Las naves de Tarsis El Jardín de las Hespérides
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El Jardín de las Hespérides

Cuando el sol se alzó sobre el horizonte, su calor les reanimó el cuerpo helado por la humedad y el relente de la noche.

Se levantaron tambaleándose y miraron en derredor: estaban en una pequeña playa rodeada por un acantilado de cuarcita de color casi blanco, en una cala recogida y separada del resto de la isla.

El día había amanecido tan claro que, a lo lejos, podían divisar el estuario del río Tarsis, donde se ubicaba la ciudad; se encontraban muy cerca de su hogar.

La imagen de Tarsis desde Hesperia era tan maravillosa como inesperada, porque desde ningún otro lugar del mundo se podía avistar la ciudad en toda su extensión.

Brillaba como una joya suspendida sobre el azul del lago que se formaba en la desembocadura del río Tarsis, reflejando en sus aguas los fulgores del amanecer.

En lo más alto, dominando la ciudad, se alzaba el majestuoso templo de la deidad solar, rematado en oro y plata bruñida, resplandeciendo como si hubiese sido forjado por el mismo dios Atón.

Bajo él, el palacio real, de muros níveos y cúpulas doradas, parecía recoger y multiplicar la luz del sol.

Más abajo, descendiendo por la suave pendiente de la colina sobre la que se asentaba la ciudad, se distinguían las casas blancas con techumbres de oricalco rojizo, que destellaban como llamas bajo la luz.

Las paredes blancas se entreveraban con el verde profundo de los jardines, salpicados de palmeras, laureles y cipreses, hasta llegar a la amplia explanada del mercado, que acababa en las dársenas que comunicaban con el puerto.

Al pie de la ciudad, los muelles se desplegaban como tres anillos concéntricos: azul profundo en las dársenas, blanco marfil en los muelles exteriores.

Sobre las aguas oscuras de las dársenas se balanceaban naves de velas multicolores y cascos terminados en proas variopintas y estandartes de todos los lugares del mundo conocido.

Nórax se quedó contemplándolo todo enmudecido y abrumado.

Tras la noche húmeda y heladora, no era aún plenamente consciente de sí mismo, pero, de modo gradual, cada vez más intenso, sintió un dolor lancinante y agudo que le atravesaba el costado.

El monstruo marino casi le había arrancado el brazo, que colgaba medio inerte y amoratado, y el dolor irradiaba al pecho porque la dentellada le había rasgado los pectorales.

Cada vez le dolía más, mucho más que en las horas previas, porque antes la herida estaba aún reciente y el frío del mar la había calmado.

Junto a Nórax, unos pasos más adelante, Krysaor se detuvo de pie y alzó los brazos, como si quisiera abarcar con ellos toda la isla, de espaldas al mar.

Sus ojos brillaban con una excitación febril; estaba fuera de sí, eufórico.

Había alcanzado el lugar con el que había soñado desde niño: el santuario, el lugar donde vivía lo único que le quedaba en el mundo, lo que había idealizado durante tantos años.

Pero no era solo eso: Hesperia era el lugar donde estaban aquellas que siempre le habían atraído y a las que deseaba poseer, pero además en el Jardín de las Hespérides había un misterio, la piedra de luz, que deseaba descifrar.

Entonces, volviéndose hacia Nórax, con una sonrisa temblorosa de emoción, le susurró:

—¿Lo entiendes ahora, Nórax? En esta isla está una de las piedras de Jafet, y no es una joya cualquiera. Es una piedra de luz, una de las antiguas, las que dicen que ardían antes del diluvio. Aquí está el secreto de Hesperia.

Nórax, torturado por el dolor, harto de él, pensó que estaba loco y se sentó en el suelo dándole la espalda y mirando hacia el mar. Se mareaba, muy debilitado por la pérdida de sangre y el dolor. A lo lejos, en el mar, vislumbró algo: el oleaje arrastraba lo que parecía un árbol enorme.

Le gritó a Krysaor para que contemplase lo que traía la marea: el pez dragón que protegía la isla agonizaba, y no mostraba ya destellos azulados, sino una piel oscura sin vida.

Pudieron entonces contemplar más detenidamente al legendario monstruo que protegía Hesperia: un enorme animal marino, un gobio gigante, aplanado, de dimensiones descomunales, con una boca de dientes afilados, tan largos que impedían que se cerrase.

El gigante de las profundidades marinas sucumbía ante la luz de Atón.

Al varar en la costa empujado por la marea, aún se retorció en espasmos.

Emanaba de él algo maligno, y en su agonía pareció hablar sin palabras.

Tanto Nórax como Krysaor entendieron que los maldecía por haber hollado el santuario y por haberlo asesinado.

Se observaron el uno al otro, con cierto temor.

Entendieron ahora la amenaza que rodeaba el santuario de las hespérides: el monstruo atacaba a cualquier nave que se arriesgase a acercarse al lugar durante la noche, pero la luz del día lo retenía en el fondo del mar, lo que no le impedía agitar el agua de la costa en torno a Hesperia y formar remolinos que evitaban que naves o personas se aproximasen a la isla.

Como Nórax le había herido en el ojo, no distinguió la claridad diurna.

Al no regresar a las profundidades marinas, donde la oscuridad le protegía, la luz solar lo había matado.

Nórax intentó levantar el brazo para señalar al dragón marino, pero el dolor casi le hizo caer.

Se quejó, pero Krysaor no parecía escucharle porque —olvidándose del monstruo y de su compañero— examinaba el entorno con fascinación.

Dio un paso hacia el acantilado de cuarcita blanca y observó el exuberante bosque que se alzaba sobre la roca.

Por fin podía ver tan de cerca una vegetación que en muchísimas ocasiones había apenas vislumbrado.

Se sintió conmovido por la belleza del lugar, pero aquel era un lugar prohibido, de modo que debían ocultarse antes de que los descubriesen.

Pero ¿cómo hacerlo? Solo podían volver nadando, y Nórax estaba herido, apenas podía mover el brazo, que le sangraba. Nórax le gritó:

—¡Por el dios Atón, que brilla en los cielos! ¿Qué vamos a hacer ahora? —Después le conminó—: ¡Debemos irnos!

Krysaor se dio la vuelta; su voz sonaba algo más amigable, distinta a la de los últimos meses.

—¿Tú crees? Después de llegar al paraíso, al lugar de la inmortalidad, no pienso irme. Si quieres, puedes nadar hasta la costa —y señaló Tarsis—, pero dudo mucho que lo consigas.

Se acercó y le palpó el brazo de tal modo que Nórax gritó de dolor.

—¡Eres un bruto! —le espetó.

La mano de Krysaor se llenó de sangre y observó que contenía algo azul oscuro: el veneno del dragón. Krysaor se la limpió con arena mientras Nórax, sintiéndose cada vez más débil, se desplomaba hacia atrás.

—Está casi arrancado… —exclamó con dureza—. Creo que has perdido ese brazo. —Dicho esto, dedicó a Nórax unas palabras alentadoras que sonaron como un juramento, y Krysaor, a pesar de todos sus defectos, cumplía su palabra—. ¡Nórax! Nunca olvidaré que me has salvado la vida arriesgando la tuya.

Nórax no le pudo contestar por el dolor, y Krysaor se quedó en pie, a su lado, mientras reconocía todo lo que le rodeaba con gran interés.

—Aquí estamos expuestos, cualquiera podría vernos desde el acantilado; quizá en ese bosque —y lo señaló— podamos ocultarnos.

—No… —objetó con esfuerzo Nórax—, no debemos entrar en el jardín.

Krysaor pensó que lo que decía Nórax era absurdo, que seguramente hablaba así porque estaba debilitado.

—¿Por qué no? —se rio irónicamente de él—. Está claro que tu dios Atón nos ha conducido aquí, nos ha salvado del monstruo. Algo querrá de nosotros…

—Pero —suspiró dolorido Nórax— ¿qué dices?

—¡Que no me pienso ir! —gritó ahora enfadado.

Nórax no le contestó porque le parecía que cada vez estaba más loco, y además casi no podía hablar por la desazón intensa que le causaba la herida. Después, con voz algo más prudente y comedida, Krysaor anunció:

—¡Vámonos de aquí! Si nos encuentran, las guardianas nos ejecutarán.

Tras ayudarlo a levantarse, cruzaron la playa y buscaron, entre las piedras, una manera de subir.

El acantilado ascendía al principio muy gradualmente, con rocas planas, pero después se alzaba en una pared casi vertical desde la que se habían desprendido grandes pedruscos por la erosión del mar.

Se ocultaron tras uno de ellos y comenzaron a buscar algún lugar por donde salir de la playa.

Para poder proseguir, Nórax debía agarrarse a Krysaor porque cada vez perdía más sangre y se encontraba muy débil. Avanzaban, pues, muy despacio.

Al fin, incapaz de continuar, cayó al suelo y gritó de dolor.

Krysaor soltó una de sus blasfemias contra el dios y lo arrastró hacia una fisura estrecha y alargada que se abría horizontalmente en la pared.

El sol se acercaba al cénit cuando oyeron voces y gritos femeninos en la playa.

Entonces, rápidamente, se escondieron en el entrante natural.

En ese momento un grupo de mujeres con lorigas de plata, armadas con arcos, carcaj en las espaldas y tahalíes que les cruzaban el pecho bajaba por un sendero que no habían visto, oculto entre las rocas, en el otro extremo de la playa, el lugar opuesto a donde estaban Nórax y Krysaor.

Las mujeres debían de haber avistado desde arriba al monstruo que, arrastrado por las olas, se había quedado varado en la playa. Krysaor susurró:

—¡Las guardianas! ¡Vámonos!