Las naves de Tarsis Eteria
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Eteria

El sol estaba ya muy alto sobre las copas de los árboles y se filtraba entre los troncos que formaban el techo de la cabaña cuando Nórax se despertó.

Salió apartando las ramas del sauce. Lo rodeaba una densa vegetación: arbustos, moreras y rosales, interrumpida por un camino estrecho que se hundía en la espesura.

En el claro, a los lados, había manzanos que doblaban sus ramas, repletas de frutas en sazón.

Los manzanos de Hesperia siempre daban fruto, no estaban sujetos a las estaciones; y en aquel lugar junto al sauce las manzanas eran aún más hermosas que las que rodeaban el aprisco.

Había algo en ellas deleitoso y curativo; las propiedades de las frutas de la isla dependían de las hespérides que las cultivaban, y aquellas habían sido cuidadas por las hijas de Gerión.

En el claro del bosque junto a la cabaña, Nórax se durmió, víctima aún de los efectos del veneno. Soñó con el monstruo, y con su padre, que lo reconvenía por haber hollado Hesperia.

Mientras tanto, el sol se movía sobre los árboles describiendo su círculo; cuando descendió, sus rayos penetraron entre las ramas, y Nórax oyó ruidos en la maleza. Dos cabecitas, una castaña y otra rubia, aparecieron entre el follaje.

—¿Qué ha pasado con mi amigo?

—Está de vuelta a Tarsis. Puesto que está sano, le hemos ordenado que regrese; no quería porque deseaba cuidarte, pero le hemos asegurado que nosotras lo haremos. Lo ha llevado Eglea hasta la playa.

Nórax agradeció que Krysaor retornase a Tarsis, pues sentía que su presencia en la isla era peligrosa. Le extrañó que quisiese cuidarlo; no era propio de él, y posiblemente se trataba de una simple excusa para permanecer en Hesperia.

—Las rocas no lo dejarán pasar.

—Nosotras conocemos por dónde cruzar los arrecifes, y Eglea se lo explicará —le indicó Eteria—. Hay un pasillo entre las rocas que conduce al estuario. Desde allí podrá regresar.

—¿Cómo?

—Nadando. ¡No hay otra manera!

—Es mucho trayecto.

—Tu amigo es fuerte —repuso Areté con decisión—. Más peligroso es quedarse en la isla.

—¿Nos siguen buscando?

Eteria movió su cabello castaño, negando con la cabeza, y sonrió con un gracioso gesto, al tiempo que le decía:

—Creo que ya no. Lo han estado haciendo, pero, al no encontraros, han llegado a la conclusión de que no hay nadie.

—Han peinado cada árbol, cada roca, cada cueva y cada matorral. ¿Dónde os escondíais? —le preguntó Areté.

—En un aprisco abandonado, un poco más allá. —Y Nórax les señaló la dirección.

—El dios una vez más os ha protegido —murmuró Eteria para sí; después siguió en voz más alta—.

Los apriscos son lugares guardados por él donde a las hespérides no nos está permitido entrar porque rebosan de excrementos de animales, que nos mancharían con su inmundicia. Allí las guardianas no pueden buscar.

—Deberías irte —insinuó Areté—. Podrían encontrarte si sales de la cabaña y de este claro en el bosque. Aquí hay una magia que te protege, y estás seguro porque te hemos traído nosotras.

Nórax les señaló el brazo, que movía con dificultad. Les confesó que se sentía cansado y débil: las manzanas de la vida no proporcionaban suficiente fuerza a un hombre en plenitud de su vigor.

—Aún no estás fuerte, ¿verdad? —preguntó Eteria.

—No.

—No debes moverte de aquí —repitió Areté—. Este lugar es seguro. Necesitarás comida. Te la proporcionaremos.

Le examinaron el brazo, que, aunque no sangraba, estaba muy inflamado. Eteria buscó entre la maleza y encontró romero, que le aplicó mezclándolo con saliva, mientras Areté la vigilaba atentamente. Al cabo, ambas miraron al cielo.

—Debemos irnos, el sol está alcanzando su ocaso.

Después, mirando a Eteria, Areté le reprochó:

—Sí, debemos irnos. Tenemos unas obligaciones. No deberíamos ocultarte ni ayudar a tu amigo.

El hermoso rostro de Eteria primero se ensombreció al escuchar las palabras de su hermana y después enrojeció de un modo encantador, como avergonzada, mirando a Nórax. Las penumbras del ocaso comenzaban a cubrir el bosque cuando ellas se fueron.

Krysaor no retornó. Nórax se quedó en el bosque y, aunque parecía ir mejorando de las heridas que el gobio gigante le había causado, había un veneno maligno dentro de él que no curaba.

Las hijas de Gerión se encargaron de proporcionarle comida.

No le traían carne porque en la isla se respetaba a los animales como a criaturas del dios solar, pero había frutas deliciosas, dulces, panecillos y queso de cabra o de oveja.

Las que más solían venir eran Eteria y Areté.

Alguna vez vino Eglea, cuyo rostro, quizá el más hermoso de las tres, solía estar triste. Nunca venían juntas.

Eglea le preguntó un día por Krysaor, con su voz suave.

—Tu amigo era sabio, ¿verdad? —le dijo soñadoramente—. De noble cuna y un hombre honorable.

—¿Cómo lo sabes?

Ella enrojeció mucho; no sabía mentir.

—Hablamos en el camino a la costa.

Nórax no supo qué responder. Le sorprendió que hablase así de él, pero recordó la habilidad de Krysaor para convencer a las mujeres de lo que él quería.

—¿Se ha ido ya? Dime que se ha ido —le preguntó, intranquilo; si Krysaor permanecía en Hesperia, solo iban a producirse conflictos y problemas.

Apresuradamente, ella le respondió que sí, y salió corriendo.

Eglea regresó unos días más tarde. Se quedó de pie mientras Nórax comía y le preguntó cómo eran las mujeres de Tarsis.

Sentía curiosidad por saber si las jóvenes de allí eran hermosas, si usaban afeites…

Incluso llegó a preguntarle si la consideraba a ella hermosa.

Después de hacerlo, enrojeció. Nórax, sonriendo galantemente, le contestó que le parecía la más hermosa de las tres.

Ella sonrió con una tristeza, en la que latía una expresión melancólica, como si albergase una gran pena dentro de sí.

Le siguió preguntando por el arte de la taurocatapsia y por los atletas que morían en la arena.

Le atraía lo oscuro, lo misterioso y lo trágico.

Encontraba belleza en el dolor y la nostalgia.

Se sentía singular, y hablaba de sí misma como de alguien diferente a las otras.

Le contó que pronto entraría a servir en el templo, que era su destino, pero Nórax se dio cuenta de que no estaba contenta con ello.

Areté era la que menos venía, y Nórax se daba cuenta de que su sentido de la justicia rechazaba que lo estuviesen ocultando. Cada vez que venía le preguntaba por sus heridas y le repetía que debía irse cuanto antes, que las ponía en peligro a todas y que no era correcto que siguiese allí.

Eteria, en cambio, solía sentarse a su lado, le curaba el brazo con delicadeza y no hablaba de sí misma, sino que le preguntaba cosas del mundo exterior a la isla.

A las hespérides las formaban en una sabiduría que abarcaba todas las tierras del mundo conocido, pero nunca las habían visto.

Eteria poseía una curiosidad innata y una inteligencia perspicaz.

Le contó alguna vez que, a menudo, oteaba el horizonte para distinguir las naves que salían del puerto de Tarsis.

Le agradaba ver sus cascos curvilíneos, con los remeros y las velas cuadradas.

Un día le describió una que solía acercarse mucho a la costa de Hesperia y, por sus palabras, Nórax intuyó que podía ser La Estrella del Ocaso.

Recordó la nave con emoción, pues había sido su primer destino como capitán, y Nórax amaba aquel barco, ahora hundido en el fondo del océano.

Eteria solía venir después de que el sol alcanzase su cénit y se iba cuando declinaba, acercándose al ocaso.

Hablaban de muchas cosas y se reían a menudo porque ambos tenían un punto de humor similar que les permitía comprenderse.

A veces también callaban, porque sus corazones se entendían sin necesidad de expresar nada.

Gracias a Eteria, Nórax pudo conocer que la vida de las doncellas de Hesperia estaba regida por el estudio, el cuidado de los huertos y jardines y la adoración al sol.

No había hambre ni pobreza. Gerión y los reyes de Tarsis les proporcionaban mucho más de lo necesario como ofrenda al dios; además, la isla era muy fértil.

También entendió que las hespérides eran felices porque les enseñaban desde niñas a no anhelar nada más.

Solo las guardianas competían entre sí para entrenarse.

Por lo demás, se cuidaban las unas a las otra,s dado que el amor mutuo era uno de sus lemas, y la Gran Vestal de la isla actuaba como madre de todas.

Las guardianas eran las únicas que se relacionaban con Tarsis, aunque sin llegar a pisar nunca la ciudad.

Alguna de ellas hacía de mensajera entre la Gran Vestal, el consejo de hespérides y el gobierno de Tarsis, regido en aquel entonces por Gerión.

Cuando aquel día, al hablar de las mensajeras, mencionó a la Gran Vestal, calló un instante y su semblante, pálido, mostró una expresión de tristeza; después le contó a Nórax que el año anterior se había ido para siempre Dana, la gran sacerdotisa que las había acogido de niñas, cuando las tres hijas de Gerión llegaron a la isla.

—¿Se fue para siempre? —exclamó Nórax dubitativamente, y después le preguntó—: ¿Cómo es eso? En Tarsis se dice que las hespérides no mueren.

—No es exactamente así. —Sus ojos dorados brillaron mientras proseguía—: Nuestra vida es larga, pero finalmente Atón, el brillante, nos conduce hasta él cuando nuestro espíritu está preparado.

—Se detuvo pensativamente y luego continuó—.

Ascenderemos al sol y resplandeceremos, y después nos convertiremos en espuma del mar y en la espuma seremos llevadas a las islas de la inmortalidad.

Es lo que le ocurrió a Dana y, aunque sabemos que será feliz dondequiera que esté ahora, a mis hermanas y a mí nos ha dolido infinitamente separarnos de ella; la queríamos mucho.