La Escuela de Navegantes
Aquel verano, tras el solsticio en que se entregó a las hijas de Gerión, Nórax y Krysaor no pararon en casa.
Su destino era siempre los arenales rodeados de pinos en el estuario de Tarsis.
Krysaor iba delante y trepaba por el tronco de uno de aquellos alcornoques de las dunas.
Desde lo alto, con su catalejo, miraba hacia la isla de Hesperia, como si intentara descifrar los misterios que escondía.
Nórax, con sus rubios cabellos movidos por la brisa, le seguía a corta distancia. Pero un día, al intentar trepar, perdió el equilibrio y resbaló. Al aferrarse al tronco del árbol para no caer, se desolló la piel del tórax y se torció un pie.
De vuelta a casa, Nórax cojeaba, apoyándose en el hombro de Krysaor, que, entre risas, lo animaba y se burlaba de su torpeza. La túnica corta y blanca de Nórax estaba manchada de sangre. Al verlo en ese estado, Argón montó en cólera.
Nórax bajó la cabeza, pero sonreía; no le importó el castigo: siempre había deseado ser marino y embarcarse en las naves de Tarsis. Como a todos los góidel, el anhelo de la navegación lo colmaba de deseo, y ahora se le había adelantado la hora de empezar a aprender.
A Krysaor, en cambio, que pertenecía a una familia de mercaderes, Argón le propuso iniciarse en los rudimentos del comercio, y habló con un amigo de su difunto padre para que comenzase a trabajar en el negocio.
Al chico no le gustó nada estar sometido a un comerciante de poca monta y, en cuanto podía, se escabullía de la tienda del mercader y vagaba por la ciudad, o se iba a los arenales.
Cuando los días comenzaron a hacerse más cortos, en un otoño aún lleno de luz, Nórax, con una tablilla encerada bajo el brazo y un punzón en la mano, acudió por primera vez a la Escuela de Navegantes de Tarsis.
La escuela era un gran cobertizo abierto, junto al puerto, impregnado del aroma a sal y a madera húmeda.
Con pasos lentos y con cierta timidez, Nórax cruzó el umbral y entró en el lugar donde se impartía clase.
El maestro aún no había llegado y los niños estaban de pie bromeando los unos con los otros.
Nórax se quedó a un lado, tieso y envarado, mientras su semblante iba enrojeciendo por momentos bajo la presión de sentirse observado.
De repente, una mano le tocó el brazo. Era un chaval gordito, pelirrojo, con pecas, los ojos verde claro, de mirada simpática y nariz gruesa y levantada. Llevaba una túnica corta, de un blanco desvaído y algo deshilachada. Le sonreía con confianza.
A su lado estaba otro muchacho, más alto y corpulento, con cabellos castaños y ojos de un color azul intenso. Su porte era fino, y la elegancia de su túnica corta, adornada con bordados detallados, hablaba de un origen distinguido. Con una mirada algo altiva, este último se dirigió a él:
—¿Nuevo? —le preguntó mirándolo con curiosidad.
—Sí, lo es —le interrumpió el pelirrojo, con una sonrisa amable—. Kendal, ¿no ves que está asustado?
—A ver —insistió el llamado Kendal, inclinándose ligeramente hacia Nórax—. ¿Cómo te llamas?
—Nórax —balbuceó en un susurro.
—Eres… ¿el hijo de Argón?
—Sí.
Le miraron con respeto. Si era el hijo de Argón, su linaje era el más alto entre los góidel . Durante generaciones la familia de Argón había gobernado los destinos del clan.
Nórax se sintió cohibido por las miradas de admiración de los otros y fue presa de una gran incomodidad. Le habría gustado no ser de una familia tan importante para no convertirse en el centro de atención. Bajó los ojos.
—Yo me llamo Kendal… Este es Feder, un bruto… —sonrió con un destello de burla en los ojos—. ¡No te vamos a morder!
Antes de que Nórax pudiera responderles algo, entró el maestro. Era un hombre con barba canosa que había servido años atrás en la flota de Tarsis. Su sola presencia bastó para imponer el silencio entre los muchachos.
Con voz firme, comenzó a explicarles las corrientes marinas y los vientos. Les instruyó indicándoles que el barco se mueve por la fuerza del aire, pero también por las corrientes, cuyo conocimiento era crucial para trazar rutas seguras.
—Debéis aprender a leer el mar y a entender los vientos —dijo, trazando líneas imaginarias en el aire—.
Bóreas, el viento del norte, trae consigo el frío del invierno.
Noto, el del sur, conduce las tormentas de verano y el calor abrasador.
Céfiro, el viento del oeste, el más suave de todos, os deparará las suaves brisas de la primavera y de los primeros días del verano.
Y por último, Euro, el del este…, impredecible, a menudo traicionero.
Los muchachos lo escuchaban con atención, fascinados por las historias que acompañaban los nombres de los vientos. Para Nórax, cada palabra era una puerta abierta a un mundo que deseaba conocer, a un nuevo horizonte que se abría ante él.
Entonces el maestro les lanzó una pregunta:
—Además de los cuatro vientos principales, los sabios góidel mencionan otros tres. ¿Quién sabe alguno?
Una mano se levantó; era el pelirrojo Feder, que respondió con entusiasmo mientras la agitaba en el aire:
—Apeliotes, entre Euro y Noto…
El maestro asintió por un lado, a la par que le corregía:
—Bien por el nombre del viento, pero no sopla así. Ese viento está entre Bóreas y Euro. ¿Quién sabe cuál es el viento entre Euro y Noto?
Por un momento, el silencio reinó en el cobertizo. Entonces, tímidamente, Nórax levantó el brazo. Con una voz baja y un poco insegura, farfulló:
—¡Fenicias!
—¡Muy bien! —le felicitó el profesor.
Desde atrás, Feder le palmeó la espalda, como felicitándole, y Nórax sonrió.
Estaba disfrutando. Por primera vez desde que había llegado, se sentía a gusto.
Sus ojos se abrían con entusiasmo, ávidos de aprender más.
Desde muy pequeño su padre le había explicado rudimentos de navegación, y había construido pequeños barcos con los que jugaba en un estanque.
Conocía bien los vientos porque en su casa había un fresco en una pared donde estaban dibujados, en una gran rosa náutica, sus nombres cuidadosamente detallados.
El maestro se detuvo de pronto y lo miró fijamente, escrutándole el rostro, que le resultaba familiar. Al darse cuenta de que era nuevo, le preguntó con voz grave:
—¿Cómo te llamas?
—Nórax.
—¿El hijo de Argón? Yo… navegué con tu padre.
Se quedó un instante en silencio, como si su mente se retrotrajera a viejas singladuras compartidas con Argón. Después meneó la cabeza, sacudiendo los recuerdos, y retomó la clase con la misma firmeza de antes.
—¡Muy bien! —exclamó el maestro, mirando a sus alumnos con expectación—. ¿Alguien sabe otro más?
Nórax permaneció en silencio. Aunque conocía los vientos de memoria, su timidez lo retenía. No quería hacerse notar ni llamar excesivamente la atención.
Entonces Kendal se levantó con confianza y respondió:
—Entre Céfiro y Bóreas soplan Argestes, al que algunos llaman Escirón, y Trascias.
El profesor le dedicó una sonrisa llena de aprobación. Kendal era hijo de un famoso capitán de barco, un navegante intrépido que había descubierto nuevas rutas comerciales, por lo que gozaba de un gran respeto en la ciudad.
Al finalizar la clase, el profesor les indicó que para el día siguiente tenían que aprenderse la lista de los vientos y por dónde soplaban.
A la salida, Feder y Kendal esperaron a Nórax. Que fuera hijo de Argón despertaba su curiosidad, y ambos querían conocerle mejor. Nórax, que era en aquel entonces bajito, se retrasó en el tumulto de los chicos mayores que él, que salían apresuradamente del cobertizo.
—Nórax, eres un sabio… —bromeó Feder con una sonrisa burlona—, ¿cómo es que te sabes los nombres de los vientos?
—En casa hay un fresco con un dibujo en que aparecen todos —le contestó con cierta timidez, encogiéndose de hombros.
Había algo en Feder y Kendal que le agradaba. Ambos sostenían una mirada franca, desprovista de malicia, y sintió un impulso inesperado.
—¿Queréis verlo? —propuso, con un destello de entusiasmo en sus ojos.
Ni Feder ni Kendal habían estado nunca en el palacio de los príncipes góidel. La edificación, habitualmente cerrada, les intrigaba. Enseguida le dijeron a Nórax que sí, encantados. Los tres subieron por las calles empedradas, saltando al potro uno sobre otro, riéndose.
Cuando llegaron, Nórax los condujo al interior de la casa, a la estancia donde estaba la rosa de los vientos. Sin embargo, al llegar descubrió que la puerta estaba cerrada.
—Mi padre debe de estar reunido ahí dentro —explicó Nórax, encogiéndose de hombros, contrariado.
Los muchachos lo miraron esperando una solución, pero Nórax simplemente añadió con resignación:
—Otro día vendremos.
Nórax los condujo a una gran sala cercana.
Sobre una mesa había dulces hechos con harina y miel, manzanas rojas y peras.
Los grandes ventanales dejaban ver la vegetación de un jardín interior de la casa, rebosante de verdor, mientras el cielo azul se extendía al fondo.
Una brisa fresca impregnada de olor a mar se colaba por los ventanales.
Mientras merendaban, hablaron de barcos, y Kendal quiso darse importancia con la experiencia marinera de su familia:
—Desde mi casa se ve muy bien la llegada de las naves al atardecer. Podríamos ir a verlas al caer el sol.
Los tres muchachos estuvieron de acuerdo e hicieron planes para más tarde. Con una sonrisa en los labios y la complicidad de un nuevo lazo forjado, Nórax los acompañó a la puerta y los despidió, quedándose con el recuerdo de aquella tarde compartida.
Desde la celosía que daba a la calle, en lo alto del palacio góidel, Krysaor observaba en silencio. Había visto a Nórax llegar acompañado de sus nuevos amigos, y después los vio marcharse. No bajó a saludarlos ni hizo ningún gesto para hacerse notar. Permaneció allí, inmóvil, resentido.