Las naves de Tarsis Solsticio de invierno
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Solsticio de invierno

Aquel día las hespérides, incluso las guardianas, estaban ocupadas preparando la fiesta en la que allá, en el continente, iban a nacer las nuevas hijas de la noche.

Por eso la vigilancia se relajaba y era posible vagar por la isla de modo más libre.

Y es que en los días de mayor oscuridad que precedían al solsticio las vestales se dedicaban a preparar deliciosas comidas, ensayar cantos y danzas, engalanar las casas y limpiar los jardines para dejarlo todo más hermoso, esperando el día en que el sol vencería a las tinieblas.

Nórax siguió a Eteria, que sonreía feliz aunque de cuando en cuando se quedaba seria y pensativa, como una niña que hace algo indebido.

Durante toda la mañana, Eteria condujo a Nórax, subiendo por la montaña, entre los árboles, hasta un lugar en lo más alto, donde un gran estanque concentraba el agua de lluvia.

El estanque estaba tan terso que reflejaba los árboles de las riberas, tintados por el amarillo de un otoño tardío, las nubes y el cielo.

Sentados en el borde, ella hizo círculos en el agua, le sonrió alegremente y después le dio la mano, pequeña y blanda, y se levantaron.

Durante un largo rato jugaron a tirar cantos que rebotaban en la tersura del lago y rieron felices; había algo infantil en ella que conmovía a Nórax.

Después Eteria se internó por un camino estrecho bordeando en descenso un cauce que se abría formando cascadas entre las rocas.

Sobre una gran piedra granítica, el río se desparramaba en hileras de agua que tejían una espuma blanca y después, al caer, emitían destellos tornasolados.

Eteria saltó sobre los grandes cantos que cruzaban un poco más abajo el río sin soltar la mano de Nórax, ambos riendo cuando, al bajar por un camino resbaladizo por el agua, él tropezó y ella le ayudó a no caerse.

En la parte baja del sendero, llegaron a un lugar donde una catarata de muchos codos de altura se precipitaba desde la montaña.

Detrás de la cascada había una cueva que se internaba profundamente en la roca.

Transitaron el camino que circulaba cerca del agua, la cual formaba una gran pared traslúcida.

El gran chorro les salpicó y les mojó las ropas.

El ruido de la catarata era atronador y, al no poder oírse, gritaban y reían.

Cuando salieron de la cueva, se detuvieron mirando hacia atrás: la luz solar, al atravesar las aguas de la catarata, se descomponía en destellos que dibujaban un arcoíris.

Siguieron por la senda, labrada cientos de años atrás, que les introdujo de nuevo en un túnel a través del cual retomaron el cauce del río.

Más allá, el río se canalizaba en manantiales que regaban la isla, descendiendo en torrentes y saltos de agua sobre las terrazas del jardín.

El ruido sonoro y cadencioso serenaba los espíritus.

En las terrazas superiores había robles, castaños, alcornoques y abedules; más abajo, frutales de todo tipo, pero, sobre todo, huertos de los manzanos que proporcionaban la vida duradera.

Aún más abajo, las terrazas desembocaban en un valle de praderas de un verde aterciopelado en las que pastaban vacas, ovejas y cabras.

El agua fluía de una altura a otra mansamente con un sonido armonioso e inolvidable para caer finalmente en un arroyo de corriente tumultuosa en el valle.

El perfume de la isla era fragante: olía a romero y a albahaca, a rosa y a nardo.

En las oquedades de las que manaba el agua bajo las cascadas el aroma de espliego, tomillo y hierbabuena era más intenso.

Desde un altozano, como un mirador, Eteria le señaló las edificaciones donde vivían las hespérides.

Las casitas estaban en el valle que cruzaba el arroyo, y no era fácil distinguirlas porque se mimetizaban con el jardín, y parecían flores blancas entremezcladas con la fértil vegetación: unas viviendas encaladas de uno o dos pisos, con entradas de columnas rojas y azules.

En el centro de las casas, una plazuela porticada donde paseaban, se intercambiaban productos y charlaban mujeres de todas las edades, complexiones y estaturas.

Algunas de piel muy oscura, con el pelo negro y rizado, que parecían de origen africano; doncellas de ojos finos y rasgados, de piel cobriza y melenas lisas y oscuras; otras muy rubias, de cabellos dorados y plateados, y aun otras, con trenzas cobrizas o castañas.

Había hespérides quizá de más edad que se distinguían por su cabello blanco, pero que no mostraban la decrepitud de la ancianidad, y algunas niñas, que debían de haber llegado a la isla en el último solsticio, gateando por la plaza, vigiladas cada una de ellas por una o dos hespérides que se ocupaban de su cuidado.

Era extraño contemplar aquella ciudad sin hombres.

Al otro lado del arroyo, el valle ascendía de nuevo, y sobre las casas y la plaza, dominándolo todo, se alzaba una ciudadela donde se erigía el templo al dios Atón, una gran edificación redonda con tres estanques circulares a su alrededor, que eran canales de agua, interrumpidos por puentes, de aspecto muy parecido a la estructura de la ciudad de Tarsis.

En el centro del santuario, un gran patio se abría al sol, rodeado por trescientos sesenta y cinco pequeños altares laterales, uno por cada día del año, en los que se mantenía un fuego imperecedero.

El santuario era muy hermoso, con paredes bañadas en oro y en oricalco que reflejaban la luz solar.

Sobre la pared circular del templo se elevaban una especie de hoces paralelas entre sí, labradas en plata y marfil y que representaban cuernos de toro, animal sagrado especialmente dedicado a Atón porque sus astas simbolizaban los rayos del dios solar.

Detrás del templo de Atón, una explanada se abría a un enorme acantilado, el despeñadero del destino. Desde aquel lugar las hespérides se lanzaban al mar para convertirse en luz y en espuma de mar, o bien para morir entre las rocas, despeñadas.

Delante del templo había otra superficie amesetada, como un gran patio, que antecedía al santuario y finalmente descendía hacia el jardín. En esa explanada, aquel día las vestales de Hesperia ensayaban un baile ritual. «Es parte de la celebración de mañana», le comentó Eteria.

A la izquierda del templo se erguía una hermosa edificación, precedida por una arcada de grandes columnas; a ambos lados se abrían estancias con amplios ventanales desde los que se podía divisar a las hespérides ocupadas en engalanarlas.

Eteria le explicó que aquel era el palacio, la morada de la Gran Vestal y de las hespérides que se encargaban del cuidado del templo y del servicio al dios. Allí viviría Eglea.

Después Eteria le señaló a la derecha del templo, y más arriba en la montaña, una edificación parecida a las casas de las hespérides pero más grande y porticada en derredor.

Bajo los pórticos, acomodadas en taburetes bajos, había algunas hespérides que peinaban canas.

En el suelo, alrededor de ellas, otras vestales más jóvenes permanecían sentadas en actitud atenta.

Eteria le explicó que allí las vestales cursaban la antigua sabiduría.

—Esos pórticos —le informó— son nuestra escuela, el lugar donde aprendemos los conocimientos que nos transmiten las hespérides mayores.

—No veo papiros ni tablillas.

—Se aprende mente con mente, corazón con corazón.

A veces casi sin hablar, pero también a través de la palabra, las maestras, que son vestales experimentadas, nos enseñan a las más jóvenes cómo es el mundo, y la historia de Tarsis, pero también medicina, matemática, las características de las plantas y de los animales.

Aprendemos cómo controlar nuestras emociones, y la sabiduría de la vida.

Algunas se hacen duchas en el arte de la alquimia y los metales, las antiguas aleaciones que forman materiales más duros que el granito, más cortantes que el bronce.

Nórax no le respondió de inmediato, sino que permaneció en silencio durante unos instantes, reflexionando. En Tarsis él había acudido a la Escuela góidel de Navegantes, pero su castigo le había llevado lejos de los conocimientos y la sabiduría.

—Lo que yo conozco del mundo —sentenció finalmente con cierto orgullo en la voz— es porque lo he visto… He navegado por costas lejanas.

Eteria lo miró con admiración, intrigada por el tono de sus palabras.

—Pertenezco a los góidel . Mi padre es el jefe de nuestro clan.

Nuestra familia ha recorrido los mares durante generaciones.

Aunque de niño fui a la Escuela de Navegantes —su voz bajó un poco, con una mezcla de orgullo y pesar—, me expulsaron.

Pero lo que sé no lo aprendí en libros ni en mapas. Lo conozco porque lo he vivido.

La joven hespéride fijó sus ojos en él y, al escuchar aquello, una sonrisa iluminó su rostro.

—En eso me llevas ventaja —respondió ella con modestia, manteniendo la sonrisa—. Lo que yo conozco es porque me lo han contado… o porque me lo han hecho ver a través de los ojos de las maestras.

Sí. Todo lo que había aprendido Nórax era fruto de sus viajes. Todos sus conocimientos eran prácticos, mientras que los de ella eran teóricos, sobre todo en lo que se refería a lugares, climas y naciones.

—¿Para qué estudiar? —preguntó Nórax—. Nunca salís de aquí…

La cara de Eteria dejó traslucir un cierto disgusto porque aquel tema le producía irritación. Se detuvo un momento, con expresión de disgusto, levantó la barbilla y le confesó:

—Durante siglos, los reyes de Tarsis consultaban a las hespérides todo aquello que necesitaban para el buen gobierno del reino, y estas transmitían los hallazgos que podían mejorar el imperio. Éramos las consejeras. Había una gran cercanía entre Hesperia y Tarsis, íbamos y veníamos libremente.

Nórax la observó con sorpresa, porque en Tarsis no se cuestionaba el aislamiento de las hespérides; eran sagradas, había que respetarlas y protegerlas y por eso estaban encerradas en el hermoso jardín, al que nadie podía entrar.