Las naves de Tarsis Nórax y Krysaor
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Las naves de Tarsis

Las naves de Tarsis

Por Maria Gudin

© inepub.com

Nórax y Krysaor

En aquel tiempo, Krysaor y Nórax eran amigos.

En aquel tiempo, los dos eran jóvenes y temerarios.

En aquel tiempo, vivía Gerión, y el imperio que dominaba Tarsis no estaba tan corrupto como lo estuvo después, cuando se hicieron adultos; aunque quizá, desde varias generaciones atrás, había comenzado ya a pervertirse.

Krysaor y Nórax se conocían desde la infancia porque las casas de sus familias colindaban.

Solían cruzar de un lado a otro por los huertos y jardines traseros que comunicaban ambas casas o por las terrazas encaladas, de un blanco inmaculado, que se asomaban al estuario del río abierto al mar que bañaba la ciudad de Tarsis.

Se quedaban en la punta del estuario, un lugar desde donde se divisaba muy bien una isla, la isla de Hesperia, enfrente de la bocana del gran lago Ligustino, en la desembocadura del río al que llamaban Tarsis, o también Betis.

En los días muy claros, podían distinguir la vegetación exuberante de la isla y las playas de arena blanca que el sol tornaba dorada.

Krysaor fijaba su mirada en Hesperia con una lente de marino encerrada en un tubo de cobre que había heredado de su padre, e intentaba distinguir los detalles de la isla, las rocas, las aves blancas que la sobrevolaban, pero sobre todo trataba de reconocer los rasgos de unas figuras femeninas que a veces se vislumbraban en las playas.

Aquellas mujeres misteriosas eran las hespérides, las hijas de la noche, las sacerdotisas del dios Atón, vestales que mantenían el fuego sagrado del dios en Hesperia.

Krysaor, con el catalejo, intentaba insistentemente identificar entre las vestales de la isla a una de ellas.

Su obsesión estaba profundamente arraigada.

Cuando el muchacho tenía unos seis años, los barcos que trasportaban las mercancías de la empresa comercial de su familia naufragaron y se hundió en el mar el padre de Krysaor, y, con él, toda su fortuna.

La aciaga noticia llegó a Tarsis en los días del solsticio de invierno.

A su madre, que estaba encinta en aquel tiempo, se le adelantó el parto.

Dio a luz prematuramente a una hermosa niña a quien pusieron por nombre Niso.

Al haber nacido en el solsticio, la ley de Tarsis, implacable, determinaba que debía ser entregada al dios para educarse como una hespéride, por lo que sería conducida a la isla.

Desesperada, la madre de Krysaor intentó resistirse a la ley.

No deseaba desprenderse de la niña porque, en la tristeza de su viudedad, Niso habría sido su consuelo.

Sin embargo, debió acatar lo establecido.

Durante los meses siguientes la amamantó en el templo y, al llegar el solsticio de verano, la pequeña Niso fue llevada a la isla de Hesperia.

Cuando la perdió, la madre de Krysaor, hundida ya por la muerte de su marido y la ruina de su familia, se quebró. La tristeza la consumía, y su mente quedó atrapada en un abismo de dolor. Se volvió loca; vagaba por la casa y por los jardines, ajena a la realidad, hasta que un día desapareció.

La encontraron en el fondo de un pozo en el jardín posterior de la casa de los góidel, de la familia de Nórax. Estaba muerta: se dijo que había sido un accidente, que se había caído al intentar sacar agua.

Solo Krysaor conocía la verdad porque el niño había sido el último que había visto a su madre viva.

Aquel día la divisó de lejos, caminando encorvada por el jardín, y corrió hacia donde estaba; pero ella, fuera de sí, le gritó que se marchara.

Intimidado y confuso, el niño obedeció. Sin embargo, a partir de entonces, siempre que pasaba por aquel jardín, la imagen de su madre, sumida en la tristeza y avanzando hacia el pozo del que nunca regresó, lo perseguía como una sombra.

La angustia que aquella visión dejó en su pecho no lo abandonó nunca.

El rechazo que sintió en el último instante de vida de su madre le marcó para siempre. Desde entonces nunca volvió a confiar completamente en nadie. Aquel dolor lo endureció, y en su interior se juró a sí mismo que nadie volvería a hacerle daño, que nadie tendría poder sobre él jamás.

Argón, el padre de Nórax, asumió la responsabilidad de la educación del muchacho huérfano, de la misma edad que su hijo.

Así, Nórax y Krysaor crecieron juntos como si fueran hermanos.

Sin embargo, la única persona viva con la sangre de Krysaor estaba en Hesperia.

Por eso el muchacho la buscaba siempre con su lente de marino e intentaba divisarla en la isla, unas veces desde la playa en la punta del arenal, otras desde lo alto de la casa de los góidel, en la terraza que asomaba al océano infinito.

Krysaor idealizaba a su hermana imaginando que se parecía a su madre, a quien añoraba con una intensidad desgarradora.

La pérdida lo consumía, y el recuerdo de aquel fatídico día lo atormentaba.

Se sentía culpable por no haberla detenido cuando caminaba hacia el pozo, como si, a pesar de ser solo un niño, hubiera podido evitar aquella tragedia.

Ese peso lo acompañó siempre, alimentando un vacío que el paso del tiempo no logró llenar.