Las naves de Tarsis En la isla
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En la isla

Cuando Nórax se despertó, Krysaor estaba sentado mirando hacia el mar con añoranza y cierta desesperación. Las olas lamían la playa sin fuerza y retrocedían dejando en el aire un susurro sibilante y cadencioso.

El rumor del mar se mezcló con el de unas risas juveniles: tres chiquillas vestidas con túnicas blancas, dos de ellas con velos y la otra descubierta, saltaban por el otro lado de la cala, por la senda en el acantilado por donde días atrás habrían descendido las guardianas.

No tendrían más de quince años. Las jovencitas, con voz aguda, decían algo así como que en aquella playa había estado varado el dragón; al parecer bajaban a ver si quedaba algún resto, saltando ágilmente por la senda entre las rocas; sobre ellas, como guardando sus pasos, volaban aves marinas como puntos blancos brillantes al sol.

Corrían, riendo, persiguiéndose las unas a las otras, sin darse cuenta de que, tras un peñasco, alguien las estaba observando.

—Voy a pedirles ayuda —exclamó Krysaor con decisión.

—¿Estás loco?

—Mujeres… Apenas unas niñas —se burló—. Ya sabré yo cómo tratarlas…

Nórax contrajo la mandíbula, enfadado, y Krysaor le contestó con un gesto que le daba a entender que no tenía por qué preocuparse. Después silbó metiéndose los dos índices en la boca. Al oír el ruido, ellas se dirigieron hacia el lugar de donde provenía.

La que iba delante se detuvo bruscamente; era una adolescente, casi una niña.

El cabello, de un color rubio casi blanco, le brillaba al sol con destellos plateados; los ojos, grandes, de un castaño dorado, con largas pestañas que sombreaban unas mejillas sonrosadas; las cejas, gruesas; la nariz, fina, algo respingona.

La expresión era ingenua y bondadosa. Vestía con una túnica blanca que se recogía en un ancho cinturón de cuero recamado en oro; un velo blanco, casi traslúcido, le cubría la cabeza.

De su cuello colgaba un hilo grueso de cuero del que pendía una pieza de cerámica blanca sobre la que estaba dibujada la figura de un trisquel.

Corría delante de las otras por la playa.

Fue la primera que descubrió a los dos hombres tras la roca.

Krysaor se levantaba mientras ella se detenía y le sonreía tímidamente.

En los ojos de la niña-mujer apareció un extraño reflejo, como de lágrimas.

La que iba detrás casi se choca con ella.

La última, una muchacha de pelo castaño, le gritó:

—¡Eglea!, ¿qué te ocurre?

La niña de cabello plateado, a la que habían llamado Eglea, mantenía los ojos fijos en Krysaor como hipnotizada, y él la examinaba de arriba abajo, absorto, como si no la hubiese visto nunca o la conociese de siempre.

Tambaleándose, dio algún paso hacia ella; se quedó sin habla, y si Nórax no hubiera conocido tanto a su amigo, incapaz de la vergüenza, le habría parecido que se sentía azorado.

Tras Krysaor se alzó entre las rocas Nórax, con cierta dificultad porque le dolía tanto el brazo que no podía apoyarse en él para levantarse.

La niña que iba detrás de Eglea lo descubrió, lo miró muy seria, como enfadada, y le preguntó.

—¿Vienes de Tarsis?

—Sí… —le contestó en un extraño hilo de voz—. Naufragamos.

Ella lo examinó con una expresión en la que se traslucía un cierto enfado. Él no debía estar allí, en la sagrada tierra de Hesperia.

—¿Eres una hespéride? —Nórax, que se sentía extrañamente avergonzado, solo fue capaz de formular una pregunta cuya respuesta era evidente.

Se oyó la voz de la tercera joven, que venía detrás de todas y no llevaba velo, expresándose con dureza.

—Lo somos, y también somos hijas de Gerión, rey de Tarsis. ¡No tenéis derecho a permanecer en Hesperia!

Las muchachitas se acercaron más; eran distintas, pero en los ojos de las tres reverberaba el fulgor del sol, pues eran de un color muy extraño, castaños con reflejos de ámbar.

Sus cabellos eran claros: el de Eglea brillaba como la plata, el de Areté refulgía como el oro y el de Eteria tenía un hermoso color castaño claro, cobrizo.

—¿Fuisteis vosotros los que matasteis al dragón del mar? —habló Areté, que parecía llevar la voz cantante—. Las guardianas os están buscando.

—Sí. ¡Fuimos nosotros…! —exclamó Krysaor como ufanándose de haberlo hecho.

—No queríamos llegar aquí —respondió por su parte Nórax, que seguía confuso por sentirse fuera de lugar—. ¡Ayudadnos! No digáis nada. El dios nos ha traído. Solo el dios puede haberlo hecho… Queremos regresar a Tarsis.

Ante la alusión al dios, el semblante de Areté experimentó un pequeño cambio y en él nació la duda.

—Si dirigisteis vuestra nave hasta aquí, deberíais morir —su tono de voz, habitualmente determinado, se tornó ahora ingenuamente titubeante—, pero si el dios os condujo…

Krysaor la interrumpió y habló imperativamente a la par que señalaba el brazo de Nórax:

—Está herido. Luchó contra el dragón, el que protegía Hesperia, y pensamos que le inoculó un veneno. ¡Tenéis que ayudarnos!

Una ingenua admiración apareció en el semblante de las tres. Sin embargo, una de ella protestó:

—Eteria, me parece que no deberíamos ayudarles —le reprochó la que se llamaba Areté, con cierto escepticismo; no se fiaba de ellos.

—Si mataron al monstruo, el dios está con ellos. El dragón era un ser monstruoso, que existía desde antes del diluvio; el Leviatán, uno de los demonios del mar. Si habéis conseguido matarlo, es porque estabais predestinados a ello.

Hablaba así la que Areté había llamado Eteria, que se arrodilló junto a Nórax.

Eteria se sintió responsable de cuidar a aquel desconocido que estaba herido porque era compasiva y sensible al dolor ajeno.

Así que le palpó el brazo delicadamente pero con seguridad: estaba inflamado y caliente.

Después limpió una de las heridas, cubierta por una costra que mostraba mal aspecto, con el velo, de tal modo que la abrió e hizo que volviera a sangrar. La sangre rezumaba una ponzoña oscura.

—Hay veneno aquí. No sé si podré retirarlo, pero, ahora que parece haber salido, cicatrizará.

Cuando hubo sangrado un poco, Eteria le dio toquecitos con el velo y limpió la sangre.

En ese momento el cabello castaño le cayó sobre los hombros y brilló al sol.

Nórax contemplaba de cerca un rostro ovalado, de piel lechosa y líneas puras, que le conmovió tanto que hubo de contener la respiración.

Al acabar, Eteria se dio cuenta de que necesitaba más vendas.

Tras recibir el velo de Eglea, hizo un torniquete y la sangre dejó de fluir.

Por último, soltó el torniquete y le hizo un vendaje.

Mientras Eteria, con la habilidad que poseían las hespérides, curaba a Nórax, Eglea habló suavemente y se dirigió a sus hermanas.

—Si decimos algo, morirán. Tenemos que protegerlos. Con ellos vamos a descubrir muchas cosas que las maestras nos ocultan.

Areté se enfadó con Eglea; no soportaba ser desleal ni traicionar sus obligaciones.

—¡Siempre distinta y original! ¡Estás loca! —le gritó—. ¡No podemos hacer eso!

—Sí podemos —le contestó Eglea—. De hecho, creo que es lo que debemos hacer.

El rostro de Eglea estaba enrojecido, turbada por su carácter sensible y tierno.

—Los podríamos ocultar —habló Eteria, un poco dubitativamente—. Si los denunciamos, morirán y seremos responsables de esas muertes. Quizá deberíamos esconderlos hasta que se puedan ir.

—No podremos hacerlo por mucho tiempo —exclamó Areté, a quien el razonamiento de Eteria parecía haberla ablandado—.

La gran sacerdotisa podría adivinar antes o después su presencia, y entonces las guardianas los detendrán y los conducirán al acantilado del destino, donde serán arrojados y morirán.

Se alejaron unos pasos para hablar entre ellas. Areté apeló al cumplimiento de la ley y a la virtud; Eglea le respondió que la única ley de Hesperia era el amor y la misericordia; por último, Eteria, expresándose en voz más baja, utilizó una serie de argumentos que articuló con vehemencia:

—No podemos conducir a la muerte a estos hombres. Hemos sido educadas por Dana, que nos inculcó ideas de piedad y compasión con los necesitados de ayuda. ¡Han sido empujados hasta la costa! ¡Han luchado contra el monstruo y lo han vencido! El dios los ha traído.

—Podrían ir a juicio y tal vez ser absueltos.

Eglea miró a Areté:

—Sabes bien que los condenarán.

—En otro tiempo, en los tiempos de Dana, no habrían sido condenados —apuntó suavemente Eteria—. Ahora…, sabes que las que rigen los destinos de Hesperia no se guiarán por la compasión, ni por la justicia. Aplicarán la ley fríamente.

Esas palabras convencieron a Areté, que era la más reacia, y las tres trazaron un plan para ocultar a los náufragos.

—¡Venid! —aceptó finalmente Areté.

Subieron la empinada senda del acantilado, Nórax apoyándose en Krysaor.

Les guiaron atravesando un bosque de abedules.

Entre los árboles corría un regato de agua que saltaba entre rocas y formaba pequeñas cascadas cuyo rumor armonioso dominaba el ambiente.

El agua provenía de la montaña ubicada en lo más alto de la isla.

Las jóvenes corrían delante, junto al riachuelo, a contracorriente, y avanzaban sin esfuerzo porque, aunque había helechos que parecían cerrar el camino, las hojas se abrían a su paso.

Al cabo llegaron a un claro del bosque. No parecía haber allí más que unos sauces, hasta que una de ellas hizo un gesto abriendo y cerrando los brazos y entonces entre los árboles quedó a la vista una especie de cabaña oculta.

Nórax y Krysaor supieron después que la habían construido ellas mismas, siendo niñas, para jugar.

Habían unido las ramas de tres sauces jóvenes para tejer lo que sería el techo.

Después, con la magia del lugar, los árboles crecieron y las largas ramas formaron una cortina que ocultaba a la vista el interior.

Alguien poderoso —Nórax no entendió bien de quién se trataba— la había consagrado para que fuese un lugar seguro; de hecho, solo aparecía ante el gesto de abrir y cerrar los brazos y solo se revelaba a quienes ellas se la hubieran mostrado.

Debido a ese hechizo, nadie podría entrar allí si ellas no se lo permitían.

Era un lugar recogido y pacífico. Dentro había paja seca y mullida, y allí tumbaron a Nórax.

—Él está sano —aseguró Areté, refiriéndose a Krysaor—. Debería volver; puede nadar…

Eglea miró de nuevo a Krysaor con ojos brillantes y confiados y anunció:

—Yo le llevaré al lugar desde donde se puede cruzar la bahía. El monstruo ya no está.

—¿Cómo ha desaparecido de la playa? —preguntó Nórax.

—Hace unas semanas —les explicó Eteria—, las guardianas lo cubrieron con ramas y les prendieron fuego, y después esparcieron las cenizas en el mar.

—Si lo habéis matado —habló Eglea—, habéis destruido a una criatura maligna.

—Oh, ¡no! —le reprochó Areté—. El dragón guardaba Hesperia, y ahora la isla es vulnerable a cualquier invasor por las noches. El monstruo marino fue creado para proteger la isla.

—La isla —exclamó Eglea, melancólicamente, con voz dolorida— se ha convertido en una cárcel; en los tiempos antiguos no era así…

Las otras dos fijaron sus ojos, muy abiertos, en ella, asombradas de que dijese semejante cosa.

—Eso es una blasfemia —le reprochó Areté—. ¿Cómo puedes hablar así, Eglea? ¡Has cambiado tanto! Antes todo te parecía bien, y ahora solo protestas.

—¿Por qué se nos ha condenado a vivir aquí?

Suavemente, Eteria contestó, con una voz serena y armónica:

—Mi queridísima Eglea, desde niñas estudiamos la historia del mundo, y sabemos que ahí fuera hay guerra, hay hambre; en cambio, aquí vivimos en el paraíso, hay sabiduría y belleza… Podemos ser felices.

Eglea no contestó; enrojeció y se quedó mirando al suelo.

En los ojos de Krysaor brillaba un fuego extraño que las otras hespérides no advirtieron porque hablaban entre ellas, en voz más baja.

Algo se interponía entre las tres hermanas.

Finalmente, Areté se expresó con cierto énfasis y con voz de mando:

—Mañana volveremos. Quizá Eteria sea capaz de curarte para que puedas irte.

Si te encuentran las guardianas, te ejecutarán.

Nosotras, las hijas de Gerión, descendemos de Noé, y, aún más allá, directamente de Abel, el justo.

Se nos ha enseñado que la vida es sagrada, y que solamente el dios es dueño de darla o arrebatarla.

No todo el mundo piensa así, ni en Hesperia ni en Tarsis.

Areté irradiaba una energía que remarcaba las palabras que pronunciaba.

Era hermosa, muy fuerte, de espaldas anchas; le cruzaba el pecho un tahalí, y había algo masculino en ella.

Cuando se giró para irse, quedaron a la vista el carcaj y el arco colgados de su espalda.

Aquella jovencita de apenas quince años era una peligrosa guardiana o iba a serlo.

Aún no llevaba la loriga, y vestía túnica blanca, como sus hermanas, pero la suya era corta y además no se cubría con un velo.

Entrenaban a las guardianas de la isla para defenderla; tenían la fortaleza y agilidad de un guerrero experimentado.

Se las temía porque se decía que eran fanáticas, muy celosas de sus deberes.

Sin embargo, Areté parecía anteponer la lealtad a sus hermanas, y a los principios que compartían, a la fidelidad a la gran vestal o a la defensa de la isla.

Cuando se alejaron, iba detrás de las otras dos, como escoltándolas; su cabello claro, de un rubio dorado, parecía entremezclarse con las flechas plateadas.

Krysaor caminaba al lado de Eglea, con la que hablaba en voz baja, como confidencialmente.

Al fin, cuando el camino a lo lejos se bifurcó, Krysaor y Eglea se separaron de las otras dos, dirigiéndose hacia la costa, y Nórax se quedó solo.

Una vez que se hubieron marchado, cayó dormido, exhausto.