Las naves de Tarsis Los remeros
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Los remeros

Durante varios años remaron juntos, hombro con hombro, en las grandes naves de Tarsis.

Sus cuerpos se transformaron, volviéndose cada vez más fuertes y musculosos, moldeados por el esfuerzo constante de los remos.

No hablaban entre ellos; Krysaor se volvió taciturno.

Seguían siendo amigos; sin embargo, una distancia sutil pero lentamente creciente los separaba.

Krysaor, antes tan lleno de vida y palabras, se había envuelto en un silencio que parecía guardar emociones escondidas. Nórax, por su parte, bogaba ensimismado, perdido en sus pensamientos, reflexionando sobre el camino que había tomado su vida y las decisiones que los habían llevado hasta allí.

Al entrar y salir del puerto de Tarsis, las naves pasaban cerca de Hesperia.

Desde la distancia conseguían distinguir las terrazas de distinta altura pinceladas por los colores de flores y frutales; alguna vez, en las playas sombreadas de palmeras y grandes árboles, vislumbraban a las hespérides, aunque desde tan lejos no podían identificar los detalles; aquella visión tenía un efecto casi hipnótico en Krysaor.

Cuando Krysaor divisaba alguna figura femenina en la playa, sus ojos se encendían con una intensidad que Nórax conocía bien.

Sin dudarlo, soltaba el remo, empujaba a Nórax a un lado y se acercaba a la amura para poder divisarla mejor, intentando distinguir sus rasgos.

Ver Hesperia y a Niso se había convertido en una obsesión que le dominaba por completo.

La fascinación que sentía por la isla lo transformaba.

Su semblante, normalmente cerrado y reservado, se iluminaba con una mezcla de ansia y melancolía cada vez que las corrientes o los vientos los acercaban a sus costas.

Pero cuando las naves se alejaban, llevadas por el destino hacia aguas más lejanas, Krysaor recuperaba su expresión impenetrable, como si la distancia borrara momentáneamente un deseo inalcanzable.

Aquella época de la vida de Nórax y Krysaor, cuando ambos remaban juntos en las grandes naves de Tarsis, estuvo marcada por el riesgo y las emociones.

Sus travesías los llevaron rumbo al norte hacia la tierra de las cinco rías, y a veces hacia al sur, hacia los mares que rodeaban el norte del continente africano.

Para Nórax, que amaba tanto el mar desde niño, esos años se convirtieron en un tiempo de aprendizaje y adiestramiento.

Durante las largas jornadas de navegación, Nórax absorbía todo lo que el mar podía enseñarle.

Aprendió a sentir las corrientes bajo las tablas del casco, a entender la fuerza de los vientos.

Observaba las estrellas, que se alzaban cada noche como infinitos puntos de luz, creando un mapa celeste.

Pero lo que más le fascinaba eran las blancas aves marinas.

Veía cómo estas criaturas aladas acompañaban a los barcos, mostrándoles las costas cercanas, y se esforzaba en comprender su lenguaje, sus movimientos y la sabiduría que parecía encerrar su vuelo.

Por las noches, cuando dejaban de remar, tumbados sobre el tablamen del casco, Nórax se abismaba en la oscuridad estrellada de la noche.

En esa oscuridad infinita encontraba consuelo y una conexión profunda con el cosmos que lo rodeaba.

A pesar del dolor por la pérdida de su familia, sus estudios y la libertad, comenzaba a ser consciente de que su condena a remar era parte de un destino mayor, un propósito que aún no alcanzaba a comprender del todo, pero que sentía latir en cada ola y en cada estrella.

En el anchuroso mar, Nórax se fundía con el infinito.

Las aguas que lo rodeaban y el cielo que se extendía sobre él parecían susurrarle secretos, recordándole que, incluso en la vastedad del océano, formaba parte de un todo mayor.

Una noche regresaban a Tarsis después de una larga singladura.

Se habían retrasado meses, y ahora el frío les recordaba que se acercaban a la época de la fiesta del final de las cosechas.

Circunvalaron la isla de Hesperia, cuyas costas brillaban con miles de fuegos encendidos en honor a la festividad, iluminando la noche como si el cielo estrellado se hubiera reflejado en la tierra.

Un viento helado hinchaba las velas, impulsando la nave con suavidad. Los remeros, exhaustos tras semanas de esfuerzo continuo, habían dejado los remos a un lado, aprovechando que el viento hacía avanzar el barco sin necesidad de su trabajo.

El capitán, confiado porque estaban casi en casa y el mar permanecía calmado, se había retirado a descansar en el pequeño cubículo bajo las tablas de la proa.

Era un hombre recio, algo sordo. Arriba, la cubierta estaba en calma, pero el aire helado mordía las mejillas de los hombres que permanecían de guardia, mientras el espectáculo de luces de Hesperia mantenía sus miradas fijas en la isla, como si un misterio antiguo emanara de sus hogueras.

Sin que nadie lo percibiese, Krysaor se acercó al timón y, con mano firme, cambió el rumbo de la nave. El barco viró bruscamente, y Nórax, que dormitaba cerca de la popa, se despertó sobresaltado por aquel giro repentino.

La noche era cerrada, sin luna, iluminada por mil estrellas que parecían ampararles como un techo brillante. Cerca de la isla, bajo la superficie del mar, una figura centelleante y alargada se movía.

Los remeros, al verlo, gritaron con espanto y se retiraron hacia la amura contraria, temblando ante lo que sus ojos percibían.

Nórax, tratando de mantener la calma, alzó la voz con autoridad:

—¡A los remos! ¡Remad lejos de aquí!

La orden resonó en la cubierta, pero el miedo se había apoderado de los hombres.

Sabían bien lo que podría significar aquella luminiscencia bajo las aguas.

La leyenda del dragón de Hesperia, el guardián de la isla que impedía que cualquier embarcación se acercase durante la noche, no era desconocida para ellos.

Los marineros, aterrados, comenzaron a bogar con desesperación, con una fuerza nacida del puro pánico. Mientras tanto, la figura luminosa bajo el agua se acercaba cada vez más a la nave, siguiendo su estela como una sombra que no podía ser eludida.

El viento soplaba con fuerza en dirección a Tarsis, empujándolos hacia su salvación, pero el horror no los abandonaba. Nórax intentó mantener su mirada fija en las costas de Tarsis, concentrándose en dirigir la nave. Sin embargo, algo más fuerte que su voluntad le hizo girar la cabeza hacia atrás.

Y entonces lo vio. Desde las profundidades, junto a la popa, emergió una gigantesca cabeza cubierta de escamas azuladas con un único ojo brillante que parecía dirigirse hacia él. Un rugido sordo llenó el aire cuando abrió sus descomunales fauces, dejando entrever colmillos tan grandes como remos.

Los gritos de los marineros se mezclaron con el rugido del viento, mientras la criatura se alzaba amenazadora.

Pero justo en ese instante, las luces del alba comenzaron a teñir el cielo con el sutil fulgor de la aurora, y al cabo, cuando todo parecía perdido, el sol despuntó en el horizonte, lanzando sus primeros rayos sobre el mar.

Ante la luz del amanecer, el monstruo pareció detenerse. Su único ojo se cerró lentamente, y, como arrastrado por una fuerza invisible, se hundió de nuevo en las profundidades, desapareciendo sin dejar rastro.

El silencio cayó sobre la nave, roto solo por el sonido del agua al rozar el casco. Poco después, el estuario de Tarsis se abrió ante ellos.

Al llegar a puerto, los rostros de los remeros estaban desencajados por el miedo. Uno de ellos, con la voz temblorosa, se acercó a Nórax y le comentó:

—Muchacho, hemos cometido un gran error. El guardián de la isla no olvida ni perdona. Hemos escapado esta vez, pero no sé si lo haremos la próxima.

Otro remero, con el semblante endurecido por la ira, añadió dirigiéndose también a Nórax:

—Tu compañero está loco. No puede saltarse la ley de Tarsis. ¡Casi nos conduce a la muerte!

Nórax no respondió. Ceñudo, giró la cabeza y observó a Krysaor.

Su amigo se mantenía aparte, apoyado contra el mástil, con una expresión de indiferencia que rozaba la arrogancia.

Parecía ajeno a todo, como si las acusaciones de los remeros y el horror que acababan de vivir no tuvieran nada que ver con él.

Finalmente, Krysaor rompió el silencio, respondiendo con un tono agresivo:

—¿Qué os pasa? ¡A qué vienen esas caras! ¡No ocurre nada! ¡Solo que sois unos cobardes!

El insulto provocó una reacción inmediata. Hubo un griterío sobre la cubierta; varios remeros se dirigieron hacia Krysaor, y dos de ellos lo atacaron con los puños en alto, pero este, lejos de retroceder, se mantuvo firme. Era muy fuerte, más de lo que cualquiera de ellos esperaba.

Con un movimiento rápido, abrió los brazos y golpeó la cabeza de uno contra la del otro, gritando como un enloquecido. El sonido sordo del impacto resonó en el aire. Aturdidos por el golpe, los dos marineros cayeron al suelo, incapaces de reaccionar.

Krysaor dio un paso atrás, con el pecho agitado y los ojos ardiendo de ira.

Sin decir nada más, agarró un recipiente de barro lleno del licor basto que se daba a los marineros.

Levantó la vasija y bebió su contenido de un solo trago, dejando que el alcohol le recorriera las entrañas como un fuego que calmara su furia.

Los gritos y los sonidos de la pelea despertaron al viejo capitán, que al levantarse vio a los dos marineros en el suelo, todavía aturdidos, y a Krysaor apurando con cara de loco la bebida del recipiente de barro.

Los remeros comenzaron a gritar interrumpiéndose unos a otros para explicar lo que había ocurrido.

El capitán, con gesto severo, ordenó que azotasen al culpable.

Lo ataron al palo mayor y comenzaron a golpearlo.

Krysaor no gritó, aunque hubo de morderse los labios para evitarlo.

Sus ojos, indiferentes a todo, traslucían una expresión furiosa.

Después, durante un tiempo, lo castigaron a remar encadenado.