Las naves de Tarsis Retos de adolescentes #2
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Retos de adolescentes #2

Krysaor, por su parte, ya había pasado la pubertad.

El único descendiente de la casa de Túbal era también alto, pero su complexión era robusta, con un físico que irradiaba fuerza.

Su cabellera negra, brillante y espesa, enmarcaba un rostro de facciones cinceladas en líneas rectas en el que brillaban unos ojos de un color verde oliva, de mirada penetrante, descarada y directa.

Su mandíbula era fuerte, acabada en un mentón pequeño y fino, mientras una pelambre rala y escasa le empezaba a sombrear las mejillas.

Había algo magnético en él con lo que dominaba al interlocutor, sobre todo a las mujeres; a él le gustaban…

y mucho. Sabía cómo convencerlas, como seducirlas.

No una, ni dos, sino muchas se acercaban al calabozo en el que estaba recluido para consolarlo.

Él disfrutaba con todo ello. A Nórax le resultaba curioso el éxito de su amigo entre las mujeres y, con ingenuidad, se admiraba de la capacidad de seducción del otro.

Otros también descendieron por los peldaños hacia los calabozos bajo el templo. La madre de Nórax, consumida por la preocupación, rompió a llorar al verlo tras las rejas. A Nórax se le partió el alma al verla así, sintiéndose culpable de haberle fallado.

Pero una tarde, mientras Nórax estaba sentado en el jergón del calabozo y Krysaor permanecía en el suelo, el carcelero gritó su nombre, anunciándole otra visita inesperada.

Al acercarse a la reja, vio aparecer a Feder y a Kendal.

—¿Cómo se te ha ocurrido acercarte a Hesperia…? —exclamó Feder, con su rostro pecoso enrojecido por la pena a la vez que por cierta indignación—. Es la isla sagrada del sol…

Antes de que Nórax pudiera responder, Krysaor se levantó del rincón donde estaba sentado e intervino con arrogancia:

—¡Se me ocurrió a mí! Ya era hora de que alguien se opusiese al dominio de esa deidad cruel.

Kendal los miró a ambos, entre la incredulidad y la resignación.

—Ahora lo entiendo. Te juntabas con este descreído de la casa de Túbal… cuando no venías con nosotros.

Nórax, con una expresión seria pero serena, replicó:

—Sí, me juntaba con él. Pero no es un descreído. A pesar de todo —le miró—, es un amigo. Como lo sois vosotros.

El silencio que siguió fue tenso, pero a través de la reja primero Feder y luego Kendal extendieron las manos, y Nórax las apretó con fuerza, sintiendo con ellos una conexión profunda y sincera.

—Si no muero —dijo Nórax con una emoción que tenía algo de ingenua—, algún día navegaremos juntos. ¡Lo juro!

Cuando las figuras de sus amigos, vestidos con sus claras túnicas, se desvanecieron en la penumbra de la prisión, a Nórax le asaltó una mezcla de sentimientos: una profunda añoranza por lo que estaba a punto de perder y, al mismo tiempo, un consuelo inesperado.

Feder y Kendal no solo habían acudido a él cuando todo iba bien, sino también en la hora de la dificultad.

El día del juicio, que fue público, atrajo a una multitud exaltada que llenó la sala del tribunal.

El público bullanguero y gritón alentaba a los dos adolescentes, enfrentados al tribunal de estrictos jueces de Tarsis.

Sobre todo Krysaor, huérfano, guapo, con un aspecto de viril dignidad y perseguido por oponerse a aquel dios que se llevaba a las hijas de la ciudad, fue utilizado entre los que se oponían a Atón, el brillante, como muestra de la crueldad de una deidad que no solo secuestraba a las hijas de Tarsis, sino que perseguía a jóvenes valerosos.

El juicio se transformó en un escenario donde se debatían las tensiones entre los defensores del culto a Atón y quienes rechazaban su versión más estricta.

Nórax, con su innata modestia, permanecía en segundo plano mientras que Krysaor asumía el peso de las miradas y las expectativas, consciente de que para muchos él no era solo un acusado, sino una chispa de esperanza en una ciudad dividida.

Habrían sido condenados a un castigo aún peor, pues el desafío a las leyes de Tarsis y al culto de Atón no admitía perdón; sin embargo, Argón alegó con firmeza que los muchachos no habían pisado la isla de Hesperia, sino tan solo unos arrecifes lejanos.

Su argumento logró ablandar el juicio de los estrictos magistrados, quienes, tras un largo debate, decidieron aplicarles una pena menor.

Nórax y Krysaor fueron condenados a remar en las grandes naves comerciales de Tarsis, las mismas que cruzaban el mar hacia el norte y el oeste.

El castigo duraría doce largos años solares.

La sentencia, aunque dura, les permitió conservar sus vidas, pero también los encadenaba a un destino incierto en alta mar.

Para la familia de Nórax, la noble estirpe de los príncipes góidel, amantes de las tradiciones de Tarsis, la acción de los muchachos no solo fue vista como un sacrilegio, sino también como una deshonra que mancillaba su linaje.

La humillación era aún mayor al conocer el castigo impuesto.

Para ellos era indigno que un noble se convirtiera en remero, un destino reservado a campesinos, pescadores o presidiarios.

Las naves de Tarsis, aunque impulsadas por velas, requerían la fuerza de los remos cuando el viento era contrario o había calma chicha.

Argón, aunque poseía los medios para pagar la elevada suma necesaria para eximir a su hijo del castigo, se negó rotundamente a hacerlo.

—Debe aprender —dijo con severidad a sus parientes—. Esa prueba le hará madurar.

Por el contrario, Krysaor no tenía familia que pudiera interceder por él ni fortuna alguna que le permitiera eludir la sentencia. Su destino estaba sellado, y lo aceptaba con una mezcla de orgullo y resignación, como si esa carga confirmara la rebelde independencia que siempre había defendido.