Las naves de Tarsis Eteria #2
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Eteria #2

La relación entre las tres hermanas y Dana había sido especialmente cercana; las había tratado con una gran consideración y las había educado en la virtud.

Había permitido que las tres niñas estuviesen siempre juntas.

Era Dana la que había realizado el hechizo que protegía el claro del bosque donde estaba el sauce.

Dana veía el porvenir; quizá intuía que las dirigentes de Hesperia que vendrían después no entenderían la complicidad que las tres hijas de Gerión tenían entre sí; por ello, les preparó un lugar donde podrían reunirse sin ser molestadas: la cabaña bajo los sauces.

Ahora la Gran Vestal que mandaba en Hesperia había sido elegida por aclamación popular.

En los tiempos antiguos no era así. El dios señalaba a la elegida a través de un ceremonial que incluía una manifestación visible de la deidad; pero desde que las hespérides no iban ya libremente a la isla, el dios no se manifestaba con tanta claridad como en los tiempos antiguos.

Así que se había votado, y por ello se habían formado bandos entre ellas.

Un grupo liderado por la Gran Vestal actual sostenía que las leyes de la isla debían cumplirse rígidamente, porque la fidelidad a esos preceptos les iba a devolver la magia y el poder de otros tiempos.

En el otro bando estaban las que seguían a Dana, la anterior Gran Vestal, una mujer muy sabia que les había enseñado que la fidelidad al dios no radicaba en mandatos externos, sino en la propia conciencia de cada una.

La mayoría de las guardianas, las doncellas guerreras, eran de esa opinión y opuestas a la nueva Gran Vestal.

Areté estaba siendo entrenada para ser guardiana, y pensaba también que había que ser fiel desde lo más hondo del corazón al espíritu de la ley, pero quizá todavía estaba inmadura y su postura era muy visceral.

Le contó también que Eglea había sido convocada para ser una de las hespérides del templo, las más cercanas al dios. Ser una vestal del templo era un gran privilegio, y Eglea lo había deseado durante años, pero no sabían bien por qué últimamente se rebelaba a su destino y no parecía feliz.

—Eglea ahora no quiere irse al templo. Antes le ilusionaba vestirse como las vestales y actuar en las ceremonias del dios, pero últimamente dice que allí se siente atrapada, que ella es diferente a todas y que ese no puede ser su destino.

Yo creo que Eglea sería una buena vestal, pero que es aún demasiado joven, aunque las leyes son así.

A Eteria le parecía que Eglea aún no estaba preparada para separarse de ellas porque, aunque las tres eran de la misma edad, había algo más infantil e ingenuo en su naturaleza.

—Me pareció que no estaba de acuerdo con el culto al dios —apuntó Nórax—; le oí decir algo que, en Tarsis, habría sido una herejía.

Eteria se llevó la mano al pelo y lo ahuecó con un gesto coqueto mientras emitía un suspiro.

—Sí. En Tarsis, y aún más aquí… Está muy rara. Desde la fiesta, poco antes de encontraros, comenzó a cambiar. Antes tenía ilusión por ir al templo; allí danzan, y a ella le gusta mucho bailar. Ahora no quiere ir y dice cosas que nunca se le habrían ocurrido antes.

—¿Has hablado con ella?

Movió la cabeza negando y su cabello brilló al sol con destellos cobrizos.

—Actualmente cuida de los altares de Atón y vive en el templo.

Areté y yo la vemos poco, y la echamos mucho de menos.

El día que os encontramos nos propuso ir a la playa donde habíamos jugado tantas veces siendo niñas porque nos quedaba poco tiempo juntas.

Cuando sea consagrada al dios, nos separarán.

—¿No la veréis nada?

—De lejos; a veces nos permitirán danzar juntas.

—Se detuvo con una expresión pensativa y después habló de su hermana con cierta tristeza—.

Me imagino que sufrirá con la separación porque siempre ha sido más sensible que ninguna de nosotras.

Sin embargo, a pesar de todo, cuando le dijeron que iba a ser vestal, estaba ilusionada; su destino la hacía sentirse distinta y superior a nosotras. Ahora se rebela.

Quizá la tristeza que a menudo se advertía en Eglea tenía que ver con la separación de sus hermanas. Pero, según decía Eteria, algo en ella era distinto: ya no era la misma que partió al templo con los ojos llenos de ilusión. Algo la había hecho cambiar.

—¿Y… Areté? ¿Es una guardiana?

—Todavía no, pero lo será —se rio Eteria—. Para serlo se necesitan unas pruebas físicas que debe superar. Se pasa el día entrenándose.

—¿Y tú?

—Aún no lo sé. Creo que seré jardinera.

—¿Jardinera? ¿Una hija de Gerión?

Soñadoramente, sus ojos se posaron a lo lejos primero sobre unos robles; después, más cerca, sobre los manzanos plenos de fruta, y más abajo sobre los helechos y los arbustos con grosellas y arándanos, y, por último, sobre las margaritas y lirios que cubrían el suelo.

—Aquí no es un trabajo humilde ni inferior.

Al contrario, las que cuidamos los jardines somos afortunadas, y tenemos un don: hacer crecer las flores y los frutos, y también sanar las heridas.

Además, estudiamos más que las guardianas o las que están en el templo.

Necesitamos conocer las leyes de la naturaleza, la tierra, las semillas, los minerales y los ciclos de las plantas para poder cultivar bien el jardín.

—Eteria calló un instante y después, bajando los párpados, habló para sí—: Amo la tierra. Dana decía que era el mejor trabajo.

Al pronunciar el nombre de la Gran Vestal que las había criado, los ojos de Eteria se entrecerraron como recordando.

—¿La echas de menos?

—Mucho. ¿Sabes? Dana siempre tenía respuestas. Con la nueva Gran Vestal… —se puso seria— solo me surgen interrogantes.

Después Eteria le habló de la nueva sacerdotisa, que no le gustaba, en parte por haberse llevado a Eglea tan joven.

Además, le parecía que era inexperta y que carecía de los dones necesarios para el cargo.

A Eteria le molestaba toda forma de injusticia, y le irritaba la actitud de la Gran Vestal, muy rígida al carecer del don de ver más allá que poseía Dana.

Después, recordando a la que las había cuidado, cambió su expresión.

—A Dana la eligió el dios, y a esta, sus partidarias… No tiene los poderes que debería poseer una gran vestal. Dana ya os habría encontrado —exclamó Eteria sonriendo—. Era una gran vidente.

—¿Me habría condenado a muerte?

Se sintió confusa y dijo:

—Posiblemente… —Se turbó, pero inmediatamente matizó con ingenuidad—: Estoy segura de que hubiera sabido lo que debía hacer contigo, sin infligirte daño, pero sin perturbar la paz de este lugar.

Estaban sentados en un tronco en el bosque, y Eteria hacía dibujos en el trozo de tierra que había delante de ellos. El sol no les calentaba porque los árboles velaban su luz, y además se acercaba el solsticio de invierno.

—Dana me dijo que mi nombre, Eteria, provenía del éter, el elemento más puro y más brillante que el aire y a la vez la región que ocupa este elemento por encima del cielo.

Cuando Eteria hablaba de sí misma, lo hacía con un cierto orgullo, pero sin vanidad, como si el don le fuera ajeno, algo que le había sido concedido sin mérito propio.

—También me dijo que estoy por encima de las cosas y que mi visión es más profunda que ninguna otra. Me dijo que no tuviese miedo a nada. Y nunca lo he tenido.

—¿Por eso no me temes como Eglea?

—Eglea es muy tímida y algo insegura.

—Ni me miras con suspicacia, como Areté.

—Areté es una guardiana, debe defender la isla. Tú eres una amenaza para nuestra paz. Cuando Areté pase las pruebas para ser guardiana, se la llevarán también. No sé qué voy a hacer sola.

Guardó silencio. A Nórax le gustaba oírla hablar; sus labios descubrían al expresarse una dentadura blanca, perfecta. No deseaba que callase.

—¿Qué más te dijo esa… Dana? —le preguntó con un cierto desprecio hacia aquella mujer a la que tanto admiraba Eteria.

Eteria le contestó con los ojos brillantes, en los que traslucía un cierto enfado.

—¡No hables así de ella! Me dijo que solo encontraría el verdadero amor en el sol que hace fructificar las plantas y la naturaleza. También me anunció que un día encontraría a alguien que lo trastocaría todo, pero que yo sabría escoger el camino adecuado.

—¿Lo has encontrado? —le preguntó Nórax mientras algo se agitaba en su interior.

Bajó los párpados y enrojecieron sus mejillas. Era preciosa; su piel tenía la tersura propia de un niño, y Nórax, al que le pareció el ser más hermoso que había visto en su vida, la amó.

—Mi amor está en el dios. —Pero su voz, habitualmente serena, ahora temblaba.

En ese momento Nórax sintió celos de Atón, sin dejar de reconocer que era absurdo tener celos de un dios. Había algo tan puro en ella… Nunca había conocido a nadie igual. Era como si el Jardín de las Hespérides hubiese florecido dentro de aquel ser singular.