Las naves de Tarsis Las hespérides
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Las hespérides

Unos dos o tres años después de que Niso hubiera sido entregada al dios, sucedió que la gran esposa del rey Gerión, en una noche del solsticio de invierno, cuando la luna brillaba en plenilunio, dio a luz a tres niñas en el mismo parto.

En el momento del nacimiento se encendieron tres estrellas en el cielo: una de luz blanca, otra dorada y la última de un fulgor rojizo.

La reina, sin embargo, no sobrevivió al esfuerzo de tan prolongado alumbramiento y murió poco después.

Pocas veces había ocurrido que una mujer diese a luz a tres hijos en un mismo parto, menos aún durante el solsticio, y nunca había sucedido algo así en la familia real.

A todos les pareció un presagio. Sin embargo, los videntes no pudieron dilucidar si el prodigio indicaba algo bueno o presagiaba desgracias.

El luto cubrió la ciudad y el imperio porque Gerión amaba profundamente a Esté, la reina; una mujer de belleza e inteligencia extraordinarias que pertenecía por estirpe a los góidel, el linaje de los navegantes, ya que Argón y el padre de Esté eran hermanos.

A pesar de su dolor, Gerión, como era un rey justo, obedeció la ley para dar ejemplo a todos sus súbditos.

Aquel año, con la llegada del solsticio de verano, la ciudad entera se agolpó en los muelles. Las gentes de Tarsis se embarcaron en todo tipo de lanchas, naves y falúas para navegar tras el barco real, en donde las niñas serían conducidas hasta la isla de Hesperia.

Entre la multitud de embarcaciones, Krysaor y Nórax, impúberes aún, partieron en una de las grandes naves góidel que seguían muy de cerca el majestuoso barco real.

Desde la amura de babor, los dos muchachos contemplaron cómo la isla se alzaba frente a ellos, cada vez más grande y majestuosa a sus ojos.

Hermosa y llena de misterio, Hesperia aparecía como una gran montaña cubierta de verdor, con playas blancas y acantilados de piedra caliza.

Sobre ella, gaviotas y cormoranes trazaban círculos en el aire, como si custodiaran aquel lugar sagrado.

Finalmente, la flota de Tarsis rodeó el embarcadero de Hesperia. Nunca se había situado tan cerca, pero la ocasión, la entrega de las tres princesas, lo propiciaba.

En la punta del malecón, las sacerdotisas del dios aguardaban en silencio. Vestidas con peplos de un blanco brillante, esperaban a las niñas, que permanecían aún en el puerto de la ciudad. Sus rostros estaban ocultos tras velos finísimos, transparentes, que no dejaban entrever sus rasgos.

Las gráciles figuras envueltas con telas blancas, livianas, que movía la brisa, se erguían distribuidas por el gran muelle de Hesperia. El sol resplandecía sobre las vestales; semejaban columnas blancas de luz que se reflejaban en el agua del puerto.

Rodeando a las vestales de blancas túnicas, un poco más rezagadas en el puerto, se distinguían otras figuras imponentes; mujeres cubiertas con lorigas de plata que resplandecían bajo el sol.

Armadas con lanzas, el arco y el carcaj colgando a sus espaldas, eran las temidas guardianas de la isla.

Su presencia era una advertencia silenciosa pero clara de que Hesperia no solo era un lugar sagrado, sino también una fortaleza impenetrable, defendida con ferocidad contra cualquier intento de ataque o intromisión.

De cerca, la isla revelaba toda su belleza: terrazas cubiertas de árboles colmados de manzanas amarillas, rojas y de un color verde brillante, praderas donde pacían ovejas, huertos con palmeras y macizos de flores multicolores.

De una terraza a otra, descendían cascadas que proporcionaban riego a los campos.

La orografía de la isla caía suavemente hacia una amplia planicie que terminaba en el puerto, un espacio abierto hacia una ensenada en cuyo resguardo, aquel día, se agolpaban las numerosas naves de Tarsis, aportando vida vibrante al sereno paisaje de Hesperia.

La nave real avanzó hasta situarse al frente de los barcos de la flota. En ella, sobre un estrado, en un trono de oro que relucía con la luz de la mañana, el rey Gerión presidía la ceremonia, acompañado por los sacerdotes de Atón, que incoaron el himno al sol.

Desde las barcazas de vela sonaron las voces graves de los guerreros de Tarsis cantando el himno, replicadas desde la isla por las voces armoniosas de las hespérides.

El himno hablaba del poder de Atón, el dios solar que daba origen a todas las cosas y bañaba con su luz el mundo entero. La melodía, a la vez marcial y dulce, envolvía la escena con una solemnidad casi sobrenatural, como si el dios mismo estuviera presente en ese momento.

Decía así:

Apareces henchido de belleza en el horizonte del cielo,

disco viviente, que das comienzo a la Vida.

Al alzarte sobre el horizonte de Levante,

llenas los países con tu perfección.

Eres hermoso, grande, brillante, alto sobre tu Universo.

Tus rayos cubren los países hasta el confín de lo que creaste.

Porque eres el sol, los has conquistado hasta sus confines y los sujetas en sus límites.

Por lejos que estés, tus rayos tocan la Tierra.

Estás ante nuestros ojos, pero Tu camino sigue siéndonos ignoto.

Cuando te ocultas en el horizonte de Poniente, el Universo se sumerge en las tinieblas y queda como muerto.

El mundo yace en silencio.

Es que Su Creador reposa tras el horizonte.

Pero, al alba, desde que te alzas en el horizonte y brillas,

Disco del Sol, durante el día, expulsas a las tinieblas

e irradias tus rayos.

Al llegar a las palabras del himno «El mundo yace en silencio», todos enmudecieron. Solo las voces de las vestales rompían el aire, finalizando el canto con una armonía que parecía suspender el tiempo.

Tres grandes barcazas vacías se aproximaron al barco del rey, donde tuvo lugar la solemne ceremonia de despedida.

Del centro de la nave real, junto a la plataforma, desde un aposento de madera bajo el solio, salieron tres damas engalanadas con túnicas bordadas en oro.

Cada una sostenía en brazos a una de las niñas.

Con movimientos ceremoniosos, y una a una, las damas fueron subiendo los peldaños que conducían hasta el estrado del rey. Cuando las niñas aparecieron, el silencio se volvió absoluto, tan denso que parecía que podría cortarse con un cuchillo.

Desde las otras barcazas se vislumbraba el rostro de Gerión, que expresaba un dolor inmenso.

La luz de aquella jornada radiante podía hacer suponer la felicidad, pero para Gerión aquel no fue un día venturoso; sus hijas, lo único que le quedaba de Esté, su amada esposa, iban a ser separadas de él para siempre.

La voz del rey resonó con solemnidad al consagrar a las niñas al dios. Gerión podía profetizar, aunque sus visiones estaban, como lo está todo lo que involucra al futuro, envueltas en las sombras y resultaban ambiguas y difíciles de desentrañar.

A la primera Gerión la bendijo con estas palabras:

—A ti, Eglea, te ha sido otorgado el brillo de la luna. Serás como la plata y la luna será tu protectora. Sin embargo, te conducirán adonde no deseas ir.

Después se dirigió a la segunda, a la que anunció:

—A ti, Areté, se te ha concedido la virtud, la fuerza de Atón, el brillante. El propio sol es tu amo. Serás una mujer fuerte y valerosa, y ningún hombre te dominará. Te llevarán a un lugar lejano, donde encontrarás tu destino.

La bendición de la tercera niña fue la más extraña, y la más larga:

—Tú, Eteria, eres el éter. Buscarás la perfección, pero tu verdadero destino será abrirte al amor, en el que encontrarás el camino a la eternidad. El lucero de la mañana será tu guía, por lo que serás sabia entre tus hermanas. Permanecerás siempre unida a Tarsis.

Cuando el rey terminó su bendición, las tres damas de la corte descendieron con las niñas hacia las barcazas planas y alargadas. A continuación se subieron a la pequeña tablazón central de las barcas para ser observadas por todos.

Hecho esto, las tres lanchas comenzaron a avanzar lentamente mientras un silencio solemne se extendía por toda la flota y se abatía sobre la ciudad. Cada movimiento parecía cargado de un peso ritual, como si el mundo entero contuviese la respiración.

Al tocar puerto en la isla, las notas del himno al sol volvieron a sonar, rompiendo el silencio con su melodía majestuosa.

Desde la retaguardia de la flota, otras naves, de menor tamaño e importancia, comenzaron a avanzar, trasportando a niñas nacidas también en el solsticio.

Estas, aún en brazos de sus madres, eran entregadas al dios.

Alguna de las madres lloraba en silencio mientras otras miraban fijamente a la isla, como si intentaran grabar ese momento en su memoria para siempre.

Ni las damas que conducían a las hijas de Gerión ni las madres que portaban a las otras niñas subieron al muelle.

Fueron las hespérides, cubiertas por sus velos blancos, quienes descendieron hasta las barcas y se hicieron cargo de las niñas, tomándolas en brazos.

Nadie ajeno al culto al dios debía pisar la tierra sagrada de Hesperia.

Las niñas callaban; solamente una de las tres hijas de Gerión, la llamada Eglea, lloró. Su llanto resonó como un presagio cuyo significado nadie podía entender en aquel momento.

Se escuchó de nuevo música, primero el son ardoroso de trompetas, y después de liras, tambores y flautas, entremezclados con los gritos de la gente, alabando al dios en un día de fiesta que muchos consideraban alegre, mientras que otros, los que habían perdido a sus hijas, aceptaban como inevitable, como el cumplimiento de lo que siempre se ­había hecho, aunque la herida del dolor de la pérdida les pesara en el ­corazón.

Con el resto de la flota, se reemprendió la navegación de regreso a Tarsis. La nave góidel bogaba muy cerca de la de Gerión; el semblante del rey seguía revelando una gran tristeza.

Al ver la expresión atribulada del rey, Krysaor esbozó una sonrisa aviesa. Con voz apenas audible, se le oyó susurrar:

—Sufre tú, que tanto dolor has causado…

En aquellas palabras latía oculta la venganza; como si en lo más profundo de su corazón le hubiese maldecido. Krysaor siempre culpó a la casa real, y a las leyes de Tarsis, que obligaban a entregar a las niñas nacidas en el solsticio, de las desgracias de su familia.

A pesar de su dolor, Gerión quiso que aquel fuera un día realmente de fiesta, aunque él se retiró; dicen que vieron a aquel rey, llorando por su amada esposa y por la pérdida de sus hijas, arrodillado en el templo de Atón, mientras los rayos del sol le cubrían y de él emanaba un fulgor suave.

Por la tarde, bajo el templo, en la arena de la plaza circular, se celebró un espectáculo de saltos de toro, la taurocatapsia, una tradición ancestral en Tarsis.

Aquella exhibición fue memorable, una actuación como no se recordaba.

Los mejores atletas del imperio de Tarsis, los porenna, compitieron realizando acrobacias sobre el lomo y los cuernos del toro, mostrando su destreza y valentía.

Krysaor seguía el espectáculo, puestos los cinco sentidos en la pista. Amaba los toros tanto como Nórax amaba el mar. Sin embargo, Argón, el padre de Nórax, no le dejaba saltarlos, pese a que otros chicos de su edad lo hacían, porque lo consideraba arriesgado para el muchacho.

Aquel día, desobedeciendo las órdenes de Argón, Krysaor entró en la arena y comenzó a saltar sobre el toro, realizando acrobacias que dejaron boquiabiertos a los espectadores. La multitud prorrumpió en vítores, impresionada por la agilidad y el coraje del muchacho.

Pero antes de que terminara su actuación, Argón, furioso, envió a varios góidel a sacarlo de la arena.

Krysaor, enfadado, no toleró la intromisión, pues odiaba que le mandaran.

No obstante, aquel día todo el mundo habló del chico que, con tan solo diez años, se atrevió a bailar sobre un toro con una agilidad que parecía divina.

Durante la noche, la más corta del año, las calles de Tarsis se llenaron de danzas y cánticos.

Una bacanal recorrió la ciudad y los dos amigos se unieron a la celebración desenfrenada.

Nórax se sentó a contemplar cómo el resplandor rosáceo del amanecer disipaba la negrura de la noche mientras Krysaor dormía a su lado profundamente, borracho tras las largas horas de excesos.

Aquella fiesta quedaría grabada en la memoria de ambos. Había sido algo extraordinario, la noche en que las hijas de Gerión fueron entregadas a las hespérides. Nunca se había organizado una ceremonia tan solemne ni la flota de Tarsis había navegado tan cerca de Hesperia.

Las tres hijas de Gerión habían sido ofrecidas al dios, y todos habían sido testigos de la ceremonia porque, por primera vez, esta se realizó mucho más próxima a los muelles de la isla sagrada.

Ver Hesperia tan de cerca, con sus playas de arena blanca y su deslumbrante belleza, dejó una profunda huella en Krysaor, marcando su espíritu de un modo que ni él mismo entendería del todo en aquel momento.