La Escuela de Navegantes #3
Nórax y Krysaor, decididos a quedarse un poco más, se escondieron debajo de una grada, conteniendo la respiración.
Sin embargo, no pasó mucho tiempo antes de que los descubrieran.
Con gestos firmes, los operarios les indicaron que debían marcharse, y los dos muchachos fueron finalmente expulsados de la plaza, no sin cierta reticencia por parte de Krysaor.
Bajaron por las empinadas cuestas hacia el mercado cantando el himno de los porenna. Krysaor, con el brazo sobre el hombro de Nórax, irradiaba una alegría contagiosa que pronto se extendió a su amigo. Nórax reía a carcajadas de las ocurrencias de Krysaor.
—Tú… ¿quieres de verdad construir un barco? —preguntó Krysaor con una chispa de picardía en los ojos.
—Sí, claro. ¿Qué estás maquinando?
—¡Ven! —exclamó Krysaor, lanzándose cuesta abajo.
Nórax, desconcertado pero intrigado por lo que pudiera habérsele pasado por la cabeza, lo siguió. Le encantaba la habilidad de Krysaor para idear planes alocados y divertidos, algo que él no era capaz de hacer por sí mismo.
Atravesaron el mercado entre risas, esquivando a los comerciantes, que los miraban con enfado porque habían empujado un puesto de frutas y tirado algunas manzanas al suelo.
Cruzaron los muelles circulares, corriendo por los puentes de madera, hasta llegar al tercer dique.
Allí, sin previo aviso, Krysaor se lanzó de cabeza al agua, no dejando a Nórax apenas tiempo para reaccionar.
Nórax se tiró detrás de él. Nadaron juntos hasta alcanzar una pequeña playa, riendo y jadeando, mientras el olor a sal y el brillo del sol sobre el agua los envolvía en un instante de pura libertad.
Allí, ladeada sobre la arena de la playa, encontraron una vieja barca abandonada.
—¡Aquí la tienes! —exclamó Krysaor con una sonrisa de triunfo.
—Va a hacer agua por todas partes —le respondió Nórax examinándola con cierto escepticismo.
—Te digo que con ella se puede navegar. Le tapamos los agujeros que tiene en el fondo, le ponemos una vela y ya la tienes… ¡Una nave de Tarsis!
Convencido por el entusiasmo de Krysaor, se pasaron lo que quedaba del día trabajando en la barca, tapando agujeros con lo que encontraron a mano. Regresaron a casa cuando ya se ponía el sol.
Al día siguiente, después de las clases de Nórax, continuaron con su obra. Encontraron un árbol caído y con gran esfuerzo labraron un mástil robusto. Lo izaron en el centro de la barca y colocaron un gran lienzo, que colgaron sobre un palo horizontal en forma de cruz, sobre el mástil.
Con el mástil erguido y la vela lista, arrastraron la embarcación por la arena para conducirla hasta las aguas del estuario. Para su asombro y alegría, flotaba.
—¡Krys…! —gritaba Nórax—. ¡Navega, no se hunde!
—¡Somos marinos de Tarsis! ¡Llegaremos al fin del mundo! —exclamaba Nórax mientras ajustaba la vela para orientarla en dirección al viento.
La barca, que apenas un día antes parecía condenada al abandono, se movía ahora con gracia sobre el agua. Al principio navegaron rodeando la ciudad, explorando la costa cercana con el entusiasmo de quienes descubren un mundo nuevo.
Después guiaron la embarcación hacia el canal central, adentrándose entre los muelles circulares de Tarsis.
Las gentes, al verlos pasar, los saludaban con sonrisas y gestos amistosos.
La escena de los dos muchachos en su improvisada barquichuela, con aquella vela cuadrada tan curiosa, les hacía gracia y despertaba una sonrisa en muchos curtidos marineros.
Navegaban todos los días, aventurándose entre las olas, cada vez más lejos, hasta alcanzar la bocana del estuario. Aunque solían regresar al cabo de un tiempo, desde ese punto podían ver muy de cerca la isla de Hesperia, su silueta majestuosa envuelta en un aura de misterio.
—Me gustaría estar allí —dijo Krysaor con la mirada perdida en la isla—.
¿Te acuerdas? Cuando las hijas de Gerión fueron entregadas, desde el puerto se veían los manzanos sagrados.
Algún día iré a Hesperia y veré a Niso, y a las hijas de Gerión…
¿Lo entiendes, Nórax? Las mujeres más bellas de la tierra están en Hesperia…
y yo… ¡quiero verlas! —después rio con picardía, haciéndose el entendido como si fuera ya un adulto— y, a ser posible, ¡disfrutar de ellas! ¿No…?
—¡Krys…! —le gritaba Nórax, horrorizado—. ¡Estás loco! ¡Eso es imposible! Te buscarías la muerte.
Krysaor soltó una carcajada y, con un destello de desafío en los ojos, le respondió:
—¡Más vale un día como un lobo que cien como un cordero! ¿No crees?
Sin esperar respuesta, dio un salto ágil desde la barca y se zambulló en el mar, dejando tras de sí un estallido de agua. Buceó durante unos instantes antes de salir a la superficie, jadeando mientras tomaba aire. Sin perder tiempo, comenzó a nadar en dirección a la isla.
El oleaje lo rodeaba, pero eso no parecía detenerlo. Avanzaba con fuerza, impulsado por una mezcla de audacia y entusiasmo. Cuando aún estaba lejos de Hesperia, se detuvo un momento, alzó la cabeza por encima de las olas y gritó con emoción:
—¡Ya la veo!
Agitaba los brazos con energía, señalando hacia la isla, mientras el agua salada salpicaba su rostro. Su figura, diminuta en medio del vasto mar, parecía desafiar tanto las olas como los límites impuestos por la realidad.