en los tiempos pasados.
Fue educada allí. Como en el reinado de Agenor las hespérides iban y venían libremente a Tarsis, aquella joven volvía con frecuencia al palacio real.
Ocurrió que ella estaba muy unida a su hermano, un joven príncipe llamado Gárgoris.
Aquel nombre era famoso en Tarsis, Nórax lo recordaba.
—He oído hablar de él. Se dice que gracias a él nació la apicultura.
Eteria asintió y prosiguió su relato:
—Fue Adria quien le enseñó a Gárgoris cómo criar abejas para obtener la miel y la cera.
Estaban siempre juntos. Finalmente, mantuvieron una relación incestuosa de la que nació un hijo, al que llamaron Habidis.
Para ocultar lo ocurrido, Gárgoris intentó matar al niño.
Pero este escapó y años más tarde, cuando llegó al trono, asesinó a su propio padre.
Habidis, que en mi opinión estaba loco, impuso un gobierno despótico y ejecutó a mucha gente, a todo el que se le oponía.
Por último, el jefe de uno de los clanes, descendiente de Tarsis y con derechos al trono, se rebeló y mató a Habidis y a toda la familia real.
Para justificar su llegada violenta al trono, decidió que había que reformar las costumbres.
Afirmó que Habidis había sido tan maligno porque era el fruto de un incesto, y nada menos que con una hespéride.
Por ello ordenó que las hespérides fuesen salvaguardadas, para lo cual nunca más podrían pisar la ciudad de Tarsis o el continente.
Se recordó que las hespérides eran las esposas de Atón, sagradas e intocables.
Desde entonces Hesperia se mantuvo al margen de Tarsis.
No hubo más relación entre la isla y la ciudad que en la época del solsticio, y de cuando en cuando a través de algunas de las guardianas, las mensajeras.
¡Eso fue terrible para Hesperia, pero estoy segura de que tampoco fue bueno para Tarsis!
Nórax conocía la historia de los reyes de Tarsis, pero en la ciudad no solía hablarse de Hesperia ni de su pasado.
Se pensaba que siempre había estado aislada.
Tampoco se cuestionaba la situación de clausura y encierro de las hespérides porque se consideraba una tradición sagrada que formaba parte del culto al dios solar.
Solo algunos que no adoraban al sol hablaban en contra de la isla y de sus moradoras.
Al oír a Eteria, Nórax entendió que la situación era injusta y apuntó:
—Así que Hesperia se convirtió en una cárcel de mujeres, hermosa pero una cárcel.
—Se apartó a las hespérides de sus familias, que no volvían a verlas —prosiguió Eteria.
—Lo que tu hermana Eglea gritó aquel día y nos pareció una herejía no carecía de razón.
Eteria se calló durante unos instantes y después declaró como pensativamente:
—De todas formas, tengo la impresión de que alguien ha influido en Eglea para que se rebele de esa manera con tanta amargura en contra de lo establecido. Ella no era así. Se sentía honrada por haber sido escogida para el templo.
Nórax calló, pensando que quizá era posible que Eglea se hubiera relacionado con alguien que le hubiera influido, y que ese alguien no podía haber sido otro que Krysaor. ¿Cómo había podido ocurrir? Aparentemente se había ido hace tiempo. Eteria interrumpió los pensamientos de Nórax:
—Antes solo llegaban aquí mujeres que deseaban la sabiduría y rendir culto al dios. No es justo que vengan aquí unas niñas de modo obligado. Pero tú y tu amigo nos habéis liberado.
—¿Cómo?
—Matando a la gran serpiente. Los caminos entre Tarsis y Hesperia se han abierto por la noche.
¡Has llegado a esta isla cuando te necesitaba!
Pienso que te ha traído el dios. Por eso decidí enseñarte el jardín y hablar contigo.
Eres mi esperanza. Tú y yo tendríamos que acabar con el aislamiento de esta isla y recuperar la pureza de las leyes de Jafet.
—Se acercó a él, le cogió las manos, le miró a los ojos y con fuerza le dijo—: ¡Tienes que ayudarnos!
Nórax no era un hombre agresivo, pero no toleraba la injusticia, de modo que, lleno de ardor porque ella le había infundido un firme deseo de cambiar ese estado de cosas, exclamó:
—¡Habrá que luchar!
—¡No! Ese no es el camino. No podemos solucionar la sinrazón con más sinrazón, con derramamiento de sangre y guerra.
Si en lo más íntimo de Eteria anidaba un deseo de reformar el mundo en que vivía, este se veía frenado por una íntima aspiración de paz.
—Si no luchamos…, ¿cómo entonces? —se extrañó Nórax.
—Alguien tendría que hablar al consejo —expuso Eteria, con la voz llena de esperanza, fijando los ojos en Nórax—. Si tu familia es principal en Tarsis, pertenecerá al consejo, y ahí es donde se pueden cambiar las leyes que gobiernan Hesperia.
Nórax guardó silencio un momento, reflexionando sobre lo que significaba aquella petición.
Su mente viajó al consejo de Tarsis, una asamblea formada por los cabezas de familia, hombres o mujeres, de los diez clanes que descendían en línea directa del patriarca Jafet.
Eran los siete hijos de Jafet: Gomer, Magog, Madai, Javán, Túbal, Mesec y Tiras.
El linaje de Javán, sin embargo, había sido dividido entre sus cuatro hijos: Elisa, Tarsis, Quitim y Dodanim.
Así, el consejo representaba diez tribus: seis de los hijos de Jafet y los cuatro de Javán.
Tarsis, nieto directo de Jafet, había sido el fundador de la ciudad, que se había convertido en la capital del imperio, y de alguna manera guardaba preeminencia sobre todos sus hermanos y tíos.
De los dos hijos de Jafet, Gael e Ibrós, habían surgido las dos grandes ramas de la sociedad: los marinos de Tarsis, descendientes de Gael, que habían colonizado las costas atlánticas, y los campesinos del valle, herederos de Ibrós, que se extendieron hacia las costas mediterráneas.
Los descendientes de Gael eran los gaélicos, o goidélicos. Los de Ibrós eran los íberos.
En el consejo estaban presentes los descendientes directos de todos aquellos clanes. Algunos de ellos moraban lejos en el imperio tartésico, pero sus representantes acudían a las reuniones del consejo de Tarsis.
Nórax recordaba con claridad las pocas veces que había acompañado a su padre, jefe de una de las familias más importantes, los góidel, al consejo: alguna vez, siendo un adolescente, casi un niño, antes de su castigo, y después, siendo ya capitán de La Estrella del Ocaso.
Aquellas reuniones eran un caos, un escenario de disputas interminables.
Cada cabeza de familia luchaba por imponer su criterio, y las voces se elevaban en un barullo donde los intereses comerciales siempre prevalecían sobre cualquier otro tema.
Convencer a esos hombres sería casi imposible.
Eran comerciantes cuyo único interés era el dinero, y una cuestión que implicara cambiar la situación de Hesperia, o darles voz, y por lo tanto poder, a las mujeres en las decisiones de la ciudad, supondría desequilibrar una balanza ya de por sí frágil.
A pesar de todo, Nórax levantó la vista hacia Eteria. La intensidad en sus ojos, preñados de esperanza, lo conmovió. Sin pensarlo demasiado, le apretó las manos y le hizo una promesa:
—Algún día, cuando sustituya a mi padre y forme parte del consejo, lo haré. Conseguiré cambiar la situación de Hesperia pacíficamente. Me escucharán.
Sus palabras resonaron en el aire, cargadas de determinación. Eteria le sonrió, alegre. Era casi una niña, aunque su cabeza discurría ya como la de una adulta, pero atravesaba esa etapa en la que todo parece fácil y en la que se busca la justicia sobre todas las cosas.
Caminando lentamente, dirigieron sus pasos a un lugar desde donde se veía mejor el poblado, el templo y el palacio. Eteria contempló el templo porticado y labrado en piedra con adornos dorados. Al mirar hacia allí, su rostro se tornó serio y triste.
—Eglea… está allí. —Señaló en dirección al otro lado del valle, donde se divisaba el pórtico de entrada al templo—.
No sé qué le pasa, pero últimamente no puedo verla ni hablar con ella.
Algo le ocurre, y me preocupa. Solo la vi un día, hace tiempo: me dio el colgante que llevaba al cuello, un trisquel, símbolo de las que se dedican al cuidado del templo, las que están junto al trono de la Gran Vestal. Era como si se despidiese de mí.
Lo señaló. Delante de las columnas había un gran trono dorado, que dominaba todo, y desde donde se podía divisar el patio del templo y la explanada.
—Es el trono de la Gran Vestal; detrás, en el templo, es donde vive Eglea ahora.
—Eteria señalaba en aquella dirección con su blanco brazo desnudo—.
La echo mucho de menos. Siento que la he perdido, sobre todo desde que me entregó la piedra con el trisquel.
Es muy extraño que me lo diese: es el símbolo de su destino en la vida.
Las vestales que están en el templo se dedican a desarrollar cualidades mentales, aman el baile y la música.
Eglea aprenderá, y estará cerca de la Gran Vestal.
Será muy sabia, aprenderá magia, verá en las mentes.
¡Es una gran suerte haber sido elegida por el dios para estar en su templo!