Las naves de Tarsis La Escuela de Navegantes #2
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La Escuela de Navegantes #2

Sentía un punto de celos. Nórax era su amigo, y la presencia de aquellos dos muchachos góidel, que pertenecían a un clan diferente al suyo, le provocaba rechazo.

La sensación de estar siendo desplazado lo incomodaba, avivando un sentimiento de exclusión que lo acompañaba desde que lo habían destinado al comercio.

A él también le habría gustado navegar e ir a la misma escuela, pero se tenía que contentar con contar sacos en el almacén de aquel amigo de su difunto padre, un trabajo que le parecía humillante y sin futuro.

Por eso, cuando Nórax, buscándole, subió a la terraza, que por un lado daba al mar y por el otro desembocaba en la celosía que conducía a la calle, Krysaor no pudo contenerse.

Se plantó frente a su amigo y, con un tono provocador, comenzó a meterse con él, dejando salir parte de la frustración que lo consumía.

—Aquí viene el navegante —le soltó Krysaor con un tono sarcástico—. El que va a descubrir lejanas tierras.

—¡Déjame! —respondió Nórax, con un destello de incomodidad en su voz.

No le gustaba nada que Krysaor lo acosase ni que se metiese con él, pero era incapaz de enfrentarse a su amigo. Solo quería que lo dejase en paz.

—Debe de ser un verdadero aburrimiento esa escuela tuya de navegantes —continuó Krysaor, cruzando los brazos con gesto desdeñoso.

Nórax apretó los labios sin osar contradecirle.

No se atrevió a explicarle que había disfrutado mucho en la escuela, que era feliz aprendiendo sobre vientos, navegación y corrientes marinas.

Sin embargo, las palabras no le salieron.

Algo en la actitud de Krysaor lo paralizaba, haciéndole sentir vulnerable, como si expresar entusiasmo fuera a empeorar la situación.

—¿No contestas? —insistió a Nórax con un tono cargado de resentimiento—.

¿Te crees algo por ser góidel? ¿De la estirpe de Gael, hijo del patriarca Tarsis, hijo de Yaván, hijo de Jafet, hijo de Noé?

Pues que sepas que los de mi linaje, los comerciantes, descendemos de Túbal, uno de los siete hijos de Jafet.

Nuestra sangre es tan pura como la vuestra, si no más, y somos igual de válidos.

Los que llevamos tatuado el tetrasquel valemos tanto como los que mostráis el trisquel en el antebrazo.

Y… además mi familia fue mucho más rica y poderosa que la tuya.

Nórax frunció el ceño. Al principio no entendía por qué Krysaor estaba tan enfadado, pero sus palabras le irritaban. Lo miró con desagrado pensando: «¿Por qué me cuentas estas historias tan aburridas?». Sin embargo, no dijo nada.

Krysaor, en cambio, no paraba de hablar. Ahora arremetió contra los chicos que habían acompañado a Nórax, refiriéndose a ellos como «esos mequetrefes». Pero Nórax ya no lo escuchaba. En silencio, le dio la espada y se asomó a la terraza.

Desde allí, contempló el mar, de un color añil intenso, donde se dibujaban las pinceladas blancas de la espuma de las olas, mientras la brisa del mar le acariciaba el rostro.

Esa visión le devolvió una sensación de calma.

Cerrándose en sí mismo, dejó que aquella paz lo envolviera, ignorando las palabras de Krysaor y evitando enfrentarse a él.

Al ver que Nórax no le prestaba atención, Krysaor cesó en sus pullas y, cambiando repentinamente el tono, propuso:

—Han llegado nuevos toros para el espectáculo. ¿Te vienes a verlos?

Nórax bajó la cabeza, inseguro, antes de responderle:

—Había quedado con Kendal y Feder. Kendal quiere que vayamos a su casa; dice que es el lugar donde se ve mejor la llegada de la flota al atardecer.

La expresión de Krysaor se endureció al instante. La ira volvió a encenderse en sus ojos y replicó con una aspereza que rozaba el desprecio:

—Solo podremos ver los toros ahora, cuando entran en los toriles; después, cuando están dentro, ya no se ven.

—Lo miraba con ojos que destilaban fuego—.

Además, a ti… ¿qué te importa ese Kendal…

? No es más que un estirado. Y en cuanto al tal Feder, un harapiento, su familia no mea sin mirar al dios Sol.

¿No puedes ir con ellos en otro momento?

Nórax no se atrevió a discutir con Krysaor. Siempre acababa cediendo, incapaz de imponerse ante la fuerza de su amigo. Finalmente accedió resignado. Krysaor esbozó una sonrisa de satisfacción. Disfrutaba teniendo el control, imponiendo su voluntad.

Los dos muchachos subieron hacia el templo, en cuyo centro estaba la arena, donde se celebraban los espectáculos de taurocatapsia en honor y culto al dios solar.

Al llegar, una manada de unos cinco toros negros y manchados irrumpió en la plaza al galope.

Eran unos animales imponentes, de gran tamaño y un pelaje brillante que relucía a la luz del sol.

Los porenna azuzaban a los toros con gritos y movimientos ágiles. Uno de ellos, un joven de cabello castaño, destacaba del resto. Saltaba entre los animales con una audacia asombrosa, desafiando el peligro sin mostrar el menor rastro de miedo.

—¡Es Brent! La temporada pasada triunfó —exclamó Krysaor extasiado ante el nombre del atleta de moda en la ciudad.

Del entusiasmo, Krysaor casi se cae de la grada a la que estaba subido. Nórax, al verlo tan exaltado, no pudo menos que sonreír ante la fascinación de su amigo por la figura del popular porenna .

Mientras tanto, los operarios de la plaza comenzaron a desalojar a los curiosos que habían acudido a observar a los nuevos toros. El bullicio se intensificó a medida que iban expulsando a los espectadores que intentaban prolongar su permanencia en el lugar.