La Estrella del Ocaso
La hazaña de Nórax y Krysaor no pasó desapercibida. No solo se les perdonó el castigo: aquella misma semana, el Consejo del Océano —t al vez influido por Argón— se reunió en la Casa de los Navegantes y decidió nombrar a Nórax capitán de una de las naves que constituían la gloria de la Tarsis.
Al principio navegaban como siempre lo habían hecho: juntos.
Sin embargo, la relación de amistad y camaradería que habían mantenido desde niños comenzó a enfriarse.
Las tensiones, alimentadas por la ambición de Krysaor y el creciente sentido de responsabilidad de Nórax como capitán, se hacían más evidentes con cada singladura.
Krysaor, por su parte, observaba estos cambios con desagrado.
Su antiguo compañero de juegos, el que siempre había seguido sus ideas y aceptado su mando, ahora tomaba decisiones con firmeza e incluso le daba órdenes.
La autoridad de Nórax, aunque discreta, le irritaba.
No se lo decía, pero lo mostraba en sus ademanes, en las demoras innecesarias, en el ceño arrugado y las contestaciones bruscas.
Una tarde, en plena travesía, el viento viró de golpe y la corriente levantó el costado de babor. Nórax ordenó que se desplazara la carga hacia estribor para nivelar el casco. Krysaor, que sujetaba el timón, lo miró sin moverse. Se cruzó de brazos, firme.
—¿No has oído? —le instó Nórax.
—Te he oído.
Y no hizo nada.
Otro día, en el puerto, mientras los estibadores cargaban ánforas de aceite, Krysaor se puso a hablar con ellos de banalidades. Las risas interrumpieron el ritmo del trabajo. Nórax se acercó, serio pero sin alzar la voz.
—Déjalos terminar.
Krysaor no respondió. Se dio media vuelta y se alejó como si no hubiera escuchado.
Finalmente, el conflicto latente estalló. Discutieron sobre el rumbo que convenía seguir, y la disputa terminó a gritos. El aire en la cubierta se tensó como un cable a punto de romperse. Nórax apretó los puños, se serenó y, con el semblante muy serio, se enfrentó a Krysaor:
—Aquí el problema no es el rumbo —le dijo con firmeza—. Lo que no soportas es recibir mis órdenes. ¡Las que sean!
Krysaor lo miró despectivamente y contestó con la voz cargada de rabia:
—¡Pues no! No me gusta cómo gobiernas el barco.
La respuesta de Krysaor sorprendió a Nórax, que aun así mantuvo su postura.
—Soy el capitán y tendrás que acatar lo que te mando.
Por un instante, un silencio pesado cruzó el aire. Krysaor lo miró fijamente, sus ojos ardiendo de rabia, hasta que masculló entre dientes:
—Lo que tú digas.
Esbozó una sonrisa torcida, mitad mueca, mitad amenaza velada, antes de bajar la cabeza con visible disgusto.
Durante los días siguientes, Krysaor pareció más sumiso, y cumplió las órdenes sin discutir.
Sin embargo, su actitud dejaba claro que aquello no era más que una tregua forzada.
Había en su manera de obedecer una tensión latente, un rencor que crecía a fuego lento y que, tarde o temprano, podría estallar de nuevo.
Con La Estrella del Ocaso viajaron a lejanas tierras.
No solo surcaron los mares hacia el norte, recorriendo toda la costa del mar de los cántabros, en una navegación de cabotaje, sino que también pusieron rumbo al mar Mediterráneo.
Aquel mar, en el centro de las tierras del mundo conocido, reflejaba el cielo claro de las costas templadas que bañaba, ya fuera de un color azul verdoso o índigo brillante.
Atravesaron largas distancias, y llegaron a conocer las costas que rodeaban Tarsis con la misma familiaridad con la que conocían las calles de la ciudad de su niñez.
Al regreso de todos aquellos viajes, se seguían acercando mucho más de lo permitido a la isla de las hespérides.
A pesar de las advertencias y el peligro conocido, algo en ellos no podía resistirse a la atracción de Hesperia.
En la distancia, las figuras de las hespérides seguían fascinándolos como lo habían hecho desde niños.
En alguna ocasión, mientras se acercaban sigilosamente, lograron escuchar una música maravillosa que provenía de la isla, junto con cánticos e incluso risas lejanas. Aquellas voces eran un eco de otro mundo que los hechizaba.
Nórax, dotado de una vista excepcional de navegante, pudo distinguir una vez, entre todas las mujeres, a tres niñas que siempre iban juntas; sus cabellos claros relucían oro, plata y cobre, como brillaba la ciudad de Tarsis.
Nunca, sin embargo, se atrevían a aproximarse a la isla durante la noche.
El recuerdo del monstruo marino que una vez casi los devora seguía vivo en sus mentes.
Si antes dudaban de acercarse, ahora el terror que les causaba aquella serpiente marina de un solo ojo bastaba para mantenerlos alejados de las aguas de Hesperia bajo el cielo de la noche.
Al regreso de uno de sus viajes, poco antes de llegar a Tarsis, cerca de las costas de la bocana del estuario, rescataron a un extraño náufrago.
Su cuerpo estaba cubierto de heridas profundas, como si lo hubieran atacado con cuchillas, y uno de sus brazos colgaba casi desgarrado.
La imagen era impactante, y se podía considerar un milagro que aún estuviera vivo dada la gravedad de sus heridas.
Krysaor, quizá con una sospecha en su mente, se interesó por él, y pasaba largas horas a su lado hablándole en voz baja, tratando de sonsacarle algo que parecía obsesionarle.
El náufrago, débil y al borde de la muerte, respondió a sus preguntas con frases entrecortadas, revelando en voz casi inaudible fragmentos de una verdad que solo Krysaor podía entender.
Finalmente, el hombre sucumbió a sus heridas.
Lo envolvieron en un sudario improvisado y lo sepultaron en el mar, dejando tras de sí un misterio.
Krysaor permaneció callado, con una expresión inescrutable en el rostro.
Algo había descubierto y, aunque no compartió lo que sabía, sus ojos ardían con una nueva determinación.
Poco después, el Consejo de Navegantes, presidido por Argón, los envió hacia el norte, al estuario del gran río Sado, en una región cubierta de pinos y encinas.
Llevaban consigo una valiosa carga de productos elaborados, destinados al trueque por lienzos y tablamen de pino, esenciales para los cascos de las naves góidel .
Pero el viaje se complicó. Los pueblos de la región estaban en guerra, y obtener la madera les llevó más tiempo del previsto.
En el regreso, cuando bordeaban la costa occidental de Iberia, las galernas del invierno los sorprendieron cerca del Promontorio Sacro, donde los antiguos alzaban piedras al sol de poniente y los navegantes contenían el aliento ante la última luz del mundo.
El temporal los retuvo varios días en alta mar. El viento, que rugía con una fuerza implacable, tronchó el mástil de La Estrella del Ocaso. Las olas gigantescas barrieron la cubierta llevándose consigo a varios marineros, mientras el resto luchaba por mantener la embarcación a flote.
Finalmente lograron retomar el rumbo, avanzando lentamente a remo por la costa atlántica que conducía a Tarsis.
Exhaustos y heridos, los pocos hombres que quedaban bogaron sin detenerse hasta que divisaron, al anochecer, un cabo familiar en la costa cercana a la ciudad.
Pero entonces un nuevo desastre les golpeó: el barco, desarbolado y convertido en una cáscara de nuez, chocó con una roca.
El impacto abrió una vía de agua en el casco.
A bordo quedaban apenas un puñado de remeros, además de Nórax y Krysaor. Mientras los hombres achicaban desesperadamente el agua que inundaba la nave, Krysaor permanecía al mando del palo del timón, con el semblante tenso y los ojos fijos en el firmamento.
Nórax, al levantar la mirada, divisó en la distancia las luces de los hogares de Tarsis, parpadeando entre las olas como una promesa de salvación.
Una luna blanca y grande ascendió en el cielo, bañando toda la bahía con su luz plateada.
A lo lejos, en el horizonte, la silueta de Hesperia emergió como una sombra iluminada por la luna.
De pronto Nórax notó algo extraño: el barco comenzaba a desviarse de su rumbo. Con el corazón acelerado, comprendió que se alejaban de Tarsis. Krysaor, con el semblante inmóvil, dirigía el timón hacia la desembocadura del estuario.
—¿Qué haces? —gritó Nórax, sobrecogido por el desconcierto y el temor—. ¡Estás provocando al dragón!
Krysaor no respondió. Sus ojos estaban fijos en la figura de Hesperia, brillante y majestuosa bajo la luna. Como hipnotizado, conducía el barco hacia la isla prohibida, hacia un destino incierto que parecía arrastrarlos con una fuerza invisible.
Nórax se abalanzó hacia él intentando hacerse con el timón, pero Krysaor sacó un cuchillo del cinto y atravesó la coraza de cuero de Nórax, al que hirió levemente en el costado.
El dolor encendió la furia de Nórax, quien le propinó un puñetazo en la garganta que le hizo caer y soltar el arma. Nórax recogió el cuchillo con rapidez y apuntó hacia su antiguo amigo con una mezcla de rabia y desesperación.
No hubo tiempo para más. La nave sin rumbo se precipitó hacia los arrecifes exteriores de Hesperia.
Un impacto brutal sacudió el casco y dañó gravemente una cuaderna.
La luna, que hasta entonces había iluminado el firmamento, se ocultó entre las nubes, sumiendo el mar en una oscuridad inquietante.
En ese momento se oyó un crujido aterrador.
Los pocos hombres a bordo comenzaron a gritar, con voces que rezumaban pánico mientras el barco se inclinaba peligrosamente.
La Estrella del Ocaso fue levantada por la popa, empujada hacia delante por una fuerza invisible y extraña.
El casco se partió con un ruido ensordecedor y la nave comenzó a hundirse por la proa, devorada sin remedio por las profundidades del mar. En medio de la confusión, las olas negras se alzaban como gigantes, y lo que quedaba del barco desaparecía, arrastrado por una oscuridad insondable.
Cayeron al agua, y las olas los envolvieron en un caos de espuma y oscuridad.
Luchando contra la corriente, nadaron con todas sus fuerzas para alejarse del remolino que se formaba junto a los restos de la nave.
Krysaor avanzaba cerca de Nórax, jadeando por el esfuerzo, cuando de pronto un grito desgarrador se impuso al fragor del oleaje.
—¡Aaah… ayúdame!
Nórax se giró justo a tiempo para verlo desaparecer bajo la superficie, como si una fuerza invisible lo arrastrara hacia el fondo.
Por un instante, Nórax dudó. Aún sentía el dolor punzante de la herida que Krysaor le había infligido momentos antes, y una parte de él quería abandonarlo a su suerte.
Sin embargo, algo más fuerte que su resentimiento lo impulsó.
Sin saber exactamente por qué lo hacía, se sumergió en las aguas oscuras para buscarlo.
Lo que vio debajo del mar lo dejó aterrado. Allí, en las profundidades, se encontraba lo inimaginable: la gigantesca serpiente marina. Era un gobio de cuerpo aplanado, de más de cien codos de longitud, con escamas que brillaban con una luz azulada, como si una energía misteriosa emanara de su piel.
La criatura se había enroscado alrededor del cuerpo de Krysaor y lo apretaba con una fuerza letal. El joven luchaba desesperadamente, pero el monstruo lo mantenía atrapado. La boca del gobio, enorme y llena de dientes afilados, se abría lentamente, acercándose a Krysaor.
Nórax, paralizado por el horror, se dio cuenta de que disponía apenas de unos segundos para actuar. La luz azul de las escamas de la serpiente iluminaba las profundidades a su alrededor, creando un paisaje de pesadilla.
Con el puñal de bronce agarrado firmemente en la mano, Nórax buceó hacia el ofidio, el dragón de las leyendas de Hesperia.
La criatura era aterradora, un monstruo surgido de las profundidades marinas.
Sin dudar, Nórax comenzó a clavarle el arma repetidamente entre las escamas, apuntando en mitad de su enorme cuerpo, allí donde se enroscaba sobre Krysaor.
El gobio, herido levemente, aflojó la presa y finalmente soltó a Krysaor. Entonces giró sobre sí mismo y se dirigió hacia Nórax, quien intentó alejarse nadando con todas sus fuerzas.
Pero el dragón marino hizo un brusco movimiento y abrió de nuevo sus enormes fauces, que clavó en el brazo izquierdo de Nórax. Le atravesó un dolor insoportable, y Nórax pensó que había llegado su fin.
La horrible cabeza del monstruo estaba tan cercana a su rostro que Nórax nunca la olvidaría: el único ojo brillante y aterrador, las escamas resplandecientes con un azul opaco y los dientes que desgarraban su carne.
Entonces, de modo casi reflejo, con la mano opuesta hundió el puñal en el ojo de la criatura. Un enorme chorro azul muy oscuro salió del globo ocular, como si el mar mismo sangrara. El gobio, por el dolor, ciego, abrió las fauces dejándole escapar.
Casi ahogándose, nadando con un único brazo, Nórax luchó por alcanzar la superficie.
Cada brazada era un esfuerzo titánico, pero finalmente logró emerger.
A su alrededor el mar estaba teñido con una mancha oscura: la sangre del monstruo marino.
La luz que emanaba el gobio se había apagado y el ofidio se alejó flotando, sin lograr hundirse, emitiendo un gemido agónico y espantoso.
Krysaor nadaba junto a Nórax, ambos luchando contra el agotamiento y las heridas mientras avanzaban con dificultad hacia la costa más cercana.
Ahora, desprotegida del monstruo, la isla de Hesperia se abría ante ellos, pero Nórax estaba en aprietos.
El oleaje seguía golpeándolos con fuerza, lanzándolos contra las rocas, que les herían una y otra vez.
A cada brazada, el dolor y la extenuación se hacían más intensos, pero ninguno de los dos se detuvo.
Finalmente, sus pies tocaron fondo y, con un último esfuerzo, alcanzaron una playa.
Allí, sobre la arena húmeda, se dejaron caer, sin fuerzas, jadeando. Las primeras luces del alba comenzaban a iluminar el horizonte, pintando la costa con tonos rosados y dorados. Estaban heridos, tiritando de frío, pero por fin habían alcanzado Hesperia.