Las naves de Tarsis El Jardín de las Hespérides #2
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El Jardín de las Hespérides #2

Se retiraron aún más deprisa ocultándose entre las rocas, de modo que las guardianas quedaron a sus espaldas.

A Nórax le costaba proseguir, y hubieron de parar unos momentos para que se recuperase.

Así, desde detrás de una roca, las pudieron ver relativamente bien.

Eran jóvenes, hermosas, de largos cabellos y cuerpos esculpidos por el ejercicio.

Sacaron las flechas y, ensartándolas en los arcos, apuntaron hacia el monstruo marino hasta que se dieron cuenta de que ya no podía hacerles nada.

Entonces lo rodearon, hablando precipitadamente.

Nórax y Krysaor, desde su escondite, oyeron voces entremezcladas que no se entendían bien, pero que decían algo así como: «Atón, el brillante, lo ha querido», «estamos indefensas», «la Gran Vestal debe saberlo».

Pronto una se dio cuenta de que del ojo del ofidio asomaba la empuñadura de un puñal de bronce, clavado profundamente, y avisó a las otras.

Lo arrancaron y lo examinaron con detenimiento pasándoselo unas a otras.

La que parecía capitana comenzó a mirar en derredor, quizá buscando a alguien más.

De pronto gritó que había descubierto unas huellas en la arena, pisadas grandes, masculinas, que acababan en las rocas.

Al darse cuenta de que los habían descubierto, avanzaron más deprisa, ocultos entre los peñascos rocosos.

Afortunadamente, en el acantilado que se erguía sobre la playa había una oquedad, un túnel por el que Krysaor arrastró a Nórax, que no podía moverse bien.

Un poco más allá, el techo del túnel se abría a una especie de hoya de boca muy ancha, de tierra, por la que asomaban las raíces de los árboles.

El temor de ser descubiertos les impelió a subir agarrándose a las raíces.

Krysaor ayudaba a Nórax. Al llegar arriba se produjo un desprendimiento de piedra y rocas que afortunadamente tapó la entrada al pozo, liberándolos de las guardianas.

Prosiguieron por un bosque tupido, de pinos y helechos de grandes hojas.

Avanzaron todo lo deprisa que podían porque Nórax a menudo daba trompicones.

Al poco encontraron un sendero muy estrecho por el que se introdujeron en la floresta.

No se oía nada más que el trino de los pájaros, y se percibía un dulce perfume a flores, mezclado con tomillo y romero. Había magia en el ambiente.

Desembocaron en un claro del bosque donde un arroyo formaba una cascada rumorosa que se abría en un gran charco.

Junto al agua crecían chopos, cuyas hojas doradas habían caído, formando una especie de muelle colchón donde Nórax se dejó caer.

Más lejos del agua crecían también varios manzanos de fruta dorada.

No había señales de las perseguidoras, de manera que Nórax se levantó con esfuerzo y a trompicones se acercó a un manzano, donde apoyó la espalda.

Krysaor se sentó junto a él. Como tenían hambre, Krysaor se agachó, cogió dos manzanas que había en el suelo y le llevó una a Nórax.

Al morderla, el sabor de una fruta distinta a cualquier otra le empapó la boca: tenía la textura de la manzana, pero el agua de una pera madura y un sabor a níspero y a melocotón.

Conforme la tragaba, el dolor de la herida, que era lancinante, se mitigó un poco y tuvo la impresión de que el brazo se recuperaba algo y podía moverlo.

Krysaor y Nórax se miraron asombrados ante el sabor de la fruta.

—Parece que el brazo me duele menos —comentó Nórax.

Krysaor se acercó y se lo tocó, y de nuevo comenzó a rezumar un extraño líquido oscuro. Nórax gritó y se sintió débil. Oyeron a lo lejos el ruido de un cuerno.

—Nos buscan —anunció Krysaor—. Hay que ocultarse en algún lugar, esas mujeres estaban armadas. ¿Puedes seguir caminando?

—Sí.

—Tenemos que continuar por el sendero porque en el bosque se adivina nuestro rastro a través de los helechos.

La senda discurría paralela a la costa, y a veces se asomaba al mar, que brillaba con un azul intenso en un día hermoso y frío.

Nórax, aún indeciso, era plenamente consciente de que tenían que irse, pero ¿cómo hacerlo?

No era capaz de nadar con el brazo herido, y tan debilitado.

Con Krysaor no se podía contar para volver: su rostro era ahora el de un perro de presa que todo lo examinaba, como buscando algo.

Al fin, la senda los condujo hacia un antiguo aprisco de ovejas, rodeado de un vallado, en el que no había animales.

Quizá porque los excrementos del ganado habían abonado el terreno, crecía una hierba alta que, al caer Nórax, se reveló mullida.

El herido no podía más y se acostó apoyando la espalda sobre un tronco.

Había manzanos de fruta roja y verde brillante, y también matorrales con frutos del bosque.

Krysaor abandonó a Nórax, oculto entre la hierba alta.

De cuando en cuando regresaba y le traía comida, sobre todo manzanas y frutas del bosque, pero también queso y panecillos que robaba a las hespérides.

Pasaron varios días. Nórax seguía débil.

La salud y la fuerza que le proporcionaba la fruta, aunque quizá evitase que muriese, no eran suficientes.

La herida del brazo se abría ante cualquier movimiento y el miembro estaba paralizado.

Sucumbió a la fiebre, y dormitaba continuamente.

Krysaor se iba, exploraba la isla y espiaba a las hespérides.

Un día le contó a Nórax que creía haber encontrado a su hermana, pero no le dio más explicaciones.

También le dijo que había visto a las hijas de Gerión.

En un suave otoño, las hojas de los árboles se tiñeron de colores dorados, rojizos y anaranjados hasta que, finalmente, fueron cayendo al suelo mientras en los arbustos silvestres crecían moras, grosellas, arándanos, endrinas y frambuesas.

Nórax se sintió con más fuerzas y le pidió a Krysaor volver a Tarsis tras asegurarle que podían conseguirlo si construían una canoa.

Este se rio y le dijo que estaba loco. Añadió además que él no tenía ganas de hacerlo ni tampoco contaban con instrumentos para ello.

Un día, poco tiempo después de haber llegado a Hesperia, Nórax lo vio subido a la valla del aprisco, con los pies colgando. Su rostro era extraño, y reflejaba algo dulce pero al mismo tiempo fiero y también taimado.

Krysaor saltó de la valla y se fue. De nuevo lo dejó solo en el viejo aprisco junto al bosque de chopos.

Las noches, las mañanas y las tardes se confundían en la mente de Nórax.

Afortunadamente, este podía comer los frutos del bosque, que le aliviaban el dolor, al igual que las manzanas, aunque no le curaban.

El brazo mejoraba, pero muy lentamente. Tenía fiebre y el rocío de la noche le hacía tiritar.

Entonces regresó Krysaor, cuyo semblante mostraba que algo le había afectado mucho, pero no quiso decir qué era.

—Debemos irnos… antes de que el mal sea mayor.

—¿Qué te ha pasado?

—No quiero hablar. ¡Déjame y no preguntes! ¡Nos vamos!

En algún sitio había conseguido un hacha, una gubia. Nórax le preguntó dónde, pero no le quiso contestar.

—¿No quieres regresar a Tarsis? ¡Vas a conseguirlo!

En medio del bosque había un viejo tronco de árbol caído. Krysaor lo cortó con el hacha, lo vació y con él construyó un pequeño bote; después labró unas ramas para que les sirviesen de remos. Nórax le ayudó.

Cuando acabaron, lo acarrearon hasta la costa adonde habían llegado utilizando el camino por el que habían bajado las guardianas.

Al llegar a la playa comprobaron que el monstruo marino ya no estaba; quizá lo había arrastrado la marea y las guardianas habían limpiado la arena, nunca hollada por extraños.

Esperaron escondidos entre las rocas a que llegase la noche.

Cuando el sol se puso, tambaleándose sin fuerzas, Nórax ayudó a Krysaor a empujar el bote hacia el mar.

Saltaron dentro y con las ramas comenzaron a remar, pero el brazo de Nórax no tenía fuerza y no conseguían avanzar.

Las olas estrellaron la débil barquichuela, imposible de gobernar, contra los arrecifes y la hicieron naufragar.

Se encontraron de nuevo en la playa. Nórax se había golpeado el brazo contra las rocas y tenía la herida en carne viva; estaba sangrando y todo le daba vueltas.

Se había hecho de noche, una noche oscura sin luna en un firmamento donde las estrellas titilaban, proporcionando una claridad muy tenue.

Ninguno de los dos tenía fuerzas para emprender el camino de subida al bosque.

Así que durmieron entre las rocas, en la arena seca de la playa.