Los remeros #2
Krysaor intentó resistirse mientras lo ataban, forcejeando con los hombres que lo tenían sujeto.
Pero estaba débil por el látigo, y el licor había hecho su efecto, de modo que acabó dejándose caer sobre un lado de la bancada de los remeros.
Apenas unos minutos después, ya roncaba, como si no le importara en absoluto el castigo que acababa de recibir.
El capitán, aún enfurecido, extendió su ira al resto de los remeros.
—¡Nadie bajará al puerto! —ordenó con dureza—. Si no sois capaces de comportaros, aprenderéis así que en este barco no hay peleas.
A Nórax le dolió profundamente el castigo.
Hacía mucho tiempo que estaba lejos de Tarsis, y el deseo de ver a su familia ardía en su corazón.
Ahora, por culpa de Krysaor, aquel anhelo se tornaba inalcanzable.
Con resignación mezclada con un creciente enfado, se tumbó cerca del lugar donde dormía su amigo sujeto por unas largas cadenas.
El movimiento suave del barco varado en el puerto lo mecía, pero el sueño no llegaba.
Cerró los ojos, y su mente comenzó a vagar hacia recuerdos que lo llenaban de nostalgia.
A su mente retornó la imagen de la hermosa casa de su familia.
Le parecía ver la luz entrando por la claraboya de alabastro que cubría el gran patio central; a su madre, ordenando a las criadas, y a su padre, reunido con los marinos, pensando en nuevas rutas comerciales
El puerto de Tarsis era ahora mismo su prisión. Desde allí podía imaginar los tejados de su hogar, pero no cruzar al malecón y a las calles que lo separaban de ellos. Aquella impotencia lo envolvía como un manto pesado.
El sol comenzó a alzarse entre las jarcias y el velamen, bañando la cubierta con una claridad suave. Nórax, que no había logrado conciliar el sueño, se levantó con el cuerpo pesado y la mente nublada por la fatiga.
Los rayos del sol iluminaron el rostro de Krysaor, quien se despertó con una punzada de dolor que le atravesaba los sesos.
Los estibadores del muelle soltaban con un golpe seco la carga en la cubierta del barco.
Cada golpe retumbaba en su cabeza, lo que lo impulsaba a llevarse a ella las manos encadenadas y a quejarse, pero no hubo piedad para él.
En cuanto la carga estuvo completa, el capitán le puso a remar como a los otros, aunque sentía náuseas y su rostro estaba pálido.
Se incorporó y vomitó sobre la amura, apenas recuperándose antes de que el látigo del contramaestre cayera sobre su espalda, obligándolo a esforzarse.
Krysaor maldecía entre dientes, como un loco, con cada golpe de remo arrancándole un gemido de rabia y dolor porque la cabeza le estallaba. Pero no podía detenerse. Cada vez que parecía flaquear, el sonido del látigo le recordaba que no tenía elección.
Mientras tanto, los marineros a quienes había golpeado la noche anterior lo miraban desde sus puestos con una mezcla de rencor y satisfacción. Algunos lo jaleaban con burlas hirientes, disfrutando de su humillación.
Nórax, sentado a pocos bancos de distancia, no reaccionó. Parecía no escuchar los comentarios ni los insultos dirigidos a su amigo. Su mirada estaba fija en el movimiento del remo, y sus pensamientos, en otro lugar, lleno de añoranza por su familia y su ciudad.
Tras una jornada extenuante, Krysaor se levantó con dificultad, lastrado por sus ataduras, con movimientos lentos, y dejó atrás la tensión del banco de remos.
Pero, en lugar de descansar o alejarse, lo primero que hizo fue buscar un recipiente de licor.
Lo agarró con fuerza, como si en ese instante el alcohol fuera su única vía de escape.
Krysaor se embrutecía cada vez más. Los otros remeros lo respetaban por su imponente fuerza física y por su carácter violento y agresivo.
Ese respeto estaba cargado también de odio.
Su rudeza rayaba en la crueldad, lo que hacía que nadie quisiera enfrentársele, pues los pocos que lo intentaron salieron malparados.
Krysaor se emborrachaba a menudo para poder aguantar el agotador ritmo de la boga. Durante los turnos de descanso, mientras los demás recuperaban fuerzas en silencio o se ocupaban de sus asuntos, él se unía a los otros bebedores.
En esas pausas, se sentaba junto a ellos, con un recipiente de licor en las manos, y escuchaba sus relatos.
Los remeros narraban viejas leyendas, cuentos de monstruos marinos, islas prohibidas y ciudades sumergidas.
A veces, sus palabras parecían confundirse con el murmullo del mar, y en medio del humo y el alcohol, Krysaor, por un instante, parecía perderse en un mundo de mitos y secretos olvidados.
—Al norte, muy al norte, hay una tierra sin noche —dijo uno de los marineros, su voz cargada de misterio—. Siempre es de día: el sol recorre el horizonte y no se pone. Es la tierra de Atón.
—¡Te lo estás inventando! —respondió otro entre risas.
—Te digo que no, yo lo he visto, y otros también…
—No es más que una leyenda, como los que afirman que en Hesperia hay una piedra de luz —intervino un tercer remero— que brilla sin necesidad del sol y de la que emana una fuerza interior que sana y hace que las plantas florezcan y fructifiquen. Por eso la isla es tan hermosa.
Krysaor escuchaba con el ceño fruncido, sin dejar de remar.
—Y… ¿cómo lo sabes? —preguntó con desdén otro remero—. ¿Acaso has estado en Hesperia?
—Lo sé —repuso el primero en un tono que no admitía réplica—. El que la posee alcanza la fortuna… y la inmortalidad.
Nórax, recostado bajo uno de los bancos de remo para aliviar el dolor del brazo, oía con los ojos entrecerrados.
Las voces le llegaban entrecortadas por el vaivén del oleaje.
Cerró los ojos por un momento y la imagen de una piedra de luz, vasta como un diamante, se formó en su mente.
No sabía si lo estaba soñando o imaginando, pero aquella visión lo deslumbró desde dentro.
Krysaor no dijo nada, pero las palabras calaron hondo dentro de él.
Aunque su rostro permanecía impasible, su mente no dejaba de girar en torno a aquella idea.
Si la piedra existía, debía conseguirla.
Era un motivo más, una razón aún más poderosa para volver a Hesperia, a pesar de las leyes, a pesar de los riesgos, a pesar de todo.
Sin darse cuenta, casi como si sus pensamientos se escaparan en voz alta, murmuró:
—Algún día lograré la fortuna. Mi familia fue poderosa, y algún día yo conseguiré que vuelva a serlo. Os digo que cambiaré Tarsis, la ciudad y el imperio.
Los demás remeros, aunque no se atrevían a reírse de él en su cara, lo hacían detrás, entre susurros burlones. Le pusieron el mote de «el toro» por su fortaleza y porque embestía a cualquiera que se le opusiese. Le tenían miedo, y eso le bastaba a Krysaor.
A Nórax, con quien aún mantenía una cierta complicidad en medio de las tensiones, le confesaba abiertamente:
—Me gusta que me respeten. Es preferible que te teman a que te pisoteen.
Nórax solía escuchar sus bravatas en silencio, sin discutir, pero en su interior sentía que el abismo entre ellos seguía creciendo. Krysaor era ahora una fuerza impredecible, guiada por una mezcla de resentimiento y crueldad.
A Nórax, en cambio, le llamaban «el muchacho» y era muy querido entre los remeros.
Su carácter afable y su disposición para ayudar lo hacían destacar, pero lo que realmente le había ganado el respeto de todos era su conocimiento del mar.
Nórax conocía bien los vientos, las corrientes y el vuelo de las aves marinas, y ese saber práctico lo convertía en alguien valioso a bordo.
Además, tenía carácter y era capaz de imponer su opinión sin mandar, sin agresividad, como se puso de manifiesto cuando se enfrentaron al dragón de Hesperia.
El capitán, en más de una ocasión, lo había consultado sobre cuestiones de navegación, consciente de que el joven había aprendido mucho, tanto en la Escuela de Navegantes como de su padre, el gran marino Argón.
Estas atenciones no pasaban desapercibidas y, aunque los remeros lo apreciaban por su sencillez, había alguien a quien aquello no le gustaba en absoluto: Krysaor.
Aunque no lo dejaba traslucir, la atención que el capitán le prestaba a su amigo le irritaba profundamente. A sus ojos, Nórax, con su aspecto sereno y su conocimiento heredado, representaba algo que él no podía ser: alguien respetado sin necesidad de intimidar.
No había pasado mucho tiempo cuando, al regresar de uno de aquellos largos periplos, les azotó una tempestad en alta mar.
El barco subía y bajaba levantado por unas olas que eran como montañas de agua.
Los hombres luchaban por achicar el agua que inundaba la cubierta mientras trataban de mantener el ritmo agotador de la boga.
Nórax reconoció el tipo de tormenta a la que se enfrentaban.
Una turbonada súbita, rápida y traicionera, como las que le habían descrito en la Escuela de Navegantes.
Preocupado, se levantó del banco de remeros y se dirigió hacia la pequeña cubierta de proa, donde estaba el capitán.
Sabía que, en aquel tipo de vendaval, la única forma de salvar la nave era arriar la vela antes de que el viento cobrase toda su fuerza: si no lo hacían a tiempo, un solo golpe bastaría para tronchar el mástil.
Krysaor lo siguió, decidido a no quedarse atrás.