Retos de adolescentes
En los meses siguientes los dos muchachos se alejaron cada vez más de Tarsis empujados por una creciente audacia.
A veces se adentraban en la mar abierta, desafiando las olas con su pequeña embarcación; otras, costeaban con cuidado en una navegación que nunca perdía de vista la línea de la costa.
Dirigían la vela al noroeste hacia la ciudad de Hunuba, o bien se orientaban hacia el sur, hacia el lugar donde suponían que estaría Gadir y las míticas columnas de Heracles.
Por las noches, bajo la luz titilante de un cabo de vela, se quedaban rebuscando en los mapas que pertenecieron al padre de Nórax.
Los extendían sobre la mesa, tratando de entender la geografía del litoral cercano.
Se inclinaban sobre ellos, susurrando teorías y haciendo planes, charlando hasta altas horas de la noche con una mezcla de entusiasmo e inquietud juvenil.
Mientras tanto, Nórax continuaba asistiendo a la Escuela de Navegantes.
Sin embargo, el cansancio acumulado por los largos trayectos en el mar lo agotaba.
A menudo se quedaba dormido en medio de las clases, con la cabeza apoyada en la tablilla de cera.
Feder y Kendal, con codazos discretos, lo despertaban justo a tiempo para evitar que el maestro lo reprendiera, riéndose entre dientes de su sueño.
Feder y Kendal no entendían qué hacía Nórax después de salir de la escuela, ni él se molestaba en explicarles demasiado. Los dos mundos que habitaba —el ordenado de sus compañeros de clase y el caótico e imprevisible de Krysaor— le parecían imposibles de conciliar.
Krysaor, siempre lleno de ideas descabelladas, ejercía sobre Nórax una atracción irresistible.
Su energía arrolladora y su capacidad para convertir cualquier momento en una aventura lo hacían más emocionante y divertido que cualquier lección sobre vientos o corrientes marinas.
Con frecuencia lo tentaba a escaparse de las clases, prometiéndole nuevos planes cargados de acción y misterio.
Aunque Nórax hacia todo lo posible por no perderse clases, no podía evitar sucumbir a la fuerza magnética de su amigo, permitiendo que el caos y el impulso vital de Krysaor se filtraran poco a poco en su vida.
Los meses se transformaron en años, y con ellos los muchachos cambiaron.
Sus voces fluctuaban de forma impredecible, unas veces aflautadas, otras resonando con los tonos graves que anunciaban la llegada de la madurez.
Sus cuerpos se alargaban y ensanchaban, y una pelusa iba asomándose sobre los labios y en las mejillas.
Con el crecimiento llegó también una energía desbordante, difícil de contener.
Nórax y Krysaor empezaron a salir por las noches.
Ya no se quedaban en el palacio de Argón mirando mapas.
Krysaor, apasionado por los toros y la taurocatapsia, compadreaba con porennas mayores que él, los intrépidos saltadores de toros a quienes admiraba.
Algunos de estos porennas, desafiando las normas que les prohibían beber, acudían en secreto a una tabernucha escondida en una estrecha callejuela lateral, no muy lejos de la arena de Tarsis.
A Krysaor le fascinaba aquel ambiente transgresor y un tanto marginal, donde las risas estridentes y el olor a cerveza llenaban el aire.
Al principio Krysaor iba solo, disfrutando de esa sensación de libertad y desafío.
Pero poco a poco comenzó a arrastrar consigo a Nórax, aprovechando que este era rico y él no.
Canjeaban las piezas de cobre de Nórax por cerveza.
Más de una vez, los dos muchachos regresaron borrachos, tambaleándose por las calles oscuras, riendo de manera incontenible y sintiendo que el mundo les pertenecía.
Fue en esa etapa cuando Krysaor, lleno de determinación, empezó a insistir en un plan que hasta entonces solo había sido un susurro en sus charlas nocturnas.
—Vamos a la isla —le dijo a Nórax, ante una jarra de cerveza, con esa mirada intensa que lo caracterizaba.
Nórax, que ya conocía las ideas descabelladas de su amigo, retrocedió un paso.
—¡No podemos acercarnos a Hesperia! Está prohibido. Podrían incluso condenarnos a muerte… Todo nuestro futuro se arruinaría.
Pero Krysaor no se rendía. Pasaron días en los que volvía al tema una y otra vez, utilizando sus palabras como anzuelos. Le juraba que no tocarían tierra, que solo la verían desde lejos, que no habría peligro alguno.
—No vamos a pisar Hesperia —le prometió una tarde mientras el sol teñía el horizonte de rojo—. Solo la veremos, Nórax. No nos aproximaremos demasiado, pero… ¿no te gustaría ver de cerca lo que siempre hemos imaginado? Los manzanos sagrados, a las vestales…
Nórax miraba a su amigo, dudando. Sabía que no debía, que era una locura, pero también sentía esa fuerza magnética que siempre lo arrastraba hacia Krysaor y sus planes imposibles.
Y así, poco a poco, Krysaor comenzó a sembrar en Nórax una semilla de curiosidad. La promesa de Krysaor, repetida una y otra vez, de que no pisarían Hesperia fue lo que finalmente lo convenció.
Aquel día remaron con fuerza hacia la isla, impulsados tanto por el viento como por una mezcla de temor y excitación.
Sabían que no podían acercarse al embarcadero, el lugar por donde conducían a las hijas del solsticio, pues estaba fuertemente vigilado por las guardianas.
Decidieron rodear la isla por el oeste, buscando una ruta menos visible.
Sin embargo, cuando Nórax quiso dar la vuelta al notar que se acercaban demasiado, Krysaor, poseído por un afán casi delirante, se negó rotundamente.
—¡No nos detendremos aquí! —exclamó, arrancándole el remo de las manos a Nórax, mientras sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y obsesión—. Te dije que no tocaríamos la isla, pero tenemos que llegar más cerca.
A pesar de las protestas de Nórax, Krysaor siguió remando con todas sus fuerzas. Finalmente, las corrientes los empujaron hacia las rocas que circundaban y defendían la isla hasta que chocaron con un peñasco. La barquichuela se fue llenando de agua rápidamente.
—¡Nos hundimos! —gritó Nórax, pero ya era demasiado tarde.
Sin más opción, se vieron obligados a saltar al mar, solo para ser arrastrados por el fuerte oleaje que rodeaba Hesperia.
Las olas los empujaron con violencia contra los arrecifes, golpeando sus cuerpos contra las afiladas rocas.
Exhaustos, lograron trepar hasta un peñasco, pero incluso allí la seguridad era efímera.
Krysaor no estaba dispuesto a detenerse. Se zambulló de nuevo, decidido a alcanzar una playa que veía cercana. Pero algo extraño sucedía. Un torbellino bajo las aguas les rechazaba una y otra vez, lanzándoles contra las rocas; había algo bajo el mar que protegía la isla.
—¡Es imposible! —gritó Nórax, intentando ayudar a Krysaor a regresar al peñasco, pero el oleaje era tan intenso que les impedía avanzar.
Cayeron nuevamente al agua, atrapados en un combate desigual con las fuerzas del mar.
La situación parecía desesperada, y ambos habrían sucumbido al cansancio y las corrientes de no ser por una de las naves de Tarsis que los avistó.
La tripulación, arriesgándose a romper la prohibición de acercarse a Hesperia más de lo permitido, interrumpió su singladura para salvarlos.
Con esfuerzo, los marineros los rescataron del agua.
Pero aquello tuvo un precio: al llegar al puerto, la guardia portuaria, alertada por la acción de la nave, ya los esperaba.
Los detuvieron de inmediato y, tras un juicio sumario, los azotaron en público antes de conducirlos a la prisión destinada a quienes contravenían las estrictas leyes de Tarsis.
Argón, enfurecido, se presentó en el calabozo para reprenderlos.
—¡Podíais haber muerto! —les gritó, con una mezcla de furia y preocupación en su voz—. La isla de Hesperia está protegida; no deja pasar a nadie. ¿Cómo os atrevisteis?
Mientras tanto, por toda la ciudad se difundió la noticia de la temeraria hazaña. Todos hablaban de los dos muchachos de apenas quince años que habían construido un pequeño barco y logrado llegar hasta las rocas que circundaban la mítica isla de las hespérides.
Al calabozo donde estaban presos comenzaron a llegar visitantes.
Eran personas que rechazaban las prohibiciones del culto al dios solar y que veían en los muchachos una especie de héroes.
Admiraban lo que habían conseguido, alcanzar los arrecifes de la isla prohibida, y algunos incluso murmuraban que aquello era una señal de que las barreras impuestas por el culto debían cambiar.
Krysaor, alimentado por el reconocimiento, se sentía orgulloso.
Los castigos no le importaban; para él todo había valido la pena.
Nórax, en cambio, estaba abrumado por la vergüenza.
No podía dejar de pensar en la desobediencia, el peligro que habían corrido y la decepción que había causado a su padre.
Aunque ninguno lo verbalizara, ambos sabían que aquel acto marcaría un antes y un después en sus vidas.
Eran muy distintos, no solo de carácter, sino también físicamente.
Nórax, aunque alto, era delgado, de miembros finos.
Todavía no se había desarrollado. Su rostro barbilampiño tenía una expresión bondadosa y habitualmente sonriente, enmarcado por unos cabellos rubios.
Sus ojos claros, propios de la estirpe góidel, brillaban con una mezcla de inocencia y curiosidad.
La nariz recta y las mejillas redondeadas conferían a su semblante un aspecto suave, aún infantil, que inspiraba simpatía.