Las naves de Tarsis Los remeros #3
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Los remeros #3

Mientras los dos muchachos estaban junto al capitán discutiendo qué hacer, una ola gigantesca barrió toda la parte posterior de la cubierta.

Muchos de los remeros fueron arrastrados por la popa hacia el mar mientras el huracán seguía rugiendo, y la vela, tirando del mástil, lo hacía bambolearse peligrosamente.

Nórax gritó, entre el silbido del viento y el rugido de la tempestad, que arriasen la vela de inmediato.

Los tres, el capitán, Nórax y Krysaor, avanzaron hacia el mástil en medio del caos.

El viejo capitán intentó torpemente subir al mástil, pero la lluvia y el fuerte temporal lo tiraron hacia atrás.

Perdió el agarre y fue lanzado contra el casco por el viento, golpeándose la espalda con fuerza.

La espalda se quebró, con un crujido, y él se quedó despatarrado, incapaz de mover las piernas o de incorporarse.

Sin tiempo para lamentarse, Krysaor tomó la iniciativa. Trepó por el palo mayor mientras Nórax lo ayudaba desde abajo. Juntos lograron arriar la vela, impidiendo que el viento huracanado partiera el mástil.

Los dos muchachos resguardaron al capitán, medio inconsciente, bajo la cubierta.

Las olas seguían azotando la nave, subiendo y bajando sin tregua.

Nórax y Krysaor, junto con los pocos remeros que quedaban, lucharon para asegurar la carga, que se deslizaba peligrosamente de un lado a otro con el cabeceo del barco.

Al mismo tiempo, intentaban achicar el agua que entraba por una vía abierta en la popa.

Con paños encerados, sellaron la abertura.

Durante horas interminables, los jóvenes lucharon contra la tormenta. Cuando finalmente la tempestad amainó, extendieron de nuevo la vela, desgarrada por el embate del temporal. Guiaron el barco con dificultad hacia las costas de Tarsis, salvando la valiosa carga. Apenas tenían diecisiete años.

Entraron en el puerto por el canal central, exhaustos pero firmes, con el capitán herido tumbado junto a la mercancía.

La embarcación, medio desarbolada y con la vela rasgada, atrajo la atención de las gentes del puerto.

Estibadores, marineros y otra gente portuaria se agolparon alrededor, observando el estado de la nave.

De todos los que habían partido, más de cuarenta remeros, quedaban tres marineros experimentados, los dos jóvenes y un capitán malherido.

El capitán fue colocado en unas parihuelas improvisadas y llevado al templo, donde los sacerdotes de Atón intentarían sanarlo.

Nórax y Krysaor caminaron a su lado, cargando la camilla con esfuerzo.

Aunque el capitán estaba gravemente herido, aún mantenía la mirada firme, agradeciendo el valor de los dos jóvenes que lo habían salvado.

Cuando llegaron al templo, los sacerdotes se hicieron cargo del capitán y los dos muchachos se separaron. Nórax emprendió el camino de regreso a la casa de su familia, situada un poco más abajo del templo, en la parte alta y noble de la ciudad.

Al llegar, su madre lo recibió con lágrimas en los ojos y lo estrechó entre sus brazos, temblando.

Él sintió su calor, el amor que lo había acompañado desde la infancia, y por un momento olvidó el frío y el cansancio del mar.

Poco después apareció su padre, a quien ya había llegado noticia de la hazaña.

Lo recibió con una amplia sonrisa y los ojos brillantes de orgullo.

—Has demostrado que eres digno de tu linaje, Nórax —sentenció su padre, emocionado, colocando una mano firme sobre su hombro—. ¡Bienvenido a casa, hijo!

Mientras tanto, Krysaor, con el pecho hinchado de orgullo y un aire de triunfo, tomó un rumbo muy distinto.

Bajó al puerto buscando el bullicio de las tabernas.

Allí pasó la noche bebiendo sin moderación, rodeado de marineros y curiosos que le pagaban la bebida.

Con una jarra de vino en la mano, relataba a gritos cómo él, solo y sin ayuda, había vencido a la tempestad.

Su voz resonaba por encima del barullo, asegurándose de que todos escucharan cada detalle de su hazaña.

En el templo, los sacerdotes de Atón hicieron todo lo posible por curar al capitán, pero sus heridas eran demasiado graves.

Aunque logró sobrevivir, se quedó paralítico, condenado a pasar el resto de sus días sin poder caminar.

A pesar de ello, el capitán no mostró amargura.

Estaba profundamente agradecido a los dos muchachos y reconocía que, gracias a ellos, había salvado no solo su vida, sino también la valiosa carga del barco.

Cuando se recuperó lo suficiente, el capitán compareció ante el Consejo del Océano de Tarsis, un grupo formado por los jefes de la flota y otras figuras de autoridad marítima.

Allí relató con detalle los hechos acontecidos durante la tempestad, destacando la valentía y determinación de Nórax y Krysaor.

En Tarsis los buenos marinos eran considerados el mayor orgullo de la ciudad, y la proeza realizada por los dos jóvenes no pasó desapercibida.

El Consejo del Océano, impresionado por su hazaña y considerando que su actuación había redimido sus errores pasados, decidió perdonarles lo que les quedaba de castigo.

La falta cometida al acercarse a Hesperia fue vista como una debilidad propia de la juventud, eclipsada ahora por el coraje demostrado en la tormenta.